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Archive for 25 junio 2012

Sé que con este truja me la voy a cargar, pero bueno.

Quiero empezar diciendo que entiendo ciertas críticas que llegan desde América a las traducciones que se hacen en España, sobre todo porque el mercado editorial sigue unas pautas de tipo colonial francamente sospechosas: ¿por qué la producción americana (original y traducida) no llega a España y cuándo llega lo hace reeditada en editoriales españolas? Hasta ahí conforme. Lo que no puedo compartir de ningún modo son las acusaciones de localismo. En ocasiones, lamentándolo mucho, el libro exige localismo, porque hay registros y usos que no conocen forma estándar ni igual para todo el territorio de habla española. Y puestos a elegir entre matar la literatura o matar el espejismo de la uniformidad lingüística, para mí la decisión está clara.

Por lo demás (y esto debería ser una perogrullada) todas las lenguas tienen variedades: los personajes de esa sacrosanta novela (la que sea) que traducimos del inglés (por poner) al español utilizan una lengua que retrata un lugar y una época, y que el resto de lectores no pueden identificar como propia. ¿Por qué no imitar, en la medida en que sea posible, ese distanciamiento en la traducción?

En el artículo he colado como he podido la reflexión de por qué lo que es posible en catalán (aprovechar y mezclar variantes dialectales en una traducción) se descarta de oficio en español. Para mí es un misterio, y no sé si llegaré a resolverlo. Si alguna mente preclara me lo explica en los comentarios, les estaré muy agradecido.

Disquisiciones aparte: la cita de Pau Vidal que aparece en el truja está sacada de la tesis doctoral de Caterina Briguglia, La traducción de la variación lingüística en el catalán literario contemporáneo (Barcelona, Universitat Pompeu Fabra, 2009, pág. 267), accesible aquí.

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Existe, entre quienes escriben sobre Malaparte, una excesiva tendencia a la reserva, un distacco militante con respecto al objeto de estudio. Giordano Bruno Guerri escribió hace treinta años una biografía imprescindible en la que se muestra durísimo con el escritor de Prato. El muy documentado volumen publicado el año pasado por Maurizio Serra –más de seiscientas páginas, bibliografía escogidísima, varios testimonios de primera mano, valiosos apéndices– presenta un distanciamiento semejante, aunque más irónico que combativo.

Me imagino que cierta distancia es necesaria a la hora de orientarse en la red de exageraciones, deformaciones y mentiras que Malaparte tejió durante toda su vida (el hecho de que muriera con las bendiciones de la Iglesia católica y de los comunistas de Togliatti sólo es la última demostración de a qué extremos llevó tan difícil arte). En ocasiones, no obstante, parece que la reserva le impide a Serra apreciar al Curzio estilista. Reconozcámoslo: fue autor de estilo afilado, brillante en ocasiones, de una imaginación desmedida anclada siempre en la más cruda realidad, un fabulador que se divertía saltándose los límites entre el documento y la ficción, entre el ensayo y la narrativa. Y Serra lo sabe, como se echa de ver en algunas de las entrevistas del final, pero en el cuerpo del libro apenas lo insinúa con la boca pequeña.

La vida del biografiado es seguida casi al milímetro a lo largo de sus cincuenta y nueve años. Serra ha acudido a los registros y archivos ministeriales, a las personas que lo conocieron, a los paisajes en los que se movió. Reconstruye con rigor la historia de cada libro, da razón de las distintas versiones, de las manipulaciones a que el autor sometía con los años algunas obras. Describe con gran detalle las decisivas relaciones con Mussolini, Gobetti y Ciano, los años en París, la desorientación hiperactiva posterior a la Segunda Guerra Mundial, atrapado entre los jóvenes autores que lo desprecian y las depuraciones antifascistas. Serra concede considerable espacio también a la relación de Malaparte con las mujeres, el amor y el sexo, cosa que servidor echó de menos en la biografía de Guerri. La detenida y en general temperada reconstrucción de las múltiples hazañas malapartianas hacen que el volumen logre sobradamente su propósito: «refutar los clichés, en la medida de lo posible, mostrando la íntima coherencia y la modernidad de este intérprete profético de la decadencia de Europa frente a las nuevas potencias globales (URSS, Estados Unidos, China)» (pág. 9). Serra pinta a un intelectual con vocación polémica, un admirador de la fuerza, siempre a la búsqueda del aplauso y, a la vez, siempre a la contra. Como una versión política del célebre apotegma de Marx (Groucho): «Jamás pertenecería a un club que quisiera contarme entre sus miembros». Guerri, entrevistado al final del libro, sentencia: «Menospreciaba las ideologías, pero amaba las revoluciones» (pág. 591). Podría ser la tesis general de Serra. Quizá yo la reformularía así: «Acabaría descreyendo siempre de una ideología; nunca de las revoluciones».

Quiero dejar claro que el libro es de lectura amena y aporta, ya que no un enfoque novedoso, sí una ampliación de lo que ya había dicho la crítica y documentos interesantísimos (una carta inédita de Henry Miller a Malaparte de junio de 1948, una parodia de Kaputt, titulada Kúppet, de Paolo Vita-Finzi, entrevistas con Giorgio Napolitano, Lino Pellegrini, Francesco Perfetti, Beatrice Monti von Rezzori, entre otros). Pero también tiene puntos más débiles. Personalmente, no puedo compartir algunas de las afirmaciones que aparecen en el libro, como las referidas al supuesto menosprecio de Malaparte por los perdedores. La piel es, desde las citas iniciales, un testimonio rotundo en sentido contrario. Tal vez no sea una novela sincera; no importa: que las ideas del narrador y las del autor no encajen, no es excusa para dar testimonio de unas y no de las otras. Tampoco puedo compartir el enfoque excesivamente psicologista de muchas de las observaciones Serra; una cosa es estar de acuerdo en que Malaparte sufría un narcisismo galopante, y otra utilizar esa constatación para saltar a conclusiones precipitadas cuando faltan los datos. También se echa de menos un apartado bibliográfico mejor organizado para no tener que ir espigando referencias entre las notas, así como los datos de las ediciones originales de las obras de Malaparte (sólo se consignan aquéllas que no tienen versión francesa; en el resto de casos se dan los datos de las traducciones). Y puestos a pedir, yo habría agradecido algunas fotos más.

[Ficha de libro: Maurizio Serra, Malaparte, vies et légendes, París, Grasset, 2011, 636 págs. Premio Goncourt de biografía 2011.]

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