Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for 30 abril 2012

Hace unas semanas se puso a la venta mi última traducción, El tren de la última noche de Dacia Maraini (Galaxia Gutenberg), una gran novela sobre el peculiar viaje de una joven periodista por Europa Central en 1956.

Uno de los valores añadidos de la novela es el firme anclaje que tiene en la realidad, fruto sin duda de un gran trabajo de documentación. Muchos de los hechos, situaciones y personajes evocados son reales y figuran con sus nombres y apellidos a modo de recuerdo, homenaje o condena, según. De estos homenajes, uno es sin duda para el fotógrafo Jean-Pierre Pedrazzini.

Pedrazzini fue uno de los grandes reporteros de Paris Match. Empezó a trabajar para la revista en 1948, a los veintiún años. Cubrió noticias en Indochina, Egipto y el Magreb. Su viaje de trece mil kilómetros por los territorios de la Rusia soviética en un Simca se narra en el libro Érase una vez la URSS, de su compañero de viaje Dominique Lapierre. En 1956 cubre la revolución húngara, nudo de la novela de Maraini, donde aparece fugazmente al principio del capítulo 43, fotografiando una quema de banderas soviéticas. El 30 de octubre, en circunstancias poco claras resulta herido de bala en Budapest: hay quien dice que le disparan desde un tanque; otros sostienen que lo tiroteó un tal Tibor Toth. Sea como fuere, el periodista es repatriado a Francia, donde muere una semana más tarde. En la Köztársaság tér (plaza de la República) de la capital húngara se levanta hoy un busto en su recuerdo.

Su historia recuerda a la de tantos reporteros legendarios que se jugaron la vida –y la perdieron– por dar testimonio en zona de conflicto. Malaparte cuestionaba en sus dos grandes novelas el lábil y tantas veces peligroso concepto de lo heroico. Seguramente habría estado de acuerdo en que, si alguien merece tal epíteto, ésos son Pedrazzini, Taro, Capa y los de sus especie.

Read Full Post »

Perdería en Austerlitz y vencería en Waterloo.
(Curzio Malaparte)

Todavía no había hablado aquí de las circunstancias en que Malaparte (nacido Kurt Erich Suckert) decide llamarse Malaparte. La alusión a Napoleón Bonaparte es evidente, pero eso, por sí solo, no explica nada.

El cambio de nombre tiene lugar en 1925, cuando está a punto de cumplir veintisiete años. Suckert está adherido al movimiento fascista, a la corriente literaria strapaese, que propugna un fuerte arraigo nacionalista, anticosmopolita, y se enorgullece de su condición de toscano (cuando, en rigor, siendo de padre alemán y madre lombarda, de toscano tenía bien poco). En la Italia de la época, además, su verdadero apellido se presta a confusión: Sukert, Suchert, Suhert, Suckery (sin ir más lejos, en los archivos ministeriales de Interior figura como «Kurt Schuchert»), por no decir nada de los enemigos que lo aprovechaban para acusarlo de extranjero y judío. Todo ello, más un punto de coquetería, debió de animarlo a buscar un nuevo nombre, más italiano, pero también más potente y llamativo: «Suckert no le gustaba: además de “sonar mal” en un escritor toscanísimo, era un nombre que no significaba nada, anónimo, por más que original», escribe Giordano Bruno Guerri. No queda del todo claro que Mussolini le dijera –como él asegura en una carta de 14 de septiembre de 1938– que «un escritor fascista debe tener un nombre italiano. Adopte un seudónimo».

Baraja varias posibilidades, a cual más descabellada: Curzio Bonalancia, Curzio Borgia-Suckert, Curzio Colonna, Curzio Farnese, Curzio Lamberti, Curzio Pratoforte. Otras son simples italianizaciones: Curzio Sucherti, Curzio Suchertio. Considera incluso el sencillo Curzio Baldi, como homenaje a la familia Baldi, con la que se había criado en Prato. ¿Por qué, pues, acaba recalando en Napoleón? La crítica parece de acuerdo en que la chispa de inspiración fue un opúsculo anónimo publicado en Turín en 1869 titulado I Malaparte e i Bonaparte nel primo centenario di un Malaparte-Bonaparte, según el cual los Bonaparte se llamaban en origen Malaparte hasta cambiarse el nombre por concesión papal. El clima era propicio para que Curzio se adjudicara el nombre repudiado por los antepasados del corso: Mussolini lo veneraba y el fascismo intentó en varias ocasiones demostrar sus raíces italianas.

Durante un tiempo parece alternar ambos apellidos: en mayo de 1925, Curzio firma como Suckert el manifiesto de los intelectuales fascistas promovido por Giovanni Gentile, pero el día 10 del mismo mes aparece su primer artículo como Malaparte. La metamorfosis puede darse por concluida a principios del año siguiente. Así, en una carta a Leo Longanesi del 4 de enero de 1926, podemos leer ya:

Recuerda que ya no me llamo Curzio Suckert, sino Curzio Malaparte […]. Quiero ser italiano no sólo de cerebro y físico, como lo soy, sino también en la desinencia del nombre. Malaparte es mi estandarte.

«Malaparte» pasará a ser su apellido legal en junio de 1937.

[Fuentes: Giordano Bruno Guerri, L’arcitaliano: vita di Curzio Malaparte, Milán, Mondadori, 2008, págs. 69-70. ¶ Maurizio Serra, Malaparte, vies et légendes, París, Grasset, 2011, págs. 113-116.]

