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Archive for 31 enero 2011

Después de recuperar Kaputt y Coppi e Bartali en 2009, la editorial italiana Adelphi ha reeditado recientemente La piel, en una edición al cuidado de Giorgio Pinotti y Caterina Guagni. Venía siendo hora, aunque, sinceramente –y a falta de tenerlo entre las manos–, dudo que el reciente volumen sea mejor, desde el punto de vista de la fijación del texto y la relación y discusión de las variantes, que el de Kaputt.

Sobre este movimiento de restauración de Malaparte en Italia habla Giordano Bruno Guerri en un artículo aparecido en octubre en Il Giornale y al que llego un poco tarde. En él se resume la consideración del autor su país en términos tan críticos como éstos:

Por el momento, baste observar cuán extravagante y provinciano resulta que –para relanzar su imagen y su obra– sea necesaria la aparición, después de Kaputt, de La piel en la editorial Adelphi. Editorial prestigiosa, sin duda, y con un óptimo aparato crítico, aunque no mejor que el «Meridiano» de Malaparte, que tuvo un tam-tam mediático enormemente inferior. Y es que Adelphi fa figo [hace chic], y a su nombre la intelligentsia italiana se abre cual higo maduro.

Para pasar luego a la imagen de Malaparte en el extranjero:

Malaparte es más querido en el extranjero que entre nosotros. El febrero próximo la editorial Grasset publicará un ensayo [vid. aquí, post del 23 de enero de 2011] de unas 630 páginas sobre él: directamente en francés, por más que el autor del ensayo es italianísimo: Maurizio Serra, acreditado estudioso de la cultura de entreguerras, además de embajador. En la presentación/congreso, en el Instituto Italiano de Cultura (23-24 de febrero), participarán, entre otros, Bernard-Henri Lévy, Jean-Paul Enthoven y Dominique Fernández, además de Francesco Perfetti y el que esto suscribe.

Guerri resume también los motivos (compartidos por un servidor) por los que cree que Malaparte siempre ha levantado ampollas:

El motivo de antipatía que suscita el personaje (aparte de su éxito) es su posición dentro y fuera del fascismo, dentro y fuera del comunismo, que le valió el sambenito de «chaquetero», tan difícil de eliminar.

Si se me permite opinar, dudo que el estatuto literario e intelectual de Malaparte se normalice hasta que las historias de la literatura hagan dos cosas: una, renuncien al eterno (e intelectualmente mediocre) ejercicio de querer embutirlo en un compartimento estanco bajo etiqueta única, a saber: o fascista o comunista; y dos, comenten el valor estético de su obra según los patrones que aplicarían a cualquier otro autor. Si esto se acompaña de ediciones críticas solventes, tanto mejor.

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La afirmación es de Yorgos Seferis. No sé si tendrá razón, pero lo que sí es cierto es que Homero, el primer gran nombre de la literatura occidental, no narra en la Odisea sino la crónica de una travesía, que es a la vez una novela de aventuras. No es de extrañar que viaje y aventura fueran de la mano en tiempos de los antiguos, a quienes la expresión «viaje de placer» habría parecido seguramente una contradicción en términos.

Pienso esto a raíz de un párrafo de Stacy Schiff sobre el viaje de Cleopatra a Roma con Julio César:

Cleopatra would not have undertaken her first trip across the Mediterranean lightly. The voyage was risky at the best of times; on a similar crossing, Herod would be shipwrecked. Josephus, the Jewish-Roman historian who wrote so venomously of Cleopatra, spent a night some years later swimming in the Mediterranean.

Y en nota, remite a Aquiles Tacio, que en Leucipa y Clitofonte (III 2-6) describe un naufragio que termina en la egipcia costa de Pelusio. Es curioso que la autora no se haga eco del tópico clásico de la imprecación contra los viajes. Ovidio trae en los Amores un par de buenos ejemplos, como el del poema 16 del libro segundo:

Que yazgan preocupados en sus tumbas,
y oprimidos por tierra hostil se vean,
los que el mundo surcaron por los largos caminos.

Y, sobre todo, el poema 11 del mismo libro, donde lamenta aquella primera travesía de Jasón:

¡Ojalá, tras hundirse, hubiese Argo bebido
esas aguas funestas, para que nadie luego
moviera con el remo los dilatados mares!

Y más adelante:

Ya demasiado tarde se vuelve la mirada
a contemplar la tierra, cuando, suelta la amarra,
corre la proa curvada hacia el mar infinito,
e, inquieto, el marinero se horroriza
a causa de los vientos enemigos
y ve su muerte casi tan cerca como el agua.
[…] Más seguro
es calentar tu lecho, leer tus libros,
pulsar la lira tracia con tus dedos.

