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Archive for 28 mayo 2012

Si alguien me hubiera dicho que las tres jornadas de un congreso de traductores iban a convertirse en tres días para marcar en el calendario, le habría preguntado qué droga toma y si me da un poco. Y aquí estoy, tratando de ordenar las ideas para escribir una sucinta crónica del Polisemo 2012, del que, por resumirlo así de entrada, diría que cumplió con creces su cometido: discutir hasta la saciedad sobre la visibilidad del traductor, las relaciones entre la traducción y los medios y, sobre todo, servir de nexo a profesionales y estudiantes.

Si esto fuera un blog serio, debería empezar hablando de la conferencia de John Rutherford, el esforzado traductor del Quijote y La Regenta al inglés, que nos regaló varias anécdotas sabrosas, como la de la correctora estadounidense que le afeaba el hecho de que su inglés sonase demasiado británico. (Pues ¿cómo iba a sonar el inglés de un profesor de Oxford nacido en Hertfordshire?) Pero esto es un blog poco serio y no tengo el espacio ni la paciencia para intentar un resumen ordenado de lo que dijeron todos y cada uno de los ponentes.

Sí quiero recordar la alegría que me dio que Lluís M.ª Todó (que no lee blogs) tuviera palabras amables para un artículo en el Cultura|s de La Vanguardia de Raül Garrigasait (que tiene un blog estupendo) y que accediera a firmarme mi ejemplar de El mal francès. O la divertida discusión, ensayada sin duda en mil ocasiones, entre Mario (Sepúlveda) y Marià (Capella), discusión cuya moraleja es que el pez gordo se come al chico, y que así como los editores no dudan en ocasiones en zamparse al traductor, también ellos son, desde hace un tiempo, pasto del tiranosaurio Amazon. Con menos finura y más elocuencia, también podría decirse que la mierda siempre cae hacia abajo.

La charla de Javier Aparicio indignó a más de uno. Yo disfruté, aunque admito que el profesor Aparicio tiene unas maneras peculiares. Y disfruté porque le oí decir que la visibilidad del traductor es en primer lugar responsabilidad del editor y que, cuando éste les da importancia a sus zapadores literarios, generalmente los medios también se la dan. Por eso y porque presentó un ránquing de editoriales en función del lugar al que relegan al traductor dentro del cuerpo del libro, y más de una de ésas cuyo nombre siempre se pronuncia enarcando la ceja salió mal parada.

Los congresos también son lo que ocurre fuera del auditorio. Comer con Jorge Seca, salir de cervezas con Arturo Peral (a cuyo padre, sin saberlo, mentamos aquí), Carlos Fortea, Marta Sánchez-Nieves, Marga Santos, Violeta Sánchez, Raquel Aquino, David Martínez, Esther Zafra, Lucía Azpeitia, Francina Espuny y alguno que me dejo fue un lujazo. Muchos de los que he mentado son ex estudiantes con escasa o ninguna experiencia en traducción de libros, y, sin embargo, muchas de sus preguntas (además de la mesa redonda en que algunos de ellos participaron el viernes por la tarde) me hicieron plantearme cosas que la inercia del tecleo diario había borrado de mi mente. Cuando digo que las jornadas del congreso fueron para marcar en el calendario, me refiero en buena parte a ellos y a esa comunidad que entre todos vamos construyendo, independientemente de asociaciones, a base de afinidades y amor a un arte que nos da de comer. Que queréis que os diga, a mí estas cosas me iluminan.

Iluminadores fueron también los testimonios de tres veteranos como Olivia de Miguel, Adan Kovacsics y Peter Bush, que empezaron en esto de manera muy distinta a los que ahora rondamos los treinta y tantos: Peter rememorando sus inicios traductoriles como una faceta más de su activismo político; Olivia explicando que ella no descubrió la traducción, sino que se la descubrieron los cursos de Sam Abrams; Adan compartiendo el recuerdo de sus inicios bajo la tutela de Juan del Solar. Si algo agradable hay en esta vida, es ver a un sabio mostrando su gratitud.

Malapartiana vivió su momento estelar al aparecer como blog recomendado en la charla de Belén Santana. Su autor intentó quedar bien y no callarse en la mesa que compartió con Anna Prieto, Damià Alou y Pedro Román, con quien me habría gustado charlar más tiempo. Y me habría gustado porque Pedro tiene el perfil del perfecto invitado a esta clase de eventos: el del lector ideal, ajeno al mundillo editorial, aquél que lee y se informa por gusto, el que demuestra que los profesionales del sector nos equivocamos al subestimar los gustos y preocupaciones del respetable.

