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Archive for the ‘palabras ajenas’ Category

Cuentan que un día llamó a las puertas de la Ciudad Prohibida de Pekín un impresor que llevaba un fabuloso obsequio para Su Majestad Imperial: un libro sin ninguna errata.

El emperador mandó examinar el libro, sucesivamente, por cada uno de los seiscientos sesenta y seis letrados de su Íntimo y Privado Consejo y la respuesta que le dieron lo sabios confirmó, para asombro de todos, las pretensiones del artesano: el libro, en efecto, no contenía ni una sola errata. Ni siquiera la que en estos casos aparece en el colofón en el que se hace constar que el libro no contiene errata alguna.

Su Majestad, con la más oblicua e impenetrable de las sonrisas, agradeció el obsequio, ordenó inscribir el nombre del impresor en el volumen veintiuno del Wen xian tong kao, lo elevó a la categoría de mandarín y lo envió como gobernador a una lejana pero rica provincia, donde desafortunadamente murió al día siguiente de su llegada. En Pekín, Su Majestad Imperial, tras recordar a todos sus súbditos presentes y venideros que la perfección es atributo exclusivo del Supremo Soberano Celestial, dictó un decreto por el que ordenaba la introducción de una errata en aquel libro sacrílego.

Este apólogo chino contribuirá quizás a hacer más soportable la amargura del lector cuando, indefectiblemente –y recuérdelo bien: indefectiblemente–, en el momento de entregar un trabajo, recibir el primer ejemplar de un libro o la separata de un artículo propio, compruebe que, pese a todas las precauciones tomadas por uno mismo y el editor, se ha colado una errata. ¡Y dese por satisfecho si hay sólo una!

También puede consolarse pensando que, si tenemos en cuenta que una página estándar de mecanografía contiene unas 2.100 pulsaciones, y que su trabajo de, por ejemplo, 30 páginas contiene una docena de erratas, su margen de error es prácticamente despreciable: un 0,019 %.

[Josep M. Pujol y Joan Solà, Ortotipografia. Manual de l’editor, l’autoeditor i el dissenyador gràfic, 3.ª ed., Barcelona, Columna, 2000, págs. 377-378.]

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En 1925, Josep Pla viajó durante un par de meses por Rusia por encargo del diario La Publicitat. Sus artículos, recopilados en un delicioso volumen titulado Viatge a Rússia (que a mi conocer no ha sido traducido al castellano), se leen hoy con estupor; estupor ante la inteligencia con que la prosa calma del autor –ese engañoso desapasionamiento, tan típicamente planiano–  evita caer en tópicos que aún hoy perviven, estupor ante la opinión generalmente favorable de Pla hacia las políticas bolcheviques y ante su fascinación por la vitalidad de un país que trabaja a pleno rendimiento por situarse a la cabeza de las potencias mundiales. El libro entero es una joya por los datos que aporta, por la prosa que los hilvana y por la sucinta agudeza de un autor por entonces jovencísimo, apenas veintocho años. Aquí me limitaré a hablar del capítulo sobre «Las prensas del Estado». En el momento de la visita de Pla, las prensas de la URSS daban empleo a más de 12.000 impresores y más de 6.000 «intelectuales» (autores y traductores). El autor ruso más leído era Tolstói, y el autor extranjero más popular, Anatole France.

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Pla describe el proceso de admisión de originales de la siguiente manera:

Cuando una persona, en Rusia, ha escrito un libro, lo lleva a la dirección de las prensas del Estado, la cual pasa el libro a un Comité técnico formado por personas conocedoras del negocio de la edición. Este comité se plantea el problema de la edición del libro presentado desde un punto de vista puramente económico. Estudia, en breve, las posibilidades de venta que puede tener el libro. […] En el caso de que las cualidades del libro sean difíciles de captar, las prensas del Estado pasan el libro a la Asociación de escritores de la tendencia a la que el libro pertenece. […] Este comité tiene también funciones muy elásticas con respecto a los libros extranjeros: puede proponer todo tipo de libros para traducir.

