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Archive for 27 mayo 2013

Se imponía un truja sobre las notas. Las notas al pie dan para un libro (Gérard Genette les dedicó un capítulo de Seuils y Anthony Grafton un volumen entero: Los orígenes trágicos de la erudición, extraño título castellano para The Footnote: A Curious History); las notas del traductor son un subgénero de esta categoría paratextual, y un catálogo mínimamente representativo excedería con mucho las dimensiones de un trujamán o de un post. De aquí que me haya limitado a hacer una sucinta taxonomía, que, si bien ha sido compilada un poco al buen tuntún, creo que describe bastante bien los tipos de nota traductoril que podemos encontrar en la narrativa corriente. (Obviamente, en otros géneros y tipos de edición encontraríamos otras tipologías, como los aparatos críticos, la glosa, el comentario doctrinal, etc.)

Decía en el artículo que a mí nunca me han prohibido ponerlas. Es más, no sólo las he puesto (en algún ensayo), sino que han querido ponérmelas: ¡cuál no fue mi sorpresa al encontrar, en las compaginadas de Kaputt, enes del te que yo no había escrito! Por supuesto, mandé quitarlas todas, y más de un lector me lo ha echado en cara. Al lector, de hecho, y en contra de lo que creen muchos, suelen gustarle, supongo que porque le dan a uno la sensación de estar aprendiendo algo; claro que ¿la literatura se hizo para «aprender»? Si Flaubert oyera esto, le daría un síncope… En mi humilde opinión (y hablo de narrativa y de ediciones corrientes), la nota debe ser el último recurso, jamás debe añadir información que a un lector nativo de a pie podría pasarle por alto y nunca debe anticipar información ni dirigir al lector hacia una interpretación determinada en lugar de otra.

En los blogs de los estudiantes de traducción y traductores jóvenes (será que yo ya no lo soy tanto, hélas!) encuentro con frecuencia un terrible poso que atribuyo a la doctrina FTI: que el lector de la traducción no debe perderse una sola de las «referencias culturales» de una obra, aunque ello suponga cogerlo de la mano como a un deficiente e interrumpirle la lectura a cada rato. Para ver que la idea es absurda no hace falta entrar en disquisiciones hermenéuticas abstrusas (a Gadamer me remito); baste preguntarnos qué nos ocurre cuando leemos a autores que escriben en nuestra lengua. Preguntémonos qué entiende un asturiano que lee a Marsé o a Mendoza, un catalán que lee a Eduardo Liendo o a Juan Rulfo, y si, puestos a querer entenderlo todo, no reclamarían también éstos notas al pie. O acaso una traducción neutra, para no asustar al lector con regionalismos. Tal vez así, alguien podría afirmar que lo ha entendido todo; lástima que por el camino se habría perdido lo esencial: la experiencia literaria.

La boutade de Noël Coward la tomo prestada de un artículo de Gabriel Zaid, citado abajo. Se me perdonará que en el truja me haya ahorrado los detalles de algunas de las citas copiadas. Como decía el gran Goyo, mi profesor de latín, se dice el pecado pero no el pecador.

[Referencias: Gérard Genette, Seuils, París, Seuil, 1987 [Umbrales, trad. Susana Lage, México, Siglo XXI, 2001.] ¶ Anthony Grafton, The Footnote: A Curious History, Cambridge (MA), Harvard University Press, 1997 [Los orígenes trágicos de la erudición: Breve tratado sobre la nota al pie de página, trad. Daniel Zadunaisky, México, FCE, 1998.] ¶ Gabriel Zaid, «Notas al pie de las notas al pie», Letras Libres (abril de 2005). ¶ Nota: La ilustración pertenece a House of Leaves, de Mark Z. Danielewski (Nueva York, Pantheon Books, 2007), cuya versión castellana, a cargo de Javier Calvo, preparan las editoriales Alpha Decay y Pálido Fuego.]

