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Archive for the ‘la traducción según…’ Category

En 1995, Susan Sontag leyó en la Universidad de Columbia un texto titulado «On Being Translated», recogido posteriormente en la colección de ensayos titulada Cuestión de énfasis. En él, como muchos otros autores, Sontag no puede por menos de inscribir sus ideas sobre la traducción bajo el signo de la paradoja: «La traducción es sobre lo desemejante. Un modo de sobrellevar y mejorar, y sí, de negar la diferencia; incluso su […] es también un modo de reivindicar lo diferente».

La autora repasa al vuelo la etimología y las connotaciones del verbo to translate en inglés –su uso en la Biblia de Wycliffe, en Hobbes– hasta llegar las que para ella son las tres definiciones modernas sobre la traducción: la traducción como explicación, como adaptación y como mejora. La primera «es el proyecto de sustitución de la ignorancia, la oscuridad»; el aclarar qué es es lo que pone aquí. La segunda es la que abrazan «algunos traductores (por lo general poetas) que no quieren estar sujetos al criterio de la mera “exactitud”». La última es la «la extensión hubrística de la traducción como adaptación». De la traducción, tal como la entendemos la mayoría, a la versión y la recreación.

Portrait Of Author Susan Sontag«La traducción perfecta (o ideal) es una quimera que siempre se aleja», escribe más abajo, y a renglón seguido formula la pregunta insoluble que determina las distintas teorías (o estrategias) que los traductores elegimos para enfrentarnos a los problemas del texto: «En todo caso, ¿ideal según qué criterio?». En la definición de ese «criterio» se despliega una discusión que empieza con Jerónimo y que hasta hoy no ha acabado, pero que tal vez podría resumirse diciendo que quien traduce mal es porque piensa mal, y que las diferencias entre las distintas versiones de una misma obra obedecen tanto a diferencias de lengua como a divergencias en el pensamiento: «¿Se es fiel a la obra? ¿Al escritor? ¿A la literatura? ¿A la lengua? ¿Al público?». Ante estas dudas, dos son los modelos a seguir: la adaptación mínima («la traducción ha de parecerlo») y la naturalización plena (que «nunca parezca que se está leyendo una traducción»): «trote pedestre frente a reescritura impertinente; éstos son, por supuesto, extremos, bien entre los cuales se encuentra el ejercicio real de los traductores más dedicados».

La traducción (el texto traducido) no deja de ser, para Sontag, un producto social. Hoy en día, «sometidas a las leyes de la sociedad industrial, las traducciones parecen desgastarse, hacerse anticuadas más pronto», pero no es éste un defecto genético de la traducción en sí: «las traducciones son como los edificios. Si son buenos, la pátina del tiempo les da un mejor aspecto: el Montaigne de Florio, el Plutarco de North, el Rabelais de Motteux…». El mito de la retraducción cíclica no es más que eso, un mito del capitalismo avanzado: «la traducción es una de las pocas actividades culturales que aún parece regida por la idea de progreso […]. La más reciente es, en principio, la mejor».

«Una quimera que siempre se aleja», decíamos más arriba. En otro ensayo del mismo libro («La escritura como lectura»), escribe Sontag: «Escribir es ejercer, con especial intensidad y atención, el arte de la lectura. Se escribe a fin de leer lo que se ha escrito, para ver si está bien y, puesto que no lo está nunca, a fin de reescribirlo». Seguramente, el defecto genético que explica el envejecimiento de las traducciones no sea su cualidad de traducciones, sino su ser texto, porque como tales, son siempre una entidad inconclusa. Es el mal de Borges: el texto definitivo sólo es atribuible a la religión o al cansancio.

