Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for 25 febrero 2013

DebordTraducir textos complejos, cuya significación debatirán durante años lectores, estudiosos o simples frikis, es siempre un riesgo, y es campo abonado para el error o la crítica. (La traducción, en general, es arte falible, de aquí la importancia de las retraducciones.) Estilísticamente, La sociedad del espectáculo de Guy Debord es un texto lapidario, directo, aunque a menudo la abstracción de sus conceptos deja abiertas las puertas de lo interpretable y hasta de lo poético y lo esotérico («Le spectacle est la conservation de l’inconscience dans le changement pratique des conditions d’existence», tesis 25). Tal vez por eso, tal vez por otras razones, se han producido vehementes polémicas sobre las traducciones del texto de Debord (el Colectivo Maldeojo ha publicado su propia lista de correcciones a la versión de José Luis Pardo en Pre-Textos). El propio Debord toca el asunto de la traducción en su prefacio a la cuarta edición italiana de La sociedad del espectáculo (1979), incluido en los Commentaires sur la société du spectacle. Dice así:

De este libro, publicado en París a fines de 1967, han aparecido ya traducciones en una decena de países. La más de las veces, se produjeron varias en una misma lengua, por editores que competían; y casi siempre fueron malas. Las primeras traducciones fueron infieles e incorrectas en todas partes, con la excepción de Portugal y quizás de Dinamarca. Las traducciones publicadas en neerlandés y en alemán son buenas a partir del segundo intento, aunque el editor alemán en cuestión descuidó en la impresión la corrección de una multitud de erratas. En inglés y en español habrá que esperar el tercer intento para saber qué he escrito.

Y a continuación narra el que probablemente sea uno de los más formidables casos de irritación por parte de un lector ante una traducción lamentable:

No se ha visto, sin embargo, nada peor que en Italia, donde el editor De Donato publicó, desde 1968, la más monstruosa de todas, que no fue mejorada más que parcialmente por las dos traducciones rivales que siguieron. Por lo demás, en aquel momento Paolo Salvadori fue a ver en sus despachos a los responsables de aquel desafuero, los golpeó y les escupió literalmente a la cara: pues tal es naturalmente, la manera de actuar de los buenos traductores cuando encuentran a los malos. Esto es lo mismo que decir que la cuarta traducción italiana, hecha por Salvadori, es por fin excelente.

Debord se pregunta entonces por las posibles causas del desaguisado:

Esta incompetencia extrema de tantas traducciones que, excepto las cuatro o cinco mejores, no me fueron presentadas, no quiere decir que este libro sea más difícil de entender que cualquier otro que jamás haya merecido realmente ser escrito. Ese tratamiento tampoco está reservado en particular a las obras subversivas, acaso porque en este caso los falsificadores por lo menos no hayan de temer que el autor los demande ante los tribunales, o porque las inepcias añadidas al texto puedan favorecer las veleidades refutatorias de los ideólogos burgueses o burocráticos. No se puede menos que constatar que la gran mayoría de las traducciones publicadas durante los últimos años, en cualquier país que sea, e incluso tratándose de clásicos, están pergeñadas de la misma forma.

Y a continuación da una explicación mordaz y brillante:

El trabajo intelectual asalariado tiende normalmente a seguir la ley de la producción industrial de la decadencia, conforme a la cual la ganancia del empresario depende de la rapidez de ejecución y de la mala calidad del material utilizado. Desde que esa producción tan resueltamente liberada de cualquier traza de miramientos para con el gusto del público ostenta en todo el espacio del mercado gracias a la concentración financiera y, por consiguiente, a un equipamiento tecnológico cada vez mejor, el monopolio de la presencia no cualitativa de la oferta, ha podido especular cada vez más descaradamente con la sumisión forzada de la demanda y con la pérdida del gusto, que es momentáneamente su consecuencia entre la masa de la clientela. Trátese de la vivienda, de la carne de vaca de criadero o de los frutos del espíritu ignorante de un traductor, la consideración que se impone soberanamente es que a partir de ahora se puede obtener muy rápidamente y a menor coste lo que antes requería un tiempo bastante largo de trabajo cualificado. Por lo demás es cierto que los traductores tienen poco motivo para esforzarse por comprender el sentido de un libro y, sobre todo, por aprender antes la lengua en cuestión, cuando casi todos los autores actuales han escrito con tan manifiestas prisas unos libros que habrán pasado de moda dentro de tan breve tiempo. ¿Para qué traducir bien lo que era inútil escribir y que nadie va a leer? Por este lado de su peculiar armonía el sistema espectacular es perfecto; se desmorona por todos lados.

Como casi siempre que leo a Debord, tengo la sensación de que lo que dice se corresponde al momento presente con precisión milimétrica, y no puedo por menos de preguntarme qué diría hoy, si la bendita ginebra no se lo hubiera llevado a la tumba tan tempranamente.

