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Archive for 23 diciembre 2010

Una ocasión como otra para dejar de escribir, y gastar, descansar, leer, atracarse y beber. En fin, que con esto y un bizcocho, nos despedimos hasta el día 8. (Mentira, pero es que «diez» no rimaba.)

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Cité hace un par de semanas la epístola en que Séneca denuesta a quienes se dedican al saber inútil. Huelga decir que ni el tato le ha hecho caso y se ha seguido publicando sobre lo divino, lo humano y lo infrahumano. Así, Laurence Sterne podía escribir (en un pasaje donde también alude a nuestro Tostado) que:

el famoso Vicente Quirino, entre otras asombrosas hazañas de su niñez de las que da noticia el cardenal Bembo, fue capaz de realizar en las escuelas públicas de Roma, sólo con ocho años de edad, mil quinientas sesenta tesis diferentes sobre los puntos más abstrusos de la más absurda teología.

La erudición basura es cuestión grave, y en ciertos casos, asunto de vida o muerte. Para demostrar que no exagero, traigo aquí unas palabras de Germán Gullón:

Una vez, regresando de Zaragoza a Madrid, nuestro tren descarriló cerca de Guadalajara. […] Cuando el tren corría fuera de las vías tuve la entereza de ánimo de levantarme y coger la bolsa que descansaba en la red por encima de mi cabeza, porque recordé que allí dormían varios ejemplares de actas de un congreso que pesaban diez o quince kilos; en un segundo pensé: «Si me caen encima, perezco». Las susodichas actas contienen artículos notables, así que hubiera perecido bajo el peso de una causa noble, pero recuerdo otras que habrían supuesto perecer bajo la ambición hecha papel de una intelectualidad mediocre.

Esperemos que los blogs y la edición digital sirvan, si no para otra cosa, para que algunos renuncien al papel y nadie vuelva a sentir pánico a una muerte ridícula.

(Fuentes: Laurence Sterne, Vida y opiniones del caballero Tristram Shandy, trad. José Antonio López de Letona, Madrid, Cátedra, 2002, 5.ª ed., pág. 426. ¶ Germán Gullón, Los mercaderes en el templo de la literatura, Barcelona, Caballo de Troya, 2004, pág. 85.)

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A lo largo de la tertulia de ayer en La Central, Robert y yo hicimos referencia a varias noticias y enlaces que parecía conveniente recopilar en un post. Ahí van:

Artículo en El País sobre la tributación de los libros digitales.

Artículo de Arcadi Espada sobre el futuro editorial.

• Presente y futuro de la producción editorial: 1, 2, 3.

• Google y el streaming editorial: 1, 2, 3, 4.

Cifras de la edición digital.

• Blogs más o menos relacionados con la traducción de libros (en catalán, castellano e inglés): Club de Traductores Literarios de Buenos Aires, El bloc de la traducció, El Trujamán, Gina Choe, La máquina de fer llibres, No está escrito en mármol (N. de la T.), Per a lectura i decoració, Tibónidas, Trébuchant sur les mots.

• De la Galaxia Gutenberg a la Galaxia Leibniz: lecturas recomendadas por La Central.

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Al amigo Robert Falcó y a un humilde servidor nos han puesto una pistola en la cabeza invitado a presentar una tertulia informal sobre cómo los traductores vemos el panorama libresco tras la eclosión del e-book y las redes sociales. Y es que mientras las editoriales ya han modificado los modelos de contrato para incluir de alguna forma los derechos de explotación en digital muchos traductores literarios siguen perdidos en el maremágnum de informaciones ambiguas que corre por listas y webs, cuando no en la más completa inopia. Otro tanto puede decirse con respecto a blogs, feisbucs, tuíters y similares. Animaos, a ver si entre todos sacamos algo en claro.

El jueves 16, a las 19 h, en La Central del Raval.

