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Posts Tagged ‘Francisco Rico’

Un mal día lo tiene cualquiera.

La cuestión de los títulos daría para un libro entero. Originales o traducidos, los hay geniales y los hay francamente lamentables. Para algunos, que el título no dependa exclusivamente del autor o, en su caso, el traductor, es un atentado que roza la herejía. Otros entendemos que ni autor ni traductor son siempre conscientes del funcionamiento del mercado y de las expectativas de venta del editor, y admitimos que, en ciertos casos, el editor llega a soluciones quizá menos «correctas», pero sí más funcionales. En mi caso, diría que la mitad de las veces me han respetado la propuesta y la mitad me la han cambiado. Siempre en obras con vocación comercial: The Bed I Made de Lucie Whitehouse se llamó La sombra del deseo; Written in Bone de Simon Beckett pasó a Entre las cenizas. En otras, se aceptó mi idea: Cross My Palm de Sara Stockbridge se tituló Una moneda por tu suerte. En un caso (The Monuments Men de Robert Edsel), se mantuvo el título inglés por exigencias del autor. La casuística es variada, y quien a esto se dedica tendrá tantas anécdotas como yo para contar, y aun más.

Como apuntaba en el texto para El Trujamán, da la impresión de que el título de las obras se ha considerado desde siempre como una entidad distinta al texto en sí. El dato sobre la institucionalización del paratexto «título» lo he tomado de Francisco Rico, que en el cuarto excurso de su excelente El texto del Quijote (Barcelona, Destino, 2005, pág. 435) escribe:

Siempre ha sido corriente –y fue de rigor en la Antigüedad y el Renacimiento– identificar un escrito por partida doble: con un titulus formal (digamos), catalográfico, y con un nomen familiar, con frecuencia el del héroe. «Esto propio le sucedió a este mi pobre libro –testimonia el autor del Guzmán de Alfarache–, que, habiéndolo intitulado Atalaya de la vida humana, dieron en llamarle Pícaro y no se conoce ya por otro nombre».

De forma parecida se explica Gérard Genette en Seuils (París, Seuil, 1987, pág. 68; hay versión castellana de Susana Lage: Umbrales, México, Siglo XXI, 2001):

Comme le nom d’auteur, le titre n’a disposé pendant des siècles d’aucun emplacement réservé […]. Si les premières ou dernières lignes du texte lui-même ne le mentionnaient pas d’une manière indisociable du destin de l’oeuvre […], sa désignation était alors plutôt affaire de transmission orale, de connaissance par ouï-dire ou de compétence de lettrés.

Genette da la fecha de 1475-1480 como bisagra entre un antiguo régimen, en el que el título era más bien una descripción del contenido de la obra, y un nuevo régimen, en el que el título como tal recibe un emplazamiento fijo y se instituye como paratexto obligatorio (loc. cit.):

La page de titre n’apparaït que dans les années 1475-1480, et elle restera longtemps, jusqu’à l’invention de la couverture imprimée, l’emplacement unique d’un titre souvent encombré, nous l’avons vu, de diverses indications pour nous annexes.

Naturalmente, estas disquisiciones histórico-filológicas nada tienen que ver con las razones por las que los modernos editores ponen un título u otro a una obra. Sus motivos son comerciales y en ocasiones no se aplican tan sólo a las obras «con afán de lucro», sino también a los libros sesudos condenados a un público reducido: en el campo de la teoría literaria es conocido el caso de la obra de Hans Robert Jauss Literaturgeschichte als Provakation der Literaturwissenschaft, que a su aparición en castellano en 1976 se llamó La literatura como provocación y hoy en día se reedita como La historia de la literatura como provocación.

Los criterios comerciales, por su naturaleza misma, conocen modas y formulismos. Desde hace unos años, en el campo de la narrativa con vocación mainstream, por ejemplo, el esquema «El tal del cual» es con mucho el más habitual. Veamos, si no, algunas de las últimas novelas de Premio Planeta: La hermandad de la Buena Suerte, La canción de Dorotea, El huerto de mi amada, El baile de la victoria. O las novelas de Ken Follett: La caída de los gigantes, El invierno del mundo. O las de Ruiz Zafón: La sombra del viento, El juego del ángel, El prisionero del cielo.

