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Archive for the ‘trujamanes’ Category

Graduation

Mi último truja publicado quiere ser una provocación, pero no por ello falta a la verdad. Mi paso por la Facultad de Traducción de la Universidad Autónoma de Barcelona estuvo marcado por las contradicciones: fueron años apacibles porque la carga de trabajo era mucho más escasa que la de mis años de instituto; fueron también años frustrantes porque aquello (las clases, los compañeros, con alguna maravillosa excepción, claro) no se parecía mucho a la universidad que yo esperaba. ¿Expectativas demasiado altas? Quizá. Para ilustrar mi desencanto, me limitaré a decir que al final del primer año consideré dar el salto filología, mi vocación de toda la vida, sólo que al final me pudo la idea de pasar diez meses en Italia de Erasmus. Valió la pena: en la Universidad de Bolonia me encontré con un plan de estudios mucho más exigente que espero no hayan dinamitado las posteriores reformas.

La verdadera mili de la traducción la hice trabajando y frecuentando al grupo de amigos y exalumnos que Juan Gabriel López Guix reunía de forma periódica en cierto bar del Ensanche barcelonés. Ahí se cursaba el «tercer ciclo», decían, y decían bien. Que es posible exigir lecturas y dedicación lo aprendí cursando Teoría de la Literatura y Literatura Comparada en la Universidad de Barcelona: ahí volví a estudiar como en tiempos del instituto, con la diferencia de que, además, traducía a jornada completa.
Hablo en el artículo de la contraposición entre la teoría y la práctica de la traducción, una contraposición que me molesta y, en el fondo, me sorprende, porque sin duda existen espacios en que pueden ir de la mano. De ahí mi reivindicación, una vez más, del libro de Adam Thirlwell, porque en él un novelista que habla de historia de la traducción termina ejerciendo de apuntador de teorías, teorías que no nacen de la abstracción pura ni de la necesidad de ganar la titularidad o la cátedra (y que por lo tanto no dan respuestas), sino de hechos históricos observados con curiosidad e ingenio (y que, a la postre, plantean más preguntas de las que resuelven: y ahí, en esa crisis del conocimiento, está la riqueza y el estímulo).

El congreso al que aludo en el primer párrafo es el VII Congreso Internacional de Traducción, celebrado en la UAB y del que ya nos ocupamos en este blog. Ahí hablé de algo que a todas luces no iba a interesar a casi nadie: del prólogo de Malaparte a Kaputt y de las consecuencias que para su edición y traducción se derivan de un análisis literario y textual riguroso. Digo a casi nadie porque, días más tarde, recibí un amable correo en el que Willy Neunzig me pedía una copia de la charla para una doctoranda suya.

Ironías de la vida, días antes de enviar el truja al Cervantes, se puso en contacto conmigo la profesora Mariana Orozco para proponerme un puesto de profesor asociado de traducción inglés-castellano en la UAB. Evidentemente he aceptado, porque, como me dijo la amiga Ana Alcaina cuando le consulté al respecto, es el modo de (al menos intentar) explicar las cosas como uno quisiera que se las hubieran explicado. La tarea me impone mucho respeto, por eso quiero dar las gracias por sus ánimos y consejos a Ana Alcaina, Juan Gabriel López Guix, Ana Mata, Mariana Orozco, Joan Parra, Jorge Seca y Juan de Sola. Y a Raquel Aquino, claro, por empujarme a decir que sí. Y al amigo Lorenzo Gallego, a quien me tanto me alegra que hayan metido en el mismo brete.

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Un mal día lo tiene cualquiera.

La cuestión de los títulos daría para un libro entero. Originales o traducidos, los hay geniales y los hay francamente lamentables. Para algunos, que el título no dependa exclusivamente del autor o, en su caso, el traductor, es un atentado que roza la herejía. Otros entendemos que ni autor ni traductor son siempre conscientes del funcionamiento del mercado y de las expectativas de venta del editor, y admitimos que, en ciertos casos, el editor llega a soluciones quizá menos «correctas», pero sí más funcionales. En mi caso, diría que la mitad de las veces me han respetado la propuesta y la mitad me la han cambiado. Siempre en obras con vocación comercial: The Bed I Made de Lucie Whitehouse se llamó La sombra del deseo; Written in Bone de Simon Beckett pasó a Entre las cenizas. En otras, se aceptó mi idea: Cross My Palm de Sara Stockbridge se tituló Una moneda por tu suerte. En un caso (The Monuments Men de Robert Edsel), se mantuvo el título inglés por exigencias del autor. La casuística es variada, y quien a esto se dedica tendrá tantas anécdotas como yo para contar, y aun más.

