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Archive for 30 enero 2012

Los compañeros de instituto que formábamos el pequeño grupo de latín decidimos, en nuestro último curso, hacer una colecta y regalarle al gran Goyo una versión latina del Quijote que, por pura serendipia, servidor había encontrado en un rincón de Laie. La idea de que pudieran publicarse traducciones a lenguas muertas ni se nos había cruzado por la cabeza. La anécdota ilustra uno de los casos de lo que, a falta de un nombre mejor, llamaré traducción honorífica: una cuyo valor no corre parejo a su utilidad.

Ejemplos existen más de los que servidor había sospechado (véase aquí, como muestra, un listado de traducciones al latín). Harry Potter (con versiones a unas setenta lenguas) ha sido traducido no sólo en latín, sino incluso en griego antiguo, por no hablar de su adaptación a distintos sistemas de escritura (chino tradicional y simplificado) o a varios dialectos de una misma lengua, como la estadounidense o la versión valenciana de la edición catalana, que servidor incluiría sin mucho miedo en el cajón de las traducciones honoríficas.

Me extraña que no haya ocurrido algo parecido con El señor de los anillos, que no sólo no está en latín, sino ni siquiera (por frikadas que no sea) en quenya ni en sindarin, dos de las lenguas tolkenianas más bien conocidas por quienes a estos menesteres se dedican.

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Como los artículos para El Trujamán son tan cortos, no me quedó espacio para comentar un artículo de Carlos Sentís en el que habla de Simenon y sus intentos de traducirlo. Se titula «Simenon» y se encuentra en su último libro, Cien años de sociedad. El fragmento que me interesa es éste:

Por otra parte, consideré que el éxito de Simenon no estaba asegurado entre los lectores de un idioma como el español, pues entonces no era posible la publicación en catalán. El idioma catalán es más permeable para recibir un estilo como el de Simenon, un poco retorcido, frente al español, más académico. Yo mismo realicé la prueba traduciendo un cuento breve que fue publicado en una revista literaria de Madrid y comprobé la dificultad de la traducción simenoniana al español. El caso es que no pensé más en ediciones y, eso sí, proseguí leyendo.

El tópico de lo más o menos dotadas que están ciertas lenguas para vehicular conceptos y estilos es tan viejo como el pensamiento sobre la literatura. (En castellano se vivió un interesante debate en época renacentista en el que personajes como Juan de Valdés y Francisco de Medina reflexionaron sobre la dignidad de las lenguas vulgares.) Aunque imagino que Sentís, más que a determinismos lingüísticos, se refiere a las distintas tradiciones traductoras de cada lengua. En mi opinión es posible identificar, aún hoy, dos tradiciones distintas en castellano y en catalán. El primero es cierto que arrastra cierto lastre académico con el que –seamos sinceros– nos damos de bruces a diario traduciendo. El segundo, por motivos bien sabidos, suple ciertas carencias en el uso con una mayor osadía.

Al final del texto, refiere Sentís cómo terminó su afición al escritor belga:

La realidad de Simenon era mucho más adocenada que su proyección novelesca. Incluso grabó el número de veces que había practicado lo que se llama hacer el amor. […] Escribió que el suicidio de su hija se debió a que se había enamorado de él y la pobre chica no encontró otra salida. Tal vez era cierto, pero al escribirlo, hizo gala de una gran insensibilidad. […] No sé si por hechos de esa última etapa o por un cambio de apreciación literaria, el caso es que, de simenonista decidido, pasé a no ser su lector.

La desafección de Sentís plantea la cuestión del baremo por el que debe ser juzgado un escritor, cuestión plenamente vigente (recordemos el reciente caso de Céline). Debatir al respecto sería apasionante, pero el tema escapa ya al ámbito de este blog…

[Fuente: Carles Sentís, Cien años de sociedad. Recuerdos de un periodista centenario, Barcelona, Libros de Vanguardia, 2010, págs. 28-31. Aprovecho para remitir (así, por la patilla) a un artículo de mi amigo Andreu Navarra sobre el nazismo de Céline: «Céline, el hombre enfadado», en Babab, núm. 11 (enero de 2002).]

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Esto es lo que repite el conejo blanco de Alicia en el país de las maravillas, y eso mismo puedo decir yo después de casi un mes sin actualizar el blog, pero es que Harlem es mucho Harlem y, desde que estoy aquí, todo el tiempo que no he dedicado a terminar el libro de Dacia Maraini lo he dedicado a trotar embobado todas las calles y parques que se me han puesto a tiro.

Trotando, trotando, como no, he pasado por varias librerías. La Strand, por ejemplo, que empieza a darme miedo porque me hace venir algo así como el síndrome de Stendhal en versión libresca. O la Barnes & Noble de Broadway con la 82, donde he descubierto una edición de cierto libro que tradujeron los amigos Robert Falcó y Laura Manero, y de la que ellos no tenían constancia.

Como ahora que he entregado tendré un poco de tiempo para leer, he comprado The Memory Chalet del desaparecido Tony Judt, cuyo nombre últimamente aparece hasta en la sopa, y Harlem Is Nowhere de Sharifa Rhodes-Pitts, por aquello de hacer culturilla de barrio. Algo muy neoyorquino que también me he propuesto es comprar el New York Times los domingos: pesa como un kilo y trae suplementos para toda la semana, incluido el de libros. Y si se puede leer dando bocados a los pasteles de zanahoria de Make My Cake, tanto mejor.

Dicho lo cual, volvemos a poner la máquina en marcha. Y que nadie tema, que esto no se convertirá en un diario de viaje.

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