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Archive for 28 marzo 2011

La historia de la lexicografía es en cierto modo un catálogo de obsesivos pertinaces, y Noah Webster no es el menor de ellos. Sus manías eran abundantes y variadas: desprecio hacia cualquier clase de vínculo con Inglaterra (la declaración de Independencia se firma cuando él tiene dieciocho años), cosmovisión calvinista, defensor a ultranza de una profunda depuración lingüística del inglés estadounidense… Que de él dijera Benjamin Franklin que era «un simple pedagogo de muy cortas entendederas y muy poderosos prejuicios y pasiones partidistas» basta para entender que estamos ante una personalidad de armas tomar.

Hombre de Yale, su nombre empezó a sonar tras la publicación, entre 1783 y 1785, de A Grammatical Institute of the English Language: hacia mediados de la década de 1840 circulaban ya 30 millones de ejemplares. Webster debió de darse de cabezazos contra la mesa en más de una ocasión por haber vendido los derechos de esta obrita a Hudson and Co., pues sabemos que a menudo se quejaba de que las dificultades monetarias le impedían terminar de redactar su diccionario.

El American Dictionary of the English Language se terminó en enero en 1825 en Cambridge, Inglaterra, y se publicó por fin el 21 de abril de 1828: quince años de dedicación, más de 1.600 páginas, 70.000 entradas redactadas de su puño y letra, sin más ayuda que la de James Gates Percival, su revisor de pruebas. Se imprimieron 2.500 ejemplares. Para entonces su ojeriza anti inglesa había disminuido; de hecho, el prefacio de la obra tiene un tono más bien contemporizador: «Es preciso que las gentes de este país dispongan de un Diccionario Americano de la lengua inglesa; pues, pese a ser el tronco de la lengua el mismo que en Inglaterra, y aun siendo deseable perpetuar esta identidad, existirán algunas diferencias».

Parece haber acuerdo en que los dos grandes lastres de la obra son su provincialismo (privilegia el uso de Nueva Inglaterra) y sus descabelladas etimologías, derivadas de su fundamentalismo calvinista: Webster estaba convencido del mito de la dispersión babélica y sostenía que todas las lenguas del mundo tenían una raíz común en el caldeo. (Esto, se ha dicho, no sin saña, «cuarenta años después de sir William Jones, veinte después de Schlegel, una docena después de Bopp y media docena o más después de los primeros volúmenes de Jacob Grimm».) Por suerte, posteriores reediciones le han lavado la cara a la obra, y el resultado es lo que hoy conocemos como «el Webster» a secas, next best thing después del paquidérmico Oxford.

Todo esto lo ignoraba yo cuando, por una serie de casuales, caí en New Haven en octubre del pasado. Si lo sé ahora es porque, además del libro de Daniel Mendelsohn, en Yale compré un libro de Jonathan Green al que le tenía ganas desde que terminé The Meaning of Everything de Simon Winchester: Chasing the Sun: Dictionary Makers and the Dictionaries They Made (Nueva York, Henry Holt, 1996), cuyo capítulo 11 he expoliado vilmente para escribir estas líneas. En Wikipedia hay una foto de la tumba de Webster en New Haven, pero me hacía más ilusión poner la mía.

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Cuando uno se cría entre Libia e Italia, vive cinco años en Francia y cincuenta en México, se convierte en héroe de guerra y escribe en tres lenguas, tiene que ser por fuerza un artista o un neurótico (opciones que no se excluyen entre sí). Si además autotraduce sus propios libros, ya no digamos. Es el caso de Carlo Coccioli (Livorno, 1920-Ciudad de México, 2003), quien opinaba así acerca de su condición trilingüe:

En cuanto al multilingüismo, aunque en realidad sea un drama, yo lo siento como un privilegio. Somos las lenguas que hablamos. Me refiero a hablarlas perfectamente: pensando, soñando en ellas. Cuando uno habla tres lenguas se convierte en tres seres. ¿Iguales? No: distintos. Qué prodigio, qué milagro. El Coccioli que escribe un libro en francés no es el mismo Coccioli que escribe un libro en italiano o en español.

