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Archive for 29 enero 2010

Voy a contar cosas personales, ya me perdonaréis.

Uno de los momentos de mayor angustia de un traductor primerizo es cuando, de repente, deja de llegarle trabajo. ¿Qué pasa entonces? A mí me ocurrió al terminar el tercer libro y debo confesar que lo pasé fatal. Y es que por entonces con mi sueldo vivíamos dos. Yo sólo tenía contacto con la editorial que me había cerrado el grifo, de modo que se imponía un envío masivo (por entonces aún nadie decía mailing) de currículums (o currículos, o currícula, o como quieran llamarlos).

Fue un periodo de lo más pintoresco. Traduje un libro a precio de saldo para un editor minúsculo que ya quebró. Tardó seis meses en pagarme (debí sospechar al ver que las reuniones de trabajo eran en la cafetería del FNAC), pero trabamos amistad: me invitaba a las presentaciones de sus libros, salíamos de copas, fui a su cumpleaños, incluso me presentó a un grupo de gente estupenda con la que se suponía que íbamos a montar una revista online de literatura y estudios poscoloniales. Por un tiempo fue una gran familia y con algunos sigo manteniendo contacto. Incluso le presté mi ejemplar de The Woman Warrior, de Maxine Hong Kingston, para que considerara publicarlo. La cosa quedó en agua de borrajas, pero cuál fue mi sorpresa al ver que hace poco apareció en el sello El Cobre.

Más tarde, gracias al anuvelo Robert, la editora de Belaqva me apalabró dos libros que jamás traduje porque no llegaron a publicarse; una pena porque uno de ellos estaba llamado a ser mi debut como traductor de italiano. También por entonces, cierto editor de cuyo nombre no quiero acordarme le ofreció a María una serie de novelas vampíricas. Supongo que temiendo por su salud mental, María le propuso compartirlas conmigo, a lo cual el tipo accedió. En medio de una descoordinación clamorosa por parte de la editorial, le hicimos la correspondiente prueba y nos citó para entrevistarnos en su despacho. El individuo se comportó como un perfecto impresentable y la reunión terminó de malas maneras. Muy, muy malas maneras. Si el mundillo del frikismo y la ciencia ficción barcelonesa no tuvo que lamentar males mayores, se lo debe a la templanza de María, porque yo salí de ahí con la autoestima por los suelos y dispuesto a rociar la editorial con queroseno.

El episodio más cutre de todos fue traducir una bazofia infame, que nunca llegó a publicarse, para cierta gran editorial cuyo nombre también es mejor relegar al olvido. El día que fui a recogerlo, la redactora de mesa (novelista rosa en sus ratos libres) llegó a proponerme una cosa que llamaban «adaptaciones libres», consistente en fusilar libros de autoayuda extranjeros alterando la sintaxis y el orden de los capítulos para publicarlos bajo nombre supuesto en España sin miedo a ser acusados de plagio. Manda huevos, que diría el ministrillo.

Como no hay fábula sin moraleja, aquí van las ídem. Moraleja primera: los periodos de sequía son cíclicos; lo mejor es aprender a preverlos para organizarte las vacaciones sin problemas. Moraleja segunda: cuidad las amistades, porque os sacarán de más de un apuro. Moraleja tercera: no prestéis libros, porque nunca vuelven: de mi ejemplar de The Woman Warrior nunca más se supo.

(Apostilla: Lamento la parrafada, pero de estas cosas nadie habla en tertulias, asociaciones o facultades. Si, como creo, este blog lo leen traductores noveles o estudiantes, este post va para ellos. Ánimo, chiquillos, que todos hemos tragado estiércol. Por decirlo fisno.)

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Para los no traductores (me consta que también hay gente normal que visita este blog): Matilde Horne (1914-2008) fue la traductora al castellano de El señor de los anillos y saltó tristemente a la fama poco antes de morir, al saberse que ni la editorial Minotauro antes ni Planeta después le abonaron nunca los correspondientes derechos de autor. Planeta intentó subsanarlo pagándole una cantidad, comparativamente, misérrima. La periodista Virginia Collera resumió bastante bien el caso en un artículo de 2007 para el El País.

Ahora (¡oh, misterios del ciberespacio!) alguien ha decidido crear un perfil de Matilde Horne en el Caralibro, donde se están reuniendo fotos, escritos y un ensayo de bibliografía de sus traducciones. A día de hoy, Matilde tiene 86 admiradores, dos álbumes de fotos y hasta dirección de correo electrónico.

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Se llama Herramientas de Traducción y más que un blog es un repertorio de recursos pensado para traductores noveles y estudiantes. Vía Bloc de Lletres.

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La ancianita de la foto es Marie Smith Jones y murió hace exactamente un año. Su muerte no tendría mayor relevancia de no ser porque se trataba de la última hablante de eyak, una de las lenguas nativas de Alaska. No es un caso único: en 2001 se estimaba que, de las 6.800 lenguas habladas en el mundo, entre 3.400 y 6.120 habrían desaparecido antes de 2010. Por suerte, hay quien se dedica a testimoniarlas. Es el caso de David Harrison y Gregory Anderson, que en el año pasado protagonizaron un reportaje fascinante titulado The Linguists. Podéis verlo íntegro aquí.

