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Archive for the ‘lingüística’ Category

Apareció ayer mi truja sobre las normas de la Real Academia Española. Confieso que las diatribas antiacadémicas me cansan, y si he elegido este tema ha sido, casi, por exigencias del guión. (Mi otra opción para la R era «reseñas», asunto que también me harta ya un poco, sobre todo tratado desde el punto de vista, por fuerza limitado, de la traducción: para el reseñismo en general, véase aquí.)

Lo digo en el truja: ni es mi campo, ni ganas. Los ejemplos (pocos por razón de espacio) no pretenden ser originales, sino representativos del quiero y no puedo diario de quienes traducimos tratando de combinar la corrección normativa con el dictado del sentido común.

Desde su aparición, el Diccionario de americanismos me subleva en tanto que concepto. ¿Por qué «de americanismos» y no «del español de América» o fórmula similar? Hablar de americanismos tiene ese matiz de ente extraño, ajeno al «español de verdad». Si aceptamos que hispanoamericanos y españoles hablamos la misma lengua (y supongo que la Academia lo acepta, dada su obsesión panhispánica), ¿a qué dos repertorios lexicográficos? ¿Por qué el usuario no puede tener en una misma obra un repertorio general del español? Y ya puestos, ¿por qué no permitir la consulta en internet del Diccionario de americanismos?

No puedo resistirme a copiar un fragmento, algo extenso de la llamada «Guía del consultor» de dicho diccionario:

La obra que el lector tiene en sus manos es un diccionario el español de América [¿no era de «americanismos»?]. Se ocupa desde los Estados Unidos, hoy el segundo país hispanohablante del mundo por el número de sus hablantes, hasta Chile y la Argentina, en el extremo sur del continente […].

El Diccionario de americanismos es diferencial con respecto al español general. En el plano léxico se entiende por «español general» el conjunto de términos comunes a todos los hispanohablantes […] –bastante más del 80 por ciento de nuestro vocabulario–, independientemente de la variedad dialectal que se maneje. No se trata, pues, de establecer la contrastividad con el «español de España», como ha sido habitual hasta ahora [«diferencial» pero no «contrastivo», ¿qué se supone que significa eso?]. Se ha sido muy cuidadoso con aquellos términos usados en España y en América con acepciones total o parcialmente diferentes […].

El Diccionario de americanismos carece de propósito normativo. No da pautas para el «bien hablar o escribir», ni silencia términos considerados por la comunidad (aunque cada una tiene los suyos) como malsonantes, tabuizados [verbo, por cierto, que el DRAE no recoge], vulgares, extranjerismos, neologismos, ni palabras que aluden a cuestiones de sexo-género [sic], procedencias, defectos físicos o morales, ni términos de la drogadicción, el narcotráfico, la delincuencia, etc. [¿debemos entender, pues, que los términos malsonantes o los referidos a sexo y género no pueden ser normativos?] […].

El Diccionario es usual, por lo que recoge términos –sea cuál sea su significado [sic]– con frecuencia de uso manejados en la actualidad; también otros cuya frecuencia de uso es baja, más los que han sido atestiguados como obsolescentes, si bien en estos casos van caracterizados puntualmente con la marca respectiva […].

El Diccionario de americanismos es también descodificador [¡menos mal!] y por ello está diseñado para ayudar al usuario a entender cualquier unidad textual [sic] de ese enorme corpus con que hoy cuenta Hispanoamérica, y también, naturalmente, textos orales [sic].

Todo esto en apenas una página y cuarto (págs. xxxi-xxxii).

Hablo en el truja de la palabra cantinflas. El Diccionario de americanismos contempla cuatro acepciones (omito marcas de registro y distribución geográfica): «1) Persona que se expresa de forma embrollada y  con conceptos contradictorios para finalmente no decir nada con sentido. 2) Persona, muchas veces sin cultura [sic] que por sus declaraciones absurdas o su proceder histriónico o extravagante, resulta ridícula. 3) Persona ocurrente, con habilidad para el chiste improvisado. 4) Persona que habla o actúa de forma enredada y confusa». En «español general», en cambio, es simplemente una «persona que habla o actúa como Cantinflas».

