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Cuentan que un día llamó a las puertas de la Ciudad Prohibida de Pekín un impresor que llevaba un fabuloso obsequio para Su Majestad Imperial: un libro sin ninguna errata.

El emperador mandó examinar el libro, sucesivamente, por cada uno de los seiscientos sesenta y seis letrados de su Íntimo y Privado Consejo y la respuesta que le dieron lo sabios confirmó, para asombro de todos, las pretensiones del artesano: el libro, en efecto, no contenía ni una sola errata. Ni siquiera la que en estos casos aparece en el colofón en el que se hace constar que el libro no contiene errata alguna.

Su Majestad, con la más oblicua e impenetrable de las sonrisas, agradeció el obsequio, ordenó inscribir el nombre del impresor en el volumen veintiuno del Wen xian tong kao, lo elevó a la categoría de mandarín y lo envió como gobernador a una lejana pero rica provincia, donde desafortunadamente murió al día siguiente de su llegada. En Pekín, Su Majestad Imperial, tras recordar a todos sus súbditos presentes y venideros que la perfección es atributo exclusivo del Supremo Soberano Celestial, dictó un decreto por el que ordenaba la introducción de una errata en aquel libro sacrílego.

Este apólogo chino contribuirá quizás a hacer más soportable la amargura del lector cuando, indefectiblemente –y recuérdelo bien: indefectiblemente–, en el momento de entregar un trabajo, recibir el primer ejemplar de un libro o la separata de un artículo propio, compruebe que, pese a todas las precauciones tomadas por uno mismo y el editor, se ha colado una errata. ¡Y dese por satisfecho si hay sólo una!

También puede consolarse pensando que, si tenemos en cuenta que una página estándar de mecanografía contiene unas 2.100 pulsaciones, y que su trabajo de, por ejemplo, 30 páginas contiene una docena de erratas, su margen de error es prácticamente despreciable: un 0,019 %.

[Josep M. Pujol y Joan Solà, Ortotipografia. Manual de l’editor, l’autoeditor i el dissenyador gràfic, 3.ª ed., Barcelona, Columna, 2000, págs. 377-378.]

Graduation

Mi último truja publicado quiere ser una provocación, pero no por ello falta a la verdad. Mi paso por la Facultad de Traducción de la Universidad Autónoma de Barcelona estuvo marcado por las contradicciones: fueron años apacibles porque la carga de trabajo era mucho más escasa que la de mis años de instituto; fueron también años frustrantes porque aquello (las clases, los compañeros, con alguna maravillosa excepción, claro) no se parecía mucho a la universidad que yo esperaba. ¿Expectativas demasiado altas? Quizá. Para ilustrar mi desencanto, me limitaré a decir que al final del primer año consideré dar el salto filología, mi vocación de toda la vida, sólo que al final me pudo la idea de pasar diez meses en Italia de Erasmus. Valió la pena: en la Universidad de Bolonia me encontré con un plan de estudios mucho más exigente que espero no hayan dinamitado las posteriores reformas.

La verdadera mili de la traducción la hice trabajando y frecuentando al grupo de amigos y exalumnos que Juan Gabriel López Guix reunía de forma periódica en cierto bar del Ensanche barcelonés. Ahí se cursaba el «tercer ciclo», decían, y decían bien. Que es posible exigir lecturas y dedicación lo aprendí cursando Teoría de la Literatura y Literatura Comparada en la Universidad de Barcelona: ahí volví a estudiar como en tiempos del instituto, con la diferencia de que, además, traducía a jornada completa.
Hablo en el artículo de la contraposición entre la teoría y la práctica de la traducción, una contraposición que me molesta y, en el fondo, me sorprende, porque sin duda existen espacios en que pueden ir de la mano. De ahí mi reivindicación, una vez más, del libro de Adam Thirlwell, porque en él un novelista que habla de historia de la traducción termina ejerciendo de apuntador de teorías, teorías que no nacen de la abstracción pura ni de la necesidad de ganar la titularidad o la cátedra (y que por lo tanto no dan respuestas), sino de hechos históricos observados con curiosidad e ingenio (y que, a la postre, plantean más preguntas de las que resuelven: y ahí, en esa crisis del conocimiento, está la riqueza y el estímulo).

