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Archive for the ‘eventos y efemérides’ Category

[Al día siguiente del que habría sido el 87 aniversario de Philip Roth (z”l), publico aquí el texto que leí en una mesa redonda sobre el autor de Newark celebrada el 12 de octubre de 2018 en el contexto del Séfer Barcelona: Festival del Libro Judío. Debo agradecer a David Aliaga que me invitase al festival para hablar de dos de los autores que más me han obligado a replantearme mi cometido como traductor: Philip Roth y S. J. Perelman.]

No soy, ni mucho menos, un experto en la obra de Roth y, si se me permite la irreverencia, ni siquiera me atrevería a contarlo entre mis autores favoritos. Soy un lector que ha leído buena parte de su obra con interés, en ocasiones con verdadero entusiasmo y por momentos con franca admiración; un lector que, además, ha tenido la enorme suerte, si puede decirse así, de haber podido traducir uno de sus libros más difíciles y desconocidos, La gran novela americana, de 1973. Por eso he creído que lo más conveniente, y lo que más me apetecía hoy, era describir de forma muy breve la trayectoria de Roth no tal y como la describiría el especialista, sino entresacando de su obra unas cuantas novelas que me han llamado especialmente la atención y que sirven, creo, para ilustrar las etapas por las que ha ido pasando el autor de Newark. En el caso de alguien con una obra tan vasta, esto supondrá, por fuerza, dejar de mencionar muchas novelas de gran valor.

La trayectoria y la evolución de la escritura de Roth es singular e interesantísima, y, además, creo, ayuda a entender lo que el autor trata de conseguir en cada libro. Hace una semana me invitaron a participar en un club de lectura sobre La gran novela americana. Los pocos miembros del club que habían logrado terminarla estaban de acuerdo en que no habían acabado de entrar en ella y en que algo les había impedido disfrutarla como habrían querido. Traté de explicar que La gran novela americana se disfruta mucho más cuando uno tiene en mente dos cosas: en primer lugar, un conocimiento más o menos sólido del mundo del béisbol y de lo que este deporte significa para la sociedad americana (no por nada lo llaman el «pasatiempo nacional»), y en segundo lugar, el espacio que esta novela ocupa en la obra de Roth. Quizá no sea esta la ocasión para ponerme a hablar de béisbol (aunque me encantaría y sé que Roth lo aprobaría), así que pasaré directamente a describir la trayectoria de Roth tal y como yo la entiendo.roth chancellor

La gran novela americana llegó cuatro años después del enorme éxito de El mal de Portnoy, publicada en 1969. Portnoy es una novelita que vendió doscientos mil ejemplares en diez semanas y cuatrocientos mil en menos de un año, y de la cual Gershom Scholem, el amigo de Walter Benjamin, dijo que era «el libro por el que han estado rezando todos los antisemitas».[1] Como faja promocional, desde luego, no está nada mal. Portnoy es la irreverencia, la subversión, un desmesurado chiste de judíos que a lo largo de doscientas páginas desgrana, bajo el disfraz de una sesión de psicoanálisis, muchos de los tópicos que hemos visto también en las películas de Woody Allen: la familia, la culpa, la paranoia, la represión sexual, el peso del pasado y la historia, la insegura posición del judío secular en la sociedad americana, las contradicciones de la integración. Estas contradicciones quedan plasmadas de forma evidente en el lenguaje del protagonista y narrador, Alexander Portnoy: «¡Otórgueme la bendición de la virilidad! —le pide a su psicoanalista— ¡Hágame valiente! ¡Hágame fuerte! ¡Hágame completo! Estoy harto de ser un muchacho la mar de simpático, de darles gusto a mis padres en público, mientras en privado me tiro del putz [esto es, del pene]».[2] Portnoy desea con todas sus fuerzas librarse del castrador influjo del entorno en que ha crecido, a la vez que emplea a cada momento expresiones en yidish, tantas que la traducción de la novela al castellano incluye un breve glosario explicativo al final del libro.