Como apuntaba en el texto para El Trujamán, da la impresión de que el título de las obras se ha considerado desde siempre como una entidad distinta al texto en sí. El dato sobre la institucionalización del paratexto «título» lo he tomado de Francisco Rico, que en el cuarto excurso de su excelente El texto del Quijote (Barcelona, Destino, 2005, pág. 435) escribe:

Siempre ha sido corriente –y fue de rigor en la Antigüedad y el Renacimiento– identificar un escrito por partida doble: con un titulus formal (digamos), catalográfico, y con un nomen familiar, con frecuencia el del héroe. «Esto propio le sucedió a este mi pobre libro –testimonia el autor del Guzmán de Alfarache–, que, habiéndolo intitulado Atalaya de la vida humana, dieron en llamarle Pícaro y no se conoce ya por otro nombre».

De forma parecida se explica Gérard Genette en Seuils (París, Seuil, 1987, pág. 68; hay versión castellana de Susana Lage: Umbrales, México, Siglo XXI, 2001):

Comme le nom d’auteur, le titre n’a disposé pendant des siècles d’aucun emplacement réservé […]. Si les premières ou dernières lignes du texte lui-même ne le mentionnaient pas d’une manière indisociable du destin de l’oeuvre […], sa désignation était alors plutôt affaire de transmission orale, de connaissance par ouï-dire ou de compétence de lettrés.

Genette da la fecha de 1475-1480 como bisagra entre un antiguo régimen, en el que el título era más bien una descripción del contenido de la obra, y un nuevo régimen, en el que el título como tal recibe un emplazamiento fijo y se instituye como paratexto obligatorio (loc. cit.):

La page de titre n’apparaït que dans les années 1475-1480, et elle restera longtemps, jusqu’à l’invention de la couverture imprimée, l’emplacement unique d’un titre souvent encombré, nous l’avons vu, de diverses indications pour nous annexes.

Naturalmente, estas disquisiciones histórico-filológicas nada tienen que ver con las razones por las que los modernos editores ponen un título u otro a una obra. Sus motivos son comerciales y en ocasiones no se aplican tan sólo a las obras «con afán de lucro», sino también a los libros sesudos condenados a un público reducido: en el campo de la teoría literaria es conocido el caso de la obra de Hans Robert Jauss Literaturgeschichte als Provakation der Literaturwissenschaft, que a su aparición en castellano en 1976 se llamó La literatura como provocación y hoy en día se reedita como La historia de la literatura como provocación.

Los criterios comerciales, por su naturaleza misma, conocen modas y formulismos. Desde hace unos años, en el campo de la narrativa con vocación mainstream, por ejemplo, el esquema «El tal del cual» es con mucho el más habitual. Veamos, si no, algunas de las últimas novelas de Premio Planeta: La hermandad de la Buena Suerte, La canción de Dorotea, El huerto de mi amada, El baile de la victoria. O las novelas de Ken Follett: La caída de los gigantes, El invierno del mundo. O las de Ruiz Zafón: La sombra del viento, El juego del ángel, El prisionero del cielo.

La no ficción también tiene sus recursos. El más habitual consiste en relegar el asunto del libro al subtítulo y anteponerle un título llamativo: El exilio interior: La vida de María Moliner o Nuestra tragedia persistente: La democracia autoritaria en México son dos ejemplos cualesquiera. Llama la atención que libros muy minoritarios recurran también a esta estrategia, pues supongo que quienes buscan La corte de Babel: Lenguas, poética y política en la España del siglo XIII saben muy bien a lo que van. Creo que a pocos se les ocurriría hoy titular un libro Las formas elementales de la vida religiosa o Interpretación y análisis de la obra literaria, así, a pelo.

