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Archive for 29 abril 2010

Place Dauphine

Reconocí sobre los tejados el cielo de París. Veo la place Dauphine, las ventanas de mi casa sobre la place Dauphine. Camino pegado a la pared para que no me vea el estanquero del pont Neuf, doblo la esquina del quai de l’Horloge y me detengo frente al número 39, frente a mi puerta. Sin duda es la puerta de mi casa, la puerta de la casa de Daniel Halévy. Y yo le pregunto a madame Martig, la portera: «Est-ce que Monsieur Malaparte est chez lui?».

Son palabras de Malaparte, que en sueños recuerda su casa de París (Kaputt, pág. 135).

Y yo pienso en Crespo y don Fateli y las copas de oporto en el Marais, y en Serena, que me enseñó qué significa scroccare, y en el borracho que cantaba canciones de Brassens junto al río, y en que también yo —et in Arcadia ego…– me alojé en la place Dauphine, en un hotelito de suelos irregulares donde desayunaba en la misma mesa que un señor colombiano que me contaba historias de cuando era estudiante en París en el 68 y se pasaba el día corriendo, fumando y lanzando adoquines sin saber muy bien por qué.

Y mañana otra vez París, después de demasiados años, París. Como París no se acaba nunca, buscaré al estanquero del pont Neuf y le daré recuerdos de Malaparte. Quizá pregunte incluso por madame Martig.

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El tipo del retrato –cuyo parecido con Marlon Brando no puede pasar inadvertido–, es Hans Frank, gobernador general de Polonia entre 1939 y el derrumbe del Tercer Reich. En el capítulo IV de Kaputt, Malaparte nos lo describe así:

Desde el principio de la cena, Frank había estado hablando de Platón, Marsilio Ficino y los jardines Oricellari (Frank estudió en la Universidad de Roma, habla italiano a la perfección, con un ligero acento romántico influencia de Goethe y Gregorovius, ha pasado días enteros en los museos de Florencia, Venecia y Siena, y conoce Perugia, Lucca, Ferrara y Mantua; es un enamorado de Schumann, de Chopin y de Brahms, y toca el piano divinamente), y de Donatello, Poliziano y Botticelli, y al hablar cerraba los ojos hechizado por la música de sus propias palabras.

Con todo, sus ínfulas de hombre renacentista no le impidieron a Frank jactarse, ya en 1943, de haber exterminado a 17.000 polacos y de figurar en el primer puesto de la lista de criminales de guerra de Roosevelt.

El contraste y convivencia entre el refinamiento artístico o intelectual y la indigencia moral es un tema recurrente. Hace unos días se comentaba en televisión el caso de Polanski, quien pese a ser pederasta confeso nos ha dejado películas sobrecogedoras como El pianista, donde, por cierto, se representa abiertamente este conflicto entre arte y moral: me refiero a la famosa escena en que Szpilman interpreta a Chopin para el oficial nazi.


Otro ejemplo fílmico podría ser el fragmento de Terciopelo azul en que Frank (¡Frank!) llora oyendo cantar a Isabella Rosellini. Como no encuentro un clip decente de El Pianista, os dejaré con san David Lynch:

(Fuentes: Curzio Malaparte, Kaputt, Barcelona, Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, 2009, pág. 93, trad. David Paradela López; Eugene Davidson, The Trial of the Germans, Nueva York Macmillan, 1996, pág. 439, citado por Robert Edsel, The Monuments Men, Nueva York, Center Street, 2009, pág. 344.)

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Sant Jordi

Aunque la UNESCO lo llame (agárrate) el Día Mundial del Libro y del Derecho de Autor, los terrícolas supongo que lo seguiremos llamando Sant Jordi. Que lo disfrutéis.

Ah: en Barcelona, las asociaciones de traductores ponen una paradita en Rambla de Catalunya 19. Aquí el cartel:

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No, malapartianos, no me patina la neurona. Leyendo la reseña de Cuerpos divinos de Guillermo Cabrera Infante aparecida en ABCD Las Artes y las Letras del ABC (13-3-2010), me encuentro con una foto a página completa de Fidel Castro a la bartola en Sierra Maestra leyendo… ¡Kaputt! Apuesto a que antes leyó también la Téchnique du coup d’état

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El compañero de viaje es un texto rarísimo de nuestro amigo Curzio. Concebido en 1956 como argumento para una película, existe en dos versiones: el guión (publicado sólo en 1996 en el último volumen de las obras completas dirigidas por su hermana, Edda Suckert Ronchi) y el resumen argumental, inédito. Traduce Paula Caballero y prologa Justo Navarro.