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Uno de mis profesores de instituto, el inefable Yebra, tenía por costumbre decir en sus clases de literatura: «Este tío escribía más que el Tostado», tras lo cual estallaba inevitablemente en una risa entre incrédula y sádica. (Más tarde he sabido que Alonso Fernández de Madrigal también fue, obviamente, traductor.)

Me he acordado de Yebra y sus historias del Tostado a raíz de lo que cuenta Stacy Schiff sobre Dídimo, erudito y escritor bulímico donde los haya, capaz de departir sobre Homero, Demóstenes, historia, teatro y poesía. Dice Schiff que fue autor «de 3.500 tratados y comentarios, lo cual explica por qué no recordaba lo que él mismo había escrito y por qué era regularmente acusado de contradecirse a sí mismo».

En Quintiliano (Inst. Or., I, VIII, 20) se encuentra la anécdota que da pie al apodo bibliolathes (el que se olvida de sus libros), por el que era conocido:

Y acerca de Dídimo, que escribió más que ningún otro, existe cierta anécdota según la cual, cada vez que tildaba de absurdo un hecho histórico, se le mostraba un libro suyo donde lo refería.

Más inquina muestra Séneca aludiendo al mismo (Epist. 88, 37):

El gramático Dídimo escribió cuatro mil libros: le compadecería sólo que hubiese leído tan gran número de bagatelas. En estos libros se investiga sobre la patria de Homero, sobre la verdadera madre de Eneas, si Anacreonte vivió entregado más a la voluptuosidad que a la bebida, si Safo fue una prostituta, y otras cuestiones que, si las supiese, debería uno desaprenderlas.

Y concluye, con cierta mala leche: «¡Ven, ahora, y dinos que la vida no es larga!».

(Fuentes: Stacy Schiff, Cleopatra: A Life, Nueva York, Little, Brown and Company, 2010, pág. 137. ¶ Quintiliano, The Orator’s Education, ed. Donald A. Rusell, Londres-Cambridge, Harvard University Press, 2001 (Loeb Classical Library), págs. 207-208. ¶ Séneca, Epístolas morales a Lucilio, trad. Ismael Roca Meliá, Madrid, Gredos, 1989, vol. II, pág. 102.)

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Vía Twitter (sí, he dicho Twitter) me llega un artículo de la traductora al inglés de Orhan Pahmuk, aparecido en The Guardian el pasado 28 de noviembre. Vale la pena leerlo íntegro, no sólo porque da a entender que el medio en que se mueven los traductores anglófonos es sustancialmente distinto al nuestro («More often than not, we are the ones who bring new authors to the attention of publishers»; aquí la inmensa mayoría somos mercenarios con mejor o peor suerte), sino también por algo que ya señalé en otro lugar a propósito de las traducciones indirectas de Larsson al catalán, esto es que en casos de traducción indirecta la traducción se convierte en original y debería ser debidamente remunerado:

We who translate from non-western languages will often discover, if a book becomes a world phenomenon, that most other translations will be from our translation and not the original. But by and large, we receive no extra fee and it is only when those working from our translations send us frantic emails that we discover how far our words have travelled.

El artículo de Freely discute también las relaciones entre traducción y Weltliteratur y el ambiguo lugar que ocupa la primera dentro de los estudios literarios, pese a la popularidad de la segunda (Acantilado, por ejemplo, acaba de recuperar Literatura universal y literatura europea de Victor Klemperer):

World literature is the big new thing in literature departments, so you’d think our good name would be assured here at least. Sadly, universities and their regulators tend to be suspicious about translations, possibly because they don’t know what yardstick to measure them by.

Servidor puede dar fe de esa ambigüedad: no hace tanto terminé mis estudios de literatura comparada y puedo contar con los dedos una mano las veces que algún profesor dio importancia al hecho de aproximarnos a una obra en versión traducida.

En fin, que dejéis de leerme a mí y vayáis de una vez al texto de Freely.

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