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Archive for the ‘Malaparte’ Category

Malaparte - última fotoHoy se cumplen exactamente 56 años del fallecimiento de Curzio Malaparte en Roma, en la habitación 32 de la clínica Sanatrix, de resultas de las secuelas sufridas por la inhalación de gas mostaza en las trincheras francesas durante la Primera Guerra Mundial. Al día siguiente de la muerte, el corresponsal de ABC en Roma publicó una interesante necrológica (20-7-1957, pág. 21) en la que se discute si Malaparte  («un grande e ilustre corazón que nunca perdió las vetas de los más paradójicos contrastes») murió cristianamente, como cree el corresponsal, o si se doblegó a las insinuaciones del PCI de Palmiro Togliatti:

Los verdaderos amigos del enfermo, ante la irrupción de Togliatti y su estado mayor, instalándose a la cabecera del pobre Curzio, creyeron preferible retirarse, después de protestar por las increíbles coacciones que se estaban ejerciendo, hora a hora, sobre una voluntad que ya no tenía otra fuerza más que la de resistir los asaltos de la muerte […]. Así un buen día llegaron a arrancarle un mensaje de adhesión preparatorio de la especulación que a estas horas realizan sobre un cadáver al que quisieran prestarle la guardia de las banderas rojas […] y presentándole en su vida como un teórico del comunismo y como un simpatizante de las grandes hordas asiáticas.

Y poco después sentencia:

Malaparte no fué jamás comunista, ni menos en las últimas horas de su vida en que confesó la fuerza cristiana que alimentaba su espíritu, y que no había sabido o no había tenido el valor de confesarlas en las horas brillantes de sus piruetas cínicas.

Documentos en mano, las cosas son menos claras. En una carta del 1 de febrero, durante su viaje por China, Malaparte muestra cierta simpatía hacia el maoísmo (Guerri, p. 276):

Pretendo actuar con respecto al pueblo y las autoridades de la China popular con la máxima lealtad y honestidad: aunque esto deba ocasionar prejuicios en mi contra. Quiero a los chinos, admiro la China popular, me siento aquí en un país justo, libre, bueno, sano, y quiero evitar toda acción que pueda perjudicar a la China de Mao.

De hecho, Malaparte tenía ya carnet del PCI en abril. El padre Virginio Rotondi aseguró que el escritor lo rompió al convertirse al catolicismo (Malaparte, de padre alemán, había nacido protestante, aunque no era especialmente religioso), pero debió de equivocarse de carnet ya que la tarjeta se conserva todavía en los archivos familiares (Guerri, pág. 282). Esto no quita que el 8 de junio pidiera ser bautizado y que, supuestamente, la noche del 6 al 7 de julio, tomara la comunión de manos del pare Rotondi (a pesar de que no hay testigos de esto último y de que Malaparte no se lo dijo ni siquiera a sus hermanos, todos católicos). La tesis de su biógrafo Giordano Bruno Guerri es clara: «La solución al enigma está probablemente en la frase “el que me ayuda me ayuda”. Estaba dispuesto a probar cualquier exorcismo, y a jugar incluso la carta más irracional, a cambio de aumentar sus esperanzas de curación» (pág. 283).

Malaparte está enterrado, en el monte Spazzavento, a las afueras de Prato. En su tumba pueden leerse las frases: «…e vorrei avere la tomba lassù, in vetta allo Spazzavento, per sollevare il capo ogni tanto e sputare nella fredda gora del tramontano» y «Io son di Prato, m’accontento d’esser di Prato, e se non fossi nato pratese vorrei non esser venuto al mondo», procedentes ambas de su libro Malditos toscanos. Legó su villa de Capri al PC chino.