El texto de Sontag empieza con una anécdota que tiene algo de fábula. Es verano de 1993; Sontag está en la sitiada Sarajevo para dirigir una versión en serbocroata de Esperando a Godot. La tesitura, podrían pensar otros, no es la más apropiada  para obras teatrales –actores malnutridos, bombas, francotiradores, escasez, cortes eléctricos, amén de un teatro medio destrozado–, pero para Sontag el ruido de la guerra es la señal de que Beckett es «aún más pertinente de lo que había imaginado». Al reunirse con la compañía, la autora descubre que los libretos todavía no estaban disponibles: la obra, pese a existir una versión serbocroata anterior, está siendo retraducida al bosnio. «Pero ¿lo que habláis no es serbocroata?», pregunta Sontag. «En realidad no», responde el productor. «Entonces, ¿cuál es la diferencia?». «No sabría explicártelo». Si quieren saber cómo acaba la anécdota, lean el ensayo, que como los demás de Sontag es más que recomendable.

[Referencia: Susan Sontag, Cuestión de énfasis, trad. Aurelio Major, Madrid, Alfaguara, 2007.]

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erik-orsenna-zoomÉrik Orsenna escribió hace quince años una novelita titulada Dos veranos (con magnífica traducción del desaparecido Josep Escué para Tusquets), sobre Gilles C., un traductor francés al que la reciente muerte de su amigo Jean Cocteau empuja a dejar París para instalarse en una islita del canal de la Mancha. La paz de sus días se acaba un buen día en que su editor le propone traducir nada menos que Ada o el ardor de Nabokov. A partir de ahí, todo son ansiedades, retrasos y dudas que prolongan, durante años, la entrega de una traducción en la que al final acaba participando medio pueblo.

La novela está mucho más lograda si la consideramos como fábula isleña (islas y veranos son siempre espacios en los que ocurren cosas maravillosas) que como narración acerca del acto de traducir. Veamos algunas de las imágenes asociadas a éste. Aparece el lugar común del tránsito entre dos territorios: «mi trabajo viene a ser como el de un barquero». Algo más adelante aparece una imagen algo más original, aunque inverosímil dado el pacífico y aun pasivo carácter del protagonista: cuando el rector averigua que el protagonista traduce del inglés, le pregunta: «¿No podrías escoger libros del Sur o del Este, españoles o chinos? Estos pueblos no nos han hecho daño, ¿entiendes?». A lo que Gilles responde: «Los traductores son corsarios». Ante la estupefacción del rector, puntualiza:

¿Cuál es el trabajo del corsario? Cuando un barco extranjero le gusta, lo apresa. Arroja a la tripulación al mar y la sustituye por amigos. Después iza los colores nacionales a la cumbre del palo más alto. Esto hace el traductor. Captura un libro, cambia todo su lenguaje y lo bautiza como francés. ¿No ha pensado nunca que los libros eran barcos y las palabras sus tripulantes?

En el capítulo siguiente se equipara la traducción con la cirugía; la metáfora no es de las más tópicas, aunque sí lo es su conclusión:

Pues la traducción es una operación dolorosa que se asemeja a la cirugía (se cortan frases, se amputan sentidos, se injertan juegos de palabras, se tritura, se hacen ligamentos; so pretexto de fidelidad, se traiciona, se lastima).

Otro tópico es el del traductor vocacional y a merced de la inspiración:

En su trato con aquella población en cantadora (Henry James, Charles Dickens, Jane Austen), el traductor había adquirido malas costumbres de comodidad. Trabajaba cuando lo visitaban las ganas: rara vez.

Se cita alguna carta de Nabókov a propósito de sus traductores (ignoro si es verdadera, pero sí creíble: basta leer las páginas del ruso en sus lecciones de literatura):

Mis exigencias son muy modestas. Desde un principio, he tratado de obtener una traducción fiel, completa y correcta. Me pregunto si el señor Klement les ha informado de los defectos que he descubierto en la traducción que me ha enviado. Era una traducción aproximativa, informe, precipitada, llena de faltas y olvidos, sin nervio y energía, y vertida e un inglés tan apagado y sin relieve que no he podido leerla hasta el final.

Admito que lo dicho hasta aquí no hace justicia a la novela de Orsenna, pero no es éste un blog de reseñas y, como he advertido al principio, el libro es mejor como fábula isleña que como descripción original o acertada del hecho traductor. Y como tal, bien vale la pena dedicarle a sus 180 páginas un par de mansas tardes de verano.

