Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for the ‘reseñas’ Category

Guerra y paz - MuchnikHe terminado de leer –tras varios meses, algún parón y no poco sufrimiento: el libro pesa sus buenos dos kilos– la Guerra y paz editada por El Aleph y el Taller de Mario Muchnik, en la nueva traducción de Lydia Kúper, fallecida hace algo más de dos años. Cuando se retraduce un clásico de esta categoría suele dar que hablar, y así fue en este caso (véase aquí, aquí, aquí, aquí y aquí); sería tontería, pues, que me extendiera sobre ello yo también, que ni hablo ruso, ni sé gran cosa sobre Tolstói. Considero, sin embargo, de justicia, dejar constancia de que la versión de Lydia Kúper está escrita en una prosa modélica, de una elegancia sencilla y discreta. Uno, que por deformación profesional está siempre ojo avizor a esa «tercera lengua» que en ocasiones asoma en algunas traducciones, no puede por menos de felicitarse de haber invertido bien su tiempo de lectura. También puedo decir que esta traducción es la prueba definitiva de que, cuando la voluntad no falta, es posible traducir y editar sin llenar el libro de notas explicativas, sin que ello obre en menoscabo de su comprensión por parte del lector. Bravo, pues, por doña Lydia y bravo por don Mario.

Además de la de Lydia Kúper, las traducciones castellanas más o menos disponibles de la novela son la de Irene y Laura Andresco (en Alianza), la de Fernando Gutiérrez (en Juventud), la clásica de Francisco José Alcántara y José Laín Entralgo (en Planeta) y la de Gala Arias (en Mondadori). La de Alianza supongo que es tan fiable como todo lo que publica la editorial. La de Juventud debe descartarse de oficio: ocupa 500 páginas (la de Muchnik tiene 1.902). De la de Mondadori hablaremos más abajo.

Cuenta Muchnik (en un interesante diario de a bordo titulado «Editar Guerra y paz», incluido en el volumen y editado también por separado, con ese mismo título) que, cuando se le ocurrió editar la novela de Tolstói, echó cuentas y se estremeció: la traducción costaría unos treinta mil euros y el precio de venta del volumen no podría bajar de sesenta. Así las cosas, quizá lo mejor era comprar una versión ya existente. Corría 1999 y Planeta estaba dispuesto a venderle la de Alcántara y Laín por seis mil euros, que no es poco. Antes de aceptar, quiso que alguien la revisara. Se lo propuso a Helena Kriúkova, pero rechazó. Por consejo de Esther Benítez, acabó ofreciéndole la revisión a la por entonces ya nonagenaria Lydia Kúper. Que aceptó. Al poco tiempo de emprender la tarea, Kúper pronunció unas palabras terribles: «La traducción de Laín se deja leer. Pero he encontrado algunos… errores». Por lo visto, no sólo había errores, sino también cortes incomprensibles. Así fue como doña Lydia emprendió una labor que la ocuparía hasta 2003. El esquema de trabajo seguido lo describe Muchnik en las páginas 1865-1866: Kúper traduce en papel, Ricardo di Fonzo pasa a ordenador y devuelve el borrador, de nuevo en papel, a la traductora, que lo revisa. Di Fonzo introduce los cambios en el ordenador y le pasa el texto al corrector de primeras. El corrector se lo pasa a Muchnik, que lo empieza a maquetar y lo reenvía a los siguientes correctores. Entre uno y otro, él mismo revisa los borradores. Cuando todo está listo, pule la maquetación para dejar el texto listo para la imprenta. (Contado así, se me antoja un infierno digno de un scriptorium medieval. Pero el resultado es bueno.)

Entre medias, Gala Arias empieza a traducir su propia Guerra y paz. Muchnik se entera y se entrevista con ella. Averigua así que lo que Mondadori piensa editar es «un borrador que Tolstói había desechado. El editor […] le ha dado a Gala apenas un año para entregar el trabajo y a todas luces ella no se siente cómoda. No le parece un original fiable, comprende que la novela de Tolstói no es “eso”» (pág. 1857). En Francia, ésa versión (publicada en Seuil) se promocionaba así [atención: sigue un spoiler]: «dos veces más corta […]; ausencia casi total de digresiones filosóficas […]; mucha más “paz” que “guerra”; ¡el príncipe Andréi y Petia Rostov no mueren!». Huelga, creo, añadir más.