Malaparte - Sello

[Fuentes: Giordano Bruno Guerri, L’arcitaliano. Vita di Curzio Malaparte, Milán, Bompiani, 2008. La biografía de Maurizio Serra no añade mucho a este respecto. Los pasajes de Malditos toscanos que figuran en la tumba de Malaparte, aparecen, respectivamente, en las págs. 100 y 86 de la traducción castellana de Manuel Bosch Barrett, editada por José Janés en 1959. La foto es la última que se le tomó en vida al autor y aparece tanto en la biografía de Guerri como en la de Serra. Curiosamente, sirvió de base para diseñarle un sello conmemorativo.]

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mutisLeo la última página de La piel de Curzio Malaparte y un agrio caos comienza a descomponer la más o me­nos tranquila estructura que cada día edifico del mundo que me ro­dea. A través de un hermoso esti­lo de herencia proustiana con capi­tosas adherencias meridionales, casi d’annunzianas, Malaparte revive con una fidelidad de examen clíni­co, el manso desleimiento de los va­lores que por treinta siglos han sostenido la vida del hombre occidental sobre la Tierra. Manso pero seguro y precipitado desleimiento.

Una putrefacción de res que muere en el trópico, sor­prende la débil materia que envolvía la vieja y robusta carne de Europa.

Peligroso libro este de Malaparte. Cuando creemos que en deter­minado momento quie­re llevar un mensaje de esperanza a los hom­bres que ven morir la cultura occidental, diciéndoles de la bondad, sencillez, primitiva y honrada sencillez de los «liberadores», de repen­te tiene para estas pa­labras de una sardónica y civilizada crueldad que rompen en pedazos la alentadora imagen que antes trazara.

Así como Malaparte nos descu­bre en La piel el manejo y evolución de lo que él llama la Internacional de los Coridones, así fuera fácil colocar a Malaparte en esa Internacional de la Muerte en la cual formaría con Ca­mus, Neruda, Sartre, Faulkner, Gra­ham Green y Georghiú. Nadie como ellos conocen mejor el imperio de los muertos, su gesto imperioso sobre los vivos, su olor esparcido sobre las co­sas del mundo. Nadie como ellos ha sido tan hondo en encontrar las hue­llas de la muerte, aún en los más vi­vos y frescos elementos del mundo. Y entre ellos, ninguno ha llegado a una tan íntima familiarización con los ra­ros caprichos de los muertos, con el rígido ademán de los cadáveres cuyo significado él interpreta con singu­lar justeza como Malaparte.

Desde las primeras páginas de Kaputt y en las primeras frases de La piel el ti­bio vaho de la cadaverina rige cada una de las palabras, impregna cada imagen, envuelve una por una las es­tilizadas aventuras del autor, incan­sable viajero en el destrozado sepul­cro de Europa.

La más grave tacha que pueda ha­cerse a Malaparte es la de un talen­to literario. La eficaz manera de «recrear» si­tuaciones, el a menu­do recargado y rebus­cado andamio literario que pesa sobre su impla­cable visión del mundo contemporáneo, dejan en el lector una sensa­ción de leve duda so­bre la supervivencia de la obra de Malapar­te como escritor. Es po­sible, en verdad, que dentro de algu­nos años nadie recuerde ya sus libros. De lo que sí estoy seguro es de que el último libro que escriban los hom­bres, el testamento de la humanidad en derrota, será algo muy semejante a La piel o a Kaputt, Malaparte –en su condición de viejo amigo de los muertos– tiene un sentido ultrasensi­ble para «lo último».

Capta cada ges­to humano, en cada luz sobre el mar, en cada combinación supercivilizada de colores y sabores, la honda catego­ría de finitas que las cosas del hom­bre arrastran bajo su capa de supervi­vencia sensorial. Y esta sola sabiduría de lo mortal, basta para que perdu­re para siempre Malaparte. Tal vez se olvidan sus libros, es posible que su nombre se vaya opacando con el co­rrer del tiempo, pero nadie podrá ol­vidar que quien primero habló franca y desnudamente, en bellas palabras de poeta, de la muerte de un mundo que nació en el siglo V antes de Cris­to, fue Curzio Malaparte, un europeo sin grandes convicciones políticas, con sentido del buen vivir, humano y cordial, sincero y cambiante a la vez, piedra de escándalo y flor de la civili­zación de occidente, en resumen el úl­timo poeta de la cristiandad que viera nacer al poverello y al Duque de Va­lentino.