El congreso al que aludo en el primer párrafo es el VII Congreso Internacional de Traducción, celebrado en la UAB y del que ya nos ocupamos en este blog. Ahí hablé de algo que a todas luces no iba a interesar a casi nadie: del prólogo de Malaparte a Kaputt y de las consecuencias que para su edición y traducción se derivan de un análisis literario y textual riguroso. Digo a casi nadie porque, días más tarde, recibí un amable correo en el que Willy Neunzig me pedía una copia de la charla para una doctoranda suya.

Ironías de la vida, días antes de enviar el truja al Cervantes, se puso en contacto conmigo la profesora Mariana Orozco para proponerme un puesto de profesor asociado de traducción inglés-castellano en la UAB. Evidentemente he aceptado, porque, como me dijo la amiga Ana Alcaina cuando le consulté al respecto, es el modo de (al menos intentar) explicar las cosas como uno quisiera que se las hubieran explicado. La tarea me impone mucho respeto, por eso quiero dar las gracias por sus ánimos y consejos a Ana Alcaina, Juan Gabriel López Guix, Ana Mata, Mariana Orozco, Joan Parra, Jorge Seca y Juan de Sola. Y a Raquel Aquino, claro, por empujarme a decir que sí. Y al amigo Lorenzo Gallego, a quien me tanto me alegra que hayan metido en el mismo brete.

El pasado 20 de noviembre tuvo lugar en la librería Pròleg de Barcelona una charla a propósito de Alice Munro entre Dolors Udina, Eugenia Vázquez (traductoras al catalán y el castellano de su último libro) y la editora Maria Bohigas. Para ilustrar la dificultad de plasmar en otra lengua la aparente sencillez de la prosa de Munro, Dolors hizo circular entre el público unas cuartillas con varias versiones de un par de párrafos del libro. Leerlas resulta sumamente ilustrativo. Ilustrativo del perfeccionismo con que debe trabajarse una prosa delicada, pero también de lo difícil que resulta explicar ciertos cambios sin recurrir a explicaciones basadas en el gusto y la subjetividad. En definitiva, los detalles de sentido de la primera versión no son distintos de los de la última. No, lo que Dolors estaba corrigiendo era otra cosa, una cosa que entendemos al cotejar sus variantes, pero cuya definición se nos escapa en cuanto intentamos verbalizarla.

Munro cat

Sin más, aquí el primer fragmento (con las variantes en negrita):

[ING] Once Peter had brought her suitcase on board the train he seemed eager to get himself out of the way. But not to leave. He explained to her that he was just uneasy that the train should start to move. Out on the platform looking up at their window, he stood waving. Smiling, waving. The smile for Katy was wide open, sunny, without a doubt in the world, as if he believed that she would continue to be a marvel to him, and he to her, forever. The smile for his wife seemed hopeful and trusting, with some sort of determination about it. Something that could not easily be put into words and indeed might never be. If Greta had mentioned such a thing he would have said, Don’t be ridiculous. And she would have agreed with him, thinking that it was unnatural for people who saw each other daily, constantly, to have to go through explanations of any kind.

[CAT 1] Un cop en Peter va haver pujat la maleta al tren, semblava impacient per desaparèixer. Però no de marxar. Va explicar que només era que li feia por que el tren comencés a moure’s. S’estava a l’andana, mirant per la finestra i acomiadant-se amb la mà. Somrient, saludant. El somriure que li dirigia a la Katy era obert, assolellat, sense cap dubte al món, com convençut que la nena sempre seria una meravella per a ell, i ell per a ella. El somriure dirigit a la seva dona semblava esperançat i lleial, acompanyat d’alguna mena de determinació. Una cosa que no era fàcil d’expressar en paraules i que potser no expressarien mai. Si la Greta hagués esmentat una cosa així, ell li hauria dit: No diguis bestieses. I ella hi hauria estat d’acord, convençuda que era poc natural que unes persones que es veien cada dia, constantment, s’haguessin de donar explicacions de cap mena.