En cuanto a los razonamientos sobre la q (Ortografía, págs. 114-115, pero véase también aquí):

En las palabras propiamente españolas […] la letra q se escribe siempre seguida de u formando el dígrafo que presenta el fonema /k/ ante las vocales /e/, /i/ […].

Sin embargo, en algunos latinismos y anglicismos científicos no plenamente adaptados […] aparece de manera excepcional la secuencia gráfica qu con sonido /ku/, de forma que la q representa en ellos, por sí sola, el fonema /k/ […].

Estos casos excepcionales, que suponen añadir una grafía más (la letra q) a las tres que ya existen para representar el fonema /k/ (el dígrafo qu y las letras c y k), complican el sistema ortográfico del español, alejándolo aún más del ideal de correspondencia biunívoca entre grafemas y fonemas. Contradicen [y lo que sigue es muy bueno], además, […] la norma establecida en 1815 [!] por la propia ortografía académica de escribir con cu todas todas las palabras cuya grafía etimológica presentase la secuencia gráfica qu con sonido /ku/.

Por lo demás, y aquí me remito a don José Martínez de Sousa (Ortografía y ortotipografía del español actual, Gijón, Trea, 2008, pág. 90), si esto ha de ser así, hemos de concluir que «tal signo, q, no se utiliza actualmente en español, sino el dígrafo qu, en el que la u no se pronuncia […]. Pese a que [la Academia] la considera “compuesta en la escritura, a la manera que la ch, la ll y la rr” […] no la incluye entre las letras dobles». Pero no sigamos por aquí, que corremos el riesgo de ponernos bizantinos.

Quien desee abundar en el asunto siempre puede echarle un vistazo a la recensión de Martínez de Sousa de la Ortografía de 2010 (aquí) o, para una visión más general, a El dardo en la Academia, editado por Melusina.

Y para los que habéis soportado este rollo hasta aquí, un regalito:

ADDENDA DE OCTUBRE DE 2013:

Vía Facebook, encuentro una reseña del Diccionario de americanismos publicada por Luis Fernando Lara en la revista Panace@ (XIII, 36, págs. 352-355). En ella podemos leer que la obra «obedece a una caprichosa mezcla de objetivos y de criterios, disfrazada de razonamiento lingüístico riguroso». Vale la pena leer la reseña entera.

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Los compañeros de instituto que formábamos el pequeño grupo de latín decidimos, en nuestro último curso, hacer una colecta y regalarle al gran Goyo una versión latina del Quijote que, por pura serendipia, servidor había encontrado en un rincón de Laie. La idea de que pudieran publicarse traducciones a lenguas muertas ni se nos había cruzado por la cabeza. La anécdota ilustra uno de los casos de lo que, a falta de un nombre mejor, llamaré traducción honorífica: una cuyo valor no corre parejo a su utilidad.

Ejemplos existen más de los que servidor había sospechado (véase aquí, como muestra, un listado de traducciones al latín). Harry Potter (con versiones a unas setenta lenguas) ha sido traducido no sólo en latín, sino incluso en griego antiguo, por no hablar de su adaptación a distintos sistemas de escritura (chino tradicional y simplificado) o a varios dialectos de una misma lengua, como la estadounidense o la versión valenciana de la edición catalana, que servidor incluiría sin mucho miedo en el cajón de las traducciones honoríficas.

Me extraña que no haya ocurrido algo parecido con El señor de los anillos, que no sólo no está en latín, sino ni siquiera (por frikadas que no sea) en quenya ni en sindarin, dos de las lenguas tolkenianas más bien conocidas por quienes a estos menesteres se dedican.

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La historia de la lexicografía es en cierto modo un catálogo de obsesivos pertinaces, y Noah Webster no es el menor de ellos. Sus manías eran abundantes y variadas: desprecio hacia cualquier clase de vínculo con Inglaterra (la declaración de Independencia se firma cuando él tiene dieciocho años), cosmovisión calvinista, defensor a ultranza de una profunda depuración lingüística del inglés estadounidense… Que de él dijera Benjamin Franklin que era «un simple pedagogo de muy cortas entendederas y muy poderosos prejuicios y pasiones partidistas» basta para entender que estamos ante una personalidad de armas tomar.