[El artículo de Mutis, titulado «Libro de los muertos», apareció el 30 de abril de 2013 en el diario El tiempo de Colombia.]

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Malaparte - MussBenito Mussolini fue para Malaparte un padre político, un gobernante incómodo y un antagonista despreciado, más o menos en ese orden; el padre padrone al que el hijo adoptivo trata de matar a golpe de pluma para compensar de algún modo las ofensas que de él cree recibir. Así describe la relación entre ambos, y la describe bien, Maurizio Serra en su reciente biografía del de Prato (de la que ya hemos hablado aquí y aquí). Para 1931, año en que Malaparte empieza a escribir las prosas más o menos dispersas que hoy conocemos como Muss, las relaciones entre ambos se precipitaban al abismo: en 1928 se ha confiscado la publicación de Don Camaleón, otra sátira sobre Mussolini que no verá definitivamente la luz hasta 1946; en 1931, se ha publicado el incómodo Técnica del golpe de estado; Curzio está enemistado con el ministro Balbo y desprecia a la cúpula del régimen; en 1933, escribe resentido: «Si tuviera algo sobre mi conciencia, si hubiera robado como todos esos canallas que Mussolini lleva en los escudos, también habría un lugar para mí en Italia»; el 7 de octubre de ese mismo año, Malaparte es arrestado, y el 13 de noviembre, condenado a cinco años de confinamiento.

Muss, presentado por Sexto Piso en la trabajada y elegante traducción de Juan Ramón Azaola, llevaba trazas de ser un gran ensayo malapartiano al estilo de la Técnica: un escrito apasionado, militante, y, a la vez, lúcido, ágil e inteligente, una mirada a la «vida moral y social» de un país y una época. Lamentablemente, jamás llegó a adquirir aspecto publicable: el texto empieza como un estudio sobre Hitler y como una demostración de la tesis de que el fascismo es la prolongación última de la mentalidad contrarreformista. Mussolini es el precursor, y Hitler, el introductor de su estilo en tierras germánicas: «sólo un alemán de Austria, un católico de una provincia del antiguo Imperio de los Habsburgo, podía introducir el fascismo en Alemania. El fascismo, en esencia, no es sino el conjunto de los defectos de la civilización católica, el último aspecto de la Contrarreforma». Tirando de ese hilo, Malaparte se adentra en un estudio declaradamente freudiano sobre la psique italiana; habla de los condotieros renacentistas, de Garibaldi, de Mussolini y desemboca en una serie de consideraciones sobre la piedad de Cristo ante la muerte del Duce (efectivamente, la redacción del texto se prolongó hasta 1943-1945 y aun posiblemente 1953-1955). Pero el hilo no vuelve a Hitler y nos quedamos con un texto embrionario que, pese a su indudable interés para el connaisseur, queda algo cojo. (De desarrollar todos los temas que apunta, muy posiblemente habría alcanzado el doble de su extensión actual.) El texto que completa el volumen, El gran imbécil, es una sátira de tono algo más grueso que también transmite cierta sensación de escrito inconcluso y huérfano (de hecho, tampoco llegó a publicarse en vida del autor).

mussolini-hitlerEl libro contiene pasajes memorables y sabrosísimas «notas al pie» de algunas escenas que aparecen en las obras mayores de Malaparte, como el alucinado capítulo undécimo de La piel. Se tratan temas caros al autor: la piedad hacia el vencido, el turbamiento ante la humillación ajena, la relación entre hombres y animales, el heroísmo, el absolutismo, la libertad de conciencia («la señal de la dignidad de un hombre no es la de vivir libre en libertad, eso que todos saben hacer, incluso las fieras, sino libre dentro de una prisión»). Una vez más, vale la pena recordar a quienes lo desapachan como mero arribista que a Malaparte no le tiembla el pulso a la hora de escribir, en 1931, cosas como que «se podría creer que Hitler no es sino un hombre grueso, de mediana estatura, bigote ridículo […] cuya única fuerza consiste en la capacidad de hacerse pasar una especie de Julio César de origen tirolés». Hay audacia, ingenio y algunos pasajes dignos del mejor Malaparte, pero falta algo que galvanice el conjunto.

