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Archive for the ‘un humilde servidor’ Category

Soy de los que opinan que el gran hombre cuyo retrato podéis ver colgado sobre el escritorio sabía lo que se hacía cuando inventó el juego del béisbol. Soy de los que creen que, en lo que atañe a la geometría del diamante, fue un genio a la altura de Copérnico y sir Isaac Newton.
—Philip Roth, La gran novela americana

¿Cómo puede haber judíos sin béisbol?
—Philip Roth, La contravida

 

Philip Roth publicó La gran novela americana en 1973, pero para muchos de sus lectores sigue siendo una novela por descubrir. Supongo que en España podían contarse con los dedos de una mano quienes conocían su existencia hasta que la editorial barcelonesa Contra la publicó en 2015, en traducción de quien esto firma; muchos la creían incluso inédita en castellano, pese a existir una traducción anterior, de Lucrecia M. Sáenz, publicada en 1975 por Emecé y hoy en día casi inencontrable.

roth - gran novela espCuesta contar la historia de La gran novela americana. Es más, resumir su acción puede resultar tan prolijo e inútil como describir un cuadro de El Bosco. Intentémoslo, no obstante. Corre el año 1973 y un provecto y achacoso Word Smith, antiguo reportero y redactor de discursos presidenciales, además de incontinente hacedor de juegos de palabras (nomen omen) y aspirante a autor de la gran novela americana, se dispone a recordarle al mundo la existencia la Liga Patriota de béisbol y a desvelar por qué oscuros motivos los poderes fácticos lograron borrarla de los anales de la historia. Para ello será preciso remontarse a 1943, el año en que el Departamento de Guerra estadounidense confisca para uso militar el estadio de los Ruppert Mundys, un equipo formado, entre otros, por un mánager misionero, un cácher manco, un exterior cojo, un bateador enano y alguna joven promesa resignada a convivir en el dugout con semejante equipo de freaks y de lisiados. La temporada avanza y los Mundys, eterna escuadra visitante, se van hundiendo poco a poco bajo las penalidades que les impone su interminable travesía del desierto. El golpe de gracia llegará de manos del complot comunista promovido por uno de sus antiguos jugadores estrella, Gil Gamesh. La suerte del resto de la Liga Patriota no es mucho mejor: una familia judía ha comprado los Greenbacks, una viuda es la propietaria de los Tycoons, los Reapers están en manos de un contrabandista rehabilitado y el árbitro Mike «el Bocazas» Masterson, tullido de por vida por culpa de un desafortunado pelotazo, recorre los estadios buscando justicia. Entretanto, se suceden mil escenas dignas de un guion de los hermanos Marx: una casa de lenocinio donde por noventa y ocho centavos te cantan el «Duérmete niño», un partido amistoso contra la selección de un manicomio, un niño prodigio que inventa unos cereales dopantes y formula la ecuación fundamental para ganar un partido de béisbol, etc.

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Por debajo de este torbellino de peripecias se deslizan multitud de críticas descarnadas: a los grandes autores del canon literario estadounidense, incluido Hemingway, que nos deleita con un cameo; a los aplicados funcionarios anticomunistas que legaron al mundo la vergonzosa caza de brujas; a la mediatizada sociedad del espectáculo que pretende trivializar un deporte que en tiempos lindó con lo mítico… En resumen, las instituciones y los valores de un país y de una época. El propio autor lo ha dicho abiertamente en alguna ocasión:

No se trataba de desmitificar el béisbol —nada tiene que pueda dar pie a ello—, sino de descubrir en el béisbol un medio para dramatizar la lucha entre el benigno mito nacional de sí misma que una gran potencia prefiere perpetuar y una realidad despiadadamente insidiosa, casi demoníaca (como la que habíamos conocido en los años sesenta).[1]