No sé si hoy la obra tendría el mismo éxito que hace cincuenta años. En 2009, la clasicista Mary Beard la calificó de «fantasía sexual de machotes».[3] Ciertamente lo es y ciertamente en ocasiones cae en el estereotipo. Solo que quizá en 1969 todavía nadie había compendiado y expresado (por lo demás con innegable valor artístico) dichos estereotipos. Portnoy rompe un silencio, crea un género.

En los años siguientes empieza, desde mi punto de vista, una nueva etapa en la que Roth acentúa de forma progresiva lo caricaturesco, lo exagerado y hasta lo fantasioso, aunque dejando algo de lado el elemento judío: en 1971 publica Nuestra pandilla, un libro extravagante y algo olvidado sobre el mandato de Richard Nixon. Al año siguiente aparece El pecho, una novelita corta y de aires kafkianos en la que David Kepesh (personaje que reaparecerá en El profesor del deseo y El animal moribundo) se transforma en un seno de tamaño humano, a la manera de un nuevo Gregor Samsa sexualizado. En 1973 llega La gran novela americana, en la que a mi juicio culmina esa deriva hacia el exceso y la caricatura. En ella, un tal Word Smith, reportero y aspirante a autor de la gran novela americana, narra cómo en 1943 el Departamento de Guerra estadounidense confisca para uso militar el estadio de los Ruppert Mundys, un equipo de béisbol formado, entre otros, por un mánager misionero, un cácher manco, un exterior cojo y un bateador enano. A lo largo de la temporada, irán sucediéndose una serie de improbables episodios que acabarán desvelando la existencia de un plan con el que los comunistas pretenden infiltrarse en el mundo del béisbol (deporte que encarna los valores más auténticamente americanos) para, a continuación, derribar el país.

Por debajo de este torbellino de peripecias, narradas en un tono digno de los hermanos Marx, se deslizan multitud de críticas descarnadas: a los grandes autores del canon literario estadounidense; a los funcionarios anticomunistas que legaron al mundo la vergonzosa caza de brujas; a la sociedad del espectáculo que pretende trivializar un deporte que en tiempos lindó con lo mítico… En resumen, las instituciones y los valores de un país y de una época. Como vemos, al mismo tiempo que Roth se mueve hacia la exageración y la sátira, desplaza también su centro de atención de lo íntimo a lo general.

roth newark2Pocos años después, arranca el ciclo de novelas que tienen por protagonista al escritor Nathan Zuckerman: en 1979 se publica la primera, La visita al maestro, seguida de Zuckerman desencadenado en 1981, La lección de anatomía en 1983 y La orgía de Praga en 1985. El ciclo incluye cinco novelas más y es precisamente la que ocupa el centro exacto de la lista, La contravida, de 1986, la que me gustaría destacar a continuación. La contravida conjuga la mirada a la intimidad que habíamos encontrado en Portnoy con la mirada social que permea el posterior ciclo de novelas desenfrenadas. El sexo y la infidelidad están presentes a lo largo de todas sus páginas y son, de hecho, los elementos que ponen en marcha toda la acción; no obstante, ocupan también un lugar prominente los temas del sionismo y del encaje del judaísmo laico en dos entornos tan distintos como Israel y Gran Bretaña, encaje que Zuckerman acaba resumiendo así: «Ocho semanas en Inglaterra han bastado para hacer de mí un judío, y, pensándolo bien, puede que sea el menos doloroso de los métodos. Un judío sin judíos, sin judaísmos, sin sionismo, sin sinagoga ni ejército, sin pistola siquiera, un judío claramente sin hogar, mero objeto en sí, como un vaso o una manzana».[4] La novela plantea también el problema de los límites entre la verdad y la ficción, y encara el problema de hasta qué punto tiene derecho el novelista a apropiarse de las vidas que lo rodean para ensamblar sus narraciones. A mí no me interesa especialmente el mucho o poco paralelismo que pueda haber entre las novelas de Roth y su vida real (ni entre la obra y la vida de ningún otro autor), pero para Roth, que desde sus inicios venía siendo acusado de explotar despiadadamente su propia autobiografía, era desde luego un tema importante.