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Dice así:

Se ha publicado la traducción del tratado del Gobierno civil de Locke, hecha por los ciudadanos D. G. C. y L. C., alfereces de caballería. […] Hubiera sido de desear que los caballeros traductores no hubiesen elegido la traducción francesa que es mala, hasta el punto de desfigurar en muchos pasages [sic] el original inglés.

La reseña pertenece El Censor: Periódico Político y Literario (tomo la cita del volumen editado en Madrid, 1821, tomo X, págs. 470-476).

Resulta curioso que la reseña incluya datos que casi siempre echamos en falta en las reseñas actuales: nombre (aquí iniciales) de los traductores (¡a quienes, además, trata de caballeros!), referencia al perfil profesional de éstos y la denuncia de una práctica de que la que en este blog nos hemos ocupado en varias ocasiones: el recurso a la traducción indirecta.

Se me ocurre que de esto podrían tomar nota, por una parte, los gacetilleros que reseñan libros importados como si fueran producto patrio; por otra, todos aquellos siempre dispuestos a tildar de intrusos a los no licenciados en traducción. A saber cuántos excelentes traductores de libros andan por ahí siendo alfereces de caballería o sargentos chusqueros…

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Javier MaríasVaya por delante que no soy muy devoto del rey de Redonda, y menos cuando le da por lanzar invectivas contra sus ex compañeros de profesión desde la prensa: en la humilde opinión de un servidor, con demasiada frecuencia tiende a perorar cómodamente contra el traductor, sin cuestionar nunca las condiciones que a éste le vienen impuestas desde arriba (claro que es posible que Marías, traductor de Laurence Sterne, W. B. Yeats o Thomas Hardy entre otros, tal vez no se haya visto nunca obligado a trabajar sometido a las tiranías del calendario editorial). Que no lo digo por corporativismo, ojo, sino porque creo en esa ética de la crítica (tan defendida en otros ámbitos por el admirado Ferran Monegal) consistente en disparar hacia arriba, no hacia abajo.

Dicho esto, copio unos fragmentos de Corazón tan blanco (Madrid, Alfaguara, 2002 [1.ª ed.: 1992], págs. 71-75), novela protagonizada por un intérprete de conferencias:

Por fortuna no nos limitamos a prestar nuestros servicios en las sesiones y despachos de los organismos internacionales. Aunque esto ofrece la comodidad incomparable de que en realidad se trabaja sólo la mitad del año (dos meses en Londres o Ginebra o Roma o Nueva York o Viena o incluso Bruselas y luego dos meses de asueto en casa, para volver otros dos o menos a los mismos sitios o incluso a Bruselas), la tarea del traductor o intérprete de discursos e informes resulta de lo más aburrida. […] Alguien que no haya practicado este oficio puede pensar que ha de ser divertido o al menos interesante y variado, y aún es más, puede llegar a pensar que en cierto sentido se está en medio de las decisiones del mundo y se recibe de primera mano una información completísima y privilegiada. […] Los traductores e intérpretes traducimos e interpretamos continuamente, sin discriminación ni apenas descanso durante nuestros periodos laborales, las más de las veces sin que nadie sepa muy bien para qué se traduce ni para quién se interpreta, las más de las veces para los archivos cuando es un texto y para cuatro gatos que además no entienden tampoco la segunda lengua, a la que interpretamos, cuando es un discurso. Cualquier idiotez que cualquier idiota envía espontáneamente a uno de esos organismos es traducida al instante a las seis lenguas oficiales, inglés, francés, español, ruso, chino y árabe. […] Una vez me llamaron urgentemente a mi cabina para que tradujera el discurso (no escrito) que iba a pronunciar un individuo gobernante que, según yo mismo había leído a cuatro columnas en la prensa de dos días antes, había sido muerto en su país de origen en el transcurso de un golpe de estado que había logrado plenamente su propósito de derrocarlo. […] El único verdadero afán de los delegados y representantes es el de ser traducidos e interpretados, no que sus discursos e informes sean aprobados o aplaudidos ni sus propuestas tenidas en cuenta o llevadas a efecto, lo cual, por lo demás, apenas ocurre nunca (ni aprobación ni aplausos ni cuenta ni efecto).

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Os lo advertí: volvemos a la carga tras las navidades. Espero que hayáis bebido mucho y leído bastante, que me imagino que es la única manera de aguantar estas fiestas con cordura. Yo no me quejo: me han regalado libros (novela negra sueca incluida), he podido perfilar unos cuantos posts para el blog, me he iluminado leyendo a Kerouac, he descubierto Los Soprano (a buenas horas, dirá más de uno), me he enamorado de Thora Birch y he recibido los primeros ejemplares de Kaputt, que deberá de aparecer en las librerías en breve.

Aparte de eso, la semana pasada me ofrecieron traducir un libro del que no hablaré todavía. Vaya por delante que es ensayo y que no salimos de la Segunda Guerra Mundial. De momento tengo el PDF de las pruebas sin corregir y la verdad es que es apetitoso, lo cual significa que, si todo va bien, en unas semanas estaremos aquí desmenuzándolo como hemos hecho (y seguiremos haciendo) con Malaparte.

El viernes tendremos aquí a Javier Marías, no faltéis.

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