Tal vez habría sido un buen libro para publicar una vez recuperado en castellano Don Camaleón (lo publicó José Janés en 1952, en traducción de Maria Bages), e incluso como apéndice a éste. Hay que aplaudir la labor de zapa que desde 2009 vienen realizando distintos editores (Galaxia Gutenberg, Alfama, ahora Sexto Piso), pero no debemos cansarnos de repetir que los grandes libros del polémico toscano (El Volga nace en Europa, Evasiones en la cárcel, Diario de un extranjero en París) siguen ausentes de las librerías españolas.

[Ficha: Curzio Malaparte, Muss. El gran imbécil, trad. Juan Ramón Azaola, pról. Francesco Perfetti, nota al texto de Giuseppe Pardini, Barcelona, Sexto Piso, 2013.]

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Qué desastre, qué poca seriedad: dos meses sin actualizar el blog. ¿Por un buen motivo? Si trabajar hasta echar el bofe es un buen motivo, pues sí, por un buen motivo. El libro de Cavell, del que hablaré pronto, me está llevando por el camino de la amargura. He perdido ya la cuenta de las horas invertidas, de las bibliotecas visitadas, de los libros consultados, de los amigos perdidos soportando disertaciones sobre Wittgenstein…

Y como cuando servidor la lía, la lía bien, no se me ocurrió nada mejor que apuntarme al curso de edición del Taller de los Libros, organizado por un puñado de pequeñas editoriales, que me robará dos tardes a la semana hasta mayo. Por suerte parece que el dinero está bien invertido y, con un poco de suerte, los concimientos que vaya sacando sobre el mundillo del libro se traducirán en algún dato interesante que trataré de plasmar en el blog y en los trujamanes que sigo escribiendo (cuando puedo) para el Instituto Cervantes.

Para colmo, han venido las fiestas, y la pereza y la resaca me han impedido sentarme al teclado aunque sea para comentar algo sobre las nuevas adquisiciones malapartianas: un ejemplar de la primera edición castellana de Don Camaleón, traducido por Maria Bages (cortesía de José Antonio de Juan, eterno proveedor de sorpresas bibliográficas), y otro de Mujer como yo (pescado en la maravillosa librería Fènix de Badalona), traducido por Dionisio Ridruejo, de quien ya hemos hablado aquí anteriormente. El primero es un texto «a medio camino entre el panfleto y el divertimento» en el que Malaparte «desenmascara a su personaje [Mussolini] sin andarse con chiquitas» (Maurizio Serra, Malaparte: vidas y leyendas, trad. Juan Manuel Salmerón, Barcelona Tusquets, 2012, pág. 117). El libro fue escrito en 1926 y empezó a publicarse por entregas en 1927 (según Giordano Bruno Guerri) o 1928 (según Malaparte en el prólogo) en La Chiosa, el suplemento literario del Giornale di Genova. Antes de aparecer entero, Mussolini ordenó su interrupción y el secuestro del manuscrito. La edición española (Barcelona, José Janés, 1952) incorpora un interesante prólogo de 1946 donde el autor, además de explicar «de cuántas calamidades fue causa mi pobre Don Camaleón» (pág. 11), habla de la relación entre escritura, política, exilio y censura con ese estilo afilado que es la gran seña de identidad de su obra de corte más ensayístico. Una muestra (pág. 6):

A los emigrados políticos debo decirles, con honesta cortesía, que un escritor no rompe su pluma sólo porque existe un tirano que le prohíbe escribir libremente, sino que la templa y aguza e intenta escribir entre líneas, decir veladamente aquello que le está prohibido decir abiertamente; que en un país sujeto a un tirano no se puede escribir abiertamente contra la tiranía; que si es legítimo huir a un país extranjero y libre para substraerse a las persecuciones[,] no es honesto y leal reprochar, desde aquel lejano y seguro refugio, a los que permanecieron en Italia, el no haber arrojado la máscara, como solían decir, y el no haberse enfrentado, a pecho descubierto e inermes, con aquella misma tiranía a la que ellos, huyendo, se substrajeron.