Se nos informa de que los autores trabajaban con contrato:

Si el Estado compra la propiedad de un libro, es que el autor se la ha vendido. En general, el Estado da a los autores un tanto por ciento de los ejemplares vendidos. […] La ventaja que tiene en Rusia el autor de un libro es que no puede verse robado por el editor porque todas las ediciones de las prensas del Estado van numeradas.

Pla pregunta al director de la casa editorial si existe la censura, a lo que éste responde con la sinceridad que Pla destaca durante todo su libro como característica principal de los comunistas:

Naturalmente. El bolchevismo es un régimen que se defiende. Lo que pasa es que la censura se desarrolla principalmente en los terrenos más vitales de la cultura. ¿Qué censura quiere que haya, por ejemplo, ante una novela de Gorki o un volumen de los cuentos de Chéjov? ¿Qué censura quiere que se ejerza sobre los libros de Einstein o de Freud? Sería absurdo. En cambio, puede ser censurado un libro de política y, naturalmente, de economía.

Con todo, las miras son más amplias de lo que podría esperarse:

Sabe usted, por ejemplo, el punto de vista absolutamente anticomunista que ha adoptado Kautsky después de la revolución rusa. En cambio, hemos editado la mejor colección de obras completas de Kautsky que existe hoy en el mundo. […] Hemos editado el libro de Wells [supongo que Russia in the Shadows, de 1920]. Es un libro contrario, pero consideramos que el testimonio de Wells es demasiado importante como para no ser conocido.

La labor de las prensas comunistas aspira a cumplir una función social, y está fuertemente comprometida con la divulgación de la cultura entre un público general:

El Gobierno soviético trabaja por la elevación de la cultura, por la mejora de la producción, por la elevación y la higienización de la vida. […] La lucha contra el analfabetismo, contra la suciedad y contra la religión ocupa gran parte de nuestra actividad. […] De todas las obras de estudio, se hacen ediciones populares que se venden a precios ínfimos.

La difusión es, pues, amplia:

El año pasado lanzamos a la calle ocho millones de ejemplares. […] El Comisariado de Comunicaciones, por ejemplo, tiene la obligación de poner una librería en cada estación pequeña o grande de la Unión.

En el capítulo siguiente («Pedagogía»), se abunda en la voluntad de difusión cultural del régimen soviético:

Los mencheviques y los socialistas revolucionarios daban más importancia, parece, a la alta cultura y a la Universidad que a la instrucción primaria. Lenin, en cambio, quiso siempre empezar por la base, por la escuela inferior. Sin desconocer la importancia de la cultura superior, hacía, sin embargo, una prelación de obras a realizar, en el primer capítulo de la cual –el más urgente– figuraba la escuela popular.

En relación con lo anterior, cabe añadir, por último, que los principios pedagógicos de la Unión eran el comunismo y la irreligiosidad, pero no la rusificación:

La lengua materna de los chicos y chicas es siempre la lengua de la escuela. (Ya dijimos que todas las lenguas de Rusia son lenguas de Estado.) […] El veinte por ciento de la prensa de la Unión sale en lenguas no rusas. Las prensas del Estado publican en todas las lenguas de la Unión.

[Fuente: Josep Pla, Viatge a Rússia: Notícies de la URSS. Una enquesta periodística, Barcelona, Destino, 1990.]

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En 1995, Susan Sontag leyó en la Universidad de Columbia un texto titulado «On Being Translated», recogido posteriormente en la colección de ensayos titulada Cuestión de énfasis. En él, como muchos otros autores, Sontag no puede por menos de inscribir sus ideas sobre la traducción bajo el signo de la paradoja: «La traducción es sobre lo desemejante. Un modo de sobrellevar y mejorar, y sí, de negar la diferencia; incluso su […] es también un modo de reivindicar lo diferente».

La autora repasa al vuelo la etimología y las connotaciones del verbo to translate en inglés –su uso en la Biblia de Wycliffe, en Hobbes– hasta llegar las que para ella son las tres definiciones modernas sobre la traducción: la traducción como explicación, como adaptación y como mejora. La primera «es el proyecto de sustitución de la ignorancia, la oscuridad»; el aclarar qué es es lo que pone aquí. La segunda es la que abrazan «algunos traductores (por lo general poetas) que no quieren estar sujetos al criterio de la mera “exactitud”». La última es la «la extensión hubrística de la traducción como adaptación». De la traducción, tal como la entendemos la mayoría, a la versión y la recreación.