En tiempos de Byron, viajar en barco debía de ser poco más seguro (aún en 1851 podía escribir Melville: «sabemos que el mar es una perenne terra incognita […]; por mucho que ese niñito que es el hombre presuma de su ciencia y habilidad […] el mar seguirá insultándole y asesinándole, y pulverizando la fragata más solemne y rígida que pueda él hacer»), pero el autor del Childe Harold vuelve ojos ciegos a los horrores del mar para adoptar una postura introspectiva:

For pleasures past I do not grieve,
Nor perils gathering near;
My greatest grief is that I leave
No thing that claims a tear.

Que viene a ser más o menos el asunto de Into the Wild, ese peliculón de Sean Penn sobre un viaje visceral a una imposible edad dorada. Y ya me callo, no sin antes decir que la soberbia traducción de los poemas de Ovidio es del poeta y filólogo Juan Antonio González Iglesias.

(Fuentes: Stacy Schiff, Cleopatra: A Life, Nueva York, Little Brown & Company, 2010, p. 98. ¶ Ovidio, Amores. Arte de amar, ed. Juan Antonio González Iglesias, Madrid, Cátedra, 2004. ¶ Herman Melville, Moby Dick, ed. José María Valverde, Barcelona, Planeta, 2003, cap. LVIII. ¶ Lord Byron, «Childe Harold’s Pilgrimage», en Elliot Coleman, ed., Poems of Byron, Keats, and Shelley, Garden City, Doubleday & Company, 1967, p. 64.)

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La piel, un «libro magistral», según Lecturalia, y mejor libro de 2010 según Periodista Digital. El mismo y Kaputt, «clásicos imprescindibles, ahora felizmente recuperados» para Mercedes Monmany en el Cultural de ABC (20-11-2010). Y yo, naturalmente, agradecido y feliz como un huevo frito.

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Los alemanes desnudos parecen increíblemente inofensivos. No ocultan secretos. No dan miedo. El secreto de su fuerza no está en su piel, sus huesos, su sangre, sino en el uniforme. Tan desnudos están, que no se sienten vestidos si no es en uniforme. El uniforme es su verdadera piel. Si los pueblos de Europa supiesen cuán floja, inofensiva y muerta es la desnudez que se oculta bajo el feldgrau del uniforme alemán, el ejército germánico no daría miedo ni al pueblo más débil y desarmado. Hasta un niño se atrevería a enfrentarse a todo un batallón alemán. Basta con verlos desnudos para comprender el sentido secreto de su vida nacional, de su historia como nación. Estaban desnudos ante nosotros como tímidos y pudorosos cadáveres.

Lo escribe Malaparte en el capítulo XVI de Kaputt. No he podido evitar recordarlo al leer el pequeño artículo –que más bien parece un cuento de Chéjov– de Indro Montanelli titulado «Kuebler», en el que refiere el suicidio de cierto teniente coronel Adolph Kuebler, de Leipzig:

En aquellas familias de Leipzig y sus aledaños nacieron los más violentos exaltadores de la unidad alemana y de aquella voluntad de poderío que vio en el hombre-soldado el símbolo que la encarnaba. El uniforme elevado a traje de ceremonia, era para ellos lo que la cabellera para Sansón.

No es el único punto de contacto entre ambos autores. Ojalá un día encuentre tiempo para escribir sobre su visión del heroísmo.

(Fuentes: Curzio Malaparte, Kaputt, Barcelona, Galaxia Gutenberg/Círculos de Lectores, 2009, pág. 93, trad. David Paradela López, págs. 422-423. ¶ Indro Montanelli, El general de la Rovere (y otros héroes), Barcelona, Plaza & Janés, 1970, trad. Domingo Pruna, pág. 117.)

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Y no me refiero al simple decir cuánto nos gustan los libros de tal o cual editorial en su página de Facebook, sino de conseguir aquello que tantos profesionales del libro (por ejemplo traductores, que somos tan dados a la jeremiada) decían que era imposible en un país cazurro como éste: que el lector reclame cuando el producto final es malo, y que el editor actúe en consecuencia. En la web de la colección Roja & Negra de Mondadori leo, a propósito de Los hombres de paja de Michael Marshall (traducción de Vicente Tuset, quien curiosamente llegó a darme clases de teoría literaria), una serie de comentarios de lectores, que copio (resumidos) a renglón seguido. Atención al último:

2010-01-30 18:27:30 / Gonzalo
[…] Una cosa para quien corresponda: tengan cuidado con la versión final que editan, mi edición tenía varios errores de tipeo y sintaxis, como si le hubiera faltado una revisión más; no es para tanto, pero tampoco para poco, en algún punto “lastima” la lectura.

