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Archive for 24 noviembre 2011

Tenía 58 años y dicen que había traducido unos cuatrocientos libros: Ken Follett, Patricia Cornwell, Anne Rice, Ursula K. Le Guin, Isaac Asimov y, sobre todo, James Ellroy. Siendo yo un mocoso, en uno de mis veranos en Sitges, disfruté como un enano leyendo su traducción de La mitad oscura de Stephen King. En la cena navideña del año pasado, tuve ocasión de conocerlo. Decía que era el pianista, que se ponía el libro delante como si fuera la partitura e iba tocando. Sólo me dio tiempo a verlo dos veces más, en una tertulia de ACEtt y en el homenaje a Miguel Martínez-Lage, hace dos meses escasos. Acababa de ganar, con la inseparable Montserrat Gurguí, el Premio Esther Benítez. No le dio tiempo recogerlo.

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Otra pequeña perla (ya comentamos una aquí) que Larra dedicó a los traductores:

Para las proposiciones que acerca de varios establecimientos y empresas utilísimas pensaba hacer, había sido preciso buscar un traductor; por los mismos pasos que el genealogista nos hizo pasar el traductor; de mañana en mañana nos llevó hasta fin del mes. Averiguamos que necesitaba dinero diariamente para comer, con la mayor urgencia; sin embargo, nunca encontraba momento oportuno para trabajar. El escribiente hizo después otro tanto con las copias, sobre llenarlas de mentiras, porque un escribiente que sepa escribir no le hay en este país.

[Fuente: Mariano José de Larra, «Vuelva usted mañana», en Artículos, ed. Carlos Seco Serrano, Barcelona, Planeta, 1964, pág. 118.]

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Que nadie me juzgue soberbio si digo que el artículo de hoy en El Trujamán no es un artículo, sino, como dice Henry Miller, «un libelo, una calumnia, una difamación». Necesitaba regurgitar ciertos platos literarios que se me habían indigestado durante los años de universidad: toda esa metafísica de la escritura que tan cara le era a cierto joven profesor que tanto nos hizo aborrecer a autores por lo demás notables. Toda la carrera estuvo llena de lecciones muy clásicas y, a la vez, muy poco exigentes (con la salvedad de las maravillosas clases de Annalisa Mirizio, huida sin dejar rastro en mi segundo año de la licenciatura).

La idea era mezclar esa especie de gastritis con el profundo hastío que siento cada vez que oigo o leo el consabido traduttore, traditore. Éstos y otros lugares comunes los comentamos a veces en Twitter el amigo Robert Falcó y yo con el hashtag #uffachepalle, o ‘joder, qué coñazo’.

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