Yo feliz de que se vayan rescatando obras de Malaparte, sólo que quizá no habría empezado por aquí…

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No me ha sido fácil encontrar fotografías de Walter Andreas Hofer (a la derecha en la foto), el asistente artístico de Hermann Göring. En el libro de Edsel sólo aparece en un par, y de lejos. En los de Lynn Nicholas y Héctor Feliciano, ni de lejos. Pese a ser uno de los peces gordos del saqueo artístico nazi en Europa, su aspecto me había traído sin cuidado hasta leer la descripción que de él hace Eduard Márquez en su novela La decisió de Brandes (Barcelona, Empúries, 2006, pág. 73):

L’aspecte de Hofer era tan repulsiu com la seva feina. No només per la manera de parlar o de moure’s, enravenada i intimidadora, sinó per l’altivesa que traspuaven les seves faccions. La barbeta esmolada, els llavis prims, el nas gros amb un séc ben marcat a cada banda, els ulls petits i escrutadors, el front ample i solcat d’arrugues… Tot ajudava a sentir-se atemorit davant seu. En aquest cas, al contrari del que sempre deia el pare, crec que les aparences no enganyaven.

Eduard Márquez ha sido una de las personas con quien más he aprendido a leer (junto a Ramón Minguillón, su amigo y traductor al castellano, culpable además de mi primer encuentro con Malaparte, pero esto es historia para otro post). Años ha, siendo fan a muerte de sus libros de relatos, tuve la suerte de compartir cervezas varias veces con él en el tronado Café del Centre de la calle Girona y de escuchar sus despiadadas y razonadas críticas a mis arremetidas literarias postalvarodecampianas.

La decisió de Brandes relata los últimos pensamientos de un pintor alemán residente en el París de la ocupación nazi a quien Hofer acosa para que le «venda» un Lucas Cranach. Su anterior novela, El silenci dels arbres, no me había convencido, por eso no había leído el Brandes hasta ahora. Sigo prefieriendo los cuentos, afilados y precisos como un corte a la navaja, o la primera novela, Cinc nits de febrer, que me acompañó en varias de mis noches italianas.

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En la entrevista publicada en el Proyecto Seléucida me preguntaron por la «percepción estética» de Malaparte en Italia, y contesté que hasta fecha reciente se lo consideraba desde un prisma casi exclusivamente político y moral. Como muestra un botón:

Su ideal [de Malaparte] debería ser Voltaire; y sin embargo, desgraciadamente en ocasiones acaba recordándonos a Restif de la Bretonne o a Sade en su peor faceta. Sus libros tienden cada vez más a convertirse en el mismo libro, rehecho, reanudado, ajustado.

[…] Malaparte es un fabricante de pompas de jabón terroristas, eso es lo que es. Las sopla a pleno pulmón, hasta que, balanceándose, se vuelven enormes como cúpulas; las separa de la pajita con garbo; nos muestra cómo se revuelven lentamente con las pústulas, la podredumbre y la gangrena que irisan su piel, nos las señala con el dedo y nos hace leer sobre su leprosa epidermis los cabalísticos signos de la muerte y del destino. En un momento dado, con un leve suspiro, la pompa explota y queda reducida a una gota de agua sucia y rojiza.

[…] Acaso no con ánimo perverso, sino con ánimo egoísta y turbio, se sirvió [en La piel] de cosas que no se podían ni se debían tocar. No se burló de forma odiosa, pero sí desveló con manos profanas algo mucho más indecente y patético que la ebria desnudez de Noé.

Digamos, sin necesidad siquiera de alzar la voz, que ha hecho, Dios lo perdone, una de esas cosas que por nada del mundo deben hacerse. Casi mejor el silencio y la hipocresía que estas equívocas bizarrías. […] Desafortunadamente nosotros no estamos ni con Dalí ni con Sade; estamos con Manzoni.

La perla procede de la Storia della letteratura italiana de Emilio Cecchi y Natalino Sapegno (Il Novecento, vol. II, Garzanti, 1994 [1.ª ed.: 1969], págs. 394-396). Claro que ya Cecchi había expresado su repulsión por La piel en 1950 («“La pelle” di Malaparte», L’Europeo, 12-2-1950), atacando el libro con argumentos morales similares a los que emplearía en 1955 contra Ragazzi di vita de Pasolini; por su parte, Sapegno, con apenas veinte años, tachaba ya de «ridícula» La rivolta dei santi maledetti («Suckert: “La rivolta dei santi maledetti”», La Rivoluzione Liberale, 10-9-1922).

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