Lydia Kúper

Hay más aventuras, pero prefiero remitir al paciente lector al ameno texto de Muchnik. Mi intención sólo era plasmar, resumidísima, la historia de una retraducción que empezó cómo deberían empezar todas las retraducciones: con una revisión a conciencia y con la constatación de que la versión anterior es insalvable.

Supongo que, con el tiempo, la de Muchnik será la edición de referencia. La traducción, como hemos dicho, parece poco menos que impecable (dijera lo que dijera Kúper: «Creo que algún día, cuando se haga una nueva versión, también encontrarán fallos en la mía, pero lo cierto es que puse en mi trabajo “toda el alma”, como dirían en ruso, a lo largo de muchos años»). Como garantía añadida, sabemos que ha pasado cinco correcciones (como se consigna en el colofón). Además, incluye anexos utilísimos: mapas, una nota de la traductora, un apartado de notas con la traducción de las expresiones en francés y alemán –que, por suerte, aparecen tal cual en el cuerpo del texto–, un listado de personajes y un resumen por capítulos. Lamento únicamente que los guiones de diálogo no sigan la convención típica en la edición española. En dos mil páginas no he logrado acostumbrarme a ellos.

Anuncios

Read Full Post »

Malaparte - MussBenito Mussolini fue para Malaparte un padre político, un gobernante incómodo y un antagonista despreciado, más o menos en ese orden; el padre padrone al que el hijo adoptivo trata de matar a golpe de pluma para compensar de algún modo las ofensas que de él cree recibir. Así describe la relación entre ambos, y la describe bien, Maurizio Serra en su reciente biografía del de Prato (de la que ya hemos hablado aquí y aquí). Para 1931, año en que Malaparte empieza a escribir las prosas más o menos dispersas que hoy conocemos como Muss, las relaciones entre ambos se precipitaban al abismo: en 1928 se ha confiscado la publicación de Don Camaleón, otra sátira sobre Mussolini que no verá definitivamente la luz hasta 1946; en 1931, se ha publicado el incómodo Técnica del golpe de estado; Curzio está enemistado con el ministro Balbo y desprecia a la cúpula del régimen; en 1933, escribe resentido: «Si tuviera algo sobre mi conciencia, si hubiera robado como todos esos canallas que Mussolini lleva en los escudos, también habría un lugar para mí en Italia»; el 7 de octubre de ese mismo año, Malaparte es arrestado, y el 13 de noviembre, condenado a cinco años de confinamiento.

Muss, presentado por Sexto Piso en la trabajada y elegante traducción de Juan Ramón Azaola, llevaba trazas de ser un gran ensayo malapartiano al estilo de la Técnica: un escrito apasionado, militante, y, a la vez, lúcido, ágil e inteligente, una mirada a la «vida moral y social» de un país y una época. Lamentablemente, jamás llegó a adquirir aspecto publicable: el texto empieza como un estudio sobre Hitler y como una demostración de la tesis de que el fascismo es la prolongación última de la mentalidad contrarreformista. Mussolini es el precursor, y Hitler, el introductor de su estilo en tierras germánicas: «sólo un alemán de Austria, un católico de una provincia del antiguo Imperio de los Habsburgo, podía introducir el fascismo en Alemania. El fascismo, en esencia, no es sino el conjunto de los defectos de la civilización católica, el último aspecto de la Contrarreforma». Tirando de ese hilo, Malaparte se adentra en un estudio declaradamente freudiano sobre la psique italiana; habla de los condotieros renacentistas, de Garibaldi, de Mussolini y desemboca en una serie de consideraciones sobre la piedad de Cristo ante la muerte del Duce (efectivamente, la redacción del texto se prolongó hasta 1943-1945 y aun posiblemente 1953-1955). Pero el hilo no vuelve a Hitler y nos quedamos con un texto embrionario que, pese a su indudable interés para el connaisseur, queda algo cojo. (De desarrollar todos los temas que apunta, muy posiblemente habría alcanzado el doble de su extensión actual.) El texto que completa el volumen, El gran imbécil, es una sátira de tono algo más grueso que también transmite cierta sensación de escrito inconcluso y huérfano (de hecho, tampoco llegó a publicarse en vida del autor).

