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Archive for 29 febrero 2012

La editorial Gallo Nero publicó a finales del año pasado un libro que ha corrido de boca en boca por librerías y redes sociales, Rue de l’Odeon, de Adrienne Monnier, con traducción y abundantes notas de Julia Osuna. El libro es un mosaico de escritos cortos de la famosa librera parisina. A los chalados de la traducción les interesarán especialmente dos: «La traducción del Ulises» y «Beckett, primer traductor de “Anna Livia Plurabelle”».

«La idea de la traducción del Ulises debió de imponerse bastante pronto, entre 1920 y 1921», escribe Monnier. La circunstancia propiciatoria fue una conferencia que en diciembre de 1921 debía dar sobre el libro Valery Larbaud, autor con una larga trayectoria trujamánica (veinticinco años después publicaría el clásico Sous l’invocation de Saint Jérome, del que, por cierto, no hay versión castellana). Se le propuso encargarse él mismo de la traducción de unos cuantos fragmentos, pero el trabajo le pareció excesivo y delegó en Jacques Benoist-Méchin, que «no tendría ni veinte años». Aunque salieron del paso, los fragmentos quedaron inéditos.

Entretanto se había puesto en marcha la maquinaria para publicar la novela entera en volumen. En 1922 Larbaud recomienda a otro joven desconocido, Auguste Morel, que por entonces había traducido a unos cuantos poetas ingleses. La tarea «le asustaba y además estaba muy ocupado», pero finalmente, a principios de 1924, aceptó, aunque «solamente una vez que le aseguraron que recibiría toda la ayuda posible de Joyce y Larbaud». El 6 de junio, Morel envía, no sin reticencias, parte del trabajo, que debía aparecer en el primer número de la revista Commerce. Uno de los fragmentos es el monólogo final de Molly Bloom. Al verlo, Joyce tiene una idea de bombero: «sugirió que estaría bien suprimir […] no sólo la puntuación, cosa que ya habíamos hecho, sino también las tildes y los apóstrofos». La decisión horroriza a Monnier, pero naturalmente acaba siendo aceptada. El trabajo se dilataría hasta 1929: «cinco años de dificultades casi continuas. No creo que hubiésemos podido llegar al final de la tarea con el beneplácito de Joyce sin la “providencial” aparición de Stuart Gilbert», otro personajillo de lo más interesante del que no voy a hablar hoy.

El capitulito sobre Beckett y la «Anna Livia Plurabelle» tiene apenas dos páginas y casi dice más del atribulado irlandés que del texto de Joyce: «se nos antojaba [a Sylvia Beach y a Monnier] un nuevo Stephen Dedalus […]. Hablaba más bien poco y disuadía todo acercamiento». Corría el año 1930. El original había aparecido en 1925 en la revista Navire d’Argent y, retocado, en 1928, en una edición de lujo de Crosby Gaige (que no «Grosby Gaige», como quiere la errata de la edición de Gallo Nero). A Joyce le gustó la versión de Beckett (ayudado por Alfred Péron), pero prefirió crear su Septuaginta particular reuniendo para ello a «un equipo de cinco personas (cinco más aparte de los dos impulsores de la traducción), con él a la cabeza». De éstas, dice Monnier, «algunas como yo no éramos más que figurantes».

Para Monnier, el primer capítulo de Finnegans Wake (que por entonces se llamaba Work in Progress), era tal vez «el pasaje más hermoso de la obra en marcha de Joyce». Así debió de parecérselo también a Francisco García Tortosa, que en 1992 publicó en Cátedra una versión bilingüe del capítulo con la colaboración de Ricardo Navarrete y José María Tejedor. Al año siguiente, Lumen publicaría, traducida por Víctor Pozanco, la novela entera. Desconozco el resultado, pero no hubiera querido estar en su pellejo.

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A diferencia de las librerías normales, las de segunda mano tienen el plus de la historia, es decir, de los pequeños retazos de vidas ajenas que pueden encontrarse en algunos libros. En Barcelona tengo varios ejemplares gracias los cuales la imaginación puede reconstruir historias apasionantes. El mejor de ellos, una traducción catalana de Los hermanos Tanner de Robert Walser, subrayada desde la primera a la última línea y con las guardas y páginas de cortesía escritas de arriba abajo… en francés.

En Sponville & Sugartown, una de las mejores (y más hipsters) librerías de Brooklyn, encontré hace unos días otra historia digno de novela en una Cleopatra de Stacy Schiff, que se publicó hace menos de dos años. El libro, sin duda un regalo, lleva una dedicatoria muy personal: «For an incredibly strong, stylish, passionate woman, the story of another. With Love, Bealey». Y sin embargo, ahí está, olvidado (¿vendido, donado?) en una librería de Williamsburg, a 6 o 7 dólares, con aspecto de no haber sido abierto ni leído. Un laberinto de sugerencias e historias.

Hacedles un favor a los lectores del futuro: garabatead vuestros libros, subrayad, anotad, guardad recortes, pétalos y cabellos entre sus páginas. Como dijo Whitman: contribuid con un verso al poderoso drama.

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Joseph-Pierre Frénais (de quien nada sabía hasta que leí Miss Herbert) pasó al francés los cuatro primeros volúmenes del Tristram Shandy y les antepuso un curioso prólogo. En él –además de glosar la vida y milagros de Laurence Sterne– describe las características de su traducción. Sus palabras conjugan ego y falsa humildad de una manera que me hace pensar que, ya en 1776, había cuajado el discurso acerca de la obligatoria invisibilidad del traductor. (El de invisibilidad, como el de fidelidad, es un concepto que valdría la pena desgranar algún día.)

Frénais manifiesta su ego al afirmar que «si un traductor puede merecer un lugar entre los hombres de letras, a mí cabe aspirar a tal lugar». ¿Y por qué él? Pues porque, según explica, su trabajo no fue un mero trasladar palabras y sentidos: tuvo que «cortar buena parte del original y reemplazarlo con partes de mi invención». Por ejemplo en los chistes, no siempre todo lo buenos que deberían, según Frénais.

Por Thirlwell sabemos, además, que Frénais metió mano considerablemente en algunos pasajes obscenos (cosa que Voltaire aplaudió: «al traductor debemos agradecerle que haya suprimido algún que otro de esos burdos donaires que en ocasiones se les echa en cara a los ingleses»). Verbigracia éste (vol. II, cap. VI):

My sister, I dare say, added he, does not care to let a man come so near her ****. I will not say whether my uncle Toby had completed the sentence or not.

Que Frénais reduce a:

Ma soeur ne veut apparentement pas qu’un homme l’approche de si près…

Como se ve, el chiste desaparece y los puntos suspensivos pierden toda razón de ser.

Aun así, curiosamente Frénais se siente obligado poco más adelante a reivindicar su invisibilidad: «será para mí motivo de gran alegría que el lector no acierte a detectar mi presencia en el libro». Sus palabras del principio nos impiden creernos este arranque de humildad; más bien suena a tópico obligado dentro de las convenciones de un supuesto género al que podríamos llamar «prólogo del traductor». El discurso de la invisibilidad debía de estar ya bien armado en el último tercio del XVIII si nuestro hombre se empeña en meterlo con calzador.

El trabajo de Frénais quedó inacabado. Se encargaron de continuarlo, de forma simultánea, Griffet de la Beaume y el marqués de Bonnay. Quien quiera saber más puede abrir el libro de Thirlwell por la página 371. Los entrecomillados proceden de: Alan B. Howes (ed.), Laurence Sterne. The Critical Heritage, Londres/Nueva York, Routledge, 2002 [1.ª ed.: 1971], págs. 393 y ss.

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