Don Camaleón-Mujer como yoMujer como yo se publicó en italiano en 1940. De su lectura, encerrado en un autobús durante un largo viaje de invierno entre Berlín y Aarhus,  guardo un recuerdo deslumbrante. Por entonces estaba traduciendo Kaputt, y Malaparte y los peregrinajes en bicicleta por los bares berlineses con Marina, Ghada, Steffen y María eran casi mi única dedicación. Según el biógrafo Giordano Bruno Guerri, el libro, junto a Sangre, «está considerado por la crítica literaria como la prueba más refinada y lograda del Malaparte narrador». Y añade: «La pureza del estilo, la refinada técnica narrativa, la felicidad de las imágenes, hiceron olvidar la farragosa frialdad de Evasiones en la cárcel [caracterización con la que servidor no acaba de estar de acuerdo] y demostraron que Malaparte seguía vivo y vital en la literatura italiana» (L’arcitaliano: vita di Curzio Malaparte, Milán, Bompiani, 2008, pág. 177). La traducción de Ridruejo (Madrid, Guadarrama, 1958) va precedida de una «nota informativa» sin firmar (aunque sin duda debida a la mano del traductor) donde se traza un sucinto pero fiel perfil del autor y se ofrecen unas cuantas observaciones sobre la labor trujamánica (pág. 13):

No se ha intentado llegar en esta traducción al último extremo del rigor […]. El texto ha sido tomado, quizá, demasiado en grueso y los escrupulosos podrán culparnos justamente de falta de paciencia. Aparte de eso, creemos que la traducción expresa con fidelidad el original italiano. Siempre que el castellano ha sido capaz de asimilar sin violencia la traslación literal de las palabras y el respeto a la construcción del autor, así se ha hecho. En ocasiones estas fidelidades se han sacrificado a los imperativos del idioma y a otra finalidad tonal y musical que la prosa del autor traducido merecía.

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Reseñé la versión original (en francés) de este libro hace unos meses, así que, sin entrar en otras cuestiones, me limitaré hoy a examinar la versión castellana. En primer lugar quiero felicitar a la editorial por haberse atrevido a lanzar una biografía de Curzio Malaparte al mercado español, donde sólo contábamos con las muy sucintas de Franco Vegliani, publicada hace más de cincuenta años, y Mariano Rodríguez Tudela, aparecida hace cuarenta. (Personalmente, creo que sigue siendo un deber pendiente traducir la pionera de Giordano Bruno Guerri.)

Vaya por delante que lo que es la traducción en sí me parece excelente, como supongo no podía ser de otra manera tratándose de Juan Manuel Salmerón. El hecho de que el señor Salmerón traduzca tanto del francés como del italiano me parece, además, una garantía añadida en este caso. Mis perplejidades empiezan al notar que el orden de la obra original ha sido alterado: los agradecimientos han pasado del final al principio; la introducción, del primero al segundo lugar del índice; falta el apéndice IV (la parodia Kúppet de Paolo Vita-Finzi), así como tres de las ocho entrevistas (con Ferdinando Castelli, Beatrice Monti von Rezzori y Sandro Veronesi). Me informa la editorial de que los cambios han sido realizados con arreglo a la versión última del original, en acuerdo con el editor y el autor. Sea como sea, no acierto a entender los motivos de estas supresiones. Sí se han incorporado todas las fotografías incluidas en el original.