Por otro lado, el planteamiento formal de la novela resulta intrigante e interesantísimo: se estructura en cinco partes en las que el punto de vista narrativo va cambiando de forma brusca, desorientando al lector y, a la vez, ahondando en los recovecos de los personajes implicados: Henry y Nathan, los dos hermanos Zuckerman, en quienes se encarnan dos maneras de vivir, de comprender el mundo y la moral, y que permiten, a la par, una lectura en clave simbólica al equipararlos con las figuras de Caín y Abel, Jacob y Esaú. La técnica narrativa a la que Roth recurre aquí no es exactamente la del contrapunto; más bien crea un juego en el que varios narradores (o acaso un solo narrador de identidad fragmentaria) van y vienen entre mundos posibles preguntándose continuamente: «¿Y qué ocurriría si…?».

roth newarkLa última etapa de Philip Roth es una progresiva búsqueda de la sencillez y la transparencia narrativas. Las novelas que escribe en la década de 2000 tienden a la concreción, la claridad y la brevedad: casi todas rondan las doscientas páginas escasas y se desarrollan casi siempre en escenarios familiares para el Roth real: Nueva York, Newark, la costa de Jersey. Se diría que el autor tiene ya en mente que diez años más tarde dejará de escribir para siempre y que antes le apetece regresar a los lugares del recuerdo y dar testimonio de unos pocos hechos más, como la guerra de Corea o el trauma del 11 de septiembre, todo ello aderezado con temas que ya le son familiares al lector, como la moral y el sexo, lastrados ahora por una vejez descrita de forma descarnada, una vejez ya prefigurada a comienzos de los años noventa con Patrimonio y ahora omnipresente en El animal moribundo (2001), Elegía (2006) y Sale el espectro (2007). De todos los libros que Roth escribe en estos años, me gusta especialmente el último, Némesis, publicado en 2010. Como bien señala Claudia Roth Pierpont en su libro Roth desencadenado, «la escritura de Roth rara vez atrae la atención sobre sí misma».[5] Después de La gran novela americana, Roth parece haber emprendido un proceso de depuración estilística que, a mi parecer, cristaliza de forma definitiva en Némesis, la historia de Bucky Cantor, un joven instructor deportivo que ve cómo los niños de los que debe cuidar van cayendo como moscas víctimas de una epidemia de poliomielitis que asola toda Newark, y en especial el barrio judío de Weequahic, durante el caluroso verano de 1944. La prosa de la novela (que seguramente no por azar pasó por trece borradores)[6] destila una serenidad que solo se ve alterada en algunos de los diálogos, las frases se desarrollan con la elegancia de lo inevitable y el lector avanza sin obstáculos por un drama que, por debajo de su apacible apariencia, va incrementando el grado de tensión hasta alcanzar el desenlace. Curiosamente es Némesis una novela donde los temas del sexo, la lujuria y la vejez desaparecen por completo. Siguen presentes el judaísmo (todos los personajes de la novela, casi sin excepción, son judíos) y, sobre todo la moral y la fe. Bucky Cantor tiene un sentido del deber tan exacerbado que linda con la hubris, la desmesura clásica; tanto es así que, al preguntarse cuál es el papel que desempeña Dios en el cúmulo de desdichas que se suceden a su alrededor, llega a una conclusión paradójica: por un lado, Dios tiene que ser por fuerza un genio omnipotente y maligno; por otro, él, Bucky Cantor es responsable de las desgracias que le toca presenciar: «Tenía que convertir la tragedia en sentimiento de culpa», como dice el narrador hacia el final de la novela.[7]

Némesis cierra la obra de Roth como un telón que cae parsimonioso y a la vez imparable sobre el escenario. El escritor parece haber dejado saldadas todas las cuentas pendientes. No sé si Roth era consciente de que al ambientar su último libro en un campo de recreo de la avenida Chancellor de Newark estaba cerrando un círculo que había abierto más de cuarenta años antes en El mal de Portnoy, donde escribió: «¡Y vivir para siempre en la zona de Weequahic, jugando al softball en la avenida Chancellor!».[8] Con Némesis, Roth sale a batear por última vez y el partido toca a su fin.