Con todo, muchos han interpretado La gran novela americana como un incomprensible elefante blanco en medio de un corpus novelístico, el de Roth, preocupado, sobre todo, por diseccionar los conflictos morales de sus personajes en un entorno realista, concreto y perfectamente reconocible, al menos para el lector americano medianamente culto y cosmopolita al que parece dirigirse. Pero la aparición de La gran novela americana no resulta tan extraña si nos fijamos bien en la trayectoria de su autor hacia los años setenta. Roth había dado un primer golpe de timón hacia la sátira en 1969, con El lamento de Portnoy, al que siguieron unos cuantos años de progresiva acentuación de lo caricaturesco, lo fantasioso y lo exagerado: Nuestra pandilla, otro libro extravagante y algo olvidado donde el béisbol también está bastante presente, apareció en 1971 y, al año siguiente, El pecho, que quizá habría corrido la misma suerte de no ser tan atractivamente kafkiano. Es en este contexto de exploración del humor y de la sátira que hay que enmarcar La gran novela americana. Porque, como algún crítico ha señalado con acierto, lo que tenemos entre manos es una sátira en su sentido literal: una macedonia en la que cabe mezclar de todo cuanto a uno se le ocurra sobre un determinado tema siguiendo los dictados de la libre asociación.[2]

the celebrantEn La gran novela americana, la excusa que sirve para desatar el caudal discursivo de Roth (la torrencialidad verbal es quizá lo que más sorprende al lector acostumbrado al progresivo laconismo del último Roth) es el béisbol, un tema que en muchas de sus novelas aparece aquí y allá como puente cultural y símbolo de asimilación de los judíos al estilo de vida americano, pero que puede parecer harto exótico en España, donde el béisbol es ese deporte incomprensible donde unos tipos con gorra le atizan a una pelota con un palo y donde, en cualquier caso, el deporte no suele inspirar alta literatura (sea lo que sea lo que se quiere decir con ese término). Sin embargo, el juego de la pelota cuenta con una rica tradición en la literatura estadounidense, y Roth la conoce bien: el béisbol aparece, con distintos grados de importancia, en El gran Gatsby de Francis Scott Fitzgerald, El halcón maltés de Dashiell Hammett y en la poesía de Marianne Moore. Ring Lardner, marcó a varias generaciones con sus crónicas de béisbol más que con sus cuentos. En la década de 1940, el «pasatiempo nacional» dio pie a un subgénero especial dentro de la novela de misterio, tradición que llega hasta el Paul Auster de Jugada de presión (firmada como Paul Benjamin; el título original Squeeze play, alude a lo que en el mundo del béisbol se conoce más bien como «jugada de cuña»). Bernard Malamud, tan admirado por Roth, publicó en 1952 El mejor (adaptada al cine en 1984, con Robert Redford y Kim Basinger), obra llena de excesos y simbología artúrica y considerada una de las mejores novelas sobre el deporte, junto con The Celebrant, de Eric Rolfe Greenberg, inédita en castellano y a la que, por cierto, a menudo se ha comparado con Pastoral americana, la historia de la decadencia y caída del «Sueco» Levov, que alcanza su gloria juvenil gracias, precisamente, al béisbol. Don DeLillo concede también una gran importancia al béisbol en Submundo, y Michael Chabon lo convierte en eje argumental en su novela Summerland, también inédita en castellano.[3] Recordemos, ya de paso, que también la literatura japonesa (en Japón el béisbol es tremendamente popular) ha explorado la veta del bate y el guante, lo mismo que, ya en nuestra lengua, la cubana: de pelota se habla en Los muertos andan solos de Juan Arocha, en Ecue-Yamba-O de Alejo Carpentier y en Milagro en Miami de Zoe Valdés.

Como vemos, pues, bajo su aparente singularidad, La gran novela americana es un libro perfectamente coherente con los intereses de Roth a principios de la década de los setenta y una interesantísima aportación a un género que a lo largo del siglo xx ha ido ramificándose y explorando nuevas posibilidades. En ella encontramos la preocupación por desenmascarar un sistema corrupto y cruel, el examen de las estrategias por las que el poder busca imponer su relato de la historia y el choque entre la imagen ideal de un país y los pequeños elementos que la ponen en cuestión —los inadaptados, los marginados, los viciosos, los raros—, además de la paranoia social resultante de tal choque. Todos ellos son temas que, de una forma u otra, Roth no ha dejado de explorar a lo largo de cincuenta años. Además, si nos paramos a pensarlo, la lejanía que el lector español puede sentir con respecto al béisbol no es mayor, en el fondo, que su desconocimiento de los presupuestos culturales que pueblan otros libros suyos que giran, por ejemplo, en torno al encaje de la comunidad judía en la cultura estadounidense, consumista y tradicionalmente protestante. Para nosotros, el béisbol y el judaísmo americano siguen siendo dos temas ajenos, por muchas películas de Woody Allen que hayamos visto. Vivimos en un mundo colonizado por el imaginario del imperio, pero todavía tenemos que descubrir muchas de sus sutilezas. La gran novela americana es una muy buena, y muy divertida, ocasión para ello.