[CAT 2] Un cop en Peter va haver pujat la maleta al tren, ja estava impacient per desaparèixer. Però no per marxar. Va explicar que només era que li feia por que el tren comencés a moure’s. S’estava a l’andana, mirant per la finestra i acomiadant-se amb la mà. Somrient, saludant. El somriure que li feia a la Katy era obert, lluminós, sense cap dubte al món, com convençut que la nena sempre seria una meravella per a ell, i ell per a ella. El somriure cap a la seva dona tenia esperança i era lleial, acompanyat d’alguna mena de determinació. Era una cosa que no era fàcil d’expressar en paraules i que potser no es podria expressar mai. Si la Greta hagués esmentat una cosa així, ell li hauria dit: No diguis bestieses. I ella hi hauria estat d’acord, convençuda que era poc natural que unes persones que es veien cada dia, constantment, s’haguessin de donar explicacions de cap mena.

[CAT 3] Un cop va haver pujat la maleta al tren, en Peter ja estava impacient per desaparèixer. P , però no per marxar. Va explicar que només dir que és que li feia por que el tren comencés a moure’s. S’estava a l’andana, mirant per la finestra i acomiadant-se amb la mà. Somrient, saludant. El somriure que li feia a la Katy era obert, lluminós, sense cap dubte al món, convençut que la nena sempre seria una meravella per a ell, i ell per a ella la nena i ell sempre serien una meravella l’un per a l’altre. El somriure cap a la seva dona tenia esperança semblava esperançat i lleial i anava acompanyat d’una mena de determinació. Era una Una cosa que no era fàcil d’expressar en paraules i que potser no es podria expressar mai. Si la Greta hagués esmentat comentat una cosa així, ell li hauria dit que era una bestiesa, i ella hi hauria estat d’acord, convençuda que era poc natural que unes persones que es veien cada dia, constantment, s’haguessin de donar explicacions de cap mena.

[CAT 4] Un cop va haver pujat la maleta al tren, en Peter semblava que tingués pressa per sortir del mig, però no per marxar. Va dir que és que li feia por que el tren comencés a moure’s. S’estava a l’andana, mirant per la finestra i fent adéu amb la mà. Somrient, saludant. El somriure que li feia a la Katy era obert, lluminós, sense cap ombra de dubte, convençut que la nena i ell sempre serien una meravella l’un per a l’altre. El somriure cap a la seva dona semblava esperançat i lleial i anava acompanyat d’una mena de determinació, una cosa que no era fàcil d’expressar amb paraules i que potser no es podria expressar mai. Si la Greta hagués comentat una cosa així, ell li hauria dit que era una bestiesa, i ella hi hauria estat d’acord, convençuda que era poc natural que unes persones que es veien cada dia, constantment, s’haguessin de donar explicacions de cap mena.

Y aquí el segundo:

[ING] (Peter’s mother and the people he worked with— those who knew about it— still said poetess. She had trained him not to. Otherwise, no training necessary. The relatives she had left behind in her life, and the people she knew now in her role as a housewife and mother, did not have to be trained because they knew nothing about this peculiarity.) It would become hard to explain, later on in her life, just what was okay in that time and what was not. You might say, well, feminism was not. But then you would have to explain that feminism was not even a word people used. Then you would get all tied up saying that having any serious idea, let alone ambition, or maybe even reading a real book, could be seen as suspect, having something to do with your child’s getting pneumonia, and a political remark at an offi ce party might have cost your husband his promotion. It would not have mattered which political party.

[CAT 1] (La mare d’en Peter i les persones amb qui ell treballava –els que ho sabien— encara deien poetessa. Ella l’havia ensinistrat a no fer-ho. Per altra banda, no calia. No calia ensinistrar els parents que havia deixat enrere a la seva vida ni la gent que la coneixia ara en el seu paper d’esposa i mare, perquè no sabien res d’aquesta peculiaritat.) Li seria difícil d’explicar, més endavant a la vida, què era correcte i què no en aquell temps. Podries dir, bé, doncs el feminisme no ho era. Però també hauries d’explicar que el feminisme no era ni tan sols una paraula que la gent fes servir. Llavors et ficaries en un embolic per explicar que tenir una idea seriosa, ja no diguem una ambició, o potser llegir un llibre de debò, podia ser considerat sospitós i relacionat amb el fet que un fill teu contragués una pneumònia, i una declaració política en una festa de l’oficina podia costar la promoció del teu marit. Tampoc no hauria importat el partit polític. La qüestió era fer tancar la boca a una dona.