[1] Claudia Roth Pierpont, Roth desencadenado, trad. Inga Pellisa, Barcelona, Literatura Random House, 2016, p. 81.

[2] Philip Roth, El mal de Portnoy, trad. Ramón Buenaventura, Barcelona, Debolsillo, 2013 (ed. electrónica), p. 29.

[3] Roth Pierpont, Roth desencadenado, p. 86.

[4] Philip Roth, La contravida, trad. Ramón Buenaventura, Barcelona, Debolsillo, 2013, p. 412.

[5] Roth Pierpont, Roth desencadenado, p. 186.

[6] Roth Pierpont, Roth desencadenado, p. 380.

[7] Philip Roth, Némesis, trad. Jordi Fibla, Barcelona, Literatura Random House, 2011, p. 196.

[8] Roth, El mal de Portnoy, p. 185.

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Malaparte - última fotoHoy se cumplen exactamente 56 años del fallecimiento de Curzio Malaparte en Roma, en la habitación 32 de la clínica Sanatrix, de resultas de las secuelas sufridas por la inhalación de gas mostaza en las trincheras francesas durante la Primera Guerra Mundial. Al día siguiente de la muerte, el corresponsal de ABC en Roma publicó una interesante necrológica (20-7-1957, pág. 21) en la que se discute si Malaparte  («un grande e ilustre corazón que nunca perdió las vetas de los más paradójicos contrastes») murió cristianamente, como cree el corresponsal, o si se doblegó a las insinuaciones del PCI de Palmiro Togliatti:

Los verdaderos amigos del enfermo, ante la irrupción de Togliatti y su estado mayor, instalándose a la cabecera del pobre Curzio, creyeron preferible retirarse, después de protestar por las increíbles coacciones que se estaban ejerciendo, hora a hora, sobre una voluntad que ya no tenía otra fuerza más que la de resistir los asaltos de la muerte […]. Así un buen día llegaron a arrancarle un mensaje de adhesión preparatorio de la especulación que a estas horas realizan sobre un cadáver al que quisieran prestarle la guardia de las banderas rojas […] y presentándole en su vida como un teórico del comunismo y como un simpatizante de las grandes hordas asiáticas.

Y poco después sentencia:

Malaparte no fué jamás comunista, ni menos en las últimas horas de su vida en que confesó la fuerza cristiana que alimentaba su espíritu, y que no había sabido o no había tenido el valor de confesarlas en las horas brillantes de sus piruetas cínicas.

Documentos en mano, las cosas son menos claras. En una carta del 1 de febrero, durante su viaje por China, Malaparte muestra cierta simpatía hacia el maoísmo (Guerri, p. 276):

Pretendo actuar con respecto al pueblo y las autoridades de la China popular con la máxima lealtad y honestidad: aunque esto deba ocasionar prejuicios en mi contra. Quiero a los chinos, admiro la China popular, me siento aquí en un país justo, libre, bueno, sano, y quiero evitar toda acción que pueda perjudicar a la China de Mao.

De hecho, Malaparte tenía ya carnet del PCI en abril. El padre Virginio Rotondi aseguró que el escritor lo rompió al convertirse al catolicismo (Malaparte, de padre alemán, había nacido protestante, aunque no era especialmente religioso), pero debió de equivocarse de carnet ya que la tarjeta se conserva todavía en los archivos familiares (Guerri, pág. 282). Esto no quita que el 8 de junio pidiera ser bautizado y que, supuestamente, la noche del 6 al 7 de julio, tomara la comunión de manos del pare Rotondi (a pesar de que no hay testigos de esto último y de que Malaparte no se lo dijo ni siquiera a sus hermanos, todos católicos). La tesis de su biógrafo Giordano Bruno Guerri es clara: «La solución al enigma está probablemente en la frase “el que me ayuda me ayuda”. Estaba dispuesto a probar cualquier exorcismo, y a jugar incluso la carta más irracional, a cambio de aumentar sus esperanzas de curación» (pág. 283).

