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Archive for 28 mayo 2010

¿Para qué decir más cuando los personajes de Bowles y Bertolucci lo dijeron de la mejor manera posible?


¿Para qué, si puede cantarlo Anita Lane?


Nos veremos a la vuelta de Marruecos. Si encuentro las ganas y vuelvo.

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Leopoldo Alas publicó en 1885 un texto titulado «Las traducciones», incluido en Nueva campaña (aunque citaré por la versión abreviada recogida por Miguel Ángel Vega en Textos clásicos de teoría de la traducción, Madrid, Cátedra, 1994, págs. 272-275). En él se repiten muchos de los topica de la época sobre la traducción. Primero: la traducción es oficio vil (pág. 272):

Es certísimo que traducir como generalmente se hace del francés, del italiano o del inglés, no arguye ingenio ni otro mérito que el de aplicar tiempo y trabajo a un modo de ganar el pan, no siempre honrado.

Segundo: la traducción de lenguas vulgares no tiene valor; el traductor sólo demuestra cierto talento cuando traduce de lenguas muertas (pág. 273):

La diferencia que Cervantes establecía entre las lenguas griega y latina y las vulgares, estaba fundada en razones sólidas; pues siendo aquéllas de las llamadas muertas y de construcción sintética, ofrecen por uno y otro respecto mayor dificultad que todas las modernas.

Tercero: la traducción literaria debe ser coto exclusivo de escritores (pág. 273):

Para traducir literatura hay que ser literato; para traducir obras donde el buen gusto tiene que penetrar la idea del arte del autor, se necesita un artista de buen gusto también y hábil para hacer en el propio idioma los primores que el original hizo en el suyo.

Y aquí empiezan las contradicciones (pág. 273):

A estas alturas, es claro que la facilidad de la lengua de que se traduce, o su dificultad, es circunstancia secundaria.

Lo cual contradice el principio segundo. Más (pág. 274):

¡Traducir! Empresa que de puro fácil es despreciable […] cuando se trata de los que entienden que para tal empeño les basta conocer ambos idiomas. ¡Traducir bien! Empresa muy ardua y que exige, a más de facultades rarísimas, virtudes no menos raras, como la modestia, la resignación y la fe.

Lo cual entra en contradicción con el principio primero: ¿el traductor es un individuo sin honra pero facultado y virtuoso? «Se refiere al de las lenguas clásicas», me diréis. Sin embargo, en el párrafo anterior Clarín ha citado ejemplos que pertenecen a lenguas «vulgares»: Dante, Shakespeare. Para terminar, un punto en que las reflexiones de Clarín enlazan con las de Larra, que ya comentamos (pág. 275):

¿Quién traduce las obras de los literatos contemporáneos ingleses, alemanes, rusos e italianos? Nadie. ¿Y las de esos novelistas franceses que tanto llaman la atención en todas partes? Ésas las traducen… los que necesitan para ello un Diccionario de bolsillo.

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En la legendaria SSLiMIT, la facultad de traducción de la Universidad de Bolonia, donde servidor estudió hace ya (hélas!) unos cuantos años. Admitámoslo: la canción es deleznable y no les ha quedado bordada precisamente, pero cuando mi amiga Chiara lo ha colgado en Facebook no he podido resistirme. Sentimental que es uno. Que nadie se pierda a la enorme Pilar Capanaga como guest artist invocando a Jim Morrison al final del vídeo. Momentazo.

Gabriel, Ana, Laura y demás profesores que puedan correr por aquí: ¿nadie se anima?

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Me estoy volviendo un tanto friki del tema bélico. El otro día me sorprendí curioseando en un estante de historia militar en el FNAC y ahora cuelgo esto. Miedo me doy.

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Es el título de una mesa redonda celebrada en el Cervantes de Madrid con María Teresa Gallego (traductora de Jonathan Littell y Balzac), José Luis López Múñoz (traductor de Faulkner y Henry Fielding, de quien ya hablamos aquí), Miguel Sáenz (de Günter Grass y Thomas Bernhard), Ramón Sánchez Lizarralde (de Ismail Kadare). Hay momentos en que la charla es algo dispersa, pero vale la pena ni que sea por las aportaciones y anécdotas de Miguel Sáenz, en especial la de los atentados contra los traductores de Salman Rushdie en Italia y Japón. Me llega gracias a Celia Filipetto y, como no me dejan incrustar el vídeo, dejo aquí el enlace. En breve, más sobre autores y traductores…

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Ahora que estoy dándole las últimas puntadas a The Monuments Men se me han ocurrido un par de recomendaciones peliculeras.

La primera, el documental The Rape of Europa (Richard Berge, Bonni Cohen, 2006; producida por Robert Edsel), es bastante más interesante y claro que el libro homónimo de Lynn Nicholas que le sirve de base. Una buena introducción a la historia del saqueo cultural nazi.

La segunda es la película El tren (John Frankenheimer, 1964). En principio parte del libro Le front de l’art de Rose Valland, conservadora del Jeu de Paume parisino durante la ocupación nazi, razón por la cual tardé un poco en verla, por miedo a tragarme un tostón. En verdad es más bien una cinta de acción clásica a medio camino entre El golpe (por lo ingenioso) y El desafío de las águilas (por lo exagerado). Grata sorpresa.

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La novela de una momia de Théophile Gautier (Madrid, Espasa Calpe, 2000) es una novelita plagada de descripciones inacabables, abigarradas, decadentes y orientalizantes (y algo aburridas, a qué negarlo), vertidas en un castellano opulento, sinuoso y de sorprendente vigencia (la primera edición es de 1923) por Clara Campoamor, que destacó en la lucha feminista en los años treinta y cuya faceta como traductora servidor ignoraba hasta hace unos días.

En el prólogo a La revolución española vista por una republicana (Sevilla, Espuela de Plata, 2005), leo ahora estas palabras de Luis Español Bouché sobre el encargo de traducir a Gautier:

¡Nada menos que a Théophile Gautier! Para el que no lo sepa, subrayemos que Gautier es una pesadilla y un desafío para cualquier traductor; su vocabulario es de los más ricos que hayan honrado las letras francesas, entonces ¿por qué le brindaron aquella oportunidad a una joven que nunca había estado en Francia –que sepamos– y que no tenía ni el bachillerato?

Pero a mí, que lo que me gustan son las chorraditas, lo que me había llamado la atención era el comienzo del capítulo VIII:

Preciso es decir que Tahoser no pensaba en Nofré ni en la inquietud que debía causar su ausencia. La amada señora había olvidado su bella casa de Tebas, sus servidores y sus alhajas; cosa esta última bien difícil y aun increíble para una mujer.

La novela abunda en pasajes de este tenor y otros en los que doncellas egipcias de aura parnasiana bailan lánguidamente con flores en el pelo al lastimero son del arpa. En todos ellos intuyo a doña Clara chasqueando la lengua y sacudiendo la cabeza, resignada.

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