[CAT 2] (La mare d’en Peter i les persones amb qui ell treballava –els que ho sabien— encara deien poetessa. Ella l’havia ensinistrat a no fer-ho. Per altra banda, no No calia. No calia ensinistrar els parents que havia deixat enrere a la seva vida que la seva vida havia deixat enrere ni la gent que la coneixia ara en el seu paper d’ com a esposa i mare, perquè no sabien res d’aquesta peculiaritat.) Li seria difícil d’explicar, més endavant a la vida, què era havia estat correcte i què no en aquell temps moment. Podries dir, bé, doncs el feminisme no ho era. Però també hauries d’explicar que el feminisme no era ni tan sols una paraula que la gent fes servir. Llavors et ficaries en un embolic per explicar que tenir una idea seriosa, ja no diguem una ambició, o potser llegir un llibre de debò, podia ser considerat sospitós i relacionat amb el fet que un fill teu contragués una pneumònia, i una declaració política en una festa de l’oficina de la feina podia costar la promoció del li podia costar un ascens al teu marit. Tampoc no hauria importat el partit polític. La qüestió era fer tancar la boca a una dona.

[CAT 3] (La mare d’en Peter i les persones amb qui ell treballava —els que ho sabien— encara deien poetessa. Ella l’havia ensinistrat a no fer-ho. Val a dir que no calia. No calia ensinistrar els parents que havia anat deixant enrere al llarg de la vida ni la gent que la coneixia ara en el seu paper d’esposa i mare, perquè no sabien res d’aquesta peculiaritat.) Seria difícil, més endavant a la vida, explicar què era correcte i què no ho era en aquell temps. Podies dir: bé, el feminisme no ho era. Però llavors havies d’explicar que feminisme no era ni tan sols una paraula que fes servir ningú. Després la qüestió se’t complicava per explicar que el simple fet de tenir una idea important, ja no diguem una ambició, o potser llegir un llibre de debò, podia ser considerat sospitós, relacionat amb el fet que un fill teu contragués una pneumònia, i una declaració política en una festa de la feina del marit podia costar-li un ascens. No importava gaire de quin partit polític es tractés. La qüestió era fer tancar la boca a una dona.

Gracias a Dolors Udina por enviarme el texto y permitirme su reproducción. Los fragmentos pertenecen a Estimada vida, publicada por Club Editor. La versión castellana se títula Mi vida querida y ha sido publicada por Lumen. Gracias también al blog Tot És Una Mentida por cederme la fotografía que ilustra el post. Como lectura relacionada con el asunto de las revisiones, recomiendo un artículo donde Peter Bush desgrana sus sucesivos borradores de la versión inglesa de Carajicomedia de Juan Goytisolo: «The Act of Translation: The Case of Juan Goytisolo’s A Cock-Eyed Comedy», en Quaderns. Revista de traducció, núm. 10 (2003), págs. 121-134.

Un mal día lo tiene cualquiera.

La cuestión de los títulos daría para un libro entero. Originales o traducidos, los hay geniales y los hay francamente lamentables. Para algunos, que el título no dependa exclusivamente del autor o, en su caso, el traductor, es un atentado que roza la herejía. Otros entendemos que ni autor ni traductor son siempre conscientes del funcionamiento del mercado y de las expectativas de venta del editor, y admitimos que, en ciertos casos, el editor llega a soluciones quizá menos «correctas», pero sí más funcionales. En mi caso, diría que la mitad de las veces me han respetado la propuesta y la mitad me la han cambiado. Siempre en obras con vocación comercial: The Bed I Made de Lucie Whitehouse se llamó La sombra del deseo; Written in Bone de Simon Beckett pasó a Entre las cenizas. En otras, se aceptó mi idea: Cross My Palm de Sara Stockbridge se tituló Una moneda por tu suerte. En un caso (The Monuments Men de Robert Edsel), se mantuvo el título inglés por exigencias del autor. La casuística es variada, y quien a esto se dedica tendrá tantas anécdotas como yo para contar, y aun más.