Malaparte está enterrado, en el monte Spazzavento, a las afueras de Prato. En su tumba pueden leerse las frases: «…e vorrei avere la tomba lassù, in vetta allo Spazzavento, per sollevare il capo ogni tanto e sputare nella fredda gora del tramontano» y «Io son di Prato, m’accontento d’esser di Prato, e se non fossi nato pratese vorrei non esser venuto al mondo», procedentes ambas de su libro Malditos toscanos. Legó su villa de Capri al PC chino.

Malaparte - Sello

[Fuentes: Giordano Bruno Guerri, L’arcitaliano. Vita di Curzio Malaparte, Milán, Bompiani, 2008. La biografía de Maurizio Serra no añade mucho a este respecto. Los pasajes de Malditos toscanos que figuran en la tumba de Malaparte, aparecen, respectivamente, en las págs. 100 y 86 de la traducción castellana de Manuel Bosch Barrett, editada por José Janés en 1959. La foto es la última que se le tomó en vida al autor y aparece tanto en la biografía de Guerri como en la de Serra. Curiosamente, sirvió de base para diseñarle un sello conmemorativo.]

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Si alguien me hubiera dicho que las tres jornadas de un congreso de traductores iban a convertirse en tres días para marcar en el calendario, le habría preguntado qué droga toma y si me da un poco. Y aquí estoy, tratando de ordenar las ideas para escribir una sucinta crónica del Polisemo 2012, del que, por resumirlo así de entrada, diría que cumplió con creces su cometido: discutir hasta la saciedad sobre la visibilidad del traductor, las relaciones entre la traducción y los medios y, sobre todo, servir de nexo a profesionales y estudiantes.

Si esto fuera un blog serio, debería empezar hablando de la conferencia de John Rutherford, el esforzado traductor del Quijote y La Regenta al inglés, que nos regaló varias anécdotas sabrosas, como la de la correctora estadounidense que le afeaba el hecho de que su inglés sonase demasiado británico. (Pues ¿cómo iba a sonar el inglés de un profesor de Oxford nacido en Hertfordshire?) Pero esto es un blog poco serio y no tengo el espacio ni la paciencia para intentar un resumen ordenado de lo que dijeron todos y cada uno de los ponentes.

Sí quiero recordar la alegría que me dio que Lluís M.ª Todó (que no lee blogs) tuviera palabras amables para un artículo en el Cultura|s de La Vanguardia de Raül Garrigasait (que tiene un blog estupendo) y que accediera a firmarme mi ejemplar de El mal francès. O la divertida discusión, ensayada sin duda en mil ocasiones, entre Mario (Sepúlveda) y Marià (Capella), discusión cuya moraleja es que el pez gordo se come al chico, y que así como los editores no dudan en ocasiones en zamparse al traductor, también ellos son, desde hace un tiempo, pasto del tiranosaurio Amazon. Con menos finura y más elocuencia, también podría decirse que la mierda siempre cae hacia abajo.

La charla de Javier Aparicio indignó a más de uno. Yo disfruté, aunque admito que el profesor Aparicio tiene unas maneras peculiares. Y disfruté porque le oí decir que la visibilidad del traductor es en primer lugar responsabilidad del editor y que, cuando éste les da importancia a sus zapadores literarios, generalmente los medios también se la dan. Por eso y porque presentó un ránquing de editoriales en función del lugar al que relegan al traductor dentro del cuerpo del libro, y más de una de ésas cuyo nombre siempre se pronuncia enarcando la ceja salió mal parada.

Los congresos también son lo que ocurre fuera del auditorio. Comer con Jorge Seca, salir de cervezas con Arturo Peral (a cuyo padre, sin saberlo, mentamos aquí), Carlos Fortea, Marta Sánchez-Nieves, Marga Santos, Violeta Sánchez, Raquel Aquino, David Martínez, Esther Zafra, Lucía Azpeitia, Francina Espuny y alguno que me dejo fue un lujazo. Muchos de los que he mentado son ex estudiantes con escasa o ninguna experiencia en traducción de libros, y, sin embargo, muchas de sus preguntas (además de la mesa redonda en que algunos de ellos participaron el viernes por la tarde) me hicieron plantearme cosas que la inercia del tecleo diario había borrado de mi mente. Cuando digo que las jornadas del congreso fueron para marcar en el calendario, me refiero en buena parte a ellos y a esa comunidad que entre todos vamos construyendo, independientemente de asociaciones, a base de afinidades y amor a un arte que nos da de comer. Que queréis que os diga, a mí estas cosas me iluminan.