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DebordTraducir textos complejos, cuya significación debatirán durante años lectores, estudiosos o simples frikis, es siempre un riesgo, y es campo abonado para el error o la crítica. (La traducción, en general, es arte falible, de aquí la importancia de las retraducciones.) Estilísticamente, La sociedad del espectáculo de Guy Debord es un texto lapidario, directo, aunque a menudo la abstracción de sus conceptos deja abiertas las puertas de lo interpretable y hasta de lo poético y lo esotérico («Le spectacle est la conservation de l’inconscience dans le changement pratique des conditions d’existence», tesis 25). Tal vez por eso, tal vez por otras razones, se han producido vehementes polémicas sobre las traducciones del texto de Debord (el Colectivo Maldeojo ha publicado su propia lista de correcciones a la versión de José Luis Pardo en Pre-Textos). El propio Debord toca el asunto de la traducción en su prefacio a la cuarta edición italiana de La sociedad del espectáculo (1979), incluido en los Commentaires sur la société du spectacle. Dice así:

De este libro, publicado en París a fines de 1967, han aparecido ya traducciones en una decena de países. La más de las veces, se produjeron varias en una misma lengua, por editores que competían; y casi siempre fueron malas. Las primeras traducciones fueron infieles e incorrectas en todas partes, con la excepción de Portugal y quizás de Dinamarca. Las traducciones publicadas en neerlandés y en alemán son buenas a partir del segundo intento, aunque el editor alemán en cuestión descuidó en la impresión la corrección de una multitud de erratas. En inglés y en español habrá que esperar el tercer intento para saber qué he escrito.

Y a continuación narra el que probablemente sea uno de los más formidables casos de irritación por parte de un lector ante una traducción lamentable:

No se ha visto, sin embargo, nada peor que en Italia, donde el editor De Donato publicó, desde 1968, la más monstruosa de todas, que no fue mejorada más que parcialmente por las dos traducciones rivales que siguieron. Por lo demás, en aquel momento Paolo Salvadori fue a ver en sus despachos a los responsables de aquel desafuero, los golpeó y les escupió literalmente a la cara: pues tal es naturalmente, la manera de actuar de los buenos traductores cuando encuentran a los malos. Esto es lo mismo que decir que la cuarta traducción italiana, hecha por Salvadori, es por fin excelente.

Debord se pregunta entonces por las posibles causas del desaguisado:

Esta incompetencia extrema de tantas traducciones que, excepto las cuatro o cinco mejores, no me fueron presentadas, no quiere decir que este libro sea más difícil de entender que cualquier otro que jamás haya merecido realmente ser escrito. Ese tratamiento tampoco está reservado en particular a las obras subversivas, acaso porque en este caso los falsificadores por lo menos no hayan de temer que el autor los demande ante los tribunales, o porque las inepcias añadidas al texto puedan favorecer las veleidades refutatorias de los ideólogos burgueses o burocráticos. No se puede menos que constatar que la gran mayoría de las traducciones publicadas durante los últimos años, en cualquier país que sea, e incluso tratándose de clásicos, están pergeñadas de la misma forma.

Y a continuación da una explicación mordaz y brillante:

El trabajo intelectual asalariado tiende normalmente a seguir la ley de la producción industrial de la decadencia, conforme a la cual la ganancia del empresario depende de la rapidez de ejecución y de la mala calidad del material utilizado. Desde que esa producción tan resueltamente liberada de cualquier traza de miramientos para con el gusto del público ostenta en todo el espacio del mercado gracias a la concentración financiera y, por consiguiente, a un equipamiento tecnológico cada vez mejor, el monopolio de la presencia no cualitativa de la oferta, ha podido especular cada vez más descaradamente con la sumisión forzada de la demanda y con la pérdida del gusto, que es momentáneamente su consecuencia entre la masa de la clientela. Trátese de la vivienda, de la carne de vaca de criadero o de los frutos del espíritu ignorante de un traductor, la consideración que se impone soberanamente es que a partir de ahora se puede obtener muy rápidamente y a menor coste lo que antes requería un tiempo bastante largo de trabajo cualificado. Por lo demás es cierto que los traductores tienen poco motivo para esforzarse por comprender el sentido de un libro y, sobre todo, por aprender antes la lengua en cuestión, cuando casi todos los autores actuales han escrito con tan manifiestas prisas unos libros que habrán pasado de moda dentro de tan breve tiempo. ¿Para qué traducir bien lo que era inútil escribir y que nadie va a leer? Por este lado de su peculiar armonía el sistema espectacular es perfecto; se desmorona por todos lados.