Como apuntaba en el texto para El Trujamán, da la impresión de que el título de las obras se ha considerado desde siempre como una entidad distinta al texto en sí. El dato sobre la institucionalización del paratexto «título» lo he tomado de Francisco Rico, que en el cuarto excurso de su excelente El texto del Quijote (Barcelona, Destino, 2005, pág. 435) escribe:

Siempre ha sido corriente –y fue de rigor en la Antigüedad y el Renacimiento– identificar un escrito por partida doble: con un titulus formal (digamos), catalográfico, y con un nomen familiar, con frecuencia el del héroe. «Esto propio le sucedió a este mi pobre libro –testimonia el autor del Guzmán de Alfarache–, que, habiéndolo intitulado Atalaya de la vida humana, dieron en llamarle Pícaro y no se conoce ya por otro nombre».

De forma parecida se explica Gérard Genette en Seuils (París, Seuil, 1987, pág. 68; hay versión castellana de Susana Lage: Umbrales, México, Siglo XXI, 2001):

Comme le nom d’auteur, le titre n’a disposé pendant des siècles d’aucun emplacement réservé […]. Si les premières ou dernières lignes du texte lui-même ne le mentionnaient pas d’une manière indisociable du destin de l’oeuvre […], sa désignation était alors plutôt affaire de transmission orale, de connaissance par ouï-dire ou de compétence de lettrés.

Genette da la fecha de 1475-1480 como bisagra entre un antiguo régimen, en el que el título era más bien una descripción del contenido de la obra, y un nuevo régimen, en el que el título como tal recibe un emplazamiento fijo y se instituye como paratexto obligatorio (loc. cit.):

La page de titre n’apparaït que dans les années 1475-1480, et elle restera longtemps, jusqu’à l’invention de la couverture imprimée, l’emplacement unique d’un titre souvent encombré, nous l’avons vu, de diverses indications pour nous annexes.

Naturalmente, estas disquisiciones histórico-filológicas nada tienen que ver con las razones por las que los modernos editores ponen un título u otro a una obra. Sus motivos son comerciales y en ocasiones no se aplican tan sólo a las obras «con afán de lucro», sino también a los libros sesudos condenados a un público reducido: en el campo de la teoría literaria es conocido el caso de la obra de Hans Robert Jauss Literaturgeschichte als Provakation der Literaturwissenschaft, que a su aparición en castellano en 1976 se llamó La literatura como provocación y hoy en día se reedita como La historia de la literatura como provocación.

Los criterios comerciales, por su naturaleza misma, conocen modas y formulismos. Desde hace unos años, en el campo de la narrativa con vocación mainstream, por ejemplo, el esquema «El tal del cual» es con mucho el más habitual. Veamos, si no, algunas de las últimas novelas de Premio Planeta: La hermandad de la Buena Suerte, La canción de Dorotea, El huerto de mi amada, El baile de la victoria. O las novelas de Ken Follett: La caída de los gigantes, El invierno del mundo. O las de Ruiz Zafón: La sombra del viento, El juego del ángel, El prisionero del cielo.

La no ficción también tiene sus recursos. El más habitual consiste en relegar el asunto del libro al subtítulo y anteponerle un título llamativo: El exilio interior: La vida de María Moliner o Nuestra tragedia persistente: La democracia autoritaria en México son dos ejemplos cualesquiera. Llama la atención que libros muy minoritarios recurran también a esta estrategia, pues supongo que quienes buscan La corte de Babel: Lenguas, poética y política en la España del siglo XIII saben muy bien a lo que van. Creo que a pocos se les ocurriría hoy titular un libro Las formas elementales de la vida religiosa o Interpretación y análisis de la obra literaria, así, a pelo.

Pero, como decía en el truja, antes de juzgar lo acertado o lo erróneo de estas decisiones, hay que atender a los fines del editor y a los resultados obtenidos. Porque este negocio, en el fondo, va de vender libros.

Por último: la lista de los títulos peor traducidos encabezada por La salchicha peleona aparece aquí. He elegido ésta como podría haber elegido cualquiera de las decenas que por ahí corren. La lista de GoodReads con los peores títulos de novelas puede verse aquí.