Read Full Post »

Mi nueva serie de trujas tratará temas prácticos. En los próximos diez artículos (empezando por el de anteayer) trataré, por orden alfabético, otros tantos puntos de la maquinaria editorial que nos afectan en tanto que traductores de libros. La idea no es original, ni mucho menos –entre otras cosas porque se me ocurrió leyendo Léxico editorial de Mario Muchnik, del que ya hablamos un poco aquí–, pero necesitaba encontrar un hilo conductor para todos los trujas. Si no, la dispersión me gana.

La cuestión del anticipo fue sugerencia de María Alonso, que con sus comentarios mejoró el enfoque del artículo. Robert Falcó también me sugirió algunos cambios y me animó a aportar datos concretos. Por él (que la tradujo con Laura Manero) sé, además, que La cúpula de Stephen King no vendió como se esperaba. El caso de Matilde Horne se trató por aquí hace tiempo. Las cifras de Un mundo sin fin de Ken Follett las publicó El Mundo en fecha de 28-12-2007. Sobre la trilogía de Stieg Larsson puede verse este artículo de Xavi Ayén en La Vanguardia (18-6-2009), y sobre Harry Potter éste de El País (edición Cataluña, 24-2-2004).

La cifra sobre tiradas medias aparece (junto a muchas otras) en el «Informe sobre el sector editorial español. Año 2009», elaborado por la Federación de Gremios de Editores de España y disponible en su página web. Por cierto: el informe da como autores más leídos de 2009, y por este orden, a Stieg Larsson, Ken Follett, Stephanie Meyer, Carlos Ruiz Zafón y Dan Brown. ¡Que tiemble Santos Sanz Villanueva!

Read Full Post »

Lo siento en el alma, señor Ellroy, porque se ha quedado usted huérfano en castellano. Quizá no lo sepa, pero a Montse y a Hernán les dieron un premio por un libro suyo hace menos de medio año. A diferencia de a Hernán, a Montse sí le dio tiempo a recogerlo. Fue una tarde rara, triste, silenciosa. Con la perspectiva del tiempo, quizá también siniestramente profética: muchos vimos por última vez a Montse en la despedida de Hernán; muchos de esos muchos habíamos visto por última vez a Hernán en la despedida de Miguel. (Algunos, a Miguel, nunca lo vimos.) En fin, le recomiendo, señor Ellroy, que sea benevolente con el nuevo trujamán que le toque en suerte. Si en algún momento los echa de menos, puede recordarlos en entrevistas como ésta. Créame que lamento en el alma escribir notas como la presente. De todo corazón espero que sea la última. Suyo,

D.

Read Full Post »

Estoy leyendo estos días unos cuantos de los textos que Valentín García Yebra (fallecido hace algo más de un año) recopiló en el volumen titulado Experiencias de un traductor (Madrid, Gredos, 2006). Ahí encuentro una apología de la traducción literaria que creo deberían leerse todos aquellos académicos y gacetilleros que tratan, a la que pueden, de cargarse de un plumazo la segunda profesión más vieja del mundo. Copio tal cual (pág. 61):

Un traductor de talento, es decir, de comprensión amplia y penetrante y de gran capacidad expresiva, puede y debe contribuir a despertar esos tonos que todavía dormitan en su propia lengua. El verlos expresados en la del original espoleará su inventiva, y el esfuerzo para hallarles equivalente, aunque no llegue a logros totales, robustecerá su propia capacidad expresiva y enriquecerá la lengua de su pueblo. El hecho de que no pueda trasladar a su obra todos los matices, todas las vibraciones, los armónicos todos de la obra que traduce, no debe desanimarlo. ¿Acaso puede el poeta original expresar en un poema todas las gradaciones, todos los matices, todos los tonos del color del cielo y del suelo, todos los rumores, todos los olores, toda la palpitación del mundo en trance de renacer primaveral? Entre un poema y su traducción habrá siempre fisuras, incluso fosos. ¡Entre un poema y la vida habrá siempre abismos! Nadie pretenderá por eso hacer callar a los poetas. Igualmente irrazonable sería negar la legitimidad de la traducción literaria.

Y añade, rompiendo el manido tópico:

Como dice Rolf Kloepfer (Die Theorie der literarischen Übersetzung, München-Allach, 1976, pág. 125), «la traducción es, para un ámbito determinado, a saber, para el de la lengua extranjera, la única forma de vida posible, de supervivencia de la poesía. La traducción es la supervivencia de la poesía, puesto que la poesía sólo vive en la medida en que es comprendida».

Moraleja:

La traducción literaria es, pues, como la composición literaria original, empresa siempre imperfecta, siempre limitada, de éxito siempre relativo, pero siempre también valiosa, si alcanza altura bastante para llegar al reino del arte.

El subrayado es de un servidor. En realidad, la cuestión de la legitimidad de la traducción literaria podía haberse zanjado páginas antes (pág. 56), cuando García Yebra cita unas palabras de Aristóteles (Poética, 51b, 18) que, de haber recordado, habría añadido a mi trujamán de hace unos meses contra los teóricos: «tà genómena phanerón hóti dynatá», es decir «lo que ha sucedido es evidentemente posible».

Read Full Post »