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Archive for 30 agosto 2010

El polígrafo catalán Fernando Diaz-Plaja (autor de Un corresponsal en la guerra de Troya, novela burra y divertida que, de no ser inencontrable, debiera ser un must para todo fan de Homero) conoció a Malaparte en Roma en los años cuarenta. Pese a que «no me hizo el menor caso porque yo era un alevín de escritor que combinaba (y sufragaba) los estudios de Historia en Italia con la corresponsalía del periódico Madrid y él era ya famoso tras el tremendo éxito de Kaputt», don Fernando le dedicó (supongo que por el vigésimo quinto aniversario de su muerte) un artículo a tres páginas en Sábado Cultural (núm. 86, 28-8-1982) del diario ABC, en el que leemos algunos apuntes que darían para escribir interesantes notas al pie de las obras del toscano.

Por ejemplo al pasaje del capítulo III de Kaputt en que los caballos de los rusos, atrapados por un incendio, se echan al agua del lago Ládoga, donde perecen congelados:

Los más cercanos a la orilla, con las llamas rozándoles el lomo, se encabritaban y montaban sobre sus compañeros, intentando abrirse paso a bocados y coces. En el fragor del tumulto se vieron sorprendidos por el hielo […]. El lago era como una inmensa plancha de mármol blanco sobre la cual había colocados cientos y cientos de cabezas de caballo. Parecían cercenadas por el corte limpio de un hacha. Las cabezas eran lo único que emergía de la costra de hielo. Todas miraban hacia la orilla. En sus ojos abiertos ardía aún la llama blanca del terror (págs. 73-74).

Lo onírico de la escena siempre me había hecho pensar que debía de ser inventada. Pero según Díaz-Plaja, Lambertini Sorrentino (sic, imagino se refiere a Lamberti Sorrentino, corresponsal en España durante la Guerra Civil y a quien alguna vez se ha comparado con Malaparte) afirmó que «esa descripción de los caballos muertos en la nieve asomando la parte anterior del cuerpo como figuras de ajedrez. ¡Eso lo hemos visto todos los que fuimos de corresponsales a Rusia!».

También a Kaputt (capítulo XII), pertenece la escena en que un crío metido a partisano es atrapado por los nazis. El oficial al mando, que tiene un ojo de cristal, acepta liberarlo si el chiquillo adivina cuál de los dos ojos es el falso (págs. 339-340). Al respecto, escribe Diaz-Plaja que «la anécdota es interesante y cargada de emoción. Lo malo es que ya la habían contado otros dándola como ocurrida en la primera guerra mundial». Y concluye: «Malaparte entró a saco en otros escritores, pero procurando vestir de nuevo las viejas historias».

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Malapartiana cumple hoy su 364 no cumpleaños. Durante este tiempo ha habido 115 posts, que han generado 198 comentarios y algo más de 12.500 visitas, con un pico de 1.588 en el mes de febrero.

Curiosidad: las tres palabras más buscadas por la gente que accede al blog mediante Google y similares son, por este orden: «djuna barnes», «malapartiana» y «ante pavelić», de lo cual debiera deducirse que mi lector tipo es una femme fatale que, pese a gustarle mi blog, ni lo guarda en favoritos ni se suscribe vía RSS, y con un fuerte tirón filofascistoide. Una perla, vamos. Aparte de eso, me encantaría conocer la procedencia de mis lectores, pero como soy muy patata no he conseguido todavía insertar los códigos del Google Analytics. El año que viene, si Malaparte quiere.

Nada más por hoy. Mil gracias y espero que sigáis visitando, comentando, discutiendo y criticando.

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El pasado viernes, Canal 33 emitió el documental Metrònom Ferrater, dedicado al genio de Reus: crítico, editor, poeta, profesor, lingüista, suicida y traductor.

El ISBN (inexacto como siempre) lista con su nombre los siguientes títulos: Las amistades peligrosas de Choderlos Laclos (de la que en realidad es sólo revisor), Arte e ilusión de Gombrich, Los enanos gigantes de Gisela Elsner, Encuesta sobre la pornografía de C. H. Rolph, La escultura del siglo XX de Werner Hoffmann, El estructuralismo de Manfred Bierwisch, Imagen de la naturaleza en la física actual de Werner Heisenberg, Informes de Peter Weiss, El llenguatge de Leonard Bloomfield, Murphy de Beckett, París era una fiesta de Hemingway, Pornografía y La seducción de Gombrowicz, El procés de Kafka y Una vida encantada de Mary McCarthy. Se omiten, pues, algunos de los que aparecen en el reportaje, como El crimen cabalga la yegua de Jack Dolph, y otros que pueden encontrarse en catálogos como el CCUC: El doctor Glas de Hjalmar Söderberg, Uniforme de dolor de Leslie Wood, Historia de la literatura alemana de Fritz Martini, Idiotas primero (con Susana Lugones) de Bernard Malamud, La lingüística cartesiana de Noam Chomsky y El Tercer Reich y los judíos (con Carlos Barral) de Leon Poliakov y Josef Wulf.

El documental recoge una anécdota curiosa (refiero de memoria): Ferrater se va un buen día a ver a don José Manuel Lara (sénior) para decirle que necesita que le suban la tarifa. El planetario editor inquiere: «Y dígame, ¿cómo trabaja usted?». Ferrater responde: «Pues me siento delante de la máquina de escribir con el original a un lado y el diccionario al otro». Y Lara: «Pues hace usted muy mal. Cambie el diccionario por un reloj. Luego calcule cuántas páginas debe traducir por hora para obtener una buena tarifa. Pongamos que son diez [sic]. Si pasada la hora lleva ocho, sáltese dos y siga». Toyotismo aplicado a la traducción.