Hombre de Yale, su nombre empezó a sonar tras la publicación, entre 1783 y 1785, de A Grammatical Institute of the English Language: hacia mediados de la década de 1840 circulaban ya 30 millones de ejemplares. Webster debió de darse de cabezazos contra la mesa en más de una ocasión por haber vendido los derechos de esta obrita a Hudson and Co., pues sabemos que a menudo se quejaba de que las dificultades monetarias le impedían terminar de redactar su diccionario.

El American Dictionary of the English Language se terminó en enero en 1825 en Cambridge, Inglaterra, y se publicó por fin el 21 de abril de 1828: quince años de dedicación, más de 1.600 páginas, 70.000 entradas redactadas de su puño y letra, sin más ayuda que la de James Gates Percival, su revisor de pruebas. Se imprimieron 2.500 ejemplares. Para entonces su ojeriza anti inglesa había disminuido; de hecho, el prefacio de la obra tiene un tono más bien contemporizador: «Es preciso que las gentes de este país dispongan de un Diccionario Americano de la lengua inglesa; pues, pese a ser el tronco de la lengua el mismo que en Inglaterra, y aun siendo deseable perpetuar esta identidad, existirán algunas diferencias».

Parece haber acuerdo en que los dos grandes lastres de la obra son su provincialismo (privilegia el uso de Nueva Inglaterra) y sus descabelladas etimologías, derivadas de su fundamentalismo calvinista: Webster estaba convencido del mito de la dispersión babélica y sostenía que todas las lenguas del mundo tenían una raíz común en el caldeo. (Esto, se ha dicho, no sin saña, «cuarenta años después de sir William Jones, veinte después de Schlegel, una docena después de Bopp y media docena o más después de los primeros volúmenes de Jacob Grimm».) Por suerte, posteriores reediciones le han lavado la cara a la obra, y el resultado es lo que hoy conocemos como «el Webster» a secas, next best thing después del paquidérmico Oxford.

Todo esto lo ignoraba yo cuando, por una serie de casuales, caí en New Haven en octubre del pasado. Si lo sé ahora es porque, además del libro de Daniel Mendelsohn, en Yale compré un libro de Jonathan Green al que le tenía ganas desde que terminé The Meaning of Everything de Simon Winchester: Chasing the Sun: Dictionary Makers and the Dictionaries They Made (Nueva York, Henry Holt, 1996), cuyo capítulo 11 he expoliado vilmente para escribir estas líneas. En Wikipedia hay una foto de la tumba de Webster en New Haven, pero me hacía más ilusión poner la mía.

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Jesús Tuson es, junto a Juan Carlos Moreno Cabrera, una de las personas que más tinta y saliva ha dedicado a espantar los fantasmas de cierta rama lingüística de rancio abolengo celtibérico, escéptica, entre otras cosas, de conceptos como la dignidad e igualdad de todas las lenguas. En Mal de llengües escribe:

Fa uns quants mesos, Julián Marías escrivia en un rotatiu això que ara us transcric: «La idea, muy difundida hoy entre lingüistas, de que todas las lenguas son equivalentes, y en todas ellas se puede decir todo, es una suposición gratuita y, por supuesto, nada “positiva”, nada empírica. A los que dicen eso habría que preguntarles: ¿cómo lo saben? ¿Se hubiera podido escribir la Crítica de la razón pura en ningún dialecto alemán del siglo X? ¿Se puede escribir en swahili el Fausto o la Divina Comedia? ¿Es imaginable la obra de Quevedo, Unamuno, Ortega, en la lengua del Poema del Cid o incluso del Arcipreste de Hita?». De debó que és una llàstima, perquè, ¿podia escriure Ramon Llull les seves obres de filosofia neoplatònica, de ciència, i la poesia i la novel·la… en la llengua catalana del segle XIII?

Deixaré de costat la impertinència dels salts temporals, locals i culturals; no sense dir, però, que avui és igualment impensable l’escriptura de la Divina Comèdia en llengües tan «dotades» com l’alemany, l’italià i el castellà, cosa que representaria, em sembla, un argument, que no agradaria al deixeble d’Ortega. Cal no barrejar temps diversos i cultures diverses, i cal tenir molt present que les posicions culturals sobre el món no poden viatjar d’un lloc a l’altre, ni d’un temps a l’altre, si no és per les vies de la distorsió.