Como casi siempre que leo a Debord, tengo la sensación de que lo que dice se corresponde al momento presente con precisión milimétrica, y no puedo por menos de preguntarme qué diría hoy, si la bendita ginebra no se lo hubiera llevado a la tumba tan tempranamente.

[Nota: cito por la traducción de Luis A. Bredlow, publicada en Anagrama.]

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Cavell - PianoLa versión castellana de Reivindicaciones de la razón, seguramente la obra magna de Stanley Cavell (seiscientas y pico páginas a las que no me habría gustado enfrentarme), incluye un prólogo en el que Cavell, consciente de la dificultad de su escritura, habla de su experiencia como autor traducido. Aquí unos fragmentos:

¿Qué podría esperar razonablemente un autor de una buena traducción de su libro? Es decir, aparte de la esperanza natural de hacer nuevos amigos del libro entre quienes de otro modo seguirían siendo extraños al mismo. Después de todo, uno escribe principalmente para extraños.  Yo he esperado –y algunas veces me he visto recompensado por el cumplimiento de la expectativa– que la traducción me arrebatase el libro de las manos, como para probarme a mí mismo que mi libro tenía uan vida al margen de mí, y que, al mismo tiempo, me lo devolviese con aspectos de su semblante que yo no había apreciado.

Me han dicho muchas veces que mi escritura es difícil de traducir debido a ciertas presiones que impongo a la lengua inglesa, por ejemplo, empleando palabras en contextos poco comunes, o empleando modismos o haciendo alusiones con una palabra alterada, o ampliando las sentencias más allá de su escala normal. […] Mi meta es alcanzar la precisión mediante las ricas formas que tiene el lenguaje de conseguir precisión: por cualificación y modificación, por exclusión y salvedad, por repetición cum variación, mediante ejemplos incesantes, haciendo hablar a las palabras en contextos que las toman por sorpresa […].

Un ejemplo […] aparece en la primera sentencia del libro, que abarca hasta más de doscientas palabras […]. Los traductores (a otros lenguajes diferentes del español) me informaron de que se les había aconsejado dividir la primera sentencia en una serie de sentencias más cortas, algo que no habría de resultar particularmente difícil de hacer, pero no se debe a que haya alguna dificultad lingüística en traducirla tal y como está. Claramente, la dificultad de traducción en este caso se encuentra en mantener la fe, contra quienes dudasen, en que el autor se había percatado de la sentencia es extrañamente larga y que alguna razón tendría para construirla de la forma en que se encuentra. Dicha razón no tiene sólo que ver con llamar la atención sobre la forma fatídica con que se empieza a hacer filosofía, sino con sugerir que está en la naturaleza de la filosofía, al menos como este libro la entiende, reconocer perpetuamente la necesidad de empezar de nuevo, de volver atrás, como si se hubiese perdido algo en el camino, o como si se hubiese perdido el camino mismo.

Clases más obvias de dificultad incumbirán a giros de frases o alusiones que no son familiares en el lenguaje anfitrión. Por ejemplo, el énfasis que pongo en la diferencia entre el acuerdo sobre nuestro lenguaje (sobre algo que nosotros decimos) y el acuerdo en nuestro lenguaje (en todo lo que decimos) es fundamental […]. Y es inevitable que se pierdan ciertas alusiones, o ciertos matices, o ciertos efectos dialectales. Todo esto forma parte de la fascinación, en realidad de la revelación, que hay en aceptar la diferencia irreductible de las distintas voces. Pero lo que quiero subrayar ahora no es esta irreductibilidad potencialmente creativa, sino atestiguar que lo que tiene la misma importancia, en una empresa tan imponente como la traducción de este extenso libro, es que toda ella lleve la impronta de una sensibilidad resuelta a acompañar a otra en una orilla distante –no acompañarla simplemente, como reza el dicho, a lo largo de todo el viaje sin más (sin aportar nada de interés por su parte), sino acompañarla, como he oído decir que hacen los pianistas con talento en los recitales de canto, suministrando el aire que apoya los vuelos de una canción–.