Pero, como decía en el truja, antes de juzgar lo acertado o lo erróneo de estas decisiones, hay que atender a los fines del editor y a los resultados obtenidos. Porque este negocio, en el fondo, va de vender libros.

Por último: la lista de los títulos peor traducidos encabezada por La salchicha peleona aparece aquí. He elegido ésta como podría haber elegido cualquiera de las decenas que por ahí corren. La lista de GoodReads con los peores títulos de novelas puede verse aquí.

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Breakfast at Tiffany'sVarias son las razones por las que he escrito el último trujamán. Una de ellas fue el ataque de risa que me dio al ver que cierto centro de formación proponía un curso para aprender a hacer contactos en congresos y eventos varios. (Sí, a eso hemos llegado en la sociedad del espectáculo.) Es cierto que el mundo editorial siempre ha tenido cierta tendencia al faranduleo y que en algunos actos pueden hacerse contactos, pero –al menos en mi experiencia– eso ocurre de uvas a peras, así que, si a uno no le gusta compartir charlas y copas, seguramente obtendrá mejor provecho por las vías formales. (En el pizarrín situado a la entrada de la librería Taifa de Barcelona, leí un día: «Si no gusta, leer no sirve de nada». Algo parecido, creo, podría decírsele a quien tenga intención de asistir a saraos sólo con afán arribista.)

Es verdad: mi primer libro me llegó gracias a la intermediación de Juan Gabriel López Guix, que había sido profesor mío en la universidad; mi primera traducción del italiano fue un libro que no pudo aceptar Celia Filipetto; en alguna ocasión he traducido a cuatro (y hasta seis) manos con María Alonso y Ana Guelbenzu gracias a los contactos de uno u otro; es más: los treinta trujamanes que llevo escritos son, en parte, culpa de Juan de Sola y una charla de sobremesa. En todos estos casos, no obstante, la relación trasciende lo profesional y va más allá del guión protocolario del manual de autoayuda. Lo que me llevo a casa tras verlos, no es un nuevo número en la agenda, sino intercambios que te hacen un poco más persona, que es lo que ocurre frecuentando la compañía de gente cabal, sean o no traductores.

Decía en el artículo que en ocasiones los encuentros asociativos desamparan un poco al novato (supongo que es lo normal en círculos donde la mayoría de gente se conoce desde hace años), de aquí la importancia de dejar clara la voluntad de abrir el círculo a las nuevas generaciones. Jornadas como El Ojo de Polisemo parecen un paso adelante en este sentido. De todos modos, que nadie se crea que las reuniones gremiales son Jauja; suelen dominar dos temas de discusión: el reseñista tal no me nombra; el editor cual paga poco. Está bien compartirlo, pero a menudo la queja monopoliza la conversación, hasta el punto de que, a menudo, entre traductores literarios es con quienes menos se habla de literatura.

Todo lo dicho no es exclusivo del mundo traductoril, pensará alguno. Pues es verdad: corrillos los hay en todos lados, trepas y superstars también. Pero es que no somos tan especiales: respiramos, comemos, trabajamos, nos relacionamos, lo mismo que todo hijo de vecino.

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Apareció ayer mi truja sobre las normas de la Real Academia Española. Confieso que las diatribas antiacadémicas me cansan, y si he elegido este tema ha sido, casi, por exigencias del guión. (Mi otra opción para la R era «reseñas», asunto que también me harta ya un poco, sobre todo tratado desde el punto de vista, por fuerza limitado, de la traducción: para el reseñismo en general, véase aquí.)

Lo digo en el truja: ni es mi campo, ni ganas. Los ejemplos (pocos por razón de espacio) no pretenden ser originales, sino representativos del quiero y no puedo diario de quienes traducimos tratando de combinar la corrección normativa con el dictado del sentido común.

Desde su aparición, el Diccionario de americanismos me subleva en tanto que concepto. ¿Por qué «de americanismos» y no «del español de América» o fórmula similar? Hablar de americanismos tiene ese matiz de ente extraño, ajeno al «español de verdad». Si aceptamos que hispanoamericanos y españoles hablamos la misma lengua (y supongo que la Academia lo acepta, dada su obsesión panhispánica), ¿a qué dos repertorios lexicográficos? ¿Por qué el usuario no puede tener en una misma obra un repertorio general del español? Y ya puestos, ¿por qué no permitir la consulta en internet del Diccionario de americanismos?