[Nota: cito por la traducción de Luis A. Bredlow, publicada en Anagrama.]

tumblr_mfgh878bD81qcrg73o1_1280

Read Full Post »

Cavell - PianoLa versión castellana de Reivindicaciones de la razón, seguramente la obra magna de Stanley Cavell (seiscientas y pico páginas a las que no me habría gustado enfrentarme), incluye un prólogo en el que Cavell, consciente de la dificultad de su escritura, habla de su experiencia como autor traducido. Aquí unos fragmentos:

¿Qué podría esperar razonablemente un autor de una buena traducción de su libro? Es decir, aparte de la esperanza natural de hacer nuevos amigos del libro entre quienes de otro modo seguirían siendo extraños al mismo. Después de todo, uno escribe principalmente para extraños.  Yo he esperado –y algunas veces me he visto recompensado por el cumplimiento de la expectativa– que la traducción me arrebatase el libro de las manos, como para probarme a mí mismo que mi libro tenía uan vida al margen de mí, y que, al mismo tiempo, me lo devolviese con aspectos de su semblante que yo no había apreciado.

Me han dicho muchas veces que mi escritura es difícil de traducir debido a ciertas presiones que impongo a la lengua inglesa, por ejemplo, empleando palabras en contextos poco comunes, o empleando modismos o haciendo alusiones con una palabra alterada, o ampliando las sentencias más allá de su escala normal. […] Mi meta es alcanzar la precisión mediante las ricas formas que tiene el lenguaje de conseguir precisión: por cualificación y modificación, por exclusión y salvedad, por repetición cum variación, mediante ejemplos incesantes, haciendo hablar a las palabras en contextos que las toman por sorpresa […].

Un ejemplo […] aparece en la primera sentencia del libro, que abarca hasta más de doscientas palabras […]. Los traductores (a otros lenguajes diferentes del español) me informaron de que se les había aconsejado dividir la primera sentencia en una serie de sentencias más cortas, algo que no habría de resultar particularmente difícil de hacer, pero no se debe a que haya alguna dificultad lingüística en traducirla tal y como está. Claramente, la dificultad de traducción en este caso se encuentra en mantener la fe, contra quienes dudasen, en que el autor se había percatado de la sentencia es extrañamente larga y que alguna razón tendría para construirla de la forma en que se encuentra. Dicha razón no tiene sólo que ver con llamar la atención sobre la forma fatídica con que se empieza a hacer filosofía, sino con sugerir que está en la naturaleza de la filosofía, al menos como este libro la entiende, reconocer perpetuamente la necesidad de empezar de nuevo, de volver atrás, como si se hubiese perdido algo en el camino, o como si se hubiese perdido el camino mismo.

Clases más obvias de dificultad incumbirán a giros de frases o alusiones que no son familiares en el lenguaje anfitrión. Por ejemplo, el énfasis que pongo en la diferencia entre el acuerdo sobre nuestro lenguaje (sobre algo que nosotros decimos) y el acuerdo en nuestro lenguaje (en todo lo que decimos) es fundamental […]. Y es inevitable que se pierdan ciertas alusiones, o ciertos matices, o ciertos efectos dialectales. Todo esto forma parte de la fascinación, en realidad de la revelación, que hay en aceptar la diferencia irreductible de las distintas voces. Pero lo que quiero subrayar ahora no es esta irreductibilidad potencialmente creativa, sino atestiguar que lo que tiene la misma importancia, en una empresa tan imponente como la traducción de este extenso libro, es que toda ella lleve la impronta de una sensibilidad resuelta a acompañar a otra en una orilla distante –no acompañarla simplemente, como reza el dicho, a lo largo de todo el viaje sin más (sin aportar nada de interés por su parte), sino acompañarla, como he oído decir que hacen los pianistas con talento en los recitales de canto, suministrando el aire que apoya los vuelos de una canción–.

La traducción de Reivindicaciones de la razón la firma el profesor Diego Ribes y la editó en 2003 la editorial Síntesis. La imagen de Cavell que ilustra el post está tomada de The Chronicle of Higher Education.

Read Full Post »

Quizá sea precipitado escribir este post en estos momentos, recién entregada la traducción, pero no se hizo la vida para los cobardes, así que ahí vamos.

Traducir a Cavell es el típico encargo que no sale a cuenta ni por la tarifa más alta, ni aun con un 2% de derechos, ni aun trabajando con un editor como Enric Cucurella, con quien puedes pasarte horas charlando, entre tés y cigarrillos, dubstep de fondo, deslumbrado ante su ir y venir entre Cavell, Kant, Kripke y sus adorados Hilary Putnam y Arnold Davidson. Y es que Cavell es difícil, endemoniadamente difícil. Escribe Ludwig Nagl, su traductor al alemán:

Es Cavell un autor que escribe con un estilo sumamente peculiar. Cavell sabe conducir a la lengua angloamericana hacia «fogonazos» reflexivos por medio del uso y de la interpretación filosóficos de ambivalencias lingüísticas. Hace posible Cavell experimentaciones con el lenguaje que, en el mundo germanoparlante, pueden buscarse en la obra de Heidegger […]; Cavell es un pensador que zarandea el lenguaje.

