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Archive for 27 septiembre 2012

Reseñé la versión original (en francés) de este libro hace unos meses, así que, sin entrar en otras cuestiones, me limitaré hoy a examinar la versión castellana. En primer lugar quiero felicitar a la editorial por haberse atrevido a lanzar una biografía de Curzio Malaparte al mercado español, donde sólo contábamos con las muy sucintas de Franco Vegliani, publicada hace más de cincuenta años, y Mariano Rodríguez Tudela, aparecida hace cuarenta. (Personalmente, creo que sigue siendo un deber pendiente traducir la pionera de Giordano Bruno Guerri.)

Vaya por delante que lo que es la traducción en sí me parece excelente, como supongo no podía ser de otra manera tratándose de Juan Manuel Salmerón. El hecho de que el señor Salmerón traduzca tanto del francés como del italiano me parece, además, una garantía añadida en este caso. Mis perplejidades empiezan al notar que el orden de la obra original ha sido alterado: los agradecimientos han pasado del final al principio; la introducción, del primero al segundo lugar del índice; falta el apéndice IV (la parodia Kúppet de Paolo Vita-Finzi), así como tres de las ocho entrevistas (con Ferdinando Castelli, Beatrice Monti von Rezzori y Sandro Veronesi). Me informa la editorial de que los cambios han sido realizados con arreglo a la versión última del original, en acuerdo con el editor y el autor. Sea como sea, no acierto a entender los motivos de estas supresiones. Sí se han incorporado todas las fotografías incluidas en el original.

En el apartado de la nota sobre los textos, veo que, con acierto, se ha añadido un apartado de «obras de Curzio Malaparte publicadas en lengua española». Lamento, sin embargo, que no se consignen las obras traducidas antes de 2008, que son muchas, aunque no se encuentren más que en las bibliotecas y el mercado de segunda mano: Evasiones en la cárcel, Maditos toscanos, El Volga nace en Europa, Mamá podrida, Picotazos, Sangre, Diario de un extranjero en París, El inglés en el paraíso (y supongo que alguna otra que ahora no tengo a mano) fueron traducidas al castellano en su momento. Obviamente también de Kaputt y La piel. También echo de menos el nombre de los traductores de las obras que sí figuran: aparte del mío, el de Eduardo Bittini, Vítora Guevara y la amiga Paula Caballero.

Los pasajes de las obras de Malaparte citadas han sido traducidos directamente del original de la biografía, y no copiando y pegando las versiones castellanas existentes. Es un criterio como otro, aunque quien esto firma prefiere, en la medida de lo posible, consultar las traducciones a mano. Es una comodidad para el lector, que encuentra el mismo texto en ambos lugares, aunque un engorro para el traductor, que se ve obligado a trotar por las bibliotecas de media ciudad a la caza y captura del fragmento exacto.

Ojalá la aparición de este volumen contribuya a la revaloración de la obra malapartiana en España y que, en el futuro, sigan apareciendo en castellano (¿para cuándo también en catalán?) los libros del de Prato. Por lo que sé, Sexto Piso tiene en preparación Muss e Il grande imbecille, que la editorial Luni publicó en 1999. Esperemos que no tarden en llegar más.

No quiero terminar este post sin darle las gracias a Juan de Sola, que me puso sobre la pista de la edición castellana del libro dos meses antes de que apareciera, y a la editorial Tusquets, que tuvo el detalle de enviármelo y de intercambiar impresiones conmigo antes de la redacción de esta reseña.

[Ficha de libro: Maurizio Serra, Malaparte, vidas y leyendas, trad. Juan Manuel Salmerón, Barcelona, Tusquets, 2012, 553 págs. Premio Goncourt de biografía 2011.]

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La invisibilidad fue el tema en torno al cual giró última edición de El Ojo de Polisemo. Traductores, editores de mesa y críticos se citaron para debatir, a lo largo de varias mesas redondas, el estatuto del traductor y del hecho traductor dentro del circuito general del libro. Me pareció detectar, por parte de mis colegas, cierta tendencia a la defensa gremial, en tanto que los críticos trataban de salir airosos de su paseo por terreno hostil admitiendo –sin mucha sinceridad– lo lamentable que es ver relegada la labor del traductor y prometiendo –sin muchas ganas– que, si en su mano estuviera, otro gallo cantaría, pero que la tesitura, ya se sabe, usted comprenderá… Víctor Amela, con su desparpajo habitual, fue el único que se atrevió a saltarse el protocolo y, viendo que el debate parecía derivar hacia lo personal, verbalizó lo que todos los críticos deben de pensar: «Pero ¿qué es lo que queréis que digamos?».

Quienes creemos que el traductor es un elemento (importante, pero un elemento al fin y al cabo) de la cadena de producción del libro no podemos admitir que la discusión adopte un cariz personalista, de ego herido. La labor del traductor debe ser justamente reconocida, cierto, pero no debemos olvidar que nuestro trabajo tiene como fin último servir al libro y al lector-consumidor. Y del mismo modo que el consumidor de naranjas tiene derecho a saber si vienen de Valencia o de la China o si son o no transgénicas, tiene asimismo derecho a saber si el libro por el que ha pagado tanto como por quince kilos de naranjas es o no traducción, si viene de España o de la Argentina, si la traducción es nueva o reciclada, si el traductor de la tercera entrega de la serie es el de las dos anteriores. Nuestro nombre es una forma más de garantía. Eso es lo que yo quiero que digan. Y si un crítico no entiende eso, es que, de crítico, poco.

