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Posts Tagged ‘Kaputt’

mutisLeo la última página de La piel de Curzio Malaparte y un agrio caos comienza a descomponer la más o me­nos tranquila estructura que cada día edifico del mundo que me ro­dea. A través de un hermoso esti­lo de herencia proustiana con capi­tosas adherencias meridionales, casi d’annunzianas, Malaparte revive con una fidelidad de examen clíni­co, el manso desleimiento de los va­lores que por treinta siglos han sostenido la vida del hombre occidental sobre la Tierra. Manso pero seguro y precipitado desleimiento.

Una putrefacción de res que muere en el trópico, sor­prende la débil materia que envolvía la vieja y robusta carne de Europa.

Peligroso libro este de Malaparte. Cuando creemos que en deter­minado momento quie­re llevar un mensaje de esperanza a los hom­bres que ven morir la cultura occidental, diciéndoles de la bondad, sencillez, primitiva y honrada sencillez de los «liberadores», de repen­te tiene para estas pa­labras de una sardónica y civilizada crueldad que rompen en pedazos la alentadora imagen que antes trazara.

Así como Malaparte nos descu­bre en La piel el manejo y evolución de lo que él llama la Internacional de los Coridones, así fuera fácil colocar a Malaparte en esa Internacional de la Muerte en la cual formaría con Ca­mus, Neruda, Sartre, Faulkner, Gra­ham Green y Georghiú. Nadie como ellos conocen mejor el imperio de los muertos, su gesto imperioso sobre los vivos, su olor esparcido sobre las co­sas del mundo. Nadie como ellos ha sido tan hondo en encontrar las hue­llas de la muerte, aún en los más vi­vos y frescos elementos del mundo. Y entre ellos, ninguno ha llegado a una tan íntima familiarización con los ra­ros caprichos de los muertos, con el rígido ademán de los cadáveres cuyo significado él interpreta con singu­lar justeza como Malaparte.

Desde las primeras páginas de Kaputt y en las primeras frases de La piel el ti­bio vaho de la cadaverina rige cada una de las palabras, impregna cada imagen, envuelve una por una las es­tilizadas aventuras del autor, incan­sable viajero en el destrozado sepul­cro de Europa.

La más grave tacha que pueda ha­cerse a Malaparte es la de un talen­to literario. La eficaz manera de «recrear» si­tuaciones, el a menu­do recargado y rebus­cado andamio literario que pesa sobre su impla­cable visión del mundo contemporáneo, dejan en el lector una sensa­ción de leve duda so­bre la supervivencia de la obra de Malapar­te como escritor. Es po­sible, en verdad, que dentro de algu­nos años nadie recuerde ya sus libros. De lo que sí estoy seguro es de que el último libro que escriban los hom­bres, el testamento de la humanidad en derrota, será algo muy semejante a La piel o a Kaputt, Malaparte –en su condición de viejo amigo de los muertos– tiene un sentido ultrasensi­ble para «lo último».

Capta cada ges­to humano, en cada luz sobre el mar, en cada combinación supercivilizada de colores y sabores, la honda catego­ría de finitas que las cosas del hom­bre arrastran bajo su capa de supervi­vencia sensorial. Y esta sola sabiduría de lo mortal, basta para que perdu­re para siempre Malaparte. Tal vez se olvidan sus libros, es posible que su nombre se vaya opacando con el co­rrer del tiempo, pero nadie podrá ol­vidar que quien primero habló franca y desnudamente, en bellas palabras de poeta, de la muerte de un mundo que nació en el siglo V antes de Cris­to, fue Curzio Malaparte, un europeo sin grandes convicciones políticas, con sentido del buen vivir, humano y cordial, sincero y cambiante a la vez, piedra de escándalo y flor de la civili­zación de occidente, en resumen el úl­timo poeta de la cristiandad que viera nacer al poverello y al Duque de Va­lentino.

[El artículo de Mutis, titulado «Libro de los muertos», apareció el 30 de abril de 2013 en el diario El tiempo de Colombia.]

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Es inevitable: Berlín me llama. El pasado fin de semana, tras tres años sin pisar la ciudad, salí a recorrer las calles de mi antiguo barrio. Iluminado por la conferencia de Alberto Manguel en el pasado Polisemo, me disponía a buscar alguno de sus libros en la St. George’s, seguramente la mejor librería de Berlín, donde en tiempos encontré las versiones inglesas de Kaputt y La piel que tantas veces hojeé mientras traducía a Malaparte. Y efectivamente, ahí estaba, esperándome, el último ejemplar de A History of Reading. Feliz por ese hallazgo (y un par más), seguí deambulando por Prenzlauer Berg, y en Oderbergerstrasse, donde tantas cervezas me he tomado, ocurrió el milagro: un banco en mitad de la calle; sobre el banco, unos cuantos volúmenes de enciclopedia. Cuál no fue mi sorpresa al ver que era (lo digo y no me lo creo) el Conversations-Lexicon de Meyer, citado al frente de Kaputt. En el volumen correspondiente, la fantasiosa etimología: «KAPUTT (von hebraischen Koppâroth, Opfer, oder französisch Capot, matsch) zugrunde gerichtet, entzwei». Tras mirar a ambos lados de la calle con la sonrisa del idiota estampada en el rostro, saqué, obligatoriamente, la foto.