Iluminadores fueron también los testimonios de tres veteranos como Olivia de Miguel, Adan Kovacsics y Peter Bush, que empezaron en esto de manera muy distinta a los que ahora rondamos los treinta y tantos: Peter rememorando sus inicios traductoriles como una faceta más de su activismo político; Olivia explicando que ella no descubrió la traducción, sino que se la descubrieron los cursos de Sam Abrams; Adan compartiendo el recuerdo de sus inicios bajo la tutela de Juan del Solar. Si algo agradable hay en esta vida, es ver a un sabio mostrando su gratitud.

Malapartiana vivió su momento estelar al aparecer como blog recomendado en la charla de Belén Santana. Su autor intentó quedar bien y no callarse en la mesa que compartió con Anna Prieto, Damià Alou y Pedro Román, con quien me habría gustado charlar más tiempo. Y me habría gustado porque Pedro tiene el perfil del perfecto invitado a esta clase de eventos: el del lector ideal, ajeno al mundillo editorial, aquél que lee y se informa por gusto, el que demuestra que los profesionales del sector nos equivocamos al subestimar los gustos y preocupaciones del respetable.

Pero si de momentos estelares hablamos, se impone pasar a la conferencia de clausura de Alberto Manguel. Lo que dijo importa menos que el efecto que tuvo sobre quienes escuchábamos. La traducción perfecta de ese efecto fue el silencio sepulcral en el momento de las preguntas: como bien dijo alguien del público que habría merecido un aplauso, cualquier cosa que pudiera decir Manguel nos interesaba y habría sido poco menos que una herejía imponer cauces a su discurso con nuestras banales preguntas.

Releo lo escrito y me doy cuenta de que, explicado así, puede parecer que no había para tanto. Pero es que como dijo Manguel, nuestra relación con el lenguaje es siempre una relación frustrada. No importa, no es esta la última noche. Mañana trataré de nuevo, a solas, de averiguar en qué rincón de mí se instaló exactamente la magia de esos tres días. «No matter. Try again. Fail again. Fail better». Beckett dixit.

[Podéis ver todas las fotos del Polisemo 2012 aquí.]

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El IV Encuentro Universitario-Profesional de Traducción Literaria se celebrará este año en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona del 10 al 12 de mayo. El tema elegido es «La visibilidad del traductor: La crítica de traducciones en los medios de comunicación». Uno de los atractivos del congreso es la escasa presencia de marcianos académicos puros y la presencia mayoritaria de traductores y demás trabajadores en activo del sector del libro: como podéis ver en el programa, hablarán figuras como John Rutherford, Lluís M.ª Todó, Adan Kovacsics, Ricardo San Vicente, Alberto Manguel y muchos que me dejo. Por cierto, que algún incosciente ha decidido invitarme a participar en la mesa redonda del día 12, a las 13 h, bajo el lema «El traductor: ¿ficción o realidad?», en compañía de Anna Prieto, Damián Alou, Pedro Román y Belén Santana. Aunque la mesa que más promete es quizá la de estudiantes de traducción literaria del día 11 (19.30 h). Animaos, que seguro que se dirán cosas interesantes.

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Tenía 58 años y dicen que había traducido unos cuatrocientos libros: Ken Follett, Patricia Cornwell, Anne Rice, Ursula K. Le Guin, Isaac Asimov y, sobre todo, James Ellroy. Siendo yo un mocoso, en uno de mis veranos en Sitges, disfruté como un enano leyendo su traducción de La mitad oscura de Stephen King. En la cena navideña del año pasado, tuve ocasión de conocerlo. Decía que era el pianista, que se ponía el libro delante como si fuera la partitura e iba tocando. Sólo me dio tiempo a verlo dos veces más, en una tertulia de ACEtt y en el homenaje a Miguel Martínez-Lage, hace dos meses escasos. Acababa de ganar, con la inseparable Montserrat Gurguí, el Premio Esther Benítez. No le dio tiempo recogerlo.