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Guerra y paz - MuchnikHe terminado de leer –tras varios meses, algún parón y no poco sufrimiento: el libro pesa sus buenos dos kilos– la Guerra y paz editada por El Aleph y el Taller de Mario Muchnik, en la nueva traducción de Lydia Kúper, fallecida hace algo más de dos años. Cuando se retraduce un clásico de esta categoría suele dar que hablar, y así fue en este caso (véase aquí, aquí, aquí, aquí y aquí); sería tontería, pues, que me extendiera sobre ello yo también, que ni hablo ruso, ni sé gran cosa sobre Tolstói. Considero, sin embargo, de justicia, dejar constancia de que la versión de Lydia Kúper está escrita en una prosa modélica, de una elegancia sencilla y discreta. Uno, que por deformación profesional está siempre ojo avizor a esa «tercera lengua» que en ocasiones asoma en algunas traducciones, no puede por menos de felicitarse de haber invertido bien su tiempo de lectura. También puedo decir que esta traducción es la prueba definitiva de que, cuando la voluntad no falta, es posible traducir y editar sin llenar el libro de notas explicativas, sin que ello obre en menoscabo de su comprensión por parte del lector. Bravo, pues, por doña Lydia y bravo por don Mario.

Además de la de Lydia Kúper, las traducciones castellanas más o menos disponibles de la novela son la de Irene y Laura Andresco (en Alianza), la de Fernando Gutiérrez (en Juventud), la clásica de Francisco José Alcántara y José Laín Entralgo (en Planeta) y la de Gala Arias (en Mondadori). La de Alianza supongo que es tan fiable como todo lo que publica la editorial. La de Juventud debe descartarse de oficio: ocupa 500 páginas (la de Muchnik tiene 1.902). De la de Mondadori hablaremos más abajo.

Cuenta Muchnik (en un interesante diario de a bordo titulado «Editar Guerra y paz», incluido en el volumen y editado también por separado, con ese mismo título) que, cuando se le ocurrió editar la novela de Tolstói, echó cuentas y se estremeció: la traducción costaría unos treinta mil euros y el precio de venta del volumen no podría bajar de sesenta. Así las cosas, quizá lo mejor era comprar una versión ya existente. Corría 1999 y Planeta estaba dispuesto a venderle la de Alcántara y Laín por seis mil euros, que no es poco. Antes de aceptar, quiso que alguien la revisara. Se lo propuso a Helena Kriúkova, pero rechazó. Por consejo de Esther Benítez, acabó ofreciéndole la revisión a la por entonces ya nonagenaria Lydia Kúper. Que aceptó. Al poco tiempo de emprender la tarea, Kúper pronunció unas palabras terribles: «La traducción de Laín se deja leer. Pero he encontrado algunos… errores». Por lo visto, no sólo había errores, sino también cortes incomprensibles. Así fue como doña Lydia emprendió una labor que la ocuparía hasta 2003. El esquema de trabajo seguido lo describe Muchnik en las páginas 1865-1866: Kúper traduce en papel, Ricardo di Fonzo pasa a ordenador y devuelve el borrador, de nuevo en papel, a la traductora, que lo revisa. Di Fonzo introduce los cambios en el ordenador y le pasa el texto al corrector de primeras. El corrector se lo pasa a Muchnik, que lo empieza a maquetar y lo reenvía a los siguientes correctores. Entre uno y otro, él mismo revisa los borradores. Cuando todo está listo, pule la maquetación para dejar el texto listo para la imprenta. (Contado así, se me antoja un infierno digno de un scriptorium medieval. Pero el resultado es bueno.)

Entre medias, Gala Arias empieza a traducir su propia Guerra y paz. Muchnik se entera y se entrevista con ella. Averigua así que lo que Mondadori piensa editar es «un borrador que Tolstói había desechado. El editor […] le ha dado a Gala apenas un año para entregar el trabajo y a todas luces ella no se siente cómoda. No le parece un original fiable, comprende que la novela de Tolstói no es “eso”» (pág. 1857). En Francia, ésa versión (publicada en Seuil) se promocionaba así [atención: sigue un spoiler]: «dos veces más corta […]; ausencia casi total de digresiones filosóficas […]; mucha más “paz” que “guerra”; ¡el príncipe Andréi y Petia Rostov no mueren!». Huelga, creo, añadir más.

Lydia Kúper

Hay más aventuras, pero prefiero remitir al paciente lector al ameno texto de Muchnik. Mi intención sólo era plasmar, resumidísima, la historia de una retraducción que empezó cómo deberían empezar todas las retraducciones: con una revisión a conciencia y con la constatación de que la versión anterior es insalvable.