Portrait Of Author Susan Sontag«La traducción perfecta (o ideal) es una quimera que siempre se aleja», escribe más abajo, y a renglón seguido formula la pregunta insoluble que determina las distintas teorías (o estrategias) que los traductores elegimos para enfrentarnos a los problemas del texto: «En todo caso, ¿ideal según qué criterio?». En la definición de ese «criterio» se despliega una discusión que empieza con Jerónimo y que hasta hoy no ha acabado, pero que tal vez podría resumirse diciendo que quien traduce mal es porque piensa mal, y que las diferencias entre las distintas versiones de una misma obra obedecen tanto a diferencias de lengua como a divergencias en el pensamiento: «¿Se es fiel a la obra? ¿Al escritor? ¿A la literatura? ¿A la lengua? ¿Al público?». Ante estas dudas, dos son los modelos a seguir: la adaptación mínima («la traducción ha de parecerlo») y la naturalización plena (que «nunca parezca que se está leyendo una traducción»): «trote pedestre frente a reescritura impertinente; éstos son, por supuesto, extremos, bien entre los cuales se encuentra el ejercicio real de los traductores más dedicados».

La traducción (el texto traducido) no deja de ser, para Sontag, un producto social. Hoy en día, «sometidas a las leyes de la sociedad industrial, las traducciones parecen desgastarse, hacerse anticuadas más pronto», pero no es éste un defecto genético de la traducción en sí: «las traducciones son como los edificios. Si son buenos, la pátina del tiempo les da un mejor aspecto: el Montaigne de Florio, el Plutarco de North, el Rabelais de Motteux…». El mito de la retraducción cíclica no es más que eso, un mito del capitalismo avanzado: «la traducción es una de las pocas actividades culturales que aún parece regida por la idea de progreso […]. La más reciente es, en principio, la mejor».

«Una quimera que siempre se aleja», decíamos más arriba. En otro ensayo del mismo libro («La escritura como lectura»), escribe Sontag: «Escribir es ejercer, con especial intensidad y atención, el arte de la lectura. Se escribe a fin de leer lo que se ha escrito, para ver si está bien y, puesto que no lo está nunca, a fin de reescribirlo». Seguramente, el defecto genético que explica el envejecimiento de las traducciones no sea su cualidad de traducciones, sino su ser texto, porque como tales, son siempre una entidad inconclusa. Es el mal de Borges: el texto definitivo sólo es atribuible a la religión o al cansancio.

El texto de Sontag empieza con una anécdota que tiene algo de fábula. Es verano de 1993; Sontag está en la sitiada Sarajevo para dirigir una versión en serbocroata de Esperando a Godot. La tesitura, podrían pensar otros, no es la más apropiada  para obras teatrales –actores malnutridos, bombas, francotiradores, escasez, cortes eléctricos, amén de un teatro medio destrozado–, pero para Sontag el ruido de la guerra es la señal de que Beckett es «aún más pertinente de lo que había imaginado». Al reunirse con la compañía, la autora descubre que los libretos todavía no estaban disponibles: la obra, pese a existir una versión serbocroata anterior, está siendo retraducida al bosnio. «Pero ¿lo que habláis no es serbocroata?», pregunta Sontag. «En realidad no», responde el productor. «Entonces, ¿cuál es la diferencia?». «No sabría explicártelo». Si quieren saber cómo acaba la anécdota, lean el ensayo, que como los demás de Sontag es más que recomendable.

[Referencia: Susan Sontag, Cuestión de énfasis, trad. Aurelio Major, Madrid, Alfaguara, 2007.]

