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Posts Tagged ‘Quijote’

Los compañeros de instituto que formábamos el pequeño grupo de latín decidimos, en nuestro último curso, hacer una colecta y regalarle al gran Goyo una versión latina del Quijote que, por pura serendipia, servidor había encontrado en un rincón de Laie. La idea de que pudieran publicarse traducciones a lenguas muertas ni se nos había cruzado por la cabeza. La anécdota ilustra uno de los casos de lo que, a falta de un nombre mejor, llamaré traducción honorífica: una cuyo valor no corre parejo a su utilidad.

Ejemplos existen más de los que servidor había sospechado (véase aquí, como muestra, un listado de traducciones al latín). Harry Potter (con versiones a unas setenta lenguas) ha sido traducido no sólo en latín, sino incluso en griego antiguo, por no hablar de su adaptación a distintos sistemas de escritura (chino tradicional y simplificado) o a varios dialectos de una misma lengua, como la estadounidense o la versión valenciana de la edición catalana, que servidor incluiría sin mucho miedo en el cajón de las traducciones honoríficas.

Me extraña que no haya ocurrido algo parecido con El señor de los anillos, que no sólo no está en latín, sino ni siquiera (por frikadas que no sea) en quenya ni en sindarin, dos de las lenguas tolkenianas más bien conocidas por quienes a estos menesteres se dedican.

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Quijote - Álvaro RejaCervantes no dejó de ocuparse en el Quijote de la traducción. Y lo hizo no una, sino dos veces. El primer fragmento de hoy son unas líneas del capítulo 6 de la primera parte (ed. Francisco Rico, Barcelona, Crítica, 2001, págs. 80-81), donde se relata el «donoso y grande escrutinio» del barbero y el cura. Dice éste de Ariosto:

—[…] [S]i aquí le hallo, y que habla en otra lengua que la suya, no le guardaré respeto alguno, pero, si habla en su idioma, le pondré sobre mi cabeza.
—Pues yo le tengo en italiano —dijo el barbero—, mas no le entiendo.
—Ni aun fuera bien que vos le entendiérades —respondió el cura—; y aquí le perdonáramos al señor capitán [Jerónimo de Urrea] que no le hubiera traído a España y hecho castellano, que le quitó mucho de su natural valor, y lo mesmo harán todos aquellos que los libros del verso quisieren volver en otra lengua, que, por mucho cuidado que pongan y habilidad que muestren, jamás llegarán al punto que ellos tienen en su primer nacimiento.

No puede decirse que la discusión sobre traducción de poesía haya cambiado sustancialmente desde entonces. Bibliografía sobre el tema la hay a carretadas; por relativamente reciente, citaré aquí el monográfico que Ínsula dedicó en 2006 a «La traducción poética en España» (núm. 717).

El segundo fragmento corresponde al capítulo 62 de la segunda parte; en él, don Quijote y Sancho pasean por Barcelona hasta dar con una imprenta. Uno de los oficiales del taller les presenta al autor (ojo: «autor») del libro que se está imprimiendo y tienen el siguiente diálogo (ed. Rico, págs. 1.143-1.144):

—Señor, este caballero que aquí está —y enseñóle a un hombre de muy buen talle y parecer y de alguna gravedad— ha traducido un libro toscano en nuestra lengua castellana, y estoyle yo componiendo, para darle a la estampa.
—¿Qué título tiene el libro? —preguntó don Quijote.
A lo que el autor respondió:
—Señor, el libro, en toscano, se llama Le bagatele.
—¿Y qué responde le bagatele en nuestro castellano? —preguntó don Quijote.
Le bagatele —dijo el autor— es como si en castellano dijésemos ‘los juguetes’; y aunque este libro es en el nombre humilde, contiene y encierra en sí cosas muy buenas y sustanciales.
—Yo —dijo don Quijote— sé algún tanto del toscano, y me precio de cantar algunas estancias del Ariosto. Pero dígame vuesa merced, señor mío, y no digo esto porque quiero examinar el ingenio de vuesa merced, sino por curiosidad no más: ¿ha hallado en su escritura alguna vez nombrar piñata?
—Sí, muchas veces —respondió el autor.
—¿Y cómo la traduce vuesa merced en castellano? —preguntó don Quijote.
—¿Cómo la había de traducir —replicó el autor— sino diciendo ‘olla’?
—¡Cuerpo de tal —dijo don Quijote—, y qué adelante está vuesa merced en el toscano idioma! Yo apostaré una buena apuesta que adonde siga en el toscano piache, dice vuesa merced en el castellano ‘place’, adonde diga più, dice ‘más’, y el su declara con ‘arriba’, y el giù con ‘abajo’.
—Sí declaro, por cierto —dijo el autor—, porque ésas son sus propias correspondencias.
—Osaré yo jurar —dijo don Quijote— que no es vuesa merced conocido en el mundo, enemigo siempre de premiar los floridos ingenios ni los loables trabajos. ¡Qué de habilidades hay perdidas por ahí! ¡Qué de ingenios arrinconados! ¡Qué de virtudes menospreciadas! Pero, con todo esto, me parece que el traducir de una lengua a otra, como no sea de las reinas de las lenguas, griega y latina, es como quien mira los tapices flamencos por el revés; que aunque se veen las figuras, son llenas de hilos que las escurecen y no se veen con la lisura y tez de la haz; y el traducir de lenguas fáciles ni arguye ingenio, ni elocución, como no le arguye el que traslada ni el que copia un papel de otro papel. Y no por esto quiero inferir que no sea loable este ejercicio del traducir; porque en otras cosas peores se podría ocupar un hombre, y que menos provecho le trujesen. Fuera desta cuenta van los dos famosos traductores: el uno el doctor Cristóbal de Figueroa, en su Pastor Fido, y el otro don Juan de Jáuregui, en su Aminta, donde felizmente ponen en duda cuál es la traducción, o cuál el original.

Comenta al paso estos fragmentos José María Micó en «Verso y traducción en el Siglo de Oro», Quaderns: Revista de Traducció (2002), núm. 7, págs. 83-94 (88).

Para terminar: la ilustración es del artista Álvaro Reja, que ha tenido el detalle de dejármela reproducir aquí.

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