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Archive for 30 mayo 2011

A lo largo de estos meses, María y Ana te han oído rebuznar rebufar con el libro de Stacy Schiff, un libro no especialmente largo, pero difícil, complejo, plagado de notas, citas, índices, mapas. En ocasiones, corregir un detalle en una nota implicaba reescribir frases enteras dispersas por todo el libro. Entonces te entraban ganas de arrancarle las páginas a dentelladas. Pero al final te quedas con lo bueno.

Aparte de la pasta (que bienvenida sea), lo bueno es esta difusa sensación de gratitud. Te sientes agradecido con Ana, María y Jason, que te confirmaban que no estabas loco, que esa frase era francamente rebuscada y que tirases millas. Con José Ignacio, que se rompió los cuernos contigo buscando la dichosa cita de Menandro y te regaló un librito de António Lobo Antunes. Con Joana, que te arregló algún pequeño problema con los préstamos bibliotecarios. Con Ana, de Destino, que siempre te manda los libros que le pides y accede a hacerte la vida más fácil dentro de las, imagino, estrictas condiciones (plazos, tarifas…) de un gran grupo editorial. Con Elsa, que te prestó Roma, a cuyos dos capítulos por noche no pudiste renunciar hasta acabarla. Con Gemma, que te aclaró quien era Balanchine, se tragó contigo la Cleopatra de Mankiewicz y te tomaba el pelo al ver que se te caían los párpados. Con tus padres, que soportaban pedantescos tostones sobre Marco Antonio y Cicerón durante el vermut del fin de semana.

Te gustaría incluso darle las gracias a Stacy Schiff, que sin quererlo te ha descubierto un gran libro de Lionel Casson y te ha obligado a conocer de cabo a rabo las colecciones de clásicos de Gredos, Loeb y Rizzoli. De no ser por ella, habrías postergado más aún la lectura de No digas que fue un sueño de tu querido Terenci (sólo ahora sabes que es una infumable novelita rosa sin nada que ver con los libros de memorias o El dia que va morir Marilyn).

Has descubierto que las bibliotecas universitarias no están precisamente bien surtidas de traducciones de Shakespeare (¿alguna donde encontrar íntegras las versiones de Cátedra y de José María Valverde?) y que algunos editores atentan contra san E. M. Forster publicando su Alejandría: historia y guía con todo tipo de anglicismos y sin reordenar el índice analítico (eso sí, en tapa dura, durísima, y toda suerte de prólogos y anexos). Pero lo perdonas todo porque, en el fondo, consultar ése y otros volúmenes era la excusa ideal para dar interminables paseos en moto por la incipiente primavera de Barcelona, para deambular por Sant Cugat a la hora de la siesta o para volver a comer al sol en el césped en la Autónoma, como en tiempos.

Ya que a los traductores (con buen criterio y salvo malapartianas excepciones) no nos dejan poner agradecimientos en los libros, tengo que decirlo aquí: va por ustedes.

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Estos días en que tantos estamos tan hartos, se ha hablado, sin mucho tino, de Stéphane Hessel y su archiconocido Indignaos, librito algo disperso y a mi entender bastante comedido teniendo en cuenta la que está cayendo. Casi al mismo tiempo, Errata Naturae ha publicado un libro de su padre, Franz Hessel, Romance en París, en traducción de Olga García.

Franz Hessel no sólo fue amigo de Walter Benjamin y uno de los padres de la flânerie, sino que también (como por suerte recuerdan la página de la editorial y la Wikipedia), fue traductor de grandes nombres de la literatura francesa: Balzac, Stendhal y, sobre todo, Proust, tan querido de Malaparte. A cuatro manos con el autor del Libro de los pasajes, vertió al alemán la Recherche, a excepción del primer volumen. Un articulito de Peter Szondi («Hope in the Past: On Walter Benjamin», prólogo a Walter Benjamin, Childhood in Berlin Around 1900, Cambridge, Belknap Press, 2006, págs. 4-5) comenta las circunstancias en que tuvo lugar la magna tarea. Traduzco a partir de la versión inglesa de Harvey Mendelsohn:

No debemos pasar por alto la historia de la recepción de Proust en Alemania, que estuvo estrechamente ligada a los nombres del poeta Rilke, el estudioso Ernst Robert Curtius y Walter Benjamin […]. Estos hombres no sólo figuran entre los primeros en caer bajo el influjo de Proust en Alemania, sino que trabajaron de forma activa por extenderlo. Nada más terminar de leer el primer volumen de À la recherche en 1913, Rilke trató de persuadir a su editor para que adquiriera los derechos de la obra en lengua alemana, pero sin éxito. Más tarde, en 1925, Ernst Robert Curtius dedico un extenso ensayo a Proust [«Marcel Proust», Französischer Geist im neuen Europa, Stuttgart, 1925, y «Die deutsche Marcel-Proust-Ausgabe», Die litterarische Welt, 8 de enero de 1926], quien, gracias a su severa crítica del primer volumen de la edición alemana, aparecida entretanto, logró que la tarea de su traducción recayera en manos más competentes. Los volúmenes siguientes fueron traducidos por Franz Hessel y Walter Benjamin.

El Index Translationum da una lista de sus traducciones (incompleta: no se dice, por ejemplo, que con Ignaz Jezower tradujo a Casanova). La editorial Tecnos publicó en 1997 otro libro de Franz Hessel, Paseos por Berlín, traducido por Miguel Salmerón. En 2010 fue instituido un premio literario que lleva su nombre.

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No debe de haber oro en el mundo que pueda pagar el trabajo de un intérprete de futbolistas. Como muestra, un botón. N. del T.: Para los lectores no catalanes, el APM es un programa de záping, pero de záping considerado como una de las bellas artes.

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Freud escribió Lo siniestro a propósito de El hombre de arena de E. T. A. Hoffmann, pero bien podría haberlo escrito basándose en la foto de Rong Rong que aparece en la cubierta de L’últim dia abans de demà –la misma que preside el pasillo de la casa de Eduard Márquez– o cualquiera de las de Francesca Woodman, que inspira uno de los personajes principales de la novela, vertida al castellano por el propio autor.

Hace años que no nos vemos y nos hemos reencontrado, en parte, gracias a Facebook. Me recibe con un abrazo. Me ofrece un quinto. Son las once de la mañana. Pasamos al estudio. Me cuenta que le ha dado por la percusión experimental y me ofrece una demostración de sus habilidades con una caja y un trozo de porexpán.

Una de las primeras cosas que llaman la atención al leer la novela en catalán es la presencia del castellano. Una presencia llena de intención («Vols estudiar literatura? No ho diu amb l’expressió despectiva dels hermanos quan parlaven de les carreras para maricones», pág. 23) que en la versión castellana trata de reflejarse recurriendo a la cursiva y a una nota del autor: «Los textos en cursiva indican los fragmentos en castellano en el original catalán». «El recurs de la cursiva no m’agrada –confiesa Eduard–, però li dóna la possibilitat al lector espanyol de veure que aquests capellans parlaven en castellà, i que en el llibre original parlen en castellà. No hi havia cap altra manera de fer-ho.» La editora de Alianza se mostró de acuerdo en todo momento en conservar la impresión de bilingüismo. Por suerte, porque no se trata sólo del bilingüismo (bilingüe es también este post), sino de un recurso crucial para el retrato de los personajes y la textura de la trama.

Hasta el momento, Eduard había recurrido a Pau Centellas y Ramón Minguillón para que pasaran sus libros al castellano, según dice porque no se sentía capaz de autotraducirse. ¿Por qué esta vez sí? ¿Por ser un novela más personal, más basada en el recuerdo íntimo? No, la razón es más estrambótica y prosaica. La editorial se proponía rodar un book trailer, y el director no leía catalán. Solución: reunirse y traducirle unas páginas al vuelo. Resultado: terminó leyéndole el libro entero, improvisando soluciones de traducción sobre la marcha: «A les vuit de la tarda jo em posava a traduir-li el llibre de viva veu aquí, en aquesta habitació, i a les tres del matí vam acabar. Quan em vaig ficar el llit em vaig veure capaç i vaig pensar: doncs ho faig jo. Altres vegades preferia que algú netegés el text en castellà i jo després entrava a fer la feina de microcirurgia fina. Mai m’havia vist capaç perquè el primer pas era molt molest, em grinyolava tot. Què em va estimular aquest cop? Veure com ho rebia una persona en directe. Això imagina-t’ho tu com a traductor! Si no haguéssim fet el tráiler, ho hauria fet algú altre. Ara bé, és una feinada de collons, eh!». Qué me va a contar.