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DebordTraducir textos complejos, cuya significación debatirán durante años lectores, estudiosos o simples frikis, es siempre un riesgo, y es campo abonado para el error o la crítica. (La traducción, en general, es arte falible, de aquí la importancia de las retraducciones.) Estilísticamente, La sociedad del espectáculo de Guy Debord es un texto lapidario, directo, aunque a menudo la abstracción de sus conceptos deja abiertas las puertas de lo interpretable y hasta de lo poético y lo esotérico («Le spectacle est la conservation de l’inconscience dans le changement pratique des conditions d’existence», tesis 25). Tal vez por eso, tal vez por otras razones, se han producido vehementes polémicas sobre las traducciones del texto de Debord (el Colectivo Maldeojo ha publicado su propia lista de correcciones a la versión de José Luis Pardo en Pre-Textos). El propio Debord toca el asunto de la traducción en su prefacio a la cuarta edición italiana de La sociedad del espectáculo (1979), incluido en los Commentaires sur la société du spectacle. Dice así:

De este libro, publicado en París a fines de 1967, han aparecido ya traducciones en una decena de países. La más de las veces, se produjeron varias en una misma lengua, por editores que competían; y casi siempre fueron malas. Las primeras traducciones fueron infieles e incorrectas en todas partes, con la excepción de Portugal y quizás de Dinamarca. Las traducciones publicadas en neerlandés y en alemán son buenas a partir del segundo intento, aunque el editor alemán en cuestión descuidó en la impresión la corrección de una multitud de erratas. En inglés y en español habrá que esperar el tercer intento para saber qué he escrito.

Y a continuación narra el que probablemente sea uno de los más formidables casos de irritación por parte de un lector ante una traducción lamentable:

No se ha visto, sin embargo, nada peor que en Italia, donde el editor De Donato publicó, desde 1968, la más monstruosa de todas, que no fue mejorada más que parcialmente por las dos traducciones rivales que siguieron. Por lo demás, en aquel momento Paolo Salvadori fue a ver en sus despachos a los responsables de aquel desafuero, los golpeó y les escupió literalmente a la cara: pues tal es naturalmente, la manera de actuar de los buenos traductores cuando encuentran a los malos. Esto es lo mismo que decir que la cuarta traducción italiana, hecha por Salvadori, es por fin excelente.

Debord se pregunta entonces por las posibles causas del desaguisado:

Esta incompetencia extrema de tantas traducciones que, excepto las cuatro o cinco mejores, no me fueron presentadas, no quiere decir que este libro sea más difícil de entender que cualquier otro que jamás haya merecido realmente ser escrito. Ese tratamiento tampoco está reservado en particular a las obras subversivas, acaso porque en este caso los falsificadores por lo menos no hayan de temer que el autor los demande ante los tribunales, o porque las inepcias añadidas al texto puedan favorecer las veleidades refutatorias de los ideólogos burgueses o burocráticos. No se puede menos que constatar que la gran mayoría de las traducciones publicadas durante los últimos años, en cualquier país que sea, e incluso tratándose de clásicos, están pergeñadas de la misma forma.

Y a continuación da una explicación mordaz y brillante:

El trabajo intelectual asalariado tiende normalmente a seguir la ley de la producción industrial de la decadencia, conforme a la cual la ganancia del empresario depende de la rapidez de ejecución y de la mala calidad del material utilizado. Desde que esa producción tan resueltamente liberada de cualquier traza de miramientos para con el gusto del público ostenta en todo el espacio del mercado gracias a la concentración financiera y, por consiguiente, a un equipamiento tecnológico cada vez mejor, el monopolio de la presencia no cualitativa de la oferta, ha podido especular cada vez más descaradamente con la sumisión forzada de la demanda y con la pérdida del gusto, que es momentáneamente su consecuencia entre la masa de la clientela. Trátese de la vivienda, de la carne de vaca de criadero o de los frutos del espíritu ignorante de un traductor, la consideración que se impone soberanamente es que a partir de ahora se puede obtener muy rápidamente y a menor coste lo que antes requería un tiempo bastante largo de trabajo cualificado. Por lo demás es cierto que los traductores tienen poco motivo para esforzarse por comprender el sentido de un libro y, sobre todo, por aprender antes la lengua en cuestión, cuando casi todos los autores actuales han escrito con tan manifiestas prisas unos libros que habrán pasado de moda dentro de tan breve tiempo. ¿Para qué traducir bien lo que era inútil escribir y que nadie va a leer? Por este lado de su peculiar armonía el sistema espectacular es perfecto; se desmorona por todos lados.