Supongo que, con el tiempo, la de Muchnik será la edición de referencia. La traducción, como hemos dicho, parece poco menos que impecable (dijera lo que dijera Kúper: «Creo que algún día, cuando se haga una nueva versión, también encontrarán fallos en la mía, pero lo cierto es que puse en mi trabajo “toda el alma”, como dirían en ruso, a lo largo de muchos años»). Como garantía añadida, sabemos que ha pasado cinco correcciones (como se consigna en el colofón). Además, incluye anexos utilísimos: mapas, una nota de la traductora, un apartado de notas con la traducción de las expresiones en francés y alemán –que, por suerte, aparecen tal cual en el cuerpo del texto–, un listado de personajes y un resumen por capítulos. Lamento únicamente que los guiones de diálogo no sigan la convención típica en la edición española. En dos mil páginas no he logrado acostumbrarme a ellos.

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mutisLeo la última página de La piel de Curzio Malaparte y un agrio caos comienza a descomponer la más o me­nos tranquila estructura que cada día edifico del mundo que me ro­dea. A través de un hermoso esti­lo de herencia proustiana con capi­tosas adherencias meridionales, casi d’annunzianas, Malaparte revive con una fidelidad de examen clíni­co, el manso desleimiento de los va­lores que por treinta siglos han sostenido la vida del hombre occidental sobre la Tierra. Manso pero seguro y precipitado desleimiento.

Una putrefacción de res que muere en el trópico, sor­prende la débil materia que envolvía la vieja y robusta carne de Europa.

Peligroso libro este de Malaparte. Cuando creemos que en deter­minado momento quie­re llevar un mensaje de esperanza a los hom­bres que ven morir la cultura occidental, diciéndoles de la bondad, sencillez, primitiva y honrada sencillez de los «liberadores», de repen­te tiene para estas pa­labras de una sardónica y civilizada crueldad que rompen en pedazos la alentadora imagen que antes trazara.

Así como Malaparte nos descu­bre en La piel el manejo y evolución de lo que él llama la Internacional de los Coridones, así fuera fácil colocar a Malaparte en esa Internacional de la Muerte en la cual formaría con Ca­mus, Neruda, Sartre, Faulkner, Gra­ham Green y Georghiú. Nadie como ellos conocen mejor el imperio de los muertos, su gesto imperioso sobre los vivos, su olor esparcido sobre las co­sas del mundo. Nadie como ellos ha sido tan hondo en encontrar las hue­llas de la muerte, aún en los más vi­vos y frescos elementos del mundo. Y entre ellos, ninguno ha llegado a una tan íntima familiarización con los ra­ros caprichos de los muertos, con el rígido ademán de los cadáveres cuyo significado él interpreta con singu­lar justeza como Malaparte.

Desde las primeras páginas de Kaputt y en las primeras frases de La piel el ti­bio vaho de la cadaverina rige cada una de las palabras, impregna cada imagen, envuelve una por una las es­tilizadas aventuras del autor, incan­sable viajero en el destrozado sepul­cro de Europa.

La más grave tacha que pueda ha­cerse a Malaparte es la de un talen­to literario. La eficaz manera de «recrear» si­tuaciones, el a menu­do recargado y rebus­cado andamio literario que pesa sobre su impla­cable visión del mundo contemporáneo, dejan en el lector una sensa­ción de leve duda so­bre la supervivencia de la obra de Malapar­te como escritor. Es po­sible, en verdad, que dentro de algu­nos años nadie recuerde ya sus libros. De lo que sí estoy seguro es de que el último libro que escriban los hom­bres, el testamento de la humanidad en derrota, será algo muy semejante a La piel o a Kaputt, Malaparte –en su condición de viejo amigo de los muertos– tiene un sentido ultrasensi­ble para «lo último».

Capta cada ges­to humano, en cada luz sobre el mar, en cada combinación supercivilizada de colores y sabores, la honda catego­ría de finitas que las cosas del hom­bre arrastran bajo su capa de supervi­vencia sensorial. Y esta sola sabiduría de lo mortal, basta para que perdu­re para siempre Malaparte. Tal vez se olvidan sus libros, es posible que su nombre se vaya opacando con el co­rrer del tiempo, pero nadie podrá ol­vidar que quien primero habló franca y desnudamente, en bellas palabras de poeta, de la muerte de un mundo que nació en el siglo V antes de Cris­to, fue Curzio Malaparte, un europeo sin grandes convicciones políticas, con sentido del buen vivir, humano y cordial, sincero y cambiante a la vez, piedra de escándalo y flor de la civili­zación de occidente, en resumen el úl­timo poeta de la cristiandad que viera nacer al poverello y al Duque de Va­lentino.

[El artículo de Mutis, titulado «Libro de los muertos», apareció el 30 de abril de 2013 en el diario El tiempo de Colombia.]

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