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En el capítulo III de Kaputt, encontramos una canción careliana que Malaparte transcribe así:

siell mie pàimelauluin làuluin
min muamo mièroon sùori
Kàrialan maill kulakäköset guk-kuup

La transcripción que utilicé, por consejo de Satu Ekman, fue ésta:

siell mie paimenlauluin lauluin
min muamo mieroon suori
Karjalan maill kulakäköset gukkuup

Que en traducción de Satu sería:

Allí cantaba mis canciones de pastor,
mi madre fue llevada a la mendicidad
en las tierras de Carelia los cuclillos de oro hacen cucú

Tanto ella como Dulce Fernández Anguita me dijeron que existía otra versión:

siell mie paimoivirzie lauloin,
nyt eis on mieron piha.
Karjalan mail kuldakägözet kukkuu

La traducción de la cual –siempre según Satu– sería:

Allí cantaba mis canciones de pastor,
ahora estoy llevada a la mendicidad.
En las tierras de Carelia los cuclillos de oro hacen cucú.

Una curiosidad de tipo textual: en relación al original que yo manejé, las versiones castellana, alemana, francesa e inglesa transcriben kuldakäköset por kulakäköset y Karjalan por Karialan, lo que me hace pensar que los originales de la novela anteriores a la edición de Aria d’Italia (1950, con correcciones del autor) traían esas lecciones. Ni Luigi Martellini ni Giorgio Pinotti mencionan variantes en los aparatos críticos de sus respectivas ediciones.

Por cierto, la traducción de R. Coll Robert trae una nota: «Versos de casi imposible traducción a nuestro idioma, por estar formados por palabras del dialecto careliano intercaladas con diversas onomatopeyas».

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Alegra que, ni que sea con frecuencia de cuentagotas, se siga mencionando a Malaparte en la prensa. Hoy os invito a leer dos artículos publicados en La Vanguardia los pasados meses de mayo y junio.

En el primero, Joan de Sagarra (quien ya escribió en el El País –4 de octubre de 1998, edición Cataluña– un artículo a cuento de la edición de quiosco de La piel) comenta una encuesta realizada con motivo del centenario de Gallimard; en ella, dos escritores franceses apuntan a Malaparte como uno de los autores más representativos del siglo xx, con lo que Sagarra no puede sino felicitarse por el «inminente descubrimiento, redescubrimiento, del escritor, del extraordinario escritor».

En el segundo, Valentí Puig comenta la recuperación de Malaparte en España gracias a Kaputt, La piel y El compañero de viaje. Quisiera destacar una frase: «Del tremendismo de Malaparte mucho se ha dicho, olvidando a veces que en su tiempo pasaban cosas tremendas».

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El capítulo X de Kaputt contiene un pasaje aparentemente inocente:

E la notte, uscendo dalla casa di Titu Michailesco, andavamo a sederci nell’antico cimitero svedese rimasto intatto nel cuore di Helsinki, fra il Boulevardi e la Georgkatu.

Que en castellano quedó así:

Y por la noche, al salir de casa de Titu Mihăilescu, íbamos a sentarnos en el antiguo cementerio sueco que se conserva intacto en el corazón de Helsinki, entre el Bulevardi e Yrjönkatu.

He dicho «aparentemente inocente» porque traducir acerca de cosas que uno no conoce es terrible: la sensación de ir pisando huevos se te pega al alma como una mala cosa y, a cada golpe de tecla, temes estar empeorando más las cosas. En estos casos lo mejor es pedir socorro: el mundo está lleno de colegas dispuestos a echar un cable. Yo tuve la suerte de consultarles a Satu Ekman y Dulce Fernández Anguita. Fueron ellas quienes me explicaron que Malaparte lo llama «el cemeterio sueco» porque hasta 1919 había sido un camposanto donde sólo los suecos tenían dinero para ser enterrados. Actualmente es un parque llamado Vanha kirkkopuisto, conocido popularmente como ruttopuisto (‘parque de la peste’) en referencia a las víctimas de la Espanjan Tauti o peste española (una gripe) del año 1710. Se han conservado algunas lápidas.