En 1925, Josep Pla viajó durante un par de meses por Rusia por encargo del diario La Publicitat. Sus artículos, recopilados en un delicioso volumen titulado Viatge a Rússia (que a mi conocer no ha sido traducido al castellano), se leen hoy con estupor; estupor ante la inteligencia con que la prosa calma del autor –ese engañoso desapasionamiento, tan típicamente planiano–  evita caer en tópicos que aún hoy perviven, estupor ante la opinión generalmente favorable de Pla hacia las políticas bolcheviques y ante su fascinación por la vitalidad de un país que trabaja a pleno rendimiento por situarse a la cabeza de las potencias mundiales. El libro entero es una joya por los datos que aporta, por la prosa que los hilvana y por la sucinta agudeza de un autor por entonces jovencísimo, apenas veintocho años. Aquí me limitaré a hablar del capítulo sobre «Las prensas del Estado». En el momento de la visita de Pla, las prensas de la URSS daban empleo a más de 12.000 impresores y más de 6.000 «intelectuales» (autores y traductores). El autor ruso más leído era Tolstói, y el autor extranjero más popular, Anatole France.

josep pla
Pla describe el proceso de admisión de originales de la siguiente manera:

Cuando una persona, en Rusia, ha escrito un libro, lo lleva a la dirección de las prensas del Estado, la cual pasa el libro a un Comité técnico formado por personas conocedoras del negocio de la edición. Este comité se plantea el problema de la edición del libro presentado desde un punto de vista puramente económico. Estudia, en breve, las posibilidades de venta que puede tener el libro. […] En el caso de que las cualidades del libro sean difíciles de captar, las prensas del Estado pasan el libro a la Asociación de escritores de la tendencia a la que el libro pertenece. […] Este comité tiene también funciones muy elásticas con respecto a los libros extranjeros: puede proponer todo tipo de libros para traducir.

Se nos informa de que los autores trabajaban con contrato:

Si el Estado compra la propiedad de un libro, es que el autor se la ha vendido. En general, el Estado da a los autores un tanto por ciento de los ejemplares vendidos. […] La ventaja que tiene en Rusia el autor de un libro es que no puede verse robado por el editor porque todas las ediciones de las prensas del Estado van numeradas.

Pla pregunta al director de la casa editorial si existe la censura, a lo que éste responde con la sinceridad que Pla destaca durante todo su libro como característica principal de los comunistas:

Naturalmente. El bolchevismo es un régimen que se defiende. Lo que pasa es que la censura se desarrolla principalmente en los terrenos más vitales de la cultura. ¿Qué censura quiere que haya, por ejemplo, ante una novela de Gorki o un volumen de los cuentos de Chéjov? ¿Qué censura quiere que se ejerza sobre los libros de Einstein o de Freud? Sería absurdo. En cambio, puede ser censurado un libro de política y, naturalmente, de economía.

Con todo, las miras son más amplias de lo que podría esperarse:

Sabe usted, por ejemplo, el punto de vista absolutamente anticomunista que ha adoptado Kautsky después de la revolución rusa. En cambio, hemos editado la mejor colección de obras completas de Kautsky que existe hoy en el mundo. […] Hemos editado el libro de Wells [supongo que Russia in the Shadows, de 1920]. Es un libro contrario, pero consideramos que el testimonio de Wells es demasiado importante como para no ser conocido.

La labor de las prensas comunistas aspira a cumplir una función social, y está fuertemente comprometida con la divulgación de la cultura entre un público general:

El Gobierno soviético trabaja por la elevación de la cultura, por la mejora de la producción, por la elevación y la higienización de la vida. […] La lucha contra el analfabetismo, contra la suciedad y contra la religión ocupa gran parte de nuestra actividad. […] De todas las obras de estudio, se hacen ediciones populares que se venden a precios ínfimos.

La difusión es, pues, amplia:

El año pasado lanzamos a la calle ocho millones de ejemplares. […] El Comisariado de Comunicaciones, por ejemplo, tiene la obligación de poner una librería en cada estación pequeña o grande de la Unión.