Como casi siempre que leo a Debord, tengo la sensación de que lo que dice se corresponde al momento presente con precisión milimétrica, y no puedo por menos de preguntarme qué diría hoy, si la bendita ginebra no se lo hubiera llevado a la tumba tan tempranamente.

[Nota: cito por la traducción de Luis A. Bredlow, publicada en Anagrama.]

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Cavell - PianoLa versión castellana de Reivindicaciones de la razón, seguramente la obra magna de Stanley Cavell (seiscientas y pico páginas a las que no me habría gustado enfrentarme), incluye un prólogo en el que Cavell, consciente de la dificultad de su escritura, habla de su experiencia como autor traducido. Aquí unos fragmentos:

¿Qué podría esperar razonablemente un autor de una buena traducción de su libro? Es decir, aparte de la esperanza natural de hacer nuevos amigos del libro entre quienes de otro modo seguirían siendo extraños al mismo. Después de todo, uno escribe principalmente para extraños.  Yo he esperado –y algunas veces me he visto recompensado por el cumplimiento de la expectativa– que la traducción me arrebatase el libro de las manos, como para probarme a mí mismo que mi libro tenía uan vida al margen de mí, y que, al mismo tiempo, me lo devolviese con aspectos de su semblante que yo no había apreciado.

Me han dicho muchas veces que mi escritura es difícil de traducir debido a ciertas presiones que impongo a la lengua inglesa, por ejemplo, empleando palabras en contextos poco comunes, o empleando modismos o haciendo alusiones con una palabra alterada, o ampliando las sentencias más allá de su escala normal. […] Mi meta es alcanzar la precisión mediante las ricas formas que tiene el lenguaje de conseguir precisión: por cualificación y modificación, por exclusión y salvedad, por repetición cum variación, mediante ejemplos incesantes, haciendo hablar a las palabras en contextos que las toman por sorpresa […].

Un ejemplo […] aparece en la primera sentencia del libro, que abarca hasta más de doscientas palabras […]. Los traductores (a otros lenguajes diferentes del español) me informaron de que se les había aconsejado dividir la primera sentencia en una serie de sentencias más cortas, algo que no habría de resultar particularmente difícil de hacer, pero no se debe a que haya alguna dificultad lingüística en traducirla tal y como está. Claramente, la dificultad de traducción en este caso se encuentra en mantener la fe, contra quienes dudasen, en que el autor se había percatado de la sentencia es extrañamente larga y que alguna razón tendría para construirla de la forma en que se encuentra. Dicha razón no tiene sólo que ver con llamar la atención sobre la forma fatídica con que se empieza a hacer filosofía, sino con sugerir que está en la naturaleza de la filosofía, al menos como este libro la entiende, reconocer perpetuamente la necesidad de empezar de nuevo, de volver atrás, como si se hubiese perdido algo en el camino, o como si se hubiese perdido el camino mismo.

Clases más obvias de dificultad incumbirán a giros de frases o alusiones que no son familiares en el lenguaje anfitrión. Por ejemplo, el énfasis que pongo en la diferencia entre el acuerdo sobre nuestro lenguaje (sobre algo que nosotros decimos) y el acuerdo en nuestro lenguaje (en todo lo que decimos) es fundamental […]. Y es inevitable que se pierdan ciertas alusiones, o ciertos matices, o ciertos efectos dialectales. Todo esto forma parte de la fascinación, en realidad de la revelación, que hay en aceptar la diferencia irreductible de las distintas voces. Pero lo que quiero subrayar ahora no es esta irreductibilidad potencialmente creativa, sino atestiguar que lo que tiene la misma importancia, en una empresa tan imponente como la traducción de este extenso libro, es que toda ella lleve la impronta de una sensibilidad resuelta a acompañar a otra en una orilla distante –no acompañarla simplemente, como reza el dicho, a lo largo de todo el viaje sin más (sin aportar nada de interés por su parte), sino acompañarla, como he oído decir que hacen los pianistas con talento en los recitales de canto, suministrando el aire que apoya los vuelos de una canción–.