No puedo resistirme a copiar un fragmento, algo extenso de la llamada «Guía del consultor» de dicho diccionario:

La obra que el lector tiene en sus manos es un diccionario el español de América [¿no era de «americanismos»?]. Se ocupa desde los Estados Unidos, hoy el segundo país hispanohablante del mundo por el número de sus hablantes, hasta Chile y la Argentina, en el extremo sur del continente […].

El Diccionario de americanismos es diferencial con respecto al español general. En el plano léxico se entiende por «español general» el conjunto de términos comunes a todos los hispanohablantes […] –bastante más del 80 por ciento de nuestro vocabulario–, independientemente de la variedad dialectal que se maneje. No se trata, pues, de establecer la contrastividad con el «español de España», como ha sido habitual hasta ahora [«diferencial» pero no «contrastivo», ¿qué se supone que significa eso?]. Se ha sido muy cuidadoso con aquellos términos usados en España y en América con acepciones total o parcialmente diferentes […].

El Diccionario de americanismos carece de propósito normativo. No da pautas para el «bien hablar o escribir», ni silencia términos considerados por la comunidad (aunque cada una tiene los suyos) como malsonantes, tabuizados [verbo, por cierto, que el DRAE no recoge], vulgares, extranjerismos, neologismos, ni palabras que aluden a cuestiones de sexo-género [sic], procedencias, defectos físicos o morales, ni términos de la drogadicción, el narcotráfico, la delincuencia, etc. [¿debemos entender, pues, que los términos malsonantes o los referidos a sexo y género no pueden ser normativos?] […].

El Diccionario es usual, por lo que recoge términos –sea cuál sea su significado [sic]– con frecuencia de uso manejados en la actualidad; también otros cuya frecuencia de uso es baja, más los que han sido atestiguados como obsolescentes, si bien en estos casos van caracterizados puntualmente con la marca respectiva […].

El Diccionario de americanismos es también descodificador [¡menos mal!] y por ello está diseñado para ayudar al usuario a entender cualquier unidad textual [sic] de ese enorme corpus con que hoy cuenta Hispanoamérica, y también, naturalmente, textos orales [sic].

Todo esto en apenas una página y cuarto (págs. xxxi-xxxii).

Hablo en el truja de la palabra cantinflas. El Diccionario de americanismos contempla cuatro acepciones (omito marcas de registro y distribución geográfica): «1) Persona que se expresa de forma embrollada y  con conceptos contradictorios para finalmente no decir nada con sentido. 2) Persona, muchas veces sin cultura [sic] que por sus declaraciones absurdas o su proceder histriónico o extravagante, resulta ridícula. 3) Persona ocurrente, con habilidad para el chiste improvisado. 4) Persona que habla o actúa de forma enredada y confusa». En «español general», en cambio, es simplemente una «persona que habla o actúa como Cantinflas».

En cuanto a los razonamientos sobre la q (Ortografía, págs. 114-115, pero véase también aquí):

En las palabras propiamente españolas […] la letra q se escribe siempre seguida de u formando el dígrafo que presenta el fonema /k/ ante las vocales /e/, /i/ […].

Sin embargo, en algunos latinismos y anglicismos científicos no plenamente adaptados […] aparece de manera excepcional la secuencia gráfica qu con sonido /ku/, de forma que la q representa en ellos, por sí sola, el fonema /k/ […].

Estos casos excepcionales, que suponen añadir una grafía más (la letra q) a las tres que ya existen para representar el fonema /k/ (el dígrafo qu y las letras c y k), complican el sistema ortográfico del español, alejándolo aún más del ideal de correspondencia biunívoca entre grafemas y fonemas. Contradicen [y lo que sigue es muy bueno], además, […] la norma establecida en 1815 [!] por la propia ortografía académica de escribir con cu todas todas las palabras cuya grafía etimológica presentase la secuencia gráfica qu con sonido /ku/.