Confieso que en mi vida había oído hablar de Carlo Coccioli antes de que Valentina Mercuri me dijera que le estaba dedicando la tesis. Los años han pasado, la tesis está terminada, y uno de los materiales aparecidos por el camino es, curiosamente, un breve texto en francés sobre Coccioli firmado por Malaparte. Según me cuentan, aparece únicamente en la página 141 de Itinerario en el caos (México, Progreso, 1999), un libro artesanal preparado por Coccioli en que se recogen reseñas, entrevistas y documentos personales del mismo autor. Así, pues, en exclusiva en castellano, «Mon ami Coccioli», de Curzio Malaparte:

Il y a longtemps que je suis et que j’ai dit que Còccioli était le meilleur écrivain italien pour sa génération. Il est nerveux, agité, contracté. Ses yeux ont de la fiévre, le débit de sa parole est rapide. Quand nous nous rencontrons, je ne sais pas lequel de nous deux écoute l’autre.

Il est violent, emporté, il sais être injuste. Ce sont des défauts indispensables. Il n’est pas raisonnable, prudent, comme tant d’écrivains douillets: presque tous les écrivains sont douillets, presque tous les écrivains sont d’affreux petits bourgeois, en chaussons, qui aspirent à la retraite, aux vacances payées par quelques conférences sur un bateau-croisière, dès la 20eme année. A 20 ans, Còccioli faisait la guerre: c’est déjà beaucoup mieux.

Il aime Paris, comme tous les vrais, comme tous les bons italiens. Mieux vaut être inconnu à Paris que célèbre à Rome. Mais je veux encore dire que les livres de Còccioli ne sont pas des livres italiens. Ce sont des livres européens. Les pays sont des villages. Le ciel et la terre est un livre européen. C’est un grand livre. Je suis fier d’avoir reconnu Còccioli avant qu’il soit reconnu par le public.

[Hace tiempo que dije que Coccioli era el mejor escritor italiano de su generación. Es nervioso, inquieto, agitado. Tiene los ojos febriles y las palabras acuden a él con un flujo veloz. Cuando nos vemos, no sé quién de los dos escucha al otro.

Es violento, irascible, sabe ser injusto. Son defectos indispensables. No es razonable, prudente, como tantos escritores delicados: casi todos los escritores son delicados, casi todos los escritores son detestables pequeñoburgueses en zapatillas aspirantes al retiro, a las vacaciones pagadas por unos ciclos de conferencias en un crucero desde los veinte años. A los veinte años, Coccioli hacía la guerra: eso está mucho mejor.

A él le gusta París como a todos los italianos buenos y auténticos. Más vale ser desconocido en París que famoso en Roma. Pero quiero decir también que los libros de Coccioli no son libros italianos. Son libros europeos. Los países son pueblos. El cielo y la tierra es un libro europeo. Es un gran libro. Me siento orgulloso de haber reconocido a Coccioli antes de que lo reconozca el público.]

Coccioli no le corresponde con el mismo entusiasmo; en Pequeño Karma leemos: «En la tarjeta dirigida a mi amigo René Novella, embajador del principado de Mónaco en Italia [y traductor de La piel al francés, nota mía], pregunto: “Mais, en fin de comptes, René, qu’a-t-on fait de notre vie?” (tengo en la mente los lejanos días en que, huéspedes ambos de Curzio Malaparte en la isla de Capri, languidecíamos por lo poco que se nos daba de comer)».

(Las citas de Coccioli proceden de: Carlo Coccioli, Tutta la verità, Milán, Rusconi, 1995, pág. 19, citado en Valentina Mercuri, «Carlo Coccioli entre Italia, Francia y México», presentación al Congreso Anual de ACLA, Puebla, México (17-22 de abril de 2007), consultable en línea, y Carlo Coccioli, Pequeño Karma, México, Lectorum, 2001, pág. 248. Para una presentación in nuce de Coccioli y la autotraducción, véase Valentina Mercuri, «Autotraducción, libertad de autor y mediación cultural: El caso del italiano Carlo Coccioli», en Quaderns. Revista de Traducció, n. 16 (2009), págs. 135-142, consultable en línea.)

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Ninguno de mis profesores de literatura dio nunca importancia al hecho de que la inmensa mayoría de obras que estudiábamos nos llegasen traducidas. Un ejemplo: las lecturas obligatorias del curso introductorio, común a todas las filologías y a la licenciatura en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada: Génesis, Evangelio de Mateo, Edipo rey, Tristán e Isolda, Hamlet, Cándido, Werther, los Tres cuentos de Flaubert, Bartleby, Orlando, Los muertos de Joyce y La transformación de Kafka.