La traducción de Reivindicaciones de la razón la firma el profesor Diego Ribes y la editó en 2003 la editorial Síntesis. La imagen de Cavell que ilustra el post está tomada de The Chronicle of Higher Education.

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Estoy leyendo estos días unos cuantos de los textos que Valentín García Yebra (fallecido hace algo más de un año) recopiló en el volumen titulado Experiencias de un traductor (Madrid, Gredos, 2006). Ahí encuentro una apología de la traducción literaria que creo deberían leerse todos aquellos académicos y gacetilleros que tratan, a la que pueden, de cargarse de un plumazo la segunda profesión más vieja del mundo. Copio tal cual (pág. 61):

Un traductor de talento, es decir, de comprensión amplia y penetrante y de gran capacidad expresiva, puede y debe contribuir a despertar esos tonos que todavía dormitan en su propia lengua. El verlos expresados en la del original espoleará su inventiva, y el esfuerzo para hallarles equivalente, aunque no llegue a logros totales, robustecerá su propia capacidad expresiva y enriquecerá la lengua de su pueblo. El hecho de que no pueda trasladar a su obra todos los matices, todas las vibraciones, los armónicos todos de la obra que traduce, no debe desanimarlo. ¿Acaso puede el poeta original expresar en un poema todas las gradaciones, todos los matices, todos los tonos del color del cielo y del suelo, todos los rumores, todos los olores, toda la palpitación del mundo en trance de renacer primaveral? Entre un poema y su traducción habrá siempre fisuras, incluso fosos. ¡Entre un poema y la vida habrá siempre abismos! Nadie pretenderá por eso hacer callar a los poetas. Igualmente irrazonable sería negar la legitimidad de la traducción literaria.

Y añade, rompiendo el manido tópico:

Como dice Rolf Kloepfer (Die Theorie der literarischen Übersetzung, München-Allach, 1976, pág. 125), «la traducción es, para un ámbito determinado, a saber, para el de la lengua extranjera, la única forma de vida posible, de supervivencia de la poesía. La traducción es la supervivencia de la poesía, puesto que la poesía sólo vive en la medida en que es comprendida».

Moraleja:

La traducción literaria es, pues, como la composición literaria original, empresa siempre imperfecta, siempre limitada, de éxito siempre relativo, pero siempre también valiosa, si alcanza altura bastante para llegar al reino del arte.

El subrayado es de un servidor. En realidad, la cuestión de la legitimidad de la traducción literaria podía haberse zanjado páginas antes (pág. 56), cuando García Yebra cita unas palabras de Aristóteles (Poética, 51b, 18) que, de haber recordado, habría añadido a mi trujamán de hace unos meses contra los teóricos: «tà genómena phanerón hóti dynatá», es decir «lo que ha sucedido es evidentemente posible».

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Como los artículos para El Trujamán son tan cortos, no me quedó espacio para comentar un artículo de Carlos Sentís en el que habla de Simenon y sus intentos de traducirlo. Se titula «Simenon» y se encuentra en su último libro, Cien años de sociedad. El fragmento que me interesa es éste:

Por otra parte, consideré que el éxito de Simenon no estaba asegurado entre los lectores de un idioma como el español, pues entonces no era posible la publicación en catalán. El idioma catalán es más permeable para recibir un estilo como el de Simenon, un poco retorcido, frente al español, más académico. Yo mismo realicé la prueba traduciendo un cuento breve que fue publicado en una revista literaria de Madrid y comprobé la dificultad de la traducción simenoniana al español. El caso es que no pensé más en ediciones y, eso sí, proseguí leyendo.