mussolini-hitlerEl libro contiene pasajes memorables y sabrosísimas «notas al pie» de algunas escenas que aparecen en las obras mayores de Malaparte, como el alucinado capítulo undécimo de La piel. Se tratan temas caros al autor: la piedad hacia el vencido, el turbamiento ante la humillación ajena, la relación entre hombres y animales, el heroísmo, el absolutismo, la libertad de conciencia («la señal de la dignidad de un hombre no es la de vivir libre en libertad, eso que todos saben hacer, incluso las fieras, sino libre dentro de una prisión»). Una vez más, vale la pena recordar a quienes lo desapachan como mero arribista que a Malaparte no le tiembla el pulso a la hora de escribir, en 1931, cosas como que «se podría creer que Hitler no es sino un hombre grueso, de mediana estatura, bigote ridículo […] cuya única fuerza consiste en la capacidad de hacerse pasar una especie de Julio César de origen tirolés». Hay audacia, ingenio y algunos pasajes dignos del mejor Malaparte, pero falta algo que galvanice el conjunto.

Tal vez habría sido un buen libro para publicar una vez recuperado en castellano Don Camaleón (lo publicó José Janés en 1952, en traducción de Maria Bages), e incluso como apéndice a éste. Hay que aplaudir la labor de zapa que desde 2009 vienen realizando distintos editores (Galaxia Gutenberg, Alfama, ahora Sexto Piso), pero no debemos cansarnos de repetir que los grandes libros del polémico toscano (El Volga nace en Europa, Evasiones en la cárcel, Diario de un extranjero en París) siguen ausentes de las librerías españolas.

[Ficha: Curzio Malaparte, Muss. El gran imbécil, trad. Juan Ramón Azaola, pról. Francesco Perfetti, nota al texto de Giuseppe Pardini, Barcelona, Sexto Piso, 2013.]

Read Full Post »

Apareció en Babelia, el pasado 15 de septiembre, una reseña de Alberto Manguel de La señora Bovary, traducida por María Teresa Gallego y publicada por Alba. El texto de Manguel difiere de la mayoría de críticas de obras clásicas: en lugar del fácil recurso a las manías de Flaubert, su obsesión con la frase, el filisteísmo de los protagonistas, con alguna eventual referencia a la actualidad de la obra vista la estupidez rampante que lastra nuestro siglo (o tempora, o mores), Manguel examina el texto y nos dice qué le parece. Compara original y traducción, sopesa pasajes, comenta decisiones. No siente la necesidad de perder tiempo y espacios en recordarnos, una vez más, de qué va la novela, y no la siente porque el lector de Babelia ya lo sabe, y Manguel sabe que lo sabe.

Digámoslo una vez más: evaluar traducciones es distinto a evaluar originales, y evaluar retraducciones, distinto a evaluar traducciones aparecidas por primera vez. En este sentido, convendría releer, en la revista Words Without Borders, el cuasimanifiesto que Susan Bernofsky, Jonathan Cohen y Edith Grossman redactaron a propósito de los requisitos que toda reseña de un libro traducido debería cumplir (aquí). Como la autoridad de los tres firmantes me parece garantía suficiente, me limito a traducir sus palabras y a esperar que, en la medida de lo posible, este post sirva para que su mensaje cunda (aunque sea en parte) entre los reseñistas patrios (la esperanza es lo último que se pierde, dicen).

UNAS CUANTAS IDEAS PARA QUIENES RESEÑAN TRADUCCIONES LITERARIAS

Una traducción debería reseñarse como cualquier otro libro, pero deberían ustedes tener presente que toda traducción está escrita dos veces: primero, por el autor; después, por el traductor. La obra en traducción representa una confluencia de sensibilidades, la fusión de dos fuerzas creadoras.