Me imagino que no era la intención de Tuson, pero leyendo esto se me ocurre que es acaso en ese intersticio de «tiempos diversos y culturas diversas» en el que se mueve la traducción, según muchos abocada, inevitablemente, a la «distorsión». Y es un suponer, pero me juego un lechuguín a que don Julián (pese a haberse ocupado él mismo de traducción) habría tachado también nuestra labor de «gratuita y, por supuesto nada “positiva”, nada empírica». Mas como todo hijo tiene el deber de matar al padre, era de justicia que al joven Marías le diera por medirse, por decir algo, con autores tan «intraducibles» como Laurence Sterne.

(Fuente: Jesús Tuson, Mal de llengües. A l’entorn dels prejudicis lingüístics, Barcelona, Empúries, 1988, pág. 67. Trad. castellana del autor: Los prejuicios lingüísticos, Barcelona Octaedro, 1995.)

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La palabra «mafia» puede prestarse a confusión para el lector no italiano. Eduardo Martín de Pozuelo publicaba en el Culturas de La Vanguardia de la semana pasada un jugoso artículo a dos páginas sobre la mafia y algunos de los últimos libros sobre el tema. En él pone mucho cuidado en puntualizar que, en rigor, «mafia» se refiere a Cosa Nostra, es decir a la società malavitosa siciliana. Cosa distinta es que, hoy por hoy, apliquemos el término también a la Camorra, la ‘Ndrangheta, la Sacra Corona Unita, la Stidda e incluso al crimen organizado de los países del Europa del este.

Por el artículo me enteró de que el primer testimonio de la palabra «mafia» es la obra teatral I mafiusi di la Vicaria (1863), de Giuseppe Rizzotto y Gaetano Mosca, gracias a la cual también se difundieron los términos omertà (ley del silencio) o pizzo (impuesto mafioso). Se dice que ya entonces era palabra conocida, aunque su origen se pierde en la noche de los tiempos (véase aquí y aquí).

Como últimamente no puedo escribir sin hablar de la Segunda Guerra Mundial, destaco una de las lecturas recomendadas que aparecen en el artículo: Aliados de la Mafia, de Tim Newark (publicado por Alianza en traducción de Patricia Arroyo), sobre los vínculos entre los ejércitos aliados y la (autodenominada) onorata società.

Y ya barriendo descaradamente para casa: os recuerdo que en las librerías podéis encontrar ‘Ndrangheta, de Francesco Forgione, traducido por un servidor y publicado por Destino.

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La ancianita de la foto es Marie Smith Jones y murió hace exactamente un año. Su muerte no tendría mayor relevancia de no ser porque se trataba de la última hablante de eyak, una de las lenguas nativas de Alaska. No es un caso único: en 2001 se estimaba que, de las 6.800 lenguas habladas en el mundo, entre 3.400 y 6.120 habrían desaparecido antes de 2010. Por suerte, hay quien se dedica a testimoniarlas. Es el caso de David Harrison y Gregory Anderson, que en el año pasado protagonizaron un reportaje fascinante titulado The Linguists. Podéis verlo íntegro aquí.

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Hoy se pone a la venta la Nueva gramática de la lengua española de la RAE, que sustituirá a la gramática de 1931 (digo yo que ya era hora, ¿qué han hecho estos 78 años?). Son dos volúmenes, algo más de cuatro mil páginas y 120 euros.

Viendo el tenor de las últimas obras académicas (la Ortografía de 1999, el Diccionario panhispánico de dudas y el DRAE 2001), servidor ya tiembla y se encomienda a su estampilla de san Martínez de Sousa. Por suerte, el trabajo de la comisión interacadémica encargada de redactar la obra ha sido coordinado por Ignacio Bosque, a quien avalan la mastodóntica Gramática descriptiva de la lengua española y el Diccionario combinatorio del español contemporáneo, del que Malaparte y yo somos incondicionales fans.

Como es sabido, las obras de la Academia siempre dan que hablar entre los del gremio. En este caso, la fama la precede: ved, si no, el blog de los compañeros de Addenda & Corrigenda, que llevan semanas a la expectativa (véase aquí y aquí).

La presentación en sociedad será en Madrid el día 10, a las 12 h en Felipe IV, 4.

Por cierto, ¿soy el único al que ese «nueva» del título le canta como una almeja? Me suena a eso de las «antiguas» pesetas…

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