Pero si de momentos estelares hablamos, se impone pasar a la conferencia de clausura de Alberto Manguel. Lo que dijo importa menos que el efecto que tuvo sobre quienes escuchábamos. La traducción perfecta de ese efecto fue el silencio sepulcral en el momento de las preguntas: como bien dijo alguien del público que habría merecido un aplauso, cualquier cosa que pudiera decir Manguel nos interesaba y habría sido poco menos que una herejía imponer cauces a su discurso con nuestras banales preguntas.

Releo lo escrito y me doy cuenta de que, explicado así, puede parecer que no había para tanto. Pero es que como dijo Manguel, nuestra relación con el lenguaje es siempre una relación frustrada. No importa, no es esta la última noche. Mañana trataré de nuevo, a solas, de averiguar en qué rincón de mí se instaló exactamente la magia de esos tres días. «No matter. Try again. Fail again. Fail better». Beckett dixit.

[Podéis ver todas las fotos del Polisemo 2012 aquí.]

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Es inevitable: Berlín me llama. El pasado fin de semana, tras tres años sin pisar la ciudad, salí a recorrer las calles de mi antiguo barrio. Iluminado por la conferencia de Alberto Manguel en el pasado Polisemo, me disponía a buscar alguno de sus libros en la St. George’s, seguramente la mejor librería de Berlín, donde en tiempos encontré las versiones inglesas de Kaputt y La piel que tantas veces hojeé mientras traducía a Malaparte. Y efectivamente, ahí estaba, esperándome, el último ejemplar de A History of Reading. Feliz por ese hallazgo (y un par más), seguí deambulando por Prenzlauer Berg, y en Oderbergerstrasse, donde tantas cervezas me he tomado, ocurrió el milagro: un banco en mitad de la calle; sobre el banco, unos cuantos volúmenes de enciclopedia. Cuál no fue mi sorpresa al ver que era (lo digo y no me lo creo) el Conversations-Lexicon de Meyer, citado al frente de Kaputt. En el volumen correspondiente, la fantasiosa etimología: «KAPUTT (von hebraischen Koppâroth, Opfer, oder französisch Capot, matsch) zugrunde gerichtet, entzwei». Tras mirar a ambos lados de la calle con la sonrisa del idiota estampada en el rostro, saqué, obligatoriamente, la foto.

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Siempre me ha parecido que los traductores estamos en permanente deuda con los correctores, de aquí mi interés no sólo en escribir un truja al respecto, sino en que, además, éste no consistiera en el consabido repertorio de pifias supuestamente jocosas.

Cuatro ojos (o seis, u ocho) ven más que dos, y si el fin principal de todo editor cultural (es decir, aquél con «ética profesional», según lo define el librito de Muchnik) es ofrecerle al lector un producto de calidad y lo más perfecto posible, entonces más vale que unos y otros vayamos quitándonos de corporativismos y nos metamos en la mollera que viajamos en la misma chalupa.

Si no la entendí mal (y que alguien me corrija si me equivoco), Silvia Senz apuntó, en la tertulia sobre corrección de Barcelona, que sería interesante, en lugar de tanta dispersión asociativa, crear una unión fuerte formada por todos los trabajadores del libro. No puedo estar más de acuerdo. Creo que mis intereses profesionales tienen más en común con los de un corrector, e incluso un autor, que con los de un traductor jurado, porque dependen menos de la naturaleza de nuestra labor que de la estructura de la industria en que nos movemos. Sé que diciendo estas animaladas no haré muchos amigos, pero es que a un servidor le corporatisme pour le corporatisme le estomaga, qué le vamos a hacer.

En cuanto a las referencias del artículo: los casos citados del álbum de Astérix y la novela de Follett pueden leerse aquí y aquí, respectivamente. El libro de Francisco Rico apareció en Destino en 2005 y no sólo es un dechado de erudición primorosamente escrito, sino también una mirada inquisitiva a la primitiva industria libresca tachonada con reflexiones aplicables al negocio y la estructura editorial modernos.

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El IV Encuentro Universitario-Profesional de Traducción Literaria se celebrará este año en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona del 10 al 12 de mayo. El tema elegido es «La visibilidad del traductor: La crítica de traducciones en los medios de comunicación». Uno de los atractivos del congreso es la escasa presencia de marcianos académicos puros y la presencia mayoritaria de traductores y demás trabajadores en activo del sector del libro: como podéis ver en el programa, hablarán figuras como John Rutherford, Lluís M.ª Todó, Adan Kovacsics, Ricardo San Vicente, Alberto Manguel y muchos que me dejo. Por cierto, que algún incosciente ha decidido invitarme a participar en la mesa redonda del día 12, a las 13 h, bajo el lema «El traductor: ¿ficción o realidad?», en compañía de Anna Prieto, Damián Alou, Pedro Román y Belén Santana. Aunque la mesa que más promete es quizá la de estudiantes de traducción literaria del día 11 (19.30 h). Animaos, que seguro que se dirán cosas interesantes.

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