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Archive for the ‘el scriptorium’ Category

Cuatro años

Cuando empecé este blog no sabía lo que daría de sí. La temática, dentro de los límites que trato de imponerme, ha ido ensanchándose ligeramente, y lo que empezó como un repositorio de notas al pie de las obras de Malaparte se ha convertido en una pequeña tarima desde la que hablar de edición en general y de traducción de libros en particular. No siendo un blog de traducción, ni de crítica literaria, ni de lengua, ni de edición, ni siquiera un blog de asuntos personales, difícilmente puede aspirar a un gran número de lectores, pero por suerte para mí, gracias a los que tengo y me comentan (por aquí, en Facebook, en Twitter, en persona) he conseguido lo que creo que es la razón de ser la web 2.0: escribir para compartir y lograr que los lectores, con sus contribuciones, compartan a su vez con uno y le hagan abrir los ojos. Gracias, pues, a todos.

Son ya cuatro años y seguimos adelante, poco a poco, hasta que nos quedemos sin cosas que decir o decidamos callarnos de una vez. Que tampoco sería tan grave.

Live Slow (thisisnthappiness.com)

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Tercer aniversario

Resulta que a finales de agosto el blog cumplió tres años. Y yo sin enterarme. Como diría mi madre: «quin cap, David, quin cap…».

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Llevo retraso con el blog, con los trujamanes, con la vida en general, en fin. Será cosa del verano, de los ratos pasados en la arena polverosa del Garraf, de las noches enteras viendo capítulos de The Wire, de la languidez propia de los días de treinta grados con noventa y cinco por ciento de humedad, de cruzar media Europa en un Clío en compañía de tres locos de atar al son de Johnny Cash. Total, que con la llegada de la reentrada de septiembre, me había propuesto contar en qué ando, no tanto por informar al respetable (al seguramente se le dé una higa) como por saber cómo me he metido en estos fregados.

Iba a empezar diciendo que he escrito poco, pero no es cierto. Me he pasado el verano escribiendo un texto de extensión considerable para un libro sobre traducción que prepara el amigo Javier Jiménez, de Fórcola. Como no sabía de que hablar, me he tirado a las retraducciones, género que servidor conoce de cerca. El material sobre el tema llevaba meses (si no años) acumulándose en el ordenador (y en los estantes, y en la mesa, y en la otra mesa, y si no, véase la foto), así que ha sido una buena excusa para ordenarlo, releer la bibliografía básica sobre el tema y aclarar mis propias ideas sobre el asunto.

Resulta curiosa esta necesidad de escribir, o cuanto menos de examinar lingüísticamente nuestras intuiciones, para afianzar la propia experiencia. Sobre esto, poco más o menos, trata el libro que ando traduciendo ahora: Philosophy the Day After Tomorrow, de Stanley Cavell. El primer ensayo del libro se abre con una cita de John Dewey, que a su vez cita a Emerson. Traducido a vuelatecla reza: «el hombre debería aprender a detectar y observar ese rayo de luz que, procedente de su interior, centellea en su mente […], de lo contario, el día de mañana, un extraño describirá con buen tino exactamente cuanto hemos pensado y sentido, y, para vergüenza nuestra, nos veremos obligados a aceptar de otros nuestras propias opiniones». El de Cavell es sin duda alguna el libro más difícil que voy a traducir jamás y sé positivamente que me dará más problemas de los que me atrevo a prever. ¿Por qué acepta uno meterse en líos de este calibre? Por muchos motivos, supongo, aunque ninguno del todo sensato: por trabajar con un editor nuevo (nuevo para mí, él lleva muchos años haciendo libros), por probar algo nuevo, por ponerse a prueba a uno mismo, por vanidad, por creerse uno más listo de lo que es. Al menos, tengo la suerte de contar con amigos inteligentes que sabrán echarme un cable en un momento dado.

Y es que hay más gente de la que creemos dispuesta a ayudar. De esto trata precisamente el último trujamán que he escrito, aún por publicar: de las páginas de agradecimientos no escritas de los traductores. Nadie es tan listo ni tan bueno que se baste a sí mismo. (No, tú tampoco, morenín.) Cuando traduje a Malaparte ya recurrí a la táctica del morro descarado y saqué de ello, además de la solución a mis dudas, un par de buenas amistades. He vuelto a hacerlo con la novela que acabo de terminar, L’estate alla fine del secolo de Fabio Geda y no podría estar más contento del resultado. Olvídense de aquello del traductor como ave solitaria. No cuela. La de Geda, por cierto, es una novela deliciosa, una de esas novelas que logran narrar no ya la voz del autor, sino la mirada de un niño, un libro que me recuerda a esa perla de Julián Ayesta, Helena o el mar del verano, o a Mi familia y otros animales de Durrell. No veo la hora de que salga.