Por lo demás, y aquí me remito a don José Martínez de Sousa (Ortografía y ortotipografía del español actual, Gijón, Trea, 2008, pág. 90), si esto ha de ser así, hemos de concluir que «tal signo, q, no se utiliza actualmente en español, sino el dígrafo qu, en el que la u no se pronuncia […]. Pese a que [la Academia] la considera “compuesta en la escritura, a la manera que la ch, la ll y la rr” […] no la incluye entre las letras dobles». Pero no sigamos por aquí, que corremos el riesgo de ponernos bizantinos.

Quien desee abundar en el asunto siempre puede echarle un vistazo a la recensión de Martínez de Sousa de la Ortografía de 2010 (aquí) o, para una visión más general, a El dardo en la Academia, editado por Melusina.

Y para los que habéis soportado este rollo hasta aquí, un regalito:

ADDENDA DE OCTUBRE DE 2013:

Vía Facebook, encuentro una reseña del Diccionario de americanismos publicada por Luis Fernando Lara en la revista Panace@ (XIII, 36, págs. 352-355). En ella podemos leer que la obra «obedece a una caprichosa mezcla de objetivos y de criterios, disfrazada de razonamiento lingüístico riguroso». Vale la pena leer la reseña entera.

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Se imponía un truja sobre las notas. Las notas al pie dan para un libro (Gérard Genette les dedicó un capítulo de Seuils y Anthony Grafton un volumen entero: Los orígenes trágicos de la erudición, extraño título castellano para The Footnote: A Curious History); las notas del traductor son un subgénero de esta categoría paratextual, y un catálogo mínimamente representativo excedería con mucho las dimensiones de un trujamán o de un post. De aquí que me haya limitado a hacer una sucinta taxonomía, que, si bien ha sido compilada un poco al buen tuntún, creo que describe bastante bien los tipos de nota traductoril que podemos encontrar en la narrativa corriente. (Obviamente, en otros géneros y tipos de edición encontraríamos otras tipologías, como los aparatos críticos, la glosa, el comentario doctrinal, etc.)

Decía en el artículo que a mí nunca me han prohibido ponerlas. Es más, no sólo las he puesto (en algún ensayo), sino que han querido ponérmelas: ¡cuál no fue mi sorpresa al encontrar, en las compaginadas de Kaputt, enes del te que yo no había escrito! Por supuesto, mandé quitarlas todas, y más de un lector me lo ha echado en cara. Al lector, de hecho, y en contra de lo que creen muchos, suelen gustarle, supongo que porque le dan a uno la sensación de estar aprendiendo algo; claro que ¿la literatura se hizo para «aprender»? Si Flaubert oyera esto, le daría un síncope… En mi humilde opinión (y hablo de narrativa y de ediciones corrientes), la nota debe ser el último recurso, jamás debe añadir información que a un lector nativo de a pie podría pasarle por alto y nunca debe anticipar información ni dirigir al lector hacia una interpretación determinada en lugar de otra.

En los blogs de los estudiantes de traducción y traductores jóvenes (será que yo ya no lo soy tanto, hélas!) encuentro con frecuencia un terrible poso que atribuyo a la doctrina FTI: que el lector de la traducción no debe perderse una sola de las «referencias culturales» de una obra, aunque ello suponga cogerlo de la mano como a un deficiente e interrumpirle la lectura a cada rato. Para ver que la idea es absurda no hace falta entrar en disquisiciones hermenéuticas abstrusas (a Gadamer me remito); baste preguntarnos qué nos ocurre cuando leemos a autores que escriben en nuestra lengua. Preguntémonos qué entiende un asturiano que lee a Marsé o a Mendoza, un catalán que lee a Eduardo Liendo o a Juan Rulfo, y si, puestos a querer entenderlo todo, no reclamarían también éstos notas al pie. O acaso una traducción neutra, para no asustar al lector con regionalismos. Tal vez así, alguien podría afirmar que lo ha entendido todo; lástima que por el camino se habría perdido lo esencial: la experiencia literaria.

La boutade de Noël Coward la tomo prestada de un artículo de Gabriel Zaid, citado abajo. Se me perdonará que en el truja me haya ahorrado los detalles de algunas de las citas copiadas. Como decía el gran Goyo, mi profesor de latín, se dice el pecado pero no el pecador.