En el capítulo siguiente («Pedagogía»), se abunda en la voluntad de difusión cultural del régimen soviético:

Los mencheviques y los socialistas revolucionarios daban más importancia, parece, a la alta cultura y a la Universidad que a la instrucción primaria. Lenin, en cambio, quiso siempre empezar por la base, por la escuela inferior. Sin desconocer la importancia de la cultura superior, hacía, sin embargo, una prelación de obras a realizar, en el primer capítulo de la cual –el más urgente– figuraba la escuela popular.

En relación con lo anterior, cabe añadir, por último, que los principios pedagógicos de la Unión eran el comunismo y la irreligiosidad, pero no la rusificación:

La lengua materna de los chicos y chicas es siempre la lengua de la escuela. (Ya dijimos que todas las lenguas de Rusia son lenguas de Estado.) […] El veinte por ciento de la prensa de la Unión sale en lenguas no rusas. Las prensas del Estado publican en todas las lenguas de la Unión.

[Fuente: Josep Pla, Viatge a Rússia: Notícies de la URSS. Una enquesta periodística, Barcelona, Destino, 1990.]

Breakfast at Tiffany'sVarias son las razones por las que he escrito el último trujamán. Una de ellas fue el ataque de risa que me dio al ver que cierto centro de formación proponía un curso para aprender a hacer contactos en congresos y eventos varios. (Sí, a eso hemos llegado en la sociedad del espectáculo.) Es cierto que el mundo editorial siempre ha tenido cierta tendencia al faranduleo y que en algunos actos pueden hacerse contactos, pero –al menos en mi experiencia– eso ocurre de uvas a peras, así que, si a uno no le gusta compartir charlas y copas, seguramente obtendrá mejor provecho por las vías formales. (En el pizarrín situado a la entrada de la librería Taifa de Barcelona, leí un día: «Si no gusta, leer no sirve de nada». Algo parecido, creo, podría decírsele a quien tenga intención de asistir a saraos sólo con afán arribista.)

Es verdad: mi primer libro me llegó gracias a la intermediación de Juan Gabriel López Guix, que había sido profesor mío en la universidad; mi primera traducción del italiano fue un libro que no pudo aceptar Celia Filipetto; en alguna ocasión he traducido a cuatro (y hasta seis) manos con María Alonso y Ana Guelbenzu gracias a los contactos de uno u otro; es más: los treinta trujamanes que llevo escritos son, en parte, culpa de Juan de Sola y una charla de sobremesa. En todos estos casos, no obstante, la relación trasciende lo profesional y va más allá del guión protocolario del manual de autoayuda. Lo que me llevo a casa tras verlos, no es un nuevo número en la agenda, sino intercambios que te hacen un poco más persona, que es lo que ocurre frecuentando la compañía de gente cabal, sean o no traductores.

Decía en el artículo que en ocasiones los encuentros asociativos desamparan un poco al novato (supongo que es lo normal en círculos donde la mayoría de gente se conoce desde hace años), de aquí la importancia de dejar clara la voluntad de abrir el círculo a las nuevas generaciones. Jornadas como El Ojo de Polisemo parecen un paso adelante en este sentido. De todos modos, que nadie se crea que las reuniones gremiales son Jauja; suelen dominar dos temas de discusión: el reseñista tal no me nombra; el editor cual paga poco. Está bien compartirlo, pero a menudo la queja monopoliza la conversación, hasta el punto de que, a menudo, entre traductores literarios es con quienes menos se habla de literatura.

Todo lo dicho no es exclusivo del mundo traductoril, pensará alguno. Pues es verdad: corrillos los hay en todos lados, trepas y superstars también. Pero es que no somos tan especiales: respiramos, comemos, trabajamos, nos relacionamos, lo mismo que todo hijo de vecino.

En 1995, Susan Sontag leyó en la Universidad de Columbia un texto titulado «On Being Translated», recogido posteriormente en la colección de ensayos titulada Cuestión de énfasis. En él, como muchos otros autores, Sontag no puede por menos de inscribir sus ideas sobre la traducción bajo el signo de la paradoja: «La traducción es sobre lo desemejante. Un modo de sobrellevar y mejorar, y sí, de negar la diferencia; incluso su […] es también un modo de reivindicar lo diferente».