Aludo en el truja de anteayer a The Translator’s Invisibility, el libro de Lawrence Venuti (Londres, Routledge, 1995). No puedo decir que esté de acuerdo con todos sus planteamientos, entre otras cosas porque los mercados editoriales anglosajón e hispanófono son radicalmente distintos en lo tocante a las políticas de traducción. Sí admiro su espíritu y suscribo, como él, la necesidad de ser osados, pero no como quien da con el puño en la mesa para llamar la atención sobre la propia presencia, que es lo que parece sugerir nuestro autor, sino porque hay originales que lo requieren (le guste o no al editor) y a ellos nos debemos (le guste o no a Venuti).

De écrivains y écrivants, como es sabido, habla Roland Barthes en un artículo clásico: «“Écrivains” y “écrivants”», en Ensayos críticos, trad. Carlos Pujol, Barcelona, Seix Barral, 1977, págs. 177-185.

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Llevo retraso con el blog, con los trujamanes, con la vida en general, en fin. Será cosa del verano, de los ratos pasados en la arena polverosa del Garraf, de las noches enteras viendo capítulos de The Wire, de la languidez propia de los días de treinta grados con noventa y cinco por ciento de humedad, de cruzar media Europa en un Clío en compañía de tres locos de atar al son de Johnny Cash. Total, que con la llegada de la reentrada de septiembre, me había propuesto contar en qué ando, no tanto por informar al respetable (al seguramente se le dé una higa) como por saber cómo me he metido en estos fregados.

Iba a empezar diciendo que he escrito poco, pero no es cierto. Me he pasado el verano escribiendo un texto de extensión considerable para un libro sobre traducción que prepara el amigo Javier Jiménez, de Fórcola. Como no sabía de que hablar, me he tirado a las retraducciones, género que servidor conoce de cerca. El material sobre el tema llevaba meses (si no años) acumulándose en el ordenador (y en los estantes, y en la mesa, y en la otra mesa, y si no, véase la foto), así que ha sido una buena excusa para ordenarlo, releer la bibliografía básica sobre el tema y aclarar mis propias ideas sobre el asunto.

Resulta curiosa esta necesidad de escribir, o cuanto menos de examinar lingüísticamente nuestras intuiciones, para afianzar la propia experiencia. Sobre esto, poco más o menos, trata el libro que ando traduciendo ahora: Philosophy the Day After Tomorrow, de Stanley Cavell. El primer ensayo del libro se abre con una cita de John Dewey, que a su vez cita a Emerson. Traducido a vuelatecla reza: «el hombre debería aprender a detectar y observar ese rayo de luz que, procedente de su interior, centellea en su mente […], de lo contario, el día de mañana, un extraño describirá con buen tino exactamente cuanto hemos pensado y sentido, y, para vergüenza nuestra, nos veremos obligados a aceptar de otros nuestras propias opiniones». El de Cavell es sin duda alguna el libro más difícil que voy a traducir jamás y sé positivamente que me dará más problemas de los que me atrevo a prever. ¿Por qué acepta uno meterse en líos de este calibre? Por muchos motivos, supongo, aunque ninguno del todo sensato: por trabajar con un editor nuevo (nuevo para mí, él lleva muchos años haciendo libros), por probar algo nuevo, por ponerse a prueba a uno mismo, por vanidad, por creerse uno más listo de lo que es. Al menos, tengo la suerte de contar con amigos inteligentes que sabrán echarme un cable en un momento dado.

Y es que hay más gente de la que creemos dispuesta a ayudar. De esto trata precisamente el último trujamán que he escrito, aún por publicar: de las páginas de agradecimientos no escritas de los traductores. Nadie es tan listo ni tan bueno que se baste a sí mismo. (No, tú tampoco, morenín.) Cuando traduje a Malaparte ya recurrí a la táctica del morro descarado y saqué de ello, además de la solución a mis dudas, un par de buenas amistades. He vuelto a hacerlo con la novela que acabo de terminar, L’estate alla fine del secolo de Fabio Geda y no podría estar más contento del resultado. Olvídense de aquello del traductor como ave solitaria. No cuela. La de Geda, por cierto, es una novela deliciosa, una de esas novelas que logran narrar no ya la voz del autor, sino la mirada de un niño, un libro que me recuerda a esa perla de Julián Ayesta, Helena o el mar del verano, o a Mi familia y otros animales de Durrell. No veo la hora de que salga.

Verano suelen ser unos meses bastante muertos, pero la verdad es que (por la crisis o lo que sea) este año he visto más movimiento que de costumbre. Aparte del libro del señor filósofo, la canícula barcelonesa me ha traído otro encargo curioso: The Nao of Brown de Glyn Dillon, el primer cómic de mi vida. Una vez más, los motivos de mi alegría son algo ingenuos: una editorial para la que no había trabajado, un género que no había tocado, y el hecho de que la propuesta viniera del amigo Arnau, editor de Norma. Creo que me vendrá como agua de mayo ponerme con él cuando acabe (quizá literalmente) con Cavell.

No todo el monte es orégano. También hay encargos que se malogran. Por cuestiones de calendario no he podido aceptar un librito de Curzio Malaparte. Lo digo tal cual, pero me repatea las tripas. Le recomendé al editor que se pusiera en contacto con Paula Caballero, la otra malapartiana. Espero que lo haya hecho. Parece que últimamente, Malaparte y yo llevamos el paso cambiado: en enero me hablaron de la posibilidad de traducir otros dos libros suyos, pero el proyecto sigue en el limbo a la espera de un acuerdo con la propietaria de los derechos. Y ya que hablamos de Malaparte: este mes Tusquests pone a la venta la biografía de Maurizio Serra que comentamos aquí hace unas semanas. En breve colgaré una reseña de la traducción.

Y esto sería todo si, como traca final, no me hubiera metido en un último embolado. Pero de eso hablaremos otro día.

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