Por ello, consideramos crucial que, a la hora de la valorar un libro, la crítica reconozca los logros del traductor con algo más que un comentario al paso, del estilo «traducido con acierto». Como sabemos que discutir y evaluar traducciones es tarea difícil, quisiéramos sugerir unos cuantos puntos que la crítica, a nuestro juicio, debería tener en cuenta en el momento de reseñarlas.

• Incluyan siempre el nombre del traductor, tanto en la primera mención del libro como en el apartado bibliográfico.

• Si la traducción destaca por su elegancia, su viveza, o por la audaz elección de su vocabulario, no dejen de decirlo. Si rechina o cojea, también merece señalarse, sobre todo si el crítico puede respaldar sus conclusiones con ejemplos.

•  Si el traductor incluye una nota donde describe el enfoque de su traducción, puede ser útil resumir los criterios mencionados en ella, así como indicar si el traductor ha cumplido sus objetivos.

• Cuando existan traducciones anteriores de la obra, compárense pasajes paralelos para resaltar las aportaciones de la nueva versión.

• Si se encomia la obra del autor original por razón de sus particulares cualidades literarias, al lector le será útil saber si dichas cualidades se perciben en la traducción.

• Lo más importante que debe preguntarse el crítico es lo siguiente: ¿contribuye la obra traducida a la vitalidad literaria de la lengua receptora, a su habla, arte y sensibilidad? En otras palabras, independientemente de si la obra es en poesía o en prosa, ¿supone la traducción una ampliación de las fronteras de la práctica literaria en la lengua meta, introduce nuevas técnicas narrativas, formas poéticas o modos de narrar una historia?

He aquí dos ejemplos de reseñas que, desde nuestro punto de vista, logran integrar con éxito el examen de la traducción con la valoración del libro reseñado: la crítica de Michael Dirda de El tambor de hojalata de Günter Grass, traducido del alemán al inglés por Breon Mitchell (aquí), y la reseña de James Wood de Guerra y paz, de Lev Tolstói, traducida del ruso al inglés por Richard Pevear y Larissa Volokhonsky (aquí).

Los reseñistas desempeñan un papel importante como guías para que los lectores aprecien las obras literarias. La doble autoría de las traducciones representa tanto un desafío para los críticos que las evalúan como una dimensión añadida para el disfrute del lector. La escritura del traductor –lo mismo que la interpretación de un actor o un músico– merece ser reconocida en atención a su esencial mérito artístico.

Firman:

Susan Bernofsky
Jonathan Cohen
Edith Grossman

Read Full Post »

Reseñé la versión original (en francés) de este libro hace unos meses, así que, sin entrar en otras cuestiones, me limitaré hoy a examinar la versión castellana. En primer lugar quiero felicitar a la editorial por haberse atrevido a lanzar una biografía de Curzio Malaparte al mercado español, donde sólo contábamos con las muy sucintas de Franco Vegliani, publicada hace más de cincuenta años, y Mariano Rodríguez Tudela, aparecida hace cuarenta. (Personalmente, creo que sigue siendo un deber pendiente traducir la pionera de Giordano Bruno Guerri.)

Vaya por delante que lo que es la traducción en sí me parece excelente, como supongo no podía ser de otra manera tratándose de Juan Manuel Salmerón. El hecho de que el señor Salmerón traduzca tanto del francés como del italiano me parece, además, una garantía añadida en este caso. Mis perplejidades empiezan al notar que el orden de la obra original ha sido alterado: los agradecimientos han pasado del final al principio; la introducción, del primero al segundo lugar del índice; falta el apéndice IV (la parodia Kúppet de Paolo Vita-Finzi), así como tres de las ocho entrevistas (con Ferdinando Castelli, Beatrice Monti von Rezzori y Sandro Veronesi). Me informa la editorial de que los cambios han sido realizados con arreglo a la versión última del original, en acuerdo con el editor y el autor. Sea como sea, no acierto a entender los motivos de estas supresiones. Sí se han incorporado todas las fotografías incluidas en el original.