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Mañana comienza el ciclo «El traductor presenta». La iniciativa, como se recoge en la circular de presentación está «destinada a reivindicar el papel crucial de los traductores en la transmisión de las obras literarias. Del mismo modo que los autores presentan sus novedades en público, a lo largo del año distintos traductores, junto con su editor o un especialista en la materia, tendrán ocasión de presentar a los lectores los libros que han publicado recientemente».

En la primera sesión se presentará Crónicas literarias y autorretrato de Gabriele d’Annunzio, publicado por Fórcola. Hablarán Amelia Pérez de Villar (la traductora) y Javier Jiménez (editor), presentados por Olivia de Miguel. La cita es a las 20 h en la librería italiana Le Nuvole de Barcelona (Carrer de Sant Lluís, 11). A quienes no puedan asistir les recomiendo pasar por ahí cualquier otro día, porque el local es precioso y Cecilia, la dueña, estará encantada de poder recomendaros algún libro.

Y si alguien se queda con ganas de más, al día siguiente, a las 20 h, la librería Pequod (Milà i Fontanals, 59) organiza una charla sobre el autor con Amelia y David Martín Copé.

¡Ahí nos vemos!

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Escribe Joyce (Ulysses, ed. Jeri Johnson, Oxford, OUP, 1998, cap. 11, págs. 274-275):

Well, I must be. Are you off? Yrfmtsbyes. Blmstup. O’er ryehigh blue. Bloom stood up. Ow. Soap feeling rather sticky behind. Must have sweated: music. That lotion, remember. Well, so long. High grade. Card inside, yes.

By deaf Pat in the doorway, straining ear, Bloom passed.

At Geneva barrack that young man died. At Passage was his body laid. Dolor! O, he dolores! The voice of the mournful chanter called to dolorous prayer.

By rose, satiny bosom, by the fondling hand, by slops, by empties, by popped corks, greeting in going, past eyes and maidenhair, bronze and faint gold in deepseashadow, went Bloom, soft Bloom, I feel so lonely Bloom.

Traducen Francisco García Tortosa y María Luisa Venegas Lagüéns (Ulises, Madrid, Cátedra, 20033, ca. 11, pág. 329):

Bueno, tengo que. ¿Se va? Smstbcpó. Blmontó. Sobre el azul añil de centenal. Ay. Bloom se levantó. El jabón algo pegajoso detrás. Debo de haber sudado: la música. Esa loción, recuerda. Bueno, hasta luego. De gran ca. Tarjeta dentro. Sí.

Por el sordo de Pat en la entrada aguzando el oído Bloom pasó.

En el cuartel de Ginebra murió aquel joven. En Passage el cuerpo reposa. ¡Dolor! ¡Oh! ¡Él dolores! La voz del cantor gemebundo llamó a oración dolorosa.

Por rosa, por pecho satinado, por mano acariciante, por posos, por vasos sucios, por tapones descorchados, saludando al salir, pasados ojos y hebras venusianas de tabaco, bronce y oro tenue en hondasombramarina, se fue Bloom, dulce Bloom, me siento tan solo Bloom.

Remata Vila-Matas (Dublinesca, Barcelona, Seix Barral, 2010, pág. 102):

¿Cuál es la lógica entre las cosas? Realmente ninguna. Somos nosotros los que buscamos una entre un segmento y otro de vida. Pero ese intento de dar forma a lo que no la tiene, de dar forma al caos, sólo saben llevarlo a buen puerto los buenos escritores.

Ergo, ¿somos o no un poco escritores? Feliz Bloomsday.

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Llevaba tiempo dándole vueltas a un post sobre la Biblia y la traducción –que no sobre la traducción de la Biblia–, y si me decido ahora es gracias al articulito que todos los años, por fechas navideñas, nos regala Gabriel, y a cuya primera frase me acojo como motivo y excusa: «En el 2011 se cumplirán cuatrocientos años de la publicación de la Biblia del Rey Jacobo».