2010-02-03 20:29:42 / juanlargoplata
Como apunta Gonzalo y como ya escribí a Mondadori -sin que me contestaran-, el libro tiene muchísimos errores que distraen de la lectura, lo que además de una pena es inadmisible. En mi caso me llevó a no comprar más ejemplares de la, por otro lado, excelente colección que me tenía entusiasmado. (Desconozco si han corregido tan lastimosa edición de este título)

2010-02-20 16:47:53 / Claudia
Parece que otros lectores encontraron los mismos errores que noté al leerlos, errores básicos (guiones de diálogo donde no corresponden, artículos de mas o de menos)…una pena, parece una edición casera.
Ojalá corrijan este error, asi se podrá disfrutar de esta coleccion interesante

2010-04-15 01:23:55 / Luciano
Me gustó mucho el libro, pero expreso lo mismo que los demas “comentaristas” la edición tiene una buena cantidad de errores que producen ese efecto -dura segundos, pero que produce algo al fin- que lograr desconectarte de la lectura.
Por supuesto que es solo una crítica constructiva nada más que eso, espero con ganas la segunda parte de esta gran trilogía del autor.

2010-10-19 14:46:57 / Roja y negra
Gracias a todos por vuestros comentarios. Aprovechando el lanzamiento de la segunda de la trilogía, Los muertos solitarios, hemos decidido publicar una nueva edición corregida de Los Hombres de Paja como pedíais. Gracias de nuevo.

Ahora sólo falta que sea verdad y no un mea culpa de boquilla para guardar las formas.

Por cierto, ¿por qué el único libro de la colección que tiene una portada lamentable es el que yo traduje?

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Llevaba tiempo dándole vueltas a un post sobre la Biblia y la traducción –que no sobre la traducción de la Biblia–, y si me decido ahora es gracias al articulito que todos los años, por fechas navideñas, nos regala Gabriel, y a cuya primera frase me acojo como motivo y excusa: «En el 2011 se cumplirán cuatrocientos años de la publicación de la Biblia del Rey Jacobo».

Traducir libros es una de las maneras de darse cuenta de que, aunque quizá Dios haya muerto, la tradición cultural europea es eminentemente cristiana. Y para comprobarlo no es necesario recurrir a los grandes libros, sino que hasta la basurilla nos sirve: El código Da Vinci es un ejemplo privilegiado de cómo una leyenda religiosa puede seguir levantando ampollas.

Pero yo me refería más bien al hecho de que tras siete años traduciendo, creo haber topado con pocos libros que no remitan, en un momento u otro, a la mitología bíblica: una guía de Israel, ¡con errores de bulto sobre los hijos de Jacob!; la biografía de Churchill de Geoffrey Best, donde ciertas frases resultan incomprensibles si no se capta el guiño religioso; el ensayo Esposa, no esposada de Anne Kingston, donde se glosa la historia de Judit y Holofernes. No digo nada de los iluminados arrebatos de Malaparte, con referencias a la escalera de Jacob, al Génesis, a José y Putifar, a los evangelios y a los apócrifos Hechos de Pedro.

Ni siquiera se escapa la novela negra nórdica: «[La Biblia] es como un viejo diario […]. Todas las frases incómodas que subrayé en rojo. Aquello quería decir muchas cosas. “Como el ciervo busca los arroyos, mi alma te busca a ti, oh Dios”» (Åsa Larsson, Aurora boreal, trad. Mayte Jiménez y Pontus Sánchez, Barcelona, Seix Barral, 2009, p. 182). Y no quisiera yo saber cómo debío de pasarlas Fernando Santos para traducir ese pedazo de novela de Joseph Heller, Dios sabe (Madrid, Alianza, 1986), cuatrocientas páginas de alusiones constantes a la historia del rey David. (Por lo demás, ignoro el resultado, mi ejemplar es en inglés.)

Gracias a internet, el trabajo de identificar pasajes es relativamente fácil, pero aun así persiste el problema de a qué versión nos remitimos para verterlos: la página de Bible Gateway recoge siete versiones castellanas distintas. La elección no es inocente y tiene sus consecuencias, como Gabriel mismo destacó en un artículo el año pasado.

Expuesto lo cual, ¿para cuándo la Biblia como asignatura obligatoria en las clases de traducción? He dicho.

(Créditos: La fotografía de la escalera de Jacob en la abadía de Bath es de Jamie Gladden, encontrada en su galería de Flickr.)

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