A la hora de ponerse a traducir en serio, uno de los problemas fue elegir el modelo de lengua: ¿Qué castellano utilizar? Ejemplo: uno de los protagonistas vive en una torre del barcelonés barrio del Putxet. La expresión «una torre al Putxet» es tan intocable en catalán como la pica en Flandes castellana. Una pica, no una lanza, no una alabarda. Una pica. Pero en Madrid proponen chalé,  «porque este tío no vive en la torre de un castillo». «¡Pero es que tampoco vive en un chalé –exclama Eduard–, ni en una adosada, ni en un palacete! Al final, jo ja quasi havia renunciat: Va, chalé, i acabat amb é!». Finalmente interviene la editora de Madrid: «Eduard, ¿no irás a claudicar con lo de la torre, no?». Moraleja: «Vam veure que no passa res per fer servir un castellà amb marques del lloc on passa l’acció».

Marca catalana tienen también ciertas citas. Por ejemplo la de Las elegías de Duino, que en la versión catalana aparece según la traducción de Joan Vinyoli. ¿Y en la castellana? «El que diré ara és molt graciós: estaba tan acostumat a la versió catalana que quan vaig llegir les traduccions castellanes que tenia al meu abast, cap no m’agradava. Per tant, vaig traduir la catalana. Vaig traduir la versió de Vinyoli». A continuación comparamos las versiones de Vinyoli y Valverde. No puedo dejar de darle la razón. (Un poema de Vinyoli aparecía ya en Cinc nits de febrer y recientemente Eduard ha publicado sobre él un breve texto en una obra colectiva.)

Algunas soluciones castellanas también tuvieron su repercusión sobre la versión catalana. Ese diálogo fue, según el autor, lo más enriquecedor: «Em va agradar l’anar i venir: resoldre certes coses en la versió castellana em va ajudar a millorar la catalana. Aquest és el diàleg que no té un traductor, i és meravellós». Con todo, Eduard no aparece como traductor de la versión castellana: «Es va donar per fet que era la novel·la escrita en castellà. Ni m’ho van demanar, i si ho haguessin fet, hauria dit que no calia, perquè de fet hi ha parts que están reescrites».

Esa noción de «segundo original» me lleva a preguntarle cuál es la versión de la que parten las traducciones de sus libros a otras lenguas: «Els han fet quasi sempre del castellà. En alguns casos sense admetre-ho: es diu que està fet del català i és del castellà. Jo personalment entenc el problema d’un editor turc per trobar un traductor de català. Per què no em sap greu? Perquè jo controlo la versió castellana. I si li puc facilitar la feina a l’editor turc, ho faig».

Luego pasamos a otras cosas: al reciente libro de Jordi Llovet (ex profesor de ambos), a Malaparte, a las clases de escritura de Eduard en el Ateneu Barcelonès. Me firma el libro y antes de irme me recuerda que al miércoles siguiente lo presenta en Laie: barra libre de Voll-Damm, proyecciones de conciertos de Patti Smith, lectura de fragmentos. Fue una gran noche por más de un concepto, pero su relato excede ya los malapartianos predios de este humilde blog.

L’últim dia abans de demà está publicado en catalán por Empúries y en castellano por Alianza. El texto de Eduard Márquez sobre Joan Vinyoli aparece en el libro colectivo Tombes i lletres: homenatge fotogràfic i literari a 41 escriptors nostres (La Bisbal d’Empordà, Sidillà, 2011).

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Se calcula que el porcentaje de libros traducidos en el mercado editorial estadounidense no supera el 3 %. De aquí procede el nombre de esta iniciativa ligada a la Universidad de Rochester: el programa Three Percent tiene como finalidad dar visibilidad a la literatura traducida al inglés –que suele gozar de una atención más bien discreta por parte de la crítica y el público–, partiendo del convencimiento de que «para seguir formando parte de los lectores mejor formados del mundo, el público anglófono debe tener acceso a las grandes literaturas mundiales. Es un hecho probado que algunos de los mejores libros jamás escritos fueron escritos en lenguas que no son el inglés».

Recientemente, Three Percent falló los Best Translated Book Awards, que este año han recaído en el poemario The Book of Things de Aleš Šteger, traducido del esloveno por Brian Henry, y la novela The True Deceiver del sueco de la sueca Tove Jansson, traducida por Thomas Teal. Autores y traductores se embolsarán 5.000 dólares por cortesía de Amazon. Los BTBA empezaron su andadura en 2007.

Quien esté interesado en el tema, puede echar un vistazo a la página web de Monica Carter (miembro del jurado del premio) y al blog de Gina Choe. También podéis seguirlas en Twitter.

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