Lo del paso de Georgkatu a Yrjönkatu también tiene explicación: en Helsinki las calles se señalan en finlandés y sueco, las dos lenguas oficiales, y Georgkatu es una mezcla entre ambas; lo correcto en una y otra es Yrjönkatu y Georgs gatan.

Problema resuelto.

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El último capítulo de Kaputt narra una de las escenas más dantescas del libro: la ciudad de Nápoles ha sido despedazada por las bombas, sus animalizados habitantes se esconden en cuevas y tugurios miserables y se arrojan a los pies de un enigmático cortejo de tullidos monstruosos. De pronto, entra en escena un misterioso «señorón» de negras barbas. En italiano, el pasaje lee (pág. 951):

Un gran bacalare, con una barba nera e folta sul volto, alzate le braccia, ed ergendo la sua maestosa figura sulla calca, con una voce grossa, orribile e fiera, sorse a gridare: «Ih, bone femmene, ih, figli ’e bona femmena, ih che bordello! jatevenne! jatevenne! jatevenne!» e intanto andava con le braccia facendo l’atto di scacciar gli intrusi d’intorno al suo castello, e sbadigliava, si stroppicava gli occhi, non già soltanto come se dal letto o da alto sonno si levasse, ma come se quella grande folla di gente estranea gli desse ombra, gli minacciasse qualche suo privilegio.

El pasaje sigue litteratim un fragmento del Decameron (Dec., II, 5):

Andreuccio […] vide uno il quale […] mostrava di dovere essere un gran baccalare, con una barba nera e folta al volto, e come se dal letto o da alto sonno si levasse sbadigliava e stroppicciavasi gli occhi.

Mi pista fue la nota de uso que aparece en el diccionario De Mauro para la voz bacalare, que por supuesto servidor no había oído nunca. Ahí se define como «baccelliere, sapientone, dottorone». Vittore Branca, en su edición del Decamerón, ahonda un poco más: «Palabra tomada del lenguaje académico, donde baccalaureus o baccalaris designaba al doctor coronado de laurel […]. Usado aquí con cierta ironía».

No terminan ahí las coincidencias. Todo el capítulo, de hecho, parece tejido sobre el patrón de la novella de Andreuccio da Perugia: en ambos reina un calor insoportable («Essendo stati i ragionamenti lunghi e il caldo grande», Dec. II, 5, 30; «El calor era horrible», Kaputt, pág. 507). Ambos son relatos de vagabundeo y búsqueda: Malaparte y Andreuccio persiguen el mar por las retorcidas calles en torno a la rua Catalana (citada por ambos autores), sin llegar nunca a tocarlo. Malaparte se refiere incluso a los pozos de Nápoles, «de los que habla ya Boccaccio en la historia de Andreuccio da Perugia» (Kaputt, pág. 515).

El problema es que el conocimiento de la fuente no aclara por qué Malaparte echa mano de un cuento de Boccaccio que en poco o nada recuerda a los terribles hechos ocurridos en Nápoles en 1943.

También La piel contiene un par de referencias a Boccaccio. En la pág. 295, Malaparte remite una vez más a la novela de marras: «Del acueducto angevino y de su pintoresca población habla ya Boccaccio en el relato de Andreuccio da Perugia». En la pág. 45 encontramos otra alusión, pero el tono es ahí distinto: «“Humana cosa es tener compasión de los afligidos”, escribe Boccaccio en su introducción al Decamerón, refiriéndose a la terrible peste de Florencia de 1348». La primera frase de la obra de Boccaccio es, en efecto, claro equivalente de la cita (libérrima) de Esquilo con que se abre La piel: «Si respetan los templos y los dioses de los vencidos, los vencedores se salvarán». En ese contexto de peste, miseria y compasión, podríamos esperar alguna que otra alusión a Boccaccio, pero, en cualquier caso, se me escapan las razones del bueno de Curzio para acudir siempre al quinto relato de la jornada segunda. En fin, ahí queda el misterio.

Debajo de las referencias podéis disfrutar de la versión que del cuento de Andreuccio hizo Pasolini.

(Referencias: Giovanni Boccaccio, Decameron, ed. Vittore Branca, Turín, Einaudi, 2010. ¶ Curzio Malaparte, Opere scelte, ed. Luigi Martellini, Milán, Mondadori, 1997. ¶ Curzio Malaparte, Kaputt, trad. David Paradela López, Barcelona, Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, 2009. ¶ Curzio Malaparte, La piel, trad. David Paradela López, Barcelona, Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, 2010.)


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La piel, un «libro magistral», según Lecturalia, y mejor libro de 2010 según Periodista Digital. El mismo y Kaputt, «clásicos imprescindibles, ahora felizmente recuperados» para Mercedes Monmany en el Cultural de ABC (20-11-2010). Y yo, naturalmente, agradecido y feliz como un huevo frito.

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