En el apartado de la nota sobre los textos, veo que, con acierto, se ha añadido un apartado de «obras de Curzio Malaparte publicadas en lengua española». Lamento, sin embargo, que no se consignen las obras traducidas antes de 2008, que son muchas, aunque no se encuentren más que en las bibliotecas y el mercado de segunda mano: Evasiones en la cárcel, Maditos toscanos, El Volga nace en Europa, Mamá podrida, Picotazos, Sangre, Diario de un extranjero en París, El inglés en el paraíso (y supongo que alguna otra que ahora no tengo a mano) fueron traducidas al castellano en su momento. Obviamente también de Kaputt y La piel. También echo de menos el nombre de los traductores de las obras que sí figuran: aparte del mío, el de Eduardo Bittini, Vítora Guevara y la amiga Paula Caballero.

Los pasajes de las obras de Malaparte citadas han sido traducidos directamente del original de la biografía, y no copiando y pegando las versiones castellanas existentes. Es un criterio como otro, aunque quien esto firma prefiere, en la medida de lo posible, consultar las traducciones a mano. Es una comodidad para el lector, que encuentra el mismo texto en ambos lugares, aunque un engorro para el traductor, que se ve obligado a trotar por las bibliotecas de media ciudad a la caza y captura del fragmento exacto.

Ojalá la aparición de este volumen contribuya a la revaloración de la obra malapartiana en España y que, en el futuro, sigan apareciendo en castellano (¿para cuándo también en catalán?) los libros del de Prato. Por lo que sé, Sexto Piso tiene en preparación Muss e Il grande imbecille, que la editorial Luni publicó en 1999. Esperemos que no tarden en llegar más.

No quiero terminar este post sin darle las gracias a Juan de Sola, que me puso sobre la pista de la edición castellana del libro dos meses antes de que apareciera, y a la editorial Tusquets, que tuvo el detalle de enviármelo y de intercambiar impresiones conmigo antes de la redacción de esta reseña.

[Ficha de libro: Maurizio Serra, Malaparte, vidas y leyendas, trad. Juan Manuel Salmerón, Barcelona, Tusquets, 2012, 553 págs. Premio Goncourt de biografía 2011.]

Read Full Post »

En mi reciente visita a Madrid, Miguel Ángel Buil (autor de un gran libro sobre su bisabuelo, el editor Pueyo) tuvo el detalle de pasarme un articulito sobre Malaparte extraído de la revista Fotos (José L. Fernández-Rúa, «Vida aventurera, paradójica y cínica de Curzio Maparte, escritor de escándalo», 1 de julio de 1950), que servidor no conocía ni de nombre. Tras un raudo esbozo biográfico, en el que certeramente se tocan todas las teclas del estereotipo, y un somero repaso de sus libros anteriores, el reseñista dedica unas palabras a Kaputt («del cual hasta los más optimistas han dicho que es un libro terrible»). Habla luego de las obras de teatro que Malaparte estrenó en París:

La prensa de París lo atacó sin piedad y el crítico de Le Figaro llegó a decir que era una vergüenza que en una misma estación un escritor italiano tuviera dos comedias en los teatros de París. «no comprendo vuestra alarma –contestó Malaparte–; en Italia, en la misma estación, se representan unas cuarenta comedias francesas, y son todas detestables».

El último párrafo va dedicado a La piel. Recordemos que estamos en 1950 y que la novela ha aparecido en castellano apenas un año antes:

Ahora es su libro La pelle umana, basado en sus observaciones durante la ocupación de Nápoles por las tropas aliadas, el que promueve un gran escándalo. El Ayuntamiento de Nápoles ha protestado por este libro infamante, en el que aparece una sociedad hedionda, podrida, encenagada en el fango de los vicios y la servidumbre. Un espantoso cuadro de posguerra. De peste moral. La Suprema Santa Congregación del Santo Oficio lo acaba de incluir, con razón, en el Index Librorum Prohibitorum. Sus páginas son leídas con asco y con vergüenza.

La crítica es fiel reflejo del sentir de la época, que vio en el libro un mero museo de los horrores. Cierto que, comparado con Kaputt, La piel adolece de cierta autocomplacencia temática y estilística, pero no lo es menos que el libro es una crítica sangrante al triunfalismo y la estúpida soberbia de los vencedores de la Segunda Guerra Mundial y, a la postre, de todas las guerras. No por nada, se abre la novela con una cita del Agamenón de Esquilo: «Si respetan los templos y los dioses de los vencidos, los vencedores se salvarán».

