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Archive for 29 octubre 2012

Apareció en Babelia, el pasado 15 de septiembre, una reseña de Alberto Manguel de La señora Bovary, traducida por María Teresa Gallego y publicada por Alba. El texto de Manguel difiere de la mayoría de críticas de obras clásicas: en lugar del fácil recurso a las manías de Flaubert, su obsesión con la frase, el filisteísmo de los protagonistas, con alguna eventual referencia a la actualidad de la obra vista la estupidez rampante que lastra nuestro siglo (o tempora, o mores), Manguel examina el texto y nos dice qué le parece. Compara original y traducción, sopesa pasajes, comenta decisiones. No siente la necesidad de perder tiempo y espacios en recordarnos, una vez más, de qué va la novela, y no la siente porque el lector de Babelia ya lo sabe, y Manguel sabe que lo sabe.

Digámoslo una vez más: evaluar traducciones es distinto a evaluar originales, y evaluar retraducciones, distinto a evaluar traducciones aparecidas por primera vez. En este sentido, convendría releer, en la revista Words Without Borders, el cuasimanifiesto que Susan Bernofsky, Jonathan Cohen y Edith Grossman redactaron a propósito de los requisitos que toda reseña de un libro traducido debería cumplir (aquí). Como la autoridad de los tres firmantes me parece garantía suficiente, me limito a traducir sus palabras y a esperar que, en la medida de lo posible, este post sirva para que su mensaje cunda (aunque sea en parte) entre los reseñistas patrios (la esperanza es lo último que se pierde, dicen).

UNAS CUANTAS IDEAS PARA QUIENES RESEÑAN TRADUCCIONES LITERARIAS

Una traducción debería reseñarse como cualquier otro libro, pero deberían ustedes tener presente que toda traducción está escrita dos veces: primero, por el autor; después, por el traductor. La obra en traducción representa una confluencia de sensibilidades, la fusión de dos fuerzas creadoras.

Por ello, consideramos crucial que, a la hora de la valorar un libro, la crítica reconozca los logros del traductor con algo más que un comentario al paso, del estilo «traducido con acierto». Como sabemos que discutir y evaluar traducciones es tarea difícil, quisiéramos sugerir unos cuantos puntos que la crítica, a nuestro juicio, debería tener en cuenta en el momento de reseñarlas.

• Incluyan siempre el nombre del traductor, tanto en la primera mención del libro como en el apartado bibliográfico.

• Si la traducción destaca por su elegancia, su viveza, o por la audaz elección de su vocabulario, no dejen de decirlo. Si rechina o cojea, también merece señalarse, sobre todo si el crítico puede respaldar sus conclusiones con ejemplos.

•  Si el traductor incluye una nota donde describe el enfoque de su traducción, puede ser útil resumir los criterios mencionados en ella, así como indicar si el traductor ha cumplido sus objetivos.

• Cuando existan traducciones anteriores de la obra, compárense pasajes paralelos para resaltar las aportaciones de la nueva versión.

• Si se encomia la obra del autor original por razón de sus particulares cualidades literarias, al lector le será útil saber si dichas cualidades se perciben en la traducción.

• Lo más importante que debe preguntarse el crítico es lo siguiente: ¿contribuye la obra traducida a la vitalidad literaria de la lengua receptora, a su habla, arte y sensibilidad? En otras palabras, independientemente de si la obra es en poesía o en prosa, ¿supone la traducción una ampliación de las fronteras de la práctica literaria en la lengua meta, introduce nuevas técnicas narrativas, formas poéticas o modos de narrar una historia?

He aquí dos ejemplos de reseñas que, desde nuestro punto de vista, logran integrar con éxito el examen de la traducción con la valoración del libro reseñado: la crítica de Michael Dirda de El tambor de hojalata de Günter Grass, traducido del alemán al inglés por Breon Mitchell (aquí), y la reseña de James Wood de Guerra y paz, de Lev Tolstói, traducida del ruso al inglés por Richard Pevear y Larissa Volokhonsky (aquí).

Los reseñistas desempeñan un papel importante como guías para que los lectores aprecien las obras literarias. La doble autoría de las traducciones representa tanto un desafío para los críticos que las evalúan como una dimensión añadida para el disfrute del lector. La escritura del traductor –lo mismo que la interpretación de un actor o un músico– merece ser reconocida en atención a su esencial mérito artístico.

Firman:

Susan Bernofsky
Jonathan Cohen
Edith Grossman

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Eric Hobsbawm murió el pasado día 1 de octubre, pero evidentemente no es éste lugar para glosar la vida y milagros del legendario historiador, militante comunista y, cosa curiosa, crítico de jazz. Me limitaré a pegar un parrafo que escribió en 2008 con ocasión de su aparición en una serie de reportajes del diario The Guardian sobre los espacios de trabajo de varios escritores, músicos y académicos. Dice así:

Algunas de las estanterías que en la fotografía aparecen detrás de los dos escritorios contienen libros sobre los temas en los que sigo trabajando: el nacionalismo, la historia del bandidaje. La mayor parte, no obstante, guardan las ediciones extranjeras de mis libros. Su número me asombra y me complace. Siguen llegando a medida que se traducen nuevos títulos y que se abren nuevos mercados lingüísticos, como el hindi o el vietnamita. Como la mayoría no puedo leerlos, su propósito no es otro que el de servir de archivo bibliográfico y, en momentos de desaliento, como recordatorio de que este viejo cosmopolita no ha fracasado del todo tras cincuenta años intentando comunicar la historia a lectores de todo el mundo. Y como acicate para continuar mientras pueda.

