Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for the ‘estampas malapartianas’ Category

Lo siento en el alma, señor Ellroy, porque se ha quedado