En el apartado de la nota sobre los textos, veo que, con acierto, se ha añadido un apartado de «obras de Curzio Malaparte publicadas en lengua española». Lamento, sin embargo, que no se consignen las obras traducidas antes de 2008, que son muchas, aunque no se encuentren más que en las bibliotecas y el mercado de segunda mano: Evasiones en la cárcel, Maditos toscanos, El Volga nace en Europa, Mamá podrida, Picotazos, Sangre, Diario de un extranjero en París, El inglés en el paraíso (y supongo que alguna otra que ahora no tengo a mano) fueron traducidas al castellano en su momento. Obviamente también de Kaputt y La piel. También echo de menos el nombre de los traductores de las obras que sí figuran: aparte del mío, el de Eduardo Bittini, Vítora Guevara y la amiga Paula Caballero.

Los pasajes de las obras de Malaparte citadas han sido traducidos directamente del original de la biografía, y no copiando y pegando las versiones castellanas existentes. Es un criterio como otro, aunque quien esto firma prefiere, en la medida de lo posible, consultar las traducciones a mano. Es una comodidad para el lector, que encuentra el mismo texto en ambos lugares, aunque un engorro para el traductor, que se ve obligado a trotar por las bibliotecas de media ciudad a la caza y captura del fragmento exacto.

Ojalá la aparición de este volumen contribuya a la revaloración de la obra malapartiana en España y que, en el futuro, sigan apareciendo en castellano (¿para cuándo también en catalán?) los libros del de Prato. Por lo que sé, Sexto Piso tiene en preparación Muss e Il grande imbecille, que la editorial Luni publicó en 1999. Esperemos que no tarden en llegar más.

No quiero terminar este post sin darle las gracias a Juan de Sola, que me puso sobre la pista de la edición castellana del libro dos meses antes de que apareciera, y a la editorial Tusquets, que tuvo el detalle de enviármelo y de intercambiar impresiones conmigo antes de la redacción de esta reseña.

[Ficha de libro: Maurizio Serra, Malaparte, vidas y leyendas, trad. Juan Manuel Salmerón, Barcelona, Tusquets, 2012, 553 págs. Premio Goncourt de biografía 2011.]

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Llevo retraso con el blog, con los trujamanes, con la vida en general, en fin. Será cosa del verano, de los ratos pasados en la arena polverosa del Garraf, de las noches enteras viendo capítulos de The Wire, de la languidez propia de los días de treinta grados con noventa y cinco por ciento de humedad, de cruzar media Europa en un Clío en compañía de tres locos de atar al son de Johnny Cash. Total, que con la llegada de la reentrada de septiembre, me había propuesto contar en qué ando, no tanto por informar al respetable (al seguramente se le dé una higa) como por saber cómo me he metido en estos fregados.

Iba a empezar diciendo que he escrito poco, pero no es cierto. Me he pasado el verano escribiendo un texto de extensión considerable para un libro sobre traducción que prepara el amigo Javier Jiménez, de Fórcola. Como no sabía de que hablar, me he tirado a las retraducciones, género que servidor conoce de cerca. El material sobre el tema llevaba meses (si no años) acumulándose en el ordenador (y en los estantes, y en la mesa, y en la otra mesa, y si no, véase la foto), así que ha sido una buena excusa para ordenarlo, releer la bibliografía básica sobre el tema y aclarar mis propias ideas sobre el asunto.