[Referencias: Gérard Genette, Seuils, París, Seuil, 1987 [Umbrales, trad. Susana Lage, México, Siglo XXI, 2001.] ¶ Anthony Grafton, The Footnote: A Curious History, Cambridge (MA), Harvard University Press, 1997 [Los orígenes trágicos de la erudición: Breve tratado sobre la nota al pie de página, trad. Daniel Zadunaisky, México, FCE, 1998.] ¶ Gabriel Zaid, «Notas al pie de las notas al pie», Letras Libres (abril de 2005). ¶ Nota: La ilustración pertenece a House of Leaves, de Mark Z. Danielewski (Nueva York, Pantheon Books, 2007), cuya versión castellana, a cargo de Javier Calvo, preparan las editoriales Alpha Decay y Pálido Fuego.]

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La invisibilidad fue el tema en torno al cual giró última edición de El Ojo de Polisemo. Traductores, editores de mesa y críticos se citaron para debatir, a lo largo de varias mesas redondas, el estatuto del traductor y del hecho traductor dentro del circuito general del libro. Me pareció detectar, por parte de mis colegas, cierta tendencia a la defensa gremial, en tanto que los críticos trataban de salir airosos de su paseo por terreno hostil admitiendo –sin mucha sinceridad– lo lamentable que es ver relegada la labor del traductor y prometiendo –sin muchas ganas– que, si en su mano estuviera, otro gallo cantaría, pero que la tesitura, ya se sabe, usted comprenderá… Víctor Amela, con su desparpajo habitual, fue el único que se atrevió a saltarse el protocolo y, viendo que el debate parecía derivar hacia lo personal, verbalizó lo que todos los críticos deben de pensar: «Pero ¿qué es lo que queréis que digamos?».

Quienes creemos que el traductor es un elemento (importante, pero un elemento al fin y al cabo) de la cadena de producción del libro no podemos admitir que la discusión adopte un cariz personalista, de ego herido. La labor del traductor debe ser justamente reconocida, cierto, pero no debemos olvidar que nuestro trabajo tiene como fin último servir al libro y al lector-consumidor. Y del mismo modo que el consumidor de naranjas tiene derecho a saber si vienen de Valencia o de la China o si son o no transgénicas, tiene asimismo derecho a saber si el libro por el que ha pagado tanto como por quince kilos de naranjas es o no traducción, si viene de España o de la Argentina, si la traducción es nueva o reciclada, si el traductor de la tercera entrega de la serie es el de las dos anteriores. Nuestro nombre es una forma más de garantía. Eso es lo que yo quiero que digan. Y si un crítico no entiende eso, es que, de crítico, poco.

Aludo en el truja de anteayer a The Translator’s Invisibility, el libro de Lawrence Venuti (Londres, Routledge, 1995). No puedo decir que esté de acuerdo con todos sus planteamientos, entre otras cosas porque los mercados editoriales anglosajón e hispanófono son radicalmente distintos en lo tocante a las políticas de traducción. Sí admiro su espíritu y suscribo, como él, la necesidad de ser osados, pero no como quien da con el puño en la mesa para llamar la atención sobre la propia presencia, que es lo que parece sugerir nuestro autor, sino porque hay originales que lo requieren (le guste o no al editor) y a ellos nos debemos (le guste o no a Venuti).

De écrivains y écrivants, como es sabido, habla Roland Barthes en un artículo clásico: «“Écrivains” y “écrivants”», en Ensayos críticos, trad. Carlos Pujol, Barcelona, Seix Barral, 1977, págs. 177-185.

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¿Espacios, pulsaciones, caracteres? ¿Con espacios o sin espacios? Y ¿qué diantre es eso de equis euros por holandesa? Cuando uno lleva ya unos años en esto de la traducción de libros, olvida a veces que los contratos y la jerga del oficio están llenos de términos que no siempre resultan claros al principiante. Cuando de lo que se trata, además, es de conceptos anacrónicos que vienen coleando desde los tiempos de la Olivetti, la extrañeza alcanza cotas esotéricas. Todo eso y más en mi truja de ayer.

El artículo de Carlos Milla y Marta Pino puede consultarse en línea en la página de Vasos Comunicantes, aquí.

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