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Archive for 29 marzo 2010

Lo reconozco: soy de los que tiende a interpretar a Malaparte en clave de verdad. Aun cuando la crítica ha desmentido muchas de sus exageraciones (la documentada y precisa biografía de Giordano Bruno Guerri, L’arcitaliano. Vita di Curzio Malaparte, es iluminadora a este respecto) y pese a que muchas de sus anécdotas desafían los límites de lo verosímil, se me antojan creíbles dentro del tono general de las obras. Es más: deseo creérmelas. A modo de disculpa, me digo que esto es más mérito suyo –por buen estilista– que defecto mío –por cándido y algo papanatas–. Los capítulos napolitanos de La piel son un buen ejemplo. A menudo, sin embargo, la realidad contiende a brazo partido con la ficción. Leyendo el desmesurado ensayo El saqueo de Europa, de Lynn H. Nicholas, me encuentro con el siguiente párrafo:

Cuando, después de la intensa resistencia de las fuerzas de Kesselring, los aliados entraron en Nápoles el primero de octubre [de 1943], la situación no mejoró mucho. La universidad soportó una segunda ola de destrucción. Los soldados aliados desvalijaron los laboratorios, y mezclaron de manera irremediable colecciones de conchas y piedras que había llevado décadas reunir. Pronto se vio a las tropas circulando por la ciudad en jeeps decorados con cientos de tucanes y papagayos de maravillosos colores, águilas e incluso avestruces disecados de la colección del zoológico. Los conservadores fueron bruscamente expulsados de sus despachos en el Museo Floridiana. El personal británico, francés y estadounidense se alojó en el Capodimonte y el Palacio Real, donde, con la alegre ayuda de las mujeres de la noche napolitana, arrancaron los brocados de las paredes, presumiblemente para convertirlos en prendas de vestir de una u otra clase.

De haberlo leído en una novela, ¿cuántos de nosotros habríamos juzgado inverosímiles esos jeeps paseando tucanes y avestruces por via Toledo?

(Fuente: Lynn H. Nicholas, El saqueo de Europa. El destino de los tesoros artísticos europeos durante el Tercer Reich y la Segunda Guerra Mundial, Barcelona, Ariel, pág. 283.)

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Vía Facebook me llega este vídeo. No estaría de más que lo viera alguien del Gremio de Editores, a ver si se sacuden el miedo de encima. Pero claro, quizá son como Marías y no tienen internet.

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La palabra «mafia» puede prestarse a confusión para el lector no italiano. Eduardo Martín de Pozuelo publicaba en el Culturas de La Vanguardia de la semana pasada un jugoso artículo a dos páginas sobre la mafia y algunos de los últimos libros sobre el tema. En él pone mucho cuidado en puntualizar que, en rigor, «mafia» se refiere a Cosa Nostra, es decir a la società malavitosa siciliana. Cosa distinta es que, hoy por hoy, apliquemos el término también a la Camorra, la ‘Ndrangheta, la Sacra Corona Unita, la Stidda e incluso al crimen organizado de los países del Europa del este.

Por el artículo me enteró de que el primer testimonio de la palabra «mafia» es la obra teatral I mafiusi di la Vicaria (1863), de Giuseppe Rizzotto y Gaetano Mosca, gracias a la cual también se difundieron los términos omertà (ley del silencio) o pizzo (impuesto mafioso). Se dice que ya entonces era palabra conocida, aunque su origen se pierde en la noche de los tiempos (véase aquí y aquí).

Como últimamente no puedo escribir sin hablar de la Segunda Guerra Mundial, destaco una de las lecturas recomendadas que aparecen en el artículo: Aliados de la Mafia, de Tim Newark (publicado por Alianza en traducción de Patricia Arroyo), sobre los vínculos entre los ejércitos aliados y la (autodenominada) onorata società.

Y ya barriendo descaradamente para casa: os recuerdo que en las librerías podéis encontrar ‘Ndrangheta, de Francesco Forgione, traducido por un servidor y publicado por Destino.

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No sé cuántos libros hay en casa, pero la mitad, si no más, son de segunda mano. Me pasé los últimos años de instituto, domingo sí domingo también, pateándome los tenderetes del mercado de Sant Antoni. Poco después empecé a frecuentar la librería Canuda, las de la calle Aribau, las de la calle dels Àngels, la desaparecida Cervantes de la calle Tallers… Debo decir que sólo en ésta última me han tratado como a una persona; en cuanto a las demás, llevo quince años saliendo por sus puertas sintiendo los ojos y el silencio del librero clavados en el cogote.

Cambié hace años Sant Antoni por cierto mercadillo solidario de periferia (cuyo emplazamiento me reservo) donde era posible comprar los libros de la Bernat Metge a dos euros. Con el tiempo se cansa uno de que le tomen el pelo, de ver marcados a cinco euros viejos volúmenes de Austral más negros que mi reputación (y ya es decir, que escribía el clasico), o los infames tomos crema de los clásicos catalanes de Edicions 62-La Caixa.