Resulta curiosa esta necesidad de escribir, o cuanto menos de examinar lingüísticamente nuestras intuiciones, para afianzar la propia experiencia. Sobre esto, poco más o menos, trata el libro que ando traduciendo ahora: Philosophy the Day After Tomorrow, de Stanley Cavell. El primer ensayo del libro se abre con una cita de John Dewey, que a su vez cita a Emerson. Traducido a vuelatecla reza: «el hombre debería aprender a detectar y observar ese rayo de luz que, procedente de su interior, centellea en su mente […], de lo contario, el día de mañana, un extraño describirá con buen tino exactamente cuanto hemos pensado y sentido, y, para vergüenza nuestra, nos veremos obligados a aceptar de otros nuestras propias opiniones». El de Cavell es sin duda alguna el libro más difícil que voy a traducir jamás y sé positivamente que me dará más problemas de los que me atrevo a prever. ¿Por qué acepta uno meterse en líos de este calibre? Por muchos motivos, supongo, aunque ninguno del todo sensato: por trabajar con un editor nuevo (nuevo para mí, él lleva muchos años haciendo libros), por probar algo nuevo, por ponerse a prueba a uno mismo, por vanidad, por creerse uno más listo de lo que es. Al menos, tengo la suerte de contar con amigos inteligentes que sabrán echarme un cable en un momento dado.

Y es que hay más gente de la que creemos dispuesta a ayudar. De esto trata precisamente el último trujamán que he escrito, aún por publicar: de las páginas de agradecimientos no escritas de los traductores. Nadie es tan listo ni tan bueno que se baste a sí mismo. (No, tú tampoco, morenín.) Cuando traduje a Malaparte ya recurrí a la táctica del morro descarado y saqué de ello, además de la solución a mis dudas, un par de buenas amistades. He vuelto a hacerlo con la novela que acabo de terminar, L’estate alla fine del secolo de Fabio Geda y no podría estar más contento del resultado. Olvídense de aquello del traductor como ave solitaria. No cuela. La de Geda, por cierto, es una novela deliciosa, una de esas novelas que logran narrar no ya la voz del autor, sino la mirada de un niño, un libro que me recuerda a esa perla de Julián Ayesta, Helena o el mar del verano, o a Mi familia y otros animales de Durrell. No veo la hora de que salga.

Verano suelen ser unos meses bastante muertos, pero la verdad es que (por la crisis o lo que sea) este año he visto más movimiento que de costumbre. Aparte del libro del señor filósofo, la canícula barcelonesa me ha traído otro encargo curioso: The Nao of Brown de Glyn Dillon, el primer cómic de mi vida. Una vez más, los motivos de mi alegría son algo ingenuos: una editorial para la que no había trabajado, un género que no había tocado, y el hecho de que la propuesta viniera del amigo Arnau, editor de Norma. Creo que me vendrá como agua de mayo ponerme con él cuando acabe (quizá literalmente) con Cavell.

No todo el monte es orégano. También hay encargos que se malogran. Por cuestiones de calendario no he podido aceptar un librito de Curzio Malaparte. Lo digo tal cual, pero me repatea las tripas. Le recomendé al editor que se pusiera en contacto con Paula Caballero, la otra malapartiana. Espero que lo haya hecho. Parece que últimamente, Malaparte y yo llevamos el paso cambiado: en enero me hablaron de la posibilidad de traducir otros dos libros suyos, pero el proyecto sigue en el limbo a la espera de un acuerdo con la propietaria de los derechos. Y ya que hablamos de Malaparte: este mes Tusquests pone a la venta la biografía de Maurizio Serra que comentamos aquí hace unas semanas. En breve colgaré una reseña de la traducción.

Y esto sería todo si, como traca final, no me hubiera metido en un último embolado. Pero de eso hablaremos otro día.

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Existe, entre quienes escriben sobre Malaparte, una excesiva tendencia a la reserva, un distacco militante con respecto al objeto de estudio. Giordano Bruno Guerri escribió hace treinta años una biografía imprescindible en la que se muestra durísimo con el escritor de Prato. El muy documentado volumen publicado el año pasado por Maurizio Serra –más de seiscientas páginas, bibliografía escogidísima, varios testimonios de primera mano, valiosos apéndices– presenta un distanciamiento semejante, aunque más irónico que combativo.