Read Full Post »

Si a los grandes pensamientos se les da la posibilidad de comunicarse –a través de cualesquiera dificultades y distancias–, producirán siempre grandes pensamientos. Esto justifica todas las traducciones, aun las malas.

Las palabras de Gilbert Highet bien podrían haber aparecido como lema del libro de Adam Thirlwell, convencido defensor de que todo es traducible. Compárense, si no, con un párrafo del principio del libro:

A menudo me pregunto si tras la idea de lo intraducible no se oculta en verdad el deseo de que la traducción sea una equivalencia perfecta, deseo que a su vez alberga el de que el estilo sea algo absoluto. Las traducciones perfectas no existen, como no existen los estilos perfectos. Y sin embargo, hay cosas que aún son traducibles, por más que su traducción no sea perfecta (pág. 9).

Miss Herbert (que también puede encontrarse, a saber por qué, con el título The Delighted States) es un libro primorosamente editado (tapa dura, dos tintas, numerosas ilustraciones, un índice impecable). Su escritura (su estilo, si se quiere) es algo menos impecable, en ocasiones peca de reiterativo y algunos símiles son algo vulgares en su empeño por no excluir al lector no iniciado, pero en conjunto constituye un ameno acercamiento a la historia de la novela y a las teorías del estilo novelesco a través de una serie de ejercicios de close reading para legos y una reflexión crítica (que no esotérica) sobre la traducibilidad de la literatura. No hay lugares comunes ni se aceptan a ciegas las ideas de los autores discutidos (Nabokov, quizá, el que más).

La bibliografía secundaria es parca y a los autores comentados (de Flaubert a Bohumil Hrabal, pasando por Machado de Assis) podrían añadirse otros (se me ocurren Faulkner o Cortázar), pero el libro no tiene afán totalizador y demuestra, en cualquier caso, que el autor no se ha circunscrito a la literatura anglófona. Y aquí entra en juego la traducción: del mismo modo que Thirlwell admite que su conocimiento de los autores rusos y checos se debe a traducciones inglesas y francesas, señala también que si Pushkin pudo leer a Laurence Sterne y adoptar con éxito algunos de sus recursos, lo hizo gracias a las imperfectas versiones francesas:

Por más que me incomode, resulta obvio que tanto en Río de Janeiro como en San Petersburgo, seguía siendo posible, gracias a la lectura aproximativa de una tosca traducción, reconocer las intenciones Sterne y desarrollar sus técnicas (pág. 373).

Estamos ante la vieja querella: ¿la traducción mata el estilo y la poesía, o es precisamente el estilo y la poesía lo que resiste incluso a una mala traducción? Thirlwell es partidario de lo segundo, sin perder de vista que, como bien sabemos los traductores e ignoran los teóricos, no existen (hélas!) recetas mágicas:

No es posible establecer reglas generales sobre la traducción: las ambigüedades son demasiadas. La teoría de la traducción puede ser distinta para un poema y para una novela. Todas las teorías de la traducción dependen del género. La teoría que conviene a la traducción de un poema puede no convenir en absoluto a la hora de traducir una novela. O, más aún, la teoría que conviene a una novela puede no convenirle a otra (pág. 396).

El libro, aparte, repasa un buen número de anécdotas de la intrahistoria literaria que darían material para varios posts. En cuanto ordene mis notas pienso escribir alguno.

Coda: Me cuenta Juan de Sola que la traducción castellana, de Aleix Montoto, está terminada y que pronto debería aparecer en Anagrama. Yo iría encargándola.

Read Full Post »

La piel, un «libro magistral», según Lecturalia, y mejor libro de 2010 según Periodista Digital. El mismo y Kaputt, «clásicos imprescindibles, ahora felizmente recuperados» para Mercedes Monmany en el Cultural de ABC (20-11-2010). Y yo, naturalmente, agradecido y feliz como un huevo frito.

Read Full Post »

Older Posts »