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Archive for 23 agosto 2012

¿Espacios, pulsaciones, caracteres? ¿Con espacios o sin espacios? Y ¿qué diantre es eso de equis euros por holandesa? Cuando uno lleva ya unos años en esto de la traducción de libros, olvida a veces que los contratos y la jerga del oficio están llenos de términos que no siempre resultan claros al principiante. Cuando de lo que se trata, además, es de conceptos anacrónicos que vienen coleando desde los tiempos de la Olivetti, la extrañeza alcanza cotas esotéricas. Todo eso y más en mi truja de ayer.

El artículo de Carlos Milla y Marta Pino puede consultarse en línea en la página de Vasos Comunicantes, aquí.

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Lo digo en el truja de la semana pasada, pero lo repito: afirmar sin más que traducir en grupo equivale a dispersión e incoherencia me parece como decir que los Asterix tienen por fuerza que ser malos porque los firman esos tales Uderzo y Goscinny.

De la casuística de traducciones colectivas que esbozo en el artículo, servidor ha pasado por casi todas. Allá por 2005, con un amigo tradujimos, al galope y en calidad de negros, la biografía de un músico que ha acabado por convertirse en uno de mis favoritos. La traducción, en ese caso, la firmaba un traductor bling bling (quien no sepa lo que es eso, puede informarse aquí) al que ni siquiera conozco en persona y que se embolsilló una cantidad nada despreciable por no hacer nada (o mejor dicho: por dedicar su tiempo a otras ocupaciones más rentables que la traducción). En cierta ocasión me emparejaron de urgencia con Andrea Montero, quien había de convertirse en una buena amiga, para sacar adelante una biografía de Winston Churchill. En cuatro más, he trabajado mano a mano y en pie de igualdad con personas a las que conocía bien; con dos de ellas, María Alonso y Ana Guelbenzu, he repetido y volvería a hacerlo sin dudarlo llegado el caso (entre otras cosas porque compartir espacio de trabajo con ellas ayuda). Hasta he podido participar en proyectos bien coordinados, como la traducción de las guías Lonely Planet, e incluso presenciar de cerca el «método Anuvela», cierta vez que nos ocupamos de una guía de Israel.

Por lo que sé de mi entorno más directo no soy un caso único ni mucho menos.

Que el tema es un tabú se echa de ver en el caso reciente de una amiga que por causas de verdadera fuerza mayor no tuvo más remedio que repartir páginas para cumplir un plazo (plazo para el que había pedido una prórroga que la editorial, en un primer momento le concedió para poco después desdecirse). Es de lamentar que en ciertos círculos del gremio no se dudara en hacer carnaza con ella. Por fortuna, tampoco faltaron manos que se ofrecieran a dedicar unas horas a sacar a la compañera del apuro.

He querido mencionar al final a unos cuantos nombres consolidados porque me parece justo reconocer en público la admiración por el trabajo ajeno. De los amigos anuvelos ya hablamos en este blog. Con Atalaire no tengo el gusto, pero he visto su trabajo. Jerzy Slawomirsky y Anna Rubió ganaron en 1999 el Premio Ciudad de Barcelona de traducción; Luisa Fernanda Garrido y Tihomir Pistelek, el Nacional de Traducción de 2005; los desaparecidos Hernán Sabaté y Montse Gurguí, el Esther Benítez. Y ahora sigan hablando de dispersión.

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