La no ficción también tiene sus recursos. El más habitual consiste en relegar el asunto del libro al subtítulo y anteponerle un título llamativo: El exilio interior: La vida de María Moliner o Nuestra tragedia persistente: La democracia autoritaria en México son dos ejemplos cualesquiera. Llama la atención que libros muy minoritarios recurran también a esta estrategia, pues supongo que quienes buscan La corte de Babel: Lenguas, poética y política en la España del siglo XIII saben muy bien a lo que van. Creo que a pocos se les ocurriría hoy titular un libro Las formas elementales de la vida religiosa o Interpretación y análisis de la obra literaria, así, a pelo.

Pero, como decía en el truja, antes de juzgar lo acertado o lo erróneo de estas decisiones, hay que atender a los fines del editor y a los resultados obtenidos. Porque este negocio, en el fondo, va de vender libros.

Por último: la lista de los títulos peor traducidos encabezada por La salchicha peleona aparece aquí. He elegido ésta como podría haber elegido cualquiera de las decenas que por ahí corren. La lista de GoodReads con los peores títulos de novelas puede verse aquí.

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No seamos altivos, y aceptemos las situaciones de hecho. En la «sociedad contemporánea», la Eneida empieza por ser si acaso una narración en buena prosa romance, no un poema latino en doce cantos. Si no hacemos sitio a la prosa, no lo encontraremos para el poema. Si no asumimos que el trecho mayor del camino hacia los clásicos ha de discurrir a través de sus recreaciones, adaptaciones, resonancias en la literatura y en el lenguaje (y desde luego «in translation», como en un buen college), los relegaremos definitivamente a manjar para filólogos, a «institución», artificial y remota.

Divulgar no por fuerza tiene que ser desprestigiar. Ni traducir –digámoslo una vez más–, traicionar. Palabra de Francisco Rico.

[Fuente: Francisco Rico, «Antiguos y modernos», en Los discursos del gusto, Barcelona, Destino, 2003, p. 277.]

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Escribe Francisco Rico en las págs. 76-77 de El texto del Quijote (Barcelona, Destino, 2005):

Era opinión general que «la mayor perfección y pureza de la impresión consiste en los correctores», a quienes se consideraba como la aristocracia de la profesión y aun el «alma del libro». Si en 1493 Gonzalo García de Santamaría elogiaba a Pablo Hurus por la «correctión» de sus productos y si en 1539 Cristóbal de Villalón cifraba los logros de los grandes impresores europeos en la «perfección y corrección de los libros», en las postrimerías del Quinientos la postración de la tipografía española se achacaba a la falta de correctores o a la incompetencia de quienes ejercían como tales; y en 1622, para ponderar la rudeza de los turcos, bastaba apuntar, «como tan bárbaros, no tienen correctores que corrijan sus escritos».

La proverbial invisibilidad del traductor palidece ante la del corrector: pese a que su importancia es capital, sólo sé de dos editoriales que incluyan al corrector con nombres y apellidos en la página de créditos: Alpha Decay y Quaderns Crema/Acantilado. Es más, ni siquiera yo sé quién ha corregido la mayoría de los libros que he traducido. Claro que por lo menos sé que la editorial los ha corregido, cosa que por lo visto no hacen todas: hace años el propio Francisco Rico llevó a juicio al editor de Áltera por plagiar su versión de los Carmina Burana. Copio parte de la noticia tal cual apareció en su día:

En el libro de Áltera aparecen una serie de errores que pueden ser debidos a ese «burdo escaneo». Por ejemplo, en el poema Mientras floreció la juventud… se anota a pie de página que se trata de un «poema atribuido –sin demasiado fundamento– a Pedro de Blois». En la edición de Áltera aparece la misma nota, pero en lugar de Pedro de Blois se lee Pedro de Iltots, lo que hace suponer que quizá el lector óptico no ha leído bien algunas de las letras. Donde Rico cita los tecnicismos latinos intendere actionem y fines regere, en la edición de Áltera se lee intendere actionein e Ines regere. El libro de Áltera, desde luego, no fue corregido.

Naturalmente, todo este enjambre de empresas que se han lanzado a digitalizar obras libres de derechos para comercializarlas en formato electrónico tendrán a sus correctores revisando la exactitud del escaneo. ¿O no?

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