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Posts Tagged ‘Homero’

George Chapman –a quien algunos identifican con el Poeta Rival de los sonetos de Shakespeare– publicó en 1616 la primera versión completa en inglés de las obras de Homero. Doscientos años más tarde, John Keats escribía el famoso soneto titulado «On First Looking into Chapman’s Homer», singular reconocimiento a la titánica labor del poeta isabelino. El poema dice así:

Much have I travell’d in the realms of gold,
And many goodly states and kingdoms seen;
Round many western islands have I been
Which bards in fealty to Apollo hold.
Oft of one wide expanse had I been told
That deep-browed Homer ruled as his demesne;
Yet did I never breathe its pure serene
Till I heard Chapman speak out loud and bold:
Then felt I like some watcher of the skies
When a new planet swims into his ken;
Or like stout Cortez when with eagle eyes
He star’d at the Pacific — and all his men
Look’d at each other with a wild surmise —
Silent, upon a peak in Darien.

En la única traducción que tengo a mano (la de Alejandro Valero, publicada en Hiperión, algo deslucida por la falta de rima), el poema lee:

Mucho tiempo he viajado por los mundos del oro,
y he visto muchos reinos e imperios admirables,
y he estado en torno a muchas occidentales islas
que los bardos protegen como feudos de Apolo.
He oído hablar a veces de un vasto territorio
que rigió en propiedad el taciturno Homero,
mas nunca he respirado su aire sereno y puro
hasta que he oído a Chapman hablar con vehemencia:
entonces me he sentido como el que observa el cielo
y ve un nuevo planeta surgir ante su vista,
o como el gran Cortés cuando con ojos de águila
contemplara el Pacífico – mientras todos sus hombres
se miraban atónitos y con incertidumbre –
silencioso, en la cumbre de un monte de Darién.

En su famoso ensayo On Translating Homer (1861), Matthew Arnold carga a gusto contra el Homero de Chapman, llegando a confesarse incapaz de leer veinte versos sin exclamar «¡Esto no es Homero!». (El ensayo de Arnold daría pie a una polémica con Francis William Newman, de la que Borges se hace eco en «Las versiones homéricas».) Quizá porque no sabía griego, Keats encuentra en la traducción de Chapman esa grandeza comparable al océano, grandeza que sospechaba –«con los libros famosos, la primera vez ya es segunda», dice acertadamente Borges–, pero que no había sabido encontrar en las versiones de Dryden y Pope.

Alguien dijo que poesía es lo que queda después de traducir un poema. Keats, sin duda, estaría de acuerdo.

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Después de más de un año metido en libros sobre la Segunda Guerra Mundial y la múltiples caras de la brutalidad irracional, me he acordado de «La Ilíada o el poema de la fuerza», un ensayo precioso sobre la guerra y la crueldad. Simone Weil lo escribió entre 1939 y 1940, con las tropas nazis avanzando hacia París. Hacia el final del texto anota:

Romanos y hebreos se creyeron, unos y otros, sustraídos a la común miseria humana: los primeros en tanto que nación escogida por el destino para ser la dueña del mundo, los segundos por el favor de su Dios y en la medida exacta en que le obedecían. Los romanos despreciaban a los extranjeros, los enemigos, los vencidos, a sus súbditos, a sus esclavos. Reemplazaron las tragedias por juegos de gladiadores. Los hebreos veían en la desdicha el signo del pecado y por ello un motivo legítimo de desprecio; consideraban a sus enemigos vencidos como horribles ante el mismo Dios y condenados a expiar crímenes, lo que hacía que la crueldad estuviera permitida y fuera incluso indispensable. Por eso ningún texto del Antiguo Testamento tiene un sonido comparable al de la epopeya griega, salvo tal vez ciertas partes del poema de Job. Romanos y hebreos han sido admirados, leídos, imitados en actos y palabras, citados siempre que había que justificar un crimen, durante veinte siglos de cristianismo.

Dejo al juicio de cada cual la interpretación del fragmento.

(Fuente: La fuente griega, Madrid, Trotta, 2005, trad. castellana de José Luis y María Teresa Escartín, pág. 42.)

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