La mención a secas de los títulos deja perplejo: ¿los evangelios de Nácar y Colunga o los de Cipriano de Valera? ¿El Tristán de Carles Riba, el de Lluís Maria Todó, el de Fernando Díez de Miranda o el de Alicia Yllera? ¿El Werther de Manuel José González, el de José María Valverde, el de Berta Vias Mahou, el de María Cóndor, el de José Mor de Fuentes que después de dos siglos (!) sigue reeditando Alianza?

El que más miga tiene es el caso de Kafka: la edición recomendada en el programa es la de Alianza… donde sigue titulándose La metamorfosis. Se da el caso, además, de que uno de los titulares de la asignatura era el catedrático (y traductor) Jordi Llovet, quien, como es sabido, propuso hace algo más de una década el nuevo título con argumentos sensatos: «El título correcto le da un carácter de narración doméstica, urbana y biográfica, y no mitológica». (Para más detalles, véase la «Nota liminar» de Llovet a su edición de las Obras completas de Kafka en Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, págs. 986-990.) Si esto no es un caso de cómo la traducción afecta al estudio de la obra, que baje Malaparte y me lo explique.

Coherentemente con este enfoque, ninguno de mis profesores mencionó tampoco nunca a René Étiemble (al que sin duda han leído), quien hace más de treinta y cinco años dejó ya dicho lo que sigue (Essais de littérature (vraiment) générale, París, Gallimard, 1975, pág. 29):

La Weltliteratur del futuro, es decir la literatura, merecerá todavía más que aquélla que soñaba Goethe el reproche que le dirigía Árpád Berczik de depender rigurosamente de las traducciones. El buen uso que haga cada uno de nosotros de la literatura dependerá en verdad de los progresos de un arte despreciado.

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Pese a ser tener asegurado un lugar en la historia de la cultura como primer impresor de libros en lengua inglesa, nadie sabe a ciencia cierta en qué año nació William Caxton. Por conjeturas, se supone que entre 1415 y 1424, en la ciudad de Kent. Sí sabemos que pasó más de tres décadas expatriado en el continente, donde se formó en las artes de la imprenta.

No deja de llamar la atención que la primera obra impresa en una lengua tan refractaria a las traducciones como la inglesa sea precisamente una versión del francés. En 1469, Caxton empieza a trabajar a ratos muertos en el Recuyell of the Historyes of Troye de Raoul Le Fèvre, tarea que termina, animado por la duquesa Margarita de Borgoña, en Colonia en 1471. Por fin, en, 1473 o 1474, imprime en Brujas las setecientas páginas de que consta la obra.

A su regreso a las islas en 1476, Caxton abre una imprenta en la abadía de Westminster. En 1477 imprime su primer libro en suelo inglés, también éste una traducción: The Dictes or Sayengis of the Philosophres, vertido del francés por Anthony Woodville, segundo conde de Rivers. Ya como editor e impresor, Caxton afronta multitud de dilemas, tanto más arduos considerando que, como nos recuerda David Crystal, era un «comerciante, no un lingüista ni un estudioso de la literatura» (pág. 57). Crystal enumera, entre otros, algunos problemas que, aún a día de hoy, dan para discutir largo y tendido: ¿Qué hacer con los inevitables extranjerismos? ¿Qué antecedentes debía usar como modelo de lengua literaria? ¿A qué variedad lingüística traducir? (Sobre esto último vale la pena leer la curiosa anécdota de los «huevos de Caxton».)

Caxton imprimió unas ochenta obras, dieciocho de ellas traducidas de su propia mano. Creo justo cerrar con las palabras de D. B. Updike, quien dice de él que «sus servicios a la literatura, y en especial a la literatura inglesa, en tanto que traductor y editor, le habrían valido un lugar prominente aun cuando nunca hubiera impreso una sola página. En la historia de la impresión inglesa habría ocupado un lugar prominente aun cuando nunca hubiera traducido ni editado un solo libro» (pág. 113).

(Referencias: N. F. Blake, «William Caxton», en Oxford Dictionary of National Biography, Oxford, OUP, 2008, con abundante bibliografía. ¶ David Crystal, The Cambridge Encyclopedia of the English Language, Cambridge, CUP, 2002, págs. 56-67. ¶ D. B. Updike, Printing Types: Their History, Forms, and Use. A Study in Survivals, Londres, OUP, 1937, cap. IX.)

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