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Posts Tagged ‘Ovidio’

Con gusto (mejor: con placer) y de un tirón he leído Del lado del amor. Poesía reunida (1994-2009), el volumen editado en 2010 por Visor con los poemas completos (hasta la fecha) de Juan Antonio González Iglesias, profesor de filología latina en la Universidad de Salamanca y uno de los más finos traductores que he leído en la vida.

Nuestro autor, más que conocer los clásicos, los vive como si fueran compañeros de copas, con ese entusiasmo que rezuman las mejores páginas de Gilbert Highet, en el ensayo, o de Arturo Dávila o Manuel Forcano (siendo muy distintos), en el verso. Parte de ese entusiasmo, de esa afirmación de la vida bajo la letra dos veces milenaria, se detecta, por ejemplo, en sus versiones de los Amores y el Arte de amar de Ovidio: poemas con todas las de la ley cuyas bien escandidas sílabas y recursos fónicos no habrían podido resultar de la simple erudición (que no le falta, dicho sea de paso).

El clasicismo de Juan Antonio (disculpad el tuteo, tan cercano lo siento) se extiende, como era de esperar, a su obra propia, trescientas páginas de, por un lado, exaltación pindárica, como en «Olímpica primera. Nadador» (pág. 24):

Pie mercurial y alado, el cuerpo es curva.
Un embrión instantáneo que interroga
y replica ya sólo con contraria
propulsión amorosa hacia el futuro
de aquel coral oculto masculino.
¿Dónde aleta o timón tan firme y leve?

Y, por otro, de elegía latinizante («Puerta del paraíso», pág. 32):

En mítica secuencia la vulgar camiseta
te quitas, y al alcance de este lado del sueño
se alza el arco esbeltísimo de tus abdominales
como ojiva que apunta al músculo de música,
fundada sobre el nunca alcanzable horizonte
de tu cintura, línea la más imaginaria.

Pero mi excusa para hablar de Juan Antonio son los cameos que le permite al tema de la traducción. Así, en el poema «Aikido» (pág. 304):

Los juegos, los poemas,
las tardes traduciendo,
palabra por palabra,
las tragedias, el cruento
latín de historiadores.
Todo va al corazón y, transcurridas
las décadas, se vuelve
serenidad.

Y, sobre todo, en «Arte de traducir» (pág. 309), defensa de la traducción como acto de cultura y de una calma artesana que, a la hora del a verdad, pocos traductores pueden permitirse. Lo reproduzco íntegro:

Debemos celebrar las traducciones afortunadas.
Como el Précis de décomposition
de Cioran, convertido
en Breviario de podredumbre.
En momentos de máxima inseguridad cultural
el arte de traducir se erige
en última forma de conocimiento.
Ahora que la torre de la historia
sufre asedios que pueden ser los definitivos,
hemos de recurrir a los especialistas
y a quienes los traducen
sin prisa y con audacia
intuyendo el sentido final de los escritos.
Para comprender todo
lo que ocurre estos años,
basta con este libro
de Arnaldo Momigliano
que trata de otra época:
The Alien Wisdom, que alguien bellamente
ha traducido La sabiduría
de los bárbaros.

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La afirmación es de Yorgos Seferis. No sé si tendrá razón, pero lo que sí es cierto es que Homero, el primer gran nombre de la literatura occidental, no narra en la Odisea sino la crónica de una travesía, que es a la vez una novela de aventuras. No es de extrañar que viaje y aventura fueran de la mano en tiempos de los antiguos, a quienes la expresión «viaje de placer» habría parecido seguramente una contradicción en términos.

Pienso esto a raíz de un párrafo de Stacy Schiff sobre el viaje de Cleopatra a Roma con Julio César:

Cleopatra would not have undertaken her first trip across the Mediterranean lightly. The voyage was risky at the best of times; on a similar crossing, Herod would be shipwrecked. Josephus, the Jewish-Roman historian who wrote so venomously of Cleopatra, spent a night some years later swimming in the Mediterranean.

Y en nota, remite a Aquiles Tacio, que en Leucipa y Clitofonte (III 2-6) describe un naufragio que termina en la egipcia costa de Pelusio. Es curioso que la autora no se haga eco del tópico clásico de la imprecación contra los viajes. Ovidio trae en los Amores un par de buenos ejemplos, como el del poema 16 del libro segundo:

Que yazgan preocupados en sus tumbas,
y oprimidos por tierra hostil se vean,
los que el mundo surcaron por los largos caminos.

Y, sobre todo, el poema 11 del mismo libro, donde lamenta aquella primera travesía de Jasón:

¡Ojalá, tras hundirse, hubiese Argo bebido
esas aguas funestas, para que nadie luego
moviera con el remo los dilatados mares!

Y más adelante:

Ya demasiado tarde se vuelve la mirada
a contemplar la tierra, cuando, suelta la amarra,
corre la proa curvada hacia el mar infinito,
e, inquieto, el marinero se horroriza
a causa de los vientos enemigos
y ve su muerte casi tan cerca como el agua.
[…] Más seguro
es calentar tu lecho, leer tus libros,
pulsar la lira tracia con tus dedos.

En tiempos de Byron, viajar en barco debía de ser poco más seguro (aún en 1851 podía escribir Melville: «sabemos que el mar es una perenne terra incognita […]; por mucho que ese niñito que es el hombre presuma de su ciencia y habilidad […] el mar seguirá insultándole y asesinándole, y pulverizando la fragata más solemne y rígida que pueda él hacer»), pero el autor del Childe Harold vuelve ojos ciegos a los horrores del mar para adoptar una postura introspectiva:

For pleasures past I do not grieve,
Nor perils gathering near;
My greatest grief is that I leave
No thing that claims a tear.

Que viene a ser más o menos el asunto de Into the Wild, ese peliculón de Sean Penn sobre un viaje visceral a una imposible edad dorada. Y ya me callo, no sin antes decir que la soberbia traducción de los poemas de Ovidio es del poeta y filólogo Juan Antonio González Iglesias.

(Fuentes: Stacy Schiff, Cleopatra: A Life, Nueva York, Little Brown & Company, 2010, p. 98. ¶ Ovidio, Amores. Arte de amar, ed. Juan Antonio González Iglesias, Madrid, Cátedra, 2004. ¶ Herman Melville, Moby Dick, ed. José María Valverde, Barcelona, Planeta, 2003, cap. LVIII. ¶ Lord Byron, «Childe Harold’s Pilgrimage», en Elliot Coleman, ed., Poems of Byron, Keats, and Shelley, Garden City, Doubleday & Company, 1967, p. 64.)

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