La autora repasa al vuelo la etimología y las connotaciones del verbo to translate en inglés –su uso en la Biblia de Wycliffe, en Hobbes– hasta llegar las que para ella son las tres definiciones modernas sobre la traducción: la traducción como explicación, como adaptación y como mejora. La primera «es el proyecto de sustitución de la ignorancia, la oscuridad»; el aclarar qué es es lo que pone aquí. La segunda es la que abrazan «algunos traductores (por lo general poetas) que no quieren estar sujetos al criterio de la mera “exactitud”». La última es la «la extensión hubrística de la traducción como adaptación». De la traducción, tal como la entendemos la mayoría, a la versión y la recreación.

Portrait Of Author Susan Sontag«La traducción perfecta (o ideal) es una quimera que siempre se aleja», escribe más abajo, y a renglón seguido formula la pregunta insoluble que determina las distintas teorías (o estrategias) que los traductores elegimos para enfrentarnos a los problemas del texto: «En todo caso, ¿ideal según qué criterio?». En la definición de ese «criterio» se despliega una discusión que empieza con Jerónimo y que hasta hoy no ha acabado, pero que tal vez podría resumirse diciendo que quien traduce mal es porque piensa mal, y que las diferencias entre las distintas versiones de una misma obra obedecen tanto a diferencias de lengua como a divergencias en el pensamiento: «¿Se es fiel a la obra? ¿Al escritor? ¿A la literatura? ¿A la lengua? ¿Al público?». Ante estas dudas, dos son los modelos a seguir: la adaptación mínima («la traducción ha de parecerlo») y la naturalización plena (que «nunca parezca que se está leyendo una traducción»): «trote pedestre frente a reescritura impertinente; éstos son, por supuesto, extremos, bien entre los cuales se encuentra el ejercicio real de los traductores más dedicados».

La traducción (el texto traducido) no deja de ser, para Sontag, un producto social. Hoy en día, «sometidas a las leyes de la sociedad industrial, las traducciones parecen desgastarse, hacerse anticuadas más pronto», pero no es éste un defecto genético de la traducción en sí: «las traducciones son como los edificios. Si son buenos, la pátina del tiempo les da un mejor aspecto: el Montaigne de Florio, el Plutarco de North, el Rabelais de Motteux…». El mito de la retraducción cíclica no es más que eso, un mito del capitalismo avanzado: «la traducción es una de las pocas actividades culturales que aún parece regida por la idea de progreso […]. La más reciente es, en principio, la mejor».

«Una quimera que siempre se aleja», decíamos más arriba. En otro ensayo del mismo libro («La escritura como lectura»), escribe Sontag: «Escribir es ejercer, con especial intensidad y atención, el arte de la lectura. Se escribe a fin de leer lo que se ha escrito, para ver si está bien y, puesto que no lo está nunca, a fin de reescribirlo». Seguramente, el defecto genético que explica el envejecimiento de las traducciones no sea su cualidad de traducciones, sino su ser texto, porque como tales, son siempre una entidad inconclusa. Es el mal de Borges: el texto definitivo sólo es atribuible a la religión o al cansancio.

El texto de Sontag empieza con una anécdota que tiene algo de fábula. Es verano de 1993; Sontag está en la sitiada Sarajevo para dirigir una versión en serbocroata de Esperando a Godot. La tesitura, podrían pensar otros, no es la más apropiada  para obras teatrales –actores malnutridos, bombas, francotiradores, escasez, cortes eléctricos, amén de un teatro medio destrozado–, pero para Sontag el ruido de la guerra es la señal de que Beckett es «aún más pertinente de lo que había imaginado». Al reunirse con la compañía, la autora descubre que los libretos todavía no estaban disponibles: la obra, pese a existir una versión serbocroata anterior, está siendo retraducida al bosnio. «Pero ¿lo que habláis no es serbocroata?», pregunta Sontag. «En realidad no», responde el productor. «Entonces, ¿cuál es la diferencia?». «No sabría explicártelo». Si quieren saber cómo acaba la anécdota, lean el ensayo, que como los demás de Sontag es más que recomendable.

[Referencia: Susan Sontag, Cuestión de énfasis, trad. Aurelio Major, Madrid, Alfaguara, 2007.]

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