El tópico de lo más o menos dotadas que están ciertas lenguas para vehicular conceptos y estilos es tan viejo como el pensamiento sobre la literatura. (En castellano se vivió un interesante debate en época renacentista en el que personajes como Juan de Valdés y Francisco de Medina reflexionaron sobre la dignidad de las lenguas vulgares.) Aunque imagino que Sentís, más que a determinismos lingüísticos, se refiere a las distintas tradiciones traductoras de cada lengua. En mi opinión es posible identificar, aún hoy, dos tradiciones distintas en castellano y en catalán. El primero es cierto que arrastra cierto lastre académico con el que –seamos sinceros– nos damos de bruces a diario traduciendo. El segundo, por motivos bien sabidos, suple ciertas carencias en el uso con una mayor osadía.

Al final del texto, refiere Sentís cómo terminó su afición al escritor belga:

La realidad de Simenon era mucho más adocenada que su proyección novelesca. Incluso grabó el número de veces que había practicado lo que se llama hacer el amor. […] Escribió que el suicidio de su hija se debió a que se había enamorado de él y la pobre chica no encontró otra salida. Tal vez era cierto, pero al escribirlo, hizo gala de una gran insensibilidad. […] No sé si por hechos de esa última etapa o por un cambio de apreciación literaria, el caso es que, de simenonista decidido, pasé a no ser su lector.

La desafección de Sentís plantea la cuestión del baremo por el que debe ser juzgado un escritor, cuestión plenamente vigente (recordemos el reciente caso de Céline). Debatir al respecto sería apasionante, pero el tema escapa ya al ámbito de este blog…

[Fuente: Carles Sentís, Cien años de sociedad. Recuerdos de un periodista centenario, Barcelona, Libros de Vanguardia, 2010, págs. 28-31. Aprovecho para remitir (así, por la patilla) a un artículo de mi amigo Andreu Navarra sobre el nazismo de Céline: «Céline, el hombre enfadado», en Babab, núm. 11 (enero de 2002).]

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El ínclito Muchnik publicó hace casi diez años un modesto librito titulado Léxico editorial (Madrid, Taller de Mario Muchnik, 2002), en el que repasa, por orden alfabético, unas cuantas de las piezas que conforman el engranaje de la producción de libros: agentes, autores, contrato, correcciones, estilo, librerías, ordenador, premios, publicidad, tapa dura… y sí, también traducción. Empieza así: «Los editores disponemos de un vasto anecdotario de chapuzas, tanto en el campo de la redacción y la traducción como en el de la corrección» (pág. 176), y a continuación trae un breve elenco de dichas chapuzas: «el célebre, inmortal y ubicuo americano, el General Strike», «otro general americano inmortal y ubicuo, el General Staff» o esa desconocida obra de Shakespeare, La clase obrera perdió su amor al trabajo. Pasada la preceptiva parte jocunda del asunto, se pone teórico:

Hay dos extremos, igualmente nefastos: el de los traductores que consideran sagrado el original y tan fieles le son que entregan traducciones que suenan extrañamente a la lengua del original; y el de los traductores que consideran tan creativo su trabajo que, «interpretando» (dicen) el original, lo traicionan. A este extremo se adscribía un traductor que, donde el autor francés hablaba de un cuartel en donde «se olía el tabaco», prefirió poner «se olía el betún». El de las botas, decía.

Las buenas traducciones pueden, y en algunos casos deben, apartarse del original. Lo que no es tolerable es que sean reescrituras del original. En eso caen ciertos traductores que, cuando en el original el autor usa el habla de la calle de Berlín, ellos echan mano del habla de la calle de Madrid, el cheli. En ninguna obra de un autor alemán es creíble un personaje que diga: «¡Alucinas, tío»

Sólo puedo decir que las anécdotas de la primera parte me suenan demasiado manidas para parecer verosímiles. En cualquier caso, si un traductor es capaz de hablar del general Strike, es seguro que no será ésa la mayor metida de pata del texto y sólo cabe preguntarse en qué pensaba el editor cuando le encargó el libro. La segunda parte, la seria, reescribe la cansina oposición entre traducción literal y traducción libre. Sinceramente, espero leer algo más interesante en su Editar ‘Guerra y paz’. O al menos, mejores chistes. El resto del libro tiene sus momentos, todo sea dicho.

[La foto está sacada de aquí.]

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