No me resisto a terminar sin copiar unos versos del poema «Josep Carner» que tocan, al sesgo, la entelequia de la interpretación ideal:

[…] Fa dos anys i quatre mesos
que vaig donar aquest llibre a una altra noia. Mots
que he llegit pensant en ella, i ella va llegir
per mi, i són del tot nous, ara
que els llegeixo per tu, pensant en tu.
Mots que ens han parlat a tots tres, i fan
que ens assemblem. […]

Los poemas de Ferrater han sido traducidos al castellano por Pere Gimferrer, José Agustín Goytisolo y José María Valverde (Mujeres y días, Barcelona, Seix Barral, 2002, prólogo de Arthur Terry), y María Ángeles Cabré (Las mujeres y los días, Barcelona, Lumen, 2002).

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Hoy toca tostón, así que intentaré ser breve: me indignan los libros sin índice analítico. Esto viene de lejos: de cada vez que abro supuestos manuales o libros de referencia y me encuentro con que debo consultarlos a vuela página, lo cual es ciertamente una faena cuando el volumen consta de cientos y cientos.

Un ejemplo que me crispa especialmente: la primera edición del Manual de estilo de la lengua española de Martínez de Sousa (Gijón, Trea, 2000). 637 páginas. Sin índices. Lo mejor del caso es que las ediciones siguientes sí lo incorporan, pero yo obviamente ya no puedo ir a la librería a que me cambien uno por otro, por lo que debo aflojar otra vez las 39 lechugas.

El culmen de mi cabreo llegó hace un tiempo ante las Memorias de Albert Speer (Barcelona, El Acantilado, 2001, trad. Ángel Sabrido), de donde debía extraer unos fragmentos para la traducción del libro de Edsel. Aún no sé cómo logré encontrarlos entre sus (atención) 932 páginas, pero lo logré. Intertextualidades a mí…

Curiosamente, lo del índice suele ser de cajón en el mundo de la edición anglosajona y la mayoría de libros lo incorporan. De modo que, ¿qué ocurre cuando se traduce un libro con índice analítico? Pues que el traductor debe apechugar con él, y no es sencillo. Mientras trabajaba en el libro de Orbinski llegué a un método que creo que funciona, así que aquí van los tres mandamientos del traductor de índices:

I. Traducirás el índice antes de todas las cosas: en él figuran muchas de las palabras clave del libro, de esta manera se resuelve buena parte de la terminología antes de entrar a saco en el texto. Hay, además, un factor psicológico: siempre da menos pereza perder tiempo buscando la equivalencia de un término cuando no has dejado una frase colgando a mitad del objeto directo.

II. Marcarás los términos en el cuerpo del texto: resaltando en lápiz o fosforito recordamos, según vamos traduciendo, que tal o cual palabra figura en el listado final, que quizá aparece en varias ocasiones más y que su traducción debe ser consistente a lo largo del libro.

III. No desobedecerás al editor: preguntad al editor si desea los términos alfabetizados o no, por aquello no meter la zampa después de las molestias que nos hemos tomado. Algunos te dicen que, tras traducirlo, lo alfabetices; otros, que dejes el listado tal cual en el orden del original. A mandar.

Las cosas como son, traducir un índice es soporífero y alienante, pero acometerlo con cierto método garantiza que el trabajo sea fructífero.

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Hablaba hace unos días de cómo en ocasiones es necesario enmendarle la plana al autor. Bien, en relación con esto, El País publicó el pasado miércoles un artículo de Diego A. Manrique sobre la edición castellana de Night Soldiers, de Alan Furst, a lo que parece un formidable compendio de metidas de pata en forma de novela:

Los traductores de Soldados de la noche [Vicente Villacampa y Pedro Donoso] han eliminado muchas de las embarazosas descripciones del POUM como anarquista. […] [El autor] insiste en que la base operativa del NKDV en Tarragona es la que lleva la lucha contra la quinta columna en Madrid… a 500 kilómetros de distancia. Furst lo ignora todo sobre la situación bélica en 1936.

Sería absurdo pretender catalogar en un post (acaso ni siquiera en un blog) la casuística de los errores presentes en las obras literarias. Supongo que cada error –en función de su enjundia, del tipo de libro en que se halla, del tipo de edición a que se destina la traducción, etc.– exige un tratamiento distinto. En cualquier caso, no sé si es del todo justo que el traductor deba enmendar un texto en el que el error y el anacronismo son, a lo que parece, rasgos constituyentes, sin perjuicio de las cualidades de Furst como narrador, que ahí no me meto porque las desconozco.

El caso me recuerda al del célebre episodio de MacGyver en el País Vasco. Claro que ahí los traductores no podían maquillar ni los plátanos del minuto 1.30 ni los gritos de guerra del minuto 6.00.

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El diario El 9 Nou publica en su edición del 19 de julio una entrevista breve pero decente de Josep Mas al traductor de películas Ricard Sierra. Destaco unas cuantas frases, sólo por provocar:

En castellano son más laxos. Considero que el catalán que vemos en el cine es excesivamente correcto.

Si el original es muy bueno, el traductor se puede lucir más. Pero es difícil mejorar un mal original con una traducción.

La mejor traducción es la que no se nota.

Visto en el blog de Kobalt Languages. Pronto (canícula volendo), más sobre traducción audiovisual.

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