Descanse en paz.

[Fuente de la foto: Archivo BBC.]

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Uno de los platos fuertes de la reentrada libresca de septiembre fue la nueva traducción de La señora Bovary realizada por María Teresa Gallego y publicada por Alba. Y digo plato fuerte (expresión que Flaubert habría incluido con gusto en su diccionario de estupideces y frases comunes) no sólo por la entidad de la obra, sino por la voluntad rompedora de la edición: que en ella Emma pase de madame a señora puede interpretarse como toda una declaración de intenciones, si bien no es la primera ni la segunda vez que se castellaniza el título.

Dice Adam Thirlwell (en Miss Herbert, pág. 83) que la escritura de Flaubert «puede ser reproducida en otra lengua». No lo dudo, pero, a excepción de Madame Bovary, leída en la (a mi juicio excelente) versión catalana de Lluís M. Todó, mi relación con las traducciones de Flaubert ha sido más bien tormentosa. Lo primero que leí fueron los Tres cuentos en la edición de Cátedra a cargo de Germán Palacios. La traducción no me convenció; no soy capaz de ver en ella esa cualidad de «objeto separado, acabado», esa «atrocidad del estilo» de que habla Barthes en un ensayo que leí hacia la misma época. Pero, sobre todo, lo que no le perdonaré al señor Palacios son sus notas (la nota 56 de la pág. 69 es de bofetón directo). Llegué después a Bouvard y Pécuchet, en la (me parece a mí que) sobrevalorada traducción de Aurora Bernárdez (ya en la primera página se nos traba la lengua: «Había en el medio una lancha llena de leña»).

Pero no soy yo quién para extenderme sobre la fortuna de Flaubert en castellano, ni es éste lugar para ello. Así que a lo que iba. Y a lo que iba es llamar la atención sobre uno de los pasajes más intricados, crueles y enigmáticos de mi modesta historia lectora: la inefable descripción del sombrero de Charles Bovary. Copio aquí tres versiones castellanas elegidas al azar.

Consuelo Berges (Madrid, Alianza, pág. 52):

Era uno de esos cubrecabezas de orden compuesto, en el que se encuentran los elementos de la gorra de granadero, del chapska, del sombrero redondo, de la gorra de nutria y del gorro de algodón: en fin, una de esas pobres cosas cuya muda fealdad tiene profundidades de expresión como el rostro de un imbécil. Ovoide y emballenada, empezaba por tres morcillas circulares; después alternaban unos rombos de terciopelo con otros de piel de conejo, separados por una banda roja; a continuación, una especie de saco que terminaba en un polígono encartonado, guarnecido con un adorno de pasamanería, del que pendía, en el extremos de un largo cordón demasiado delgado, una especie de bellota de hilos de oro, entrecruzados. Era una gorra nueva; la visera relucía.

Juan Bravo Castillo (Madrid, Espasa Calpe, pág. 70):

Era uno de esos tocados de características heterogéneas, en el que pueden encontrarse los elementos del gorro de granadero, del chapska, del sombrero de copa, del pasamontañas y del gorro de dormir; una de esas prendas desafortunadas, en resumidas cuentas, cuya muda fealdad adquiere profundidades de expresión comparables a las del rostro de un lelo. Ovoide y armada de ballenas, empezaba con tres morcillas circulares; luego alternaban, separados por una franja roja, unos rombos de terciopelo con otros de piel de conejo; venía a continuación una especie de saco rematado por un polígono acartonado y guarnecido con bordados de pasamanería, y de los que pendía, en el extremo de un cordón largo y fino, un pequeño colgante de hilos de oro en forma de bellota. La acababa de estrenar y la visera relucía.

María Teresa Gallego (pág. 20):

Era uno de esos tocados de orden heterogéneo donde aparecen los elementos del morrión, del chascás, del sombrero hongo, de la gorra de nutria y del gorro de dormir, uno de esos objetos lamentables, en pocas palabras, cuya fealdad callada alcanza las mismas honduras expresivas que el rostro de un imbécil. Ovoide y con unas ballenas que la abultaban, empezaba por tres rodetes; luego, iban alternándose, separados por una tira roja, unos rombos de terciopelo y de piel de conejo; seguía algo así como una bolsa que terminaba en un polígono de cartón forrado con un bordado de galones complicados y del que colgaba, en la punta de un cordón largo y demasiado fino, una crucecita de hilo dorado a modo de borla. Era nueva: la visera relucía.

Flaubert tiene momentos así. Lo de la «muda fealdad» con «profundidades de expresión como el rostro de un imbécil» me dejó marcado como una profecía para siempre. Lo mismo que la tristísima sentencia del capítulo VIII de Bouvard y Pécuchet: «Alors une faculté pitoyable se développa dans leur esprit, celle de voir la bêtise et de ne plus la tolérer». O según Bernárdez: «Entonces en el espíritu de los dos se desarrolló una facultad lamentable: la de ver la necedad y no tolerarla».

[Nota: Gracias a Jorge Seca por el pasaje que me faltaba.]

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Tercer aniversario

Resulta que a finales de agosto el blog cumplió tres años. Y yo sin enterarme. Como diría mi madre: «quin cap, David, quin cap…».

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