Me imagino que cierta distancia es necesaria a la hora de orientarse en la red de exageraciones, deformaciones y mentiras que Malaparte tejió durante toda su vida (el hecho de que muriera con las bendiciones de la Iglesia católica y de los comunistas de Togliatti sólo es la última demostración de a qué extremos llevó tan difícil arte). En ocasiones, no obstante, parece que la reserva le impide a Serra apreciar al Curzio estilista. Reconozcámoslo: fue autor de estilo afilado, brillante en ocasiones, de una imaginación desmedida anclada siempre en la más cruda realidad, un fabulador que se divertía saltándose los límites entre el documento y la ficción, entre el ensayo y la narrativa. Y Serra lo sabe, como se echa de ver en algunas de las entrevistas del final, pero en el cuerpo del libro apenas lo insinúa con la boca pequeña.

La vida del biografiado es seguida casi al milímetro a lo largo de sus cincuenta y nueve años. Serra ha acudido a los registros y archivos ministeriales, a las personas que lo conocieron, a los paisajes en los que se movió. Reconstruye con rigor la historia de cada libro, da razón de las distintas versiones, de las manipulaciones a que el autor sometía con los años algunas obras. Describe con gran detalle las decisivas relaciones con Mussolini, Gobetti y Ciano, los años en París, la desorientación hiperactiva posterior a la Segunda Guerra Mundial, atrapado entre los jóvenes autores que lo desprecian y las depuraciones antifascistas. Serra concede considerable espacio también a la relación de Malaparte con las mujeres, el amor y el sexo, cosa que servidor echó de menos en la biografía de Guerri. La detenida y en general temperada reconstrucción de las múltiples hazañas malapartianas hacen que el volumen logre sobradamente su propósito: «refutar los clichés, en la medida de lo posible, mostrando la íntima coherencia y la modernidad de este intérprete profético de la decadencia de Europa frente a las nuevas potencias globales (URSS, Estados Unidos, China)» (pág. 9). Serra pinta a un intelectual con vocación polémica, un admirador de la fuerza, siempre a la búsqueda del aplauso y, a la vez, siempre a la contra. Como una versión política del célebre apotegma de Marx (Groucho): «Jamás pertenecería a un club que quisiera contarme entre sus miembros». Guerri, entrevistado al final del libro, sentencia: «Menospreciaba las ideologías, pero amaba las revoluciones» (pág. 591). Podría ser la tesis general de Serra. Quizá yo la reformularía así: «Acabaría descreyendo siempre de una ideología; nunca de las revoluciones».

Quiero dejar claro que el libro es de lectura amena y aporta, ya que no un enfoque novedoso, sí una ampliación de lo que ya había dicho la crítica y documentos interesantísimos (una carta inédita de Henry Miller a Malaparte de junio de 1948, una parodia de Kaputt, titulada Kúppet, de Paolo Vita-Finzi, entrevistas con Giorgio Napolitano, Lino Pellegrini, Francesco Perfetti, Beatrice Monti von Rezzori, entre otros). Pero también tiene puntos más débiles. Personalmente, no puedo compartir algunas de las afirmaciones que aparecen en el libro, como las referidas al supuesto menosprecio de Malaparte por los perdedores. La piel es, desde las citas iniciales, un testimonio rotundo en sentido contrario. Tal vez no sea una novela sincera; no importa: que las ideas del narrador y las del autor no encajen, no es excusa para dar testimonio de unas y no de las otras. Tampoco puedo compartir el enfoque excesivamente psicologista de muchas de las observaciones Serra; una cosa es estar de acuerdo en que Malaparte sufría un narcisismo galopante, y otra utilizar esa constatación para saltar a conclusiones precipitadas cuando faltan los datos. También se echa de menos un apartado bibliográfico mejor organizado para no tener que ir espigando referencias entre las notas, así como los datos de las ediciones originales de las obras de Malaparte (sólo se consignan aquéllas que no tienen versión francesa; en el resto de casos se dan los datos de las traducciones). Y puestos a pedir, yo habría agradecido algunas fotos más.

[Ficha de libro: Maurizio Serra, Malaparte, vies et légendes, París, Grasset, 2011, 636 págs. Premio Goncourt de biografía 2011.]

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