Traducir libros es una de las maneras de darse cuenta de que, aunque quizá Dios haya muerto, la tradición cultural europea es eminentemente cristiana. Y para comprobarlo no es necesario recurrir a los grandes libros, sino que hasta la basurilla nos sirve: El código Da Vinci es un ejemplo privilegiado de cómo una leyenda religiosa puede seguir levantando ampollas.

Pero yo me refería más bien al hecho de que tras siete años traduciendo, creo haber topado con pocos libros que no remitan, en un momento u otro, a la mitología bíblica: una guía de Israel, ¡con errores de bulto sobre los hijos de Jacob!; la biografía de Churchill de Geoffrey Best, donde ciertas frases resultan incomprensibles si no se capta el guiño religioso; el ensayo Esposa, no esposada de Anne Kingston, donde se glosa la historia de Judit y Holofernes. No digo nada de los iluminados arrebatos de Malaparte, con referencias a la escalera de Jacob, al Génesis, a José y Putifar, a los evangelios y a los apócrifos Hechos de Pedro.

Ni siquiera se escapa la novela negra nórdica: «[La Biblia] es como un viejo diario […]. Todas las frases incómodas que subrayé en rojo. Aquello quería decir muchas cosas. “Como el ciervo busca los arroyos, mi alma te busca a ti, oh Dios”» (Åsa Larsson, Aurora boreal, trad. Mayte Jiménez y Pontus Sánchez, Barcelona, Seix Barral, 2009, p. 182). Y no quisiera yo saber cómo debío de pasarlas Fernando Santos para traducir ese pedazo de novela de Joseph Heller, Dios sabe (Madrid, Alianza, 1986), cuatrocientas páginas de alusiones constantes a la historia del rey David. (Por lo demás, ignoro el resultado, mi ejemplar es en inglés.)

Gracias a internet, el trabajo de identificar pasajes es relativamente fácil, pero aun así persiste el problema de a qué versión nos remitimos para verterlos: la página de Bible Gateway recoge siete versiones castellanas distintas. La elección no es inocente y tiene sus consecuencias, como Gabriel mismo destacó en un artículo el año pasado.

Expuesto lo cual, ¿para cuándo la Biblia como asignatura obligatoria en las clases de traducción? He dicho.

(Créditos: La fotografía de la escalera de Jacob en la abadía de Bath es de Jamie Gladden, encontrada en su galería de Flickr.)

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A lo largo de la tertulia de ayer en La Central, Robert y yo hicimos referencia a varias noticias y enlaces que parecía conveniente recopilar en un post. Ahí van:

Artículo en El País sobre la tributación de los libros digitales.

Artículo de Arcadi Espada sobre el futuro editorial.

• Presente y futuro de la producción editorial: 1, 2, 3.

• Google y el streaming editorial: 1, 2, 3, 4.

Cifras de la edición digital.

• Blogs más o menos relacionados con la traducción de libros (en catalán, castellano e inglés): Club de Traductores Literarios de Buenos Aires, El bloc de la traducció, El Trujamán, Gina Choe, La máquina de fer llibres, No está escrito en mármol (N. de la T.), Per a lectura i decoració, Tibónidas, Trébuchant sur les mots.

• De la Galaxia Gutenberg a la Galaxia Leibniz: lecturas recomendadas por La Central.

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Al amigo Robert Falcó y a un humilde servidor nos han puesto una pistola en la cabeza invitado a presentar una tertulia informal sobre cómo los traductores vemos el panorama libresco tras la eclosión del e-book y las redes sociales. Y es que mientras las editoriales ya han modificado los modelos de contrato para incluir de alguna forma los derechos de explotación en digital muchos traductores literarios siguen perdidos en el maremágnum de informaciones ambiguas que corre por listas y webs, cuando no en la más completa inopia. Otro tanto puede decirse con respecto a blogs, feisbucs, tuíters y similares. Animaos, a ver si entre todos sacamos algo en claro.

El jueves 16, a las 19 h, en La Central del Raval.

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