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Archive for 26 julio 2011

1. Llegar al despacho y, nada más encender el ordenador, recordar que, al acostarte, habías resuelto pasar la mañana en la playa. Así estás, con ese moreno de antebrazos prerrogativa del vespero olvidadizo.

2. No saber hacer planes a largo plazo y, por consiguiente, pasarte el verano envidiando a los amigos que desde hace meses saben que se largan a Islandia, a Italia, al pueblo con los suegros (bueno, a ésos no), de mochileo por Costa Rica. No tener más certeza que las trescientas páginas del libro de Misha Glenny y los cinco trujamanes que te falta escribir. A este paso no te casamos.

3. Intentar escribir sobre Manuel Bosch Barrett. Averiguar que Carlos Sentís era su amigo y que puedes tantear canales de acceso al señor Sentís para que te cuente algo de viva voz. Mandar los mails pertinentes. Al día siguiente, que Santi te llame y te diga que Sentís acaba de morirse.

4. Aprender a usar el móvil nuevo. No conseguirlo. Que Robert te diga que con el Kindle se liga cacho y, de pronto, descubrir que puedes descargar gratis una aplicación para leer libros electrónicos. Que se te gaste la batería con el dichoso WhatsApp.

5. Leer «libros de verano». Preguntarte por qué la lectura ligera (ligera es un decir porque suelen ser tochos considerables) se guarda para las vacaciones. Por tu parte, hace años que te propones ponerte con Stendhal a la que llegue el calorcito. Ahí está, el pobre, agarrando polvo.

6. Acudir a los saraos de ACEtt en lugares tan estupendos como el jardín de la galería H2O. Cenar algo en el Suec, que ahora se puede. Ver El padrino y alguna de Polanski en los Verdi. Descubrir los gintónics del Elephanta. Comprar de segunda mano en Pequod a precios razonables. Estar condenado a no salir de Gracia.

7. Elegir posiciones elevadas en los antiguos antiaéreos del Turó de la Rovira. Dotarte de un fusil con mira telescópica y apuntar a los turistas del parque Güell. Justificarte diciendo que algún día eso pasará en un libro de Marsé.

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Tengo la satisfacción de anunciar que ayer se publicó mi primer artículo en el Trujamán. Juan Gabriel me propuso la idea hace ya meses y yo me hice el longuis. Bastante tengo con el blog como para escribir para otros. Hace unas semanas, comiendo con Juan de Sola volvió a salir el tema y antes de darme cuenta ya tenía en la bandeja de entrada un correo de Mari Pepa Palomero, que dirige todo este lío. En buena me he metido. En fin.

En adelante, el plan será el siguiente: todo post con ínfulas serias irá destinado al Trujamán; en el blog publicaré los enlaces a los trujas (con eventuales apostillas, como la que sigue), todo lo relativo a Malaparte e información más o menos ligada a la cotidianidad profesional de un servidor.

Y ahora la apostilla:

Nada más terminar el borrador de los artículos sobre las traducciones del Manifiesto comunista, los sometí al sabio escrutinio de Santi Gorostiza, gran amigo y experto en contubernios rojos, masones y separatistas. Entre otras varias observaciones me preguntaba cuándo se hizo la primera traducción catalana. Le respondí que ni idea, pero que tenía que ser posterior a 1918, porque no aparece citada en el imprescindible libro de Bert Andréas (Le ‘Manifeste Communiste’ de Marx et Engels: Histoire et Bibliographie, 1848-1918, Milán, Feltrinelli, 1963). Días después él mismo me trasladaba la respuesta (fue en 1930) y un articulito al respecto, donde de paso averiguo que la primera traducción directa del alemán al castellano fue la de Wenceslao Roces en 1932.

Y lo que son las cosas: un día antes de entregar me encontré con el nombre de Vera Sasulich en la página 68 de Historia de un incendio, de Servando Rocha. Comprendí así que si Marx y Engels la llamaban «heroica», era por haberle descerrajado un balazo al tiránico gobernador de San Petersburgo, e incluí el dato un poco por los pelos. Aprovecho para recomendar la lectura del libro de Rocha (al que, las cosas como son, le falta una revisión de estilo).

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