Verano suelen ser unos meses bastante muertos, pero la verdad es que (por la crisis o lo que sea) este año he visto más movimiento que de costumbre. Aparte del libro del señor filósofo, la canícula barcelonesa me ha traído otro encargo curioso: The Nao of Brown de Glyn Dillon, el primer cómic de mi vida. Una vez más, los motivos de mi alegría son algo ingenuos: una editorial para la que no había trabajado, un género que no había tocado, y el hecho de que la propuesta viniera del amigo Arnau, editor de Norma. Creo que me vendrá como agua de mayo ponerme con él cuando acabe (quizá literalmente) con Cavell.

No todo el monte es orégano. También hay encargos que se malogran. Por cuestiones de calendario no he podido aceptar un librito de Curzio Malaparte. Lo digo tal cual, pero me repatea las tripas. Le recomendé al editor que se pusiera en contacto con Paula Caballero, la otra malapartiana. Espero que lo haya hecho. Parece que últimamente, Malaparte y yo llevamos el paso cambiado: en enero me hablaron de la posibilidad de traducir otros dos libros suyos, pero el proyecto sigue en el limbo a la espera de un acuerdo con la propietaria de los derechos. Y ya que hablamos de Malaparte: este mes Tusquests pone a la venta la biografía de Maurizio Serra que comentamos aquí hace unas semanas. En breve colgaré una reseña de la traducción.

Y esto sería todo si, como traca final, no me hubiera metido en un último embolado. Pero de eso hablaremos otro día.

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El scriptorium se despide por unos días. No sé cuándo publicaré nuevo post porque este año la reentrada será particular: servidor se marcha un par de meses a Nueva York, pero para desgracia vuestra seguiré escribiendo y traduciendo desde la calle 137. Espero que, pese al frío glacial, podré darme un paseo por Coney Island, visitar la inigualable Strand, volver a respirar paz frente a la Alicia de Central Park o descubrir de una vez a dónde demonios van los patos del estanque de los que hablaba el joven Holden.

Por varias razones, no sólo el viaje, 2012 promete cambios. Nada más indicado que empezarlo en casa ajena, en una «casa del cambio» como la de Bastian en La historia interminable. Pero como los asuntos personales de un servidor importan poco o nada al amable lector, prefiero callarme y dejaros con John Frusciante. Al fin y al cabo es el sino del traductor expresarse siempre mejor por boca ajena.

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Tengo la satisfacción de anunciar que ayer se publicó mi primer artículo en el Trujamán. Juan Gabriel me propuso la idea hace ya meses y yo me hice el longuis. Bastante tengo con el blog como para escribir para otros. Hace unas semanas, comiendo con Juan de Sola volvió a salir el tema y antes de darme cuenta ya tenía en la bandeja de entrada un correo de Mari Pepa Palomero, que dirige todo este lío. En buena me he metido. En fin.

En adelante, el plan será el siguiente: todo post con ínfulas serias irá destinado al Trujamán; en el blog publicaré los enlaces a los trujas (con eventuales apostillas, como la que sigue), todo lo relativo a Malaparte e información más o menos ligada a la cotidianidad profesional de un servidor.

Y ahora la apostilla:

Nada más terminar el borrador de los artículos sobre las traducciones del Manifiesto comunista, los sometí al sabio escrutinio de Santi Gorostiza, gran amigo y experto en contubernios rojos, masones y separatistas. Entre otras varias observaciones me preguntaba cuándo se hizo la primera traducción catalana. Le respondí que ni idea, pero que tenía que ser posterior a 1918, porque no aparece citada en el imprescindible libro de Bert Andréas (Le ‘Manifeste Communiste’ de Marx et Engels: Histoire et Bibliographie, 1848-1918, Milán, Feltrinelli, 1963). Días después él mismo me trasladaba la respuesta (fue en 1930) y un articulito al respecto, donde de paso averiguo que la primera traducción directa del alemán al castellano fue la de Wenceslao Roces en 1932.

Y lo que son las cosas: un día antes de entregar me encontré con el nombre de Vera Sasulich en la página 68 de Historia de un incendio, de Servando Rocha. Comprendí así que si Marx y Engels la llamaban «heroica», era por haberle descerrajado un balazo al tiránico gobernador de San Petersburgo, e incluí el dato un poco por los pelos. Aprovecho para recomendar la lectura del libro de Rocha (al que, las cosas como son, le falta una revisión de estilo).

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Otium

Días sin traducir, apalabrando próximos libros, intentando ganar contactos, concretando nuevos proyectos, leyendo, pensando, escribiendo, acaso proponiendo. El momento para echar mano a Historia de un incendio, ¿Qué fue ‘lo hipster’?, La demolizione del mammut. Para cumplir el deber anual de ver la última de Woody Allen. Asambleas y discusiones políticas hasta el amanecer en plaza Catalunya, caceroladas hasta que el cazo aguante, carreras delante de las porras. En los ratos libres, una boda proletaria, cervezas con los viejos amigos y algún paseo en moto junto al mar de mayo.

Hoy servidor se marcha unos días a visitar las Españas. Primera parada, Santiago de Compostela, a tomarme unos vinitos con Isabel. Después el norte. Y mañana el mundo. Petonets.

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