La traducción de Reivindicaciones de la razón la firma el profesor Diego Ribes y la editó en 2003 la editorial Síntesis. La imagen de Cavell que ilustra el post está tomada de The Chronicle of Higher Education.

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Eric Hobsbawm murió el pasado día 1 de octubre, pero evidentemente no es éste lugar para glosar la vida y milagros del legendario historiador, militante comunista y, cosa curiosa, crítico de jazz. Me limitaré a pegar un parrafo que escribió en 2008 con ocasión de su aparición en una serie de reportajes del diario The Guardian sobre los espacios de trabajo de varios escritores, músicos y académicos. Dice así:

Algunas de las estanterías que en la fotografía aparecen detrás de los dos escritorios contienen libros sobre los temas en los que sigo trabajando: el nacionalismo, la historia del bandidaje. La mayor parte, no obstante, guardan las ediciones extranjeras de mis libros. Su número me asombra y me complace. Siguen llegando a medida que se traducen nuevos títulos y que se abren nuevos mercados lingüísticos, como el hindi o el vietnamita. Como la mayoría no puedo leerlos, su propósito no es otro que el de servir de archivo bibliográfico y, en momentos de desaliento, como recordatorio de que este viejo cosmopolita no ha fracasado del todo tras cincuenta años intentando comunicar la historia a lectores de todo el mundo. Y como acicate para continuar mientras pueda.

Descanse en paz.

[Fuente de la foto: Archivo BBC.]

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Estoy leyendo estos días unos cuantos de los textos que Valentín García Yebra (fallecido hace algo más de un año) recopiló en el volumen titulado Experiencias de un traductor (Madrid, Gredos, 2006). Ahí encuentro una apología de la traducción literaria que creo deberían leerse todos aquellos académicos y gacetilleros que tratan, a la que pueden, de cargarse de un plumazo la segunda profesión más vieja del mundo. Copio tal cual (pág. 61):

Un traductor de talento, es decir, de comprensión amplia y penetrante y de gran capacidad expresiva, puede y debe contribuir a despertar esos tonos que todavía dormitan en su propia lengua. El verlos expresados en la del original espoleará su inventiva, y el esfuerzo para hallarles equivalente, aunque no llegue a logros totales, robustecerá su propia capacidad expresiva y enriquecerá la lengua de su pueblo. El hecho de que no pueda trasladar a su obra todos los matices, todas las vibraciones, los armónicos todos de la obra que traduce, no debe desanimarlo. ¿Acaso puede el poeta original expresar en un poema todas las gradaciones, todos los matices, todos los tonos del color del cielo y del suelo, todos los rumores, todos los olores, toda la palpitación del mundo en trance de renacer primaveral? Entre un poema y su traducción habrá siempre fisuras, incluso fosos. ¡Entre un poema y la vida habrá siempre abismos! Nadie pretenderá por eso hacer callar a los poetas. Igualmente irrazonable sería negar la legitimidad de la traducción literaria.

Y añade, rompiendo el manido tópico:

Como dice Rolf Kloepfer (Die Theorie der literarischen Übersetzung, München-Allach, 1976, pág. 125), «la traducción es, para un ámbito determinado, a saber, para el de la lengua extranjera, la única forma de vida posible, de supervivencia de la poesía. La traducción es la supervivencia de la poesía, puesto que la poesía sólo vive en la medida en que es comprendida».

Moraleja:

La traducción literaria es, pues, como la composición literaria original, empresa siempre imperfecta, siempre limitada, de éxito siempre relativo, pero siempre también valiosa, si alcanza altura bastante para llegar al reino del arte.

El subrayado es de un servidor. En realidad, la cuestión de la legitimidad de la traducción literaria podía haberse zanjado páginas antes (pág. 56), cuando García Yebra cita unas palabras de Aristóteles (Poética, 51b, 18) que, de haber recordado, habría añadido a mi trujamán de hace unos meses contra los teóricos: «tà genómena phanerón hóti dynatá», es decir «lo que ha sucedido es evidentemente posible».

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