[1] P. Roth, Reading Myself and Others, Nueva York, Farrar Straus & Giroux, 1975. [Lecturas de mí mismo, trad. Jordi Fibla, Barcelona, Random House, 2008.]

[2] A este respecto, véase D. G. Watson, «Fiction, Show Business, and the Land of Opportunity: Roth in the Early Seventies», en A. Z. Milbauer y D. G. Watson (eds.), Reading Philip Roth, Nueva York, St. Martin’s Press, 1988, pp. 105-125.

[3] Sobre el béisbol en la literatura estadounidense, véase S. Partridge y T. Morris, «Baseball in Literature, Baseball as Literature», en L. Cassuto y S. Partridge (eds.), The Cambridge Companion to Baseball, Cambridge, Cambridge University Press, 2011, pp. 21-32.

[Publicado originalmente (sin enlaces y con distintas ilustraciones) en Quimera, n. 408, pp. 20-22.]

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Quizá sea precipitado escribir este post en estos momentos, recién entregada la traducción, pero no se hizo la vida para los cobardes, así que ahí vamos.

Traducir a Cavell es el típico encargo que no sale a cuenta ni por la tarifa más alta, ni aun con un 2% de derechos, ni aun trabajando con un editor como Enric Cucurella, con quien puedes pasarte horas charlando, entre tés y cigarrillos, dubstep de fondo, deslumbrado ante su ir y venir entre Cavell, Kant, Kripke y sus adorados Hilary Putnam y Arnold Davidson. Y es que Cavell es difícil, endemoniadamente difícil. Escribe Ludwig Nagl, su traductor al alemán:

Es Cavell un autor que escribe con un estilo sumamente peculiar. Cavell sabe conducir a la lengua angloamericana hacia «fogonazos» reflexivos por medio del uso y de la interpretación filosóficos de ambivalencias lingüísticas. Hace posible Cavell experimentaciones con el lenguaje que, en el mundo germanoparlante, pueden buscarse en la obra de Heidegger […]; Cavell es un pensador que zarandea el lenguaje.

Aine Kelly, del Trinity College de Dublin, va más allá:

Constituye un hecho aceptado dentro de la erudición filosófica y literaria que el estilo de Stanley Cavell es difícil. Desafiante, complejo, intricado, intratable, obstinado, arduo y duro… y eso para el lector con una familiaridad algo más que aceptable con los textos de los autores a quienes Cavell elige como antecesores filosóficos: Ralph Waldo Emerson y Henry David Thoreau, Friedrich Nietzsche y Martin Heidegger, Ludwig Wittgenstein y John Langshaw Austin.

Emerson, Thoreau, Nietzsche y, sobre todo, Heidegger, Wittgenstein y Austin son autores que razonan a base de una terminología determinada (cada uno la suya) que pocos o ningún diccionario recogen. Terminología aparte, las citas son abundantes y conviene traducirlas a partir de las versiones traducidas de esos autores: sólo a un loco se le ocurriría pensar que puede traducir solventemente un pasaje descontextualizado de Heidegger a partir de la versión inglesa empleada por el autor. (En este sentido es interesante leer el prólogo de Jorge Eduardo Rivera a su versión de Ser y tiempo.) Y por si fuera poco, la interpretación que da Cavell a esos pasajes es, como le gusta decir a cada momento, heterodoxa. El traductor no sólo invierte una cantidad exagerada de tiempo rebuscando entre los libros citados, sino que se ve obligado a pasar horas visionando las pintorescas películas comentadas: el capítulo décimo incluye una descripción minuciosa de varias escenas de Jeanne Dielman, 23 quai du Comerce, 1080 Bruxelles de Chantal Akerman y Sans soleil de Chris Marker; los primeros minutos de Melodías de Broadway le sirven a Cavell para escribir tres capítulos sobre el escepticismo. El problema no es tanto llegar al documento fuente en cuestión como saber qué hacer con él, cómo encajarlo en un torbellino de razonamientos aislados y desconcertantes que no estamos muy seguros de haber comprendido.

Stanley Cavell (by Fritz Hoffmann for The Chronicle Review)

El traductor bisoño (y a menudo el más bregado) siente una extraña sensación de inconclusión al entregar el libro terminado. No exagero si digo que la inseguridad que siento en estos momentos es muy superior a la que tuve hace nueve años al enviar mi primera traducción. En alguna parte comentaba el desaparecido Miguel Martínez-Lage que traduciendo a Faulkner había llorado por resultarle «imposible hallar el cauce para el trasvase». Yo no he llorado, pero Raquel ha podido verme con el rostro desencajado frente a la pantalla, con la mirada vacía; ha podido verme desplomándome en el sofá resoplando como un toro, odiando profundamente a Cavell. Sin duda no era una imagen agradable.

Obviamente, también hay recompensas. En un trujamán relativamente reciente, comentaba que «me considero afortunado por haber tenido que aprender, las más de las veces, acerca de temas en los que hubiera querido abundar tras terminar la obra que tenía entre manos». El segundo Wittgenstein (el primero me sigue pareciendo impenetrable) ha sido uno de los descubrimientos que debo a este libro, y los aforismos de Cultura y valor, una de las grandes lecturas del pasado año. Lo mismo vale para el Walden de Thoreau, que yacía medio olvidado en un rincón de la biblioteca. En estos mismos momentos estoy cobrando conciencia, además, de otra recompensa menos clara, menos aprehensible. Al empezar a revisar el libro, he sentido que comprendía lo que al escribirlo me parecía oscuro; es más: tengo la extraña sospecha de que algunos de los razonamientos de Cavell han pasado a ser míos, que de algún modo me ha contaminado ligeramente, que se ha operado en mí ese giro, ese revertirse del pensamiento que, según Cavell, es la vía siempre inacabada del perfeccionismo emersoniano. Reordenar la vida, o parte de ésta, con arreglo a nuevos conceptos, y que estos conceptos se presenten ante (o mejor: dentro de) uno por causas tan accidentales como que Enric Cucurella (Juan Gabriel López Guix mediante) te llame un buen día para proponerte traducir a Cavell es uno de los extraños regalos de esta rara profesión consistente en hacer libros.

Y después de esto, ¿qué?

[Referencias: Aine Kelly, «Stylists in the American Grain: Wallace Stevens, Stanley Cavell and Richard Rorty», European Journal of Pragmatism and American Philosophy, II, 2 (2010), pág. 212» ¶ Ludwig Nagl, «Encontrarse con Cavell, leer a Cavell, traducir a Cavell», en David Pérez Chico y Moisés Barroso (eds.), Encuentros con Stanley Cavell, Villaviciosa de Odón, Plaza & Valdés, 2009, pág. 132. ¶ Jorge Eduardo Rivera, «Prólogo del traductor», en Martin Heidegger, Ser y tiempo, Madrid, Trotta, 2006, págs. 17-20.]

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Qué desastre, qué poca seriedad: dos meses sin actualizar el blog. ¿Por un buen motivo? Si trabajar hasta echar el bofe es un buen motivo, pues sí, por un buen motivo. El libro de Cavell, del que hablaré pronto, me está llevando por el camino de la amargura. He perdido ya la cuenta de las horas invertidas, de las bibliotecas visitadas, de los libros consultados, de los amigos perdidos soportando disertaciones sobre Wittgenstein…

Y como cuando servidor la lía, la lía bien, no se me ocurrió nada mejor que apuntarme al curso de edición del Taller de los Libros, organizado por un puñado de pequeñas editoriales, que me robará dos tardes a la semana hasta mayo. Por suerte parece que el dinero está bien invertido y, con un poco de suerte, los concimientos que vaya sacando sobre el mundillo del libro se traducirán en algún dato interesante que trataré de plasmar en el blog y en los trujamanes que sigo escribiendo (cuando puedo) para el Instituto Cervantes.

Para colmo, han venido las fiestas, y la pereza y la resaca me han impedido sentarme al teclado aunque sea para comentar algo sobre las nuevas adquisiciones malapartianas: un ejemplar de la primera edición castellana de Don Camaleón, traducido por Maria Bages (cortesía de José Antonio de Juan, eterno proveedor de sorpresas bibliográficas), y otro de Mujer como yo (pescado en la maravillosa librería Fènix de Badalona), traducido por Dionisio Ridruejo, de quien ya hemos hablado aquí anteriormente. El primero es un texto «a medio camino entre el panfleto y el divertimento» en el que Malaparte «desenmascara a su personaje [Mussolini] sin andarse con chiquitas» (Maurizio Serra, Malaparte: vidas y leyendas, trad. Juan Manuel Salmerón, Barcelona Tusquets, 2012, pág. 117). El libro fue escrito en 1926 y empezó a publicarse por entregas en 1927 (según Giordano Bruno Guerri) o 1928 (según Malaparte en el prólogo) en La Chiosa, el suplemento literario del Giornale di Genova. Antes de aparecer entero, Mussolini ordenó su interrupción y el secuestro del manuscrito. La edición española (Barcelona, José Janés, 1952) incorpora un interesante prólogo de 1946 donde el autor, además de explicar «de cuántas calamidades fue causa mi pobre Don Camaleón» (pág. 11), habla de la relación entre escritura, política, exilio y censura con ese estilo afilado que es la gran seña de identidad de su obra de corte más ensayístico. Una muestra (pág. 6):

A los emigrados políticos debo decirles, con honesta cortesía, que un escritor no rompe su pluma sólo porque existe un tirano que le prohíbe escribir libremente, sino que la templa y aguza e intenta escribir entre líneas, decir veladamente aquello que le está prohibido decir abiertamente; que en un país sujeto a un tirano no se puede escribir abiertamente contra la tiranía; que si es legítimo huir a un país extranjero y libre para substraerse a las persecuciones[,] no es honesto y leal reprochar, desde aquel lejano y seguro refugio, a los que permanecieron en Italia, el no haber arrojado la máscara, como solían decir, y el no haberse enfrentado, a pecho descubierto e inermes, con aquella misma tiranía a la que ellos, huyendo, se substrajeron.

Don Camaleón-Mujer como yoMujer como yo se publicó en italiano en 1940. De su lectura, encerrado en un autobús durante un largo viaje de invierno entre Berlín y Aarhus,  guardo un recuerdo deslumbrante. Por entonces estaba traduciendo Kaputt, y Malaparte y los peregrinajes en bicicleta por los bares berlineses con Marina, Ghada, Steffen y María eran casi mi única dedicación. Según el biógrafo Giordano Bruno Guerri, el libro, junto a Sangre, «está considerado por la crítica literaria como la prueba más refinada y lograda del Malaparte narrador». Y añade: «La pureza del estilo, la refinada técnica narrativa, la felicidad de las imágenes, hiceron olvidar la farragosa frialdad de Evasiones en la cárcel [caracterización con la que servidor no acaba de estar de acuerdo] y demostraron que Malaparte seguía vivo y vital en la literatura italiana» (L’arcitaliano: vita di Curzio Malaparte, Milán, Bompiani, 2008, pág. 177). La traducción de Ridruejo (Madrid, Guadarrama, 1958) va precedida de una «nota informativa» sin firmar (aunque sin duda debida a la mano del traductor) donde se traza un sucinto pero fiel perfil del autor y se ofrecen unas cuantas observaciones sobre la labor trujamánica (pág. 13):

No se ha intentado llegar en esta traducción al último extremo del rigor […]. El texto ha sido tomado, quizá, demasiado en grueso y los escrupulosos podrán culparnos justamente de falta de paciencia. Aparte de eso, creemos que la traducción expresa con fidelidad el original italiano. Siempre que el castellano ha sido capaz de asimilar sin violencia la traslación literal de las palabras y el respeto a la construcción del autor, así se ha hecho. En ocasiones estas fidelidades se han sacrificado a los imperativos del idioma y a otra finalidad tonal y musical que la prosa del autor traducido merecía.

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Llevo retraso con el blog, con los trujamanes, con la vida en general, en fin. Será cosa del verano, de los ratos pasados en la arena polverosa del Garraf, de las noches enteras viendo capítulos de The Wire, de la languidez propia de los días de treinta grados con noventa y cinco por ciento de humedad, de cruzar media Europa en un Clío en compañía de tres locos de atar al son de Johnny Cash. Total, que con la llegada de la reentrada de septiembre, me había propuesto contar en qué ando, no tanto por informar al respetable (al seguramente se le dé una higa) como por saber cómo me he metido en estos fregados.

Iba a empezar diciendo que he escrito poco, pero no es cierto. Me he pasado el verano escribiendo un texto de extensión considerable para un libro sobre traducción que prepara el amigo Javier Jiménez, de Fórcola. Como no sabía de que hablar, me he tirado a las retraducciones, género que servidor conoce de cerca. El material sobre el tema llevaba meses (si no años) acumulándose en el ordenador (y en los estantes, y en la mesa, y en la otra mesa, y si no, véase la foto), así que ha sido una buena excusa para ordenarlo, releer la bibliografía básica sobre el tema y aclarar mis propias ideas sobre el asunto.

Resulta curiosa esta necesidad de escribir, o cuanto menos de examinar lingüísticamente nuestras intuiciones, para afianzar la propia experiencia. Sobre esto, poco más o menos, trata el libro que ando traduciendo ahora: Philosophy the Day After Tomorrow, de Stanley Cavell. El primer ensayo del libro se abre con una cita de John Dewey, que a su vez cita a Emerson. Traducido a vuelatecla reza: «el hombre debería aprender a detectar y observar ese rayo de luz que, procedente de su interior, centellea en su mente […], de lo contario, el día de mañana, un extraño describirá con buen tino exactamente cuanto hemos pensado y sentido, y, para vergüenza nuestra, nos veremos obligados a aceptar de otros nuestras propias opiniones». El de Cavell es sin duda alguna el libro más difícil que voy a traducir jamás y sé positivamente que me dará más problemas de los que me atrevo a prever. ¿Por qué acepta uno meterse en líos de este calibre? Por muchos motivos, supongo, aunque ninguno del todo sensato: por trabajar con un editor nuevo (nuevo para mí, él lleva muchos años haciendo libros), por probar algo nuevo, por ponerse a prueba a uno mismo, por vanidad, por creerse uno más listo de lo que es. Al menos, tengo la suerte de contar con amigos inteligentes que sabrán echarme un cable en un momento dado.

Y es que hay más gente de la que creemos dispuesta a ayudar. De esto trata precisamente el último trujamán que he escrito, aún por publicar: de las páginas de agradecimientos no escritas de los traductores. Nadie es tan listo ni tan bueno que se baste a sí mismo. (No, tú tampoco, morenín.) Cuando traduje a Malaparte ya recurrí a la táctica del morro descarado y saqué de ello, además de la solución a mis dudas, un par de buenas amistades. He vuelto a hacerlo con la novela que acabo de terminar, L’estate alla fine del secolo de Fabio Geda y no podría estar más contento del resultado. Olvídense de aquello del traductor como ave solitaria. No cuela. La de Geda, por cierto, es una novela deliciosa, una de esas novelas que logran narrar no ya la voz del autor, sino la mirada de un niño, un libro que me recuerda a esa perla de Julián Ayesta, Helena o el mar del verano, o a Mi familia y otros animales de Durrell. No veo la hora de que salga.

Verano suelen ser unos meses bastante muertos, pero la verdad es que (por la crisis o lo que sea) este año he visto más movimiento que de costumbre. Aparte del libro del señor filósofo, la canícula barcelonesa me ha traído otro encargo curioso: The Nao of Brown de Glyn Dillon, el primer cómic de mi vida. Una vez más, los motivos de mi alegría son algo ingenuos: una editorial para la que no había trabajado, un género que no había tocado, y el hecho de que la propuesta viniera del amigo Arnau, editor de Norma. Creo que me vendrá como agua de mayo ponerme con él cuando acabe (quizá literalmente) con Cavell.

No todo el monte es orégano. También hay encargos que se malogran. Por cuestiones de calendario no he podido aceptar un librito de Curzio Malaparte. Lo digo tal cual, pero me repatea las tripas. Le recomendé al editor que se pusiera en contacto con Paula Caballero, la otra malapartiana. Espero que lo haya hecho. Parece que últimamente, Malaparte y yo llevamos el paso cambiado: en enero me hablaron de la posibilidad de traducir otros dos libros suyos, pero el proyecto sigue en el limbo a la espera de un acuerdo con la propietaria de los derechos. Y ya que hablamos de Malaparte: este mes Tusquests pone a la venta la biografía de Maurizio Serra que comentamos aquí hace unas semanas. En breve colgaré una reseña de la traducción.

Y esto sería todo si, como traca final, no me hubiera metido en un último embolado. Pero de eso hablaremos otro día.

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Esto es lo que repite el conejo blanco de Alicia en el país de las maravillas, y eso mismo puedo decir yo después de casi un mes sin actualizar el blog, pero es que Harlem es mucho Harlem y, desde que estoy aquí, todo el tiempo que no he dedicado a terminar el libro de Dacia Maraini lo he dedicado a trotar embobado todas las calles y parques que se me han puesto a tiro.

Trotando, trotando, como no, he pasado por varias librerías. La Strand, por ejemplo, que empieza a darme miedo porque me hace venir algo así como el síndrome de Stendhal en versión libresca. O la Barnes & Noble de Broadway con la 82, donde he descubierto una edición de cierto libro que tradujeron los amigos Robert Falcó y Laura Manero, y de la que ellos no tenían constancia.

Como ahora que he entregado tendré un poco de tiempo para leer, he comprado The Memory Chalet del desaparecido Tony Judt, cuyo nombre últimamente aparece hasta en la sopa, y Harlem Is Nowhere de Sharifa Rhodes-Pitts, por aquello de hacer culturilla de barrio. Algo muy neoyorquino que también me he propuesto es comprar el New York Times los domingos: pesa como un kilo y trae suplementos para toda la semana, incluido el de libros. Y si se puede leer dando bocados a los pasteles de zanahoria de Make My Cake, tanto mejor.

Dicho lo cual, volvemos a poner la máquina en marcha. Y que nadie tema, que esto no se convertirá en un diario de viaje.

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El scriptorium se despide por unos días. No sé cuándo publicaré nuevo post porque este año la reentrada será particular: servidor se marcha un par de meses a Nueva York, pero para desgracia vuestra seguiré escribiendo y traduciendo desde la calle 137. Espero que, pese al frío glacial, podré darme un paseo por Coney Island, visitar la inigualable Strand, volver a respirar paz frente a la Alicia de Central Park o descubrir de una vez a dónde demonios van los patos del estanque de los que hablaba el joven Holden.

Por varias razones, no sólo el viaje, 2012 promete cambios. Nada más indicado que empezarlo en casa ajena, en una «casa del cambio» como la de Bastian en La historia interminable. Pero como los asuntos personales de un servidor importan poco o nada al amable lector, prefiero callarme y dejaros con John Frusciante. Al fin y al cabo es el sino del traductor expresarse siempre mejor por boca ajena.

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A falta de lotes con turrones, vino y jabugo, los traductores recibimos felicitaciones. Llegan normalmente por correo electrónico o por Facebook y nos las envían colegas y editores. Como la de Marta Alcaraz:

La de Zoraida de Torres:

O la de Knowhaus:

A mí, que como a tantos me gusta regalar y recibir libros, me ha gustado en especial la de la revista La Nota del Traduttore, que incluye un poema de Jean Portante (La cendre des mots, París, Le Castor Astral, 2005) que deberíamos copiar en las guardas de todos los libros que regalamos. Dice así:

je t’ai donné un livre et je t’ai dit
c’est ça la vie
t’ai-je dit en te donnant le livre
que je ne l’avais pas lu
c’est ça la vie
dire et ne pas dire
faire comme si de l’un à l’autre
il y avait un chemin clandestin
je t’ai donné un livre et je suis
entré dans la clandestinité
le livre est passé d’une main à l’autre
et je me demande
si celui que je t’ai donné
ressemble à celui que tu as reçu.

Es decir:

te he dado un libro y te he dicho
esto es la vida
te he dicho al darte el libro
que no lo había leído
esto es la vida
decir y no decir
hacer como si de uno al otro
hubiera un camino clandestino
te he dado un libro y he
entrado en la clandestinidad
el libro ha pasado de una mano a otra
y me pregunto
si el que te he dado
se parece al que ahora tienes.

Y que me recuerda a ese otro poema de Gabriel Ferrater, «Josep Carner», que hacia la mitad dice así:

[…] hace dos años y cuatro meses
que le di este libro a otra muchacha. Palabras
que he leído pensando en ella, y ella leyó
por mí, y que son nuevas del todo, ahora
que las leo para ti, pensando en ti.
Palabras que nos han hablado a los tres, y que hacen
que nos parezcamos. […]

Pues eso. Que feliz 2012.

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