Aine Kelly, del Trinity College de Dublin, va más allá:

Constituye un hecho aceptado dentro de la erudición filosófica y literaria que el estilo de Stanley Cavell es difícil. Desafiante, complejo, intricado, intratable, obstinado, arduo y duro… y eso para el lector con una familiaridad algo más que aceptable con los textos de los autores a quienes Cavell elige como antecesores filosóficos: Ralph Waldo Emerson y Henry David Thoreau, Friedrich Nietzsche y Martin Heidegger, Ludwig Wittgenstein y John Langshaw Austin.

Emerson, Thoreau, Nietzsche y, sobre todo, Heidegger, Wittgenstein y Austin son autores que razonan a base de una terminología determinada (cada uno la suya) que pocos o ningún diccionario recogen. Terminología aparte, las citas son abundantes y conviene traducirlas a partir de las versiones traducidas de esos autores: sólo a un loco se le ocurriría pensar que puede traducir solventemente un pasaje descontextualizado de Heidegger a partir de la versión inglesa empleada por el autor. (En este sentido es interesante leer el prólogo de Jorge Eduardo Rivera a su versión de Ser y tiempo.) Y por si fuera poco, la interpretación que da Cavell a esos pasajes es, como le gusta decir a cada momento, heterodoxa. El traductor no sólo invierte una cantidad exagerada de tiempo rebuscando entre los libros citados, sino que se ve obligado a pasar horas visionando las pintorescas películas comentadas: el capítulo décimo incluye una descripción minuciosa de varias escenas de Jeanne Dielman, 23 quai du Comerce, 1080 Bruxelles de Chantal Akerman y Sans soleil de Chris Marker; los primeros minutos de Melodías de Broadway le sirven a Cavell para escribir tres capítulos sobre el escepticismo. El problema no es tanto llegar al documento fuente en cuestión como saber qué hacer con él, cómo encajarlo en un torbellino de razonamientos aislados y desconcertantes que no estamos muy seguros de haber comprendido.

Stanley Cavell (by Fritz Hoffmann for The Chronicle Review)

El traductor bisoño (y a menudo el más bregado) siente una extraña sensación de inconclusión al entregar el libro terminado. No exagero si digo que la inseguridad que siento en estos momentos es muy superior a la que tuve hace nueve años al enviar mi primera traducción. En alguna parte comentaba el desaparecido Miguel Martínez-Lage que traduciendo a Faulkner había llorado por resultarle «imposible hallar el cauce para el trasvase». Yo no he llorado, pero Raquel ha podido verme con el rostro desencajado frente a la pantalla, con la mirada vacía; ha podido verme desplomándome en el sofá resoplando como un toro, odiando profundamente a Cavell. Sin duda no era una imagen agradable.

Obviamente, también hay recompensas. En un trujamán relativamente reciente, comentaba que «me considero afortunado por haber tenido que aprender, las más de las veces, acerca de temas en los que hubiera querido abundar tras terminar la obra que tenía entre manos». El segundo Wittgenstein (el primero me sigue pareciendo impenetrable) ha sido uno de los descubrimientos que debo a este libro, y los aforismos de Cultura y valor, una de las grandes lecturas del pasado año. Lo mismo vale para el Walden de Thoreau, que yacía medio olvidado en un rincón de la biblioteca. En estos mismos momentos estoy cobrando conciencia, además, de otra recompensa menos clara, menos aprehensible. Al empezar a revisar el libro, he sentido que comprendía lo que al escribirlo me parecía oscuro; es más: tengo la extraña sospecha de que algunos de los razonamientos de Cavell han pasado a ser míos, que de algún modo me ha contaminado ligeramente, que se ha operado en mí ese giro, ese revertirse del pensamiento que, según Cavell, es la vía siempre inacabada del perfeccionismo emersoniano. Reordenar la vida, o parte de ésta, con arreglo a nuevos conceptos, y que estos conceptos se presenten ante (o mejor: dentro de) uno por causas tan accidentales como que Enric Cucurella (Juan Gabriel López Guix mediante) te llame un buen día para proponerte traducir a Cavell es uno de los extraños regalos de esta rara profesión consistente en hacer libros.

Y después de esto, ¿qué?

[Referencias: Aine Kelly, «Stylists in the American Grain: Wallace Stevens, Stanley Cavell and Richard Rorty», European Journal of Pragmatism and American Philosophy, II, 2 (2010), pág. 212» ¶ Ludwig Nagl, «Encontrarse con Cavell, leer a Cavell, traducir a Cavell», en David Pérez Chico y Moisés Barroso (eds.), Encuentros con Stanley Cavell, Villaviciosa de Odón, Plaza & Valdés, 2009, pág. 132. ¶ Jorge Eduardo Rivera, «Prólogo del traductor», en Martin Heidegger, Ser y tiempo, Madrid, Trotta, 2006, págs. 17-20.]

Read Full Post »