Luego sucede el milagro, se va uno a vivir a Berlín y descubre que el paraíso se encuentra a la vuelta de Prenzlauer Allee: la Saint George’s tiene miles de libros a precios muy pero que muy razonables (Women of the Left Bank de Shari Benstock, perfecto estado, 10 euros; por decir algo…) y bien clasificados (nada de encontrarse cursos de idiomas en la sección de crítica literaria), dos libreros jóvenes y majetes que se saben el catálogo de pe a pa, que no te dejan comprar un libro de primera mano si lo tienen de segunda y más barato (a mí llegaron a quitarme libros de las manos en dos ocasiones), que te aconsejan y se interesan por saber a qué te dedicas (gracias a ellos encontré las ediciones inglesas de Kaputt y La piel). Que los miércoles por la noche hubiera sesión doble de cine por cuatro euros, cerveza incluida, ya era la repanocha. Y digo la Saint George’s porque estaba al lado de casa. Podría hablar de Another Country, donde ponían platos cacahuetes junto a los sofás y podías pedirte una cerveza o una copa de vino, de Fair Exchange, al ladito del mercadillo turco y del mejor falafel de la ciudad, de East of Eden, de…

Así las cosas, era inevitable que al volver a Barcelona me aficionara a Abebooks. Porque me ahorro la vergüenza de que no me saluden al entrar y me miren como un ladrón al salir, el olor a bibliófilo rancio y, sobre todo, la indignación de ver basura de lance, arrugada y subrayada a apenas dos euros menos que de primera mano. Ayer, sin ir más lejos, recibí en casa, por 15 dólares envío incluido, la primera edición inglesa de Wars I Have Seen de Gertrude Stein. Me la envía la mítica Strand Bookstore de Nueva York, me incluye factura para que desgrave y me regala un punto de libro.

Dicho lo cual, sólo me queda desearles buenas noches y buena suerte a Canuda, Gibernau y compañía.

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El traductor Alfred Sargatal charlará mañana, dentro del ciclo Camaleons (organizado por la Asociación de Escritores en Lengua Catalana), dedicado a la traducción literaria, sobre las traducciones del poeta E. E. Cummings. En la sede del Institut d’Estudis Catalans (c/ del Carme, 47), a las 18.30 h.

Servidor se lo pierde gustoso porque mañana tiene, por fin, comida con los Anuvelos, María, Ana y compagnia bella, y estas cosas suelen ir para largo…

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Leí hace una semanas que Tintín en el Tíbet había sido retraducido al chino por el profesor Wang Bindong. Había una versión anterior, de 2001, significativamente titulada Tintín en el Tíbet Chino, y, a lo que parece, plagada de manipulaciones de sesgo ideológico. (Por lo demás, a diferencia de las ediciones en otras lenguas, las ediciones chinas del reportero del flequillo no incluyen al final las cubiertas del resto de la serie, entre las que habría debido incluirse Tintín en el país de los sóviets, invectiva anticomunista de primer orden.)

Por otra parte, leo en la Wikipedia que la versión en esperanto de Hervé Gonin incluye también alguna manipulación. Así, en la pág. 10, viñeta 12, el inefable capitán Haddock dice en francés : «Moi, j’ai rêvé de Napoléon, cette nuit : ce n’est pas pour ça que je le crois vivant, moi !…». En la traducción, la referencia es a Lázar Márkovich Zamenhof, inventor del esperanto: «Mi, ĉinokte, sonĝis pri Zamenhof: tamen ne pro tio mi kredas lin vivanta!». (No tengo a mano la versión castellana, pero la catalana mantiene la referencia a Napoleón.)

Admitámoslo: ambos casos son manipulaciones («traiciones», preferirá alguno). Sin embargo, la motivación es muy distinta en ambos casos: mientras que el caso chino es una tergiversación ideológica flagrante, el caso del esperanto es más bien una apropiación que tiene más de chiste que de política y que servidor, particularmente, aplaude.

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Después de más de un año metido en libros sobre la Segunda Guerra Mundial y la múltiples caras de la brutalidad irracional, me he acordado de «La Ilíada o el poema de la fuerza», un ensayo precioso sobre la guerra y la crueldad. Simone Weil lo escribió entre 1939 y 1940, con las tropas nazis avanzando hacia París. Hacia el final del texto anota:

Romanos y hebreos se creyeron, unos y otros, sustraídos a la común miseria humana: los primeros en tanto que nación escogida por el destino para ser la dueña del mundo, los segundos por el favor de su Dios y en la medida exacta en que le obedecían. Los romanos despreciaban a los extranjeros, los enemigos, los vencidos, a sus súbditos, a sus esclavos. Reemplazaron las tragedias por juegos de gladiadores. Los hebreos veían en la desdicha el signo del pecado y por ello un motivo legítimo de desprecio; consideraban a sus enemigos vencidos como horribles ante el mismo Dios y condenados a expiar crímenes, lo que hacía que la crueldad estuviera permitida y fuera incluso indispensable. Por eso ningún texto del Antiguo Testamento tiene un sonido comparable al de la epopeya griega, salvo tal vez ciertas partes del poema de Job. Romanos y hebreos han sido admirados, leídos, imitados en actos y palabras, citados siempre que había que justificar un crimen, durante veinte siglos de cristianismo.

Dejo al juicio de cada cual la interpretación del fragmento.

(Fuente: La fuente griega, Madrid, Trotta, 2005, trad. castellana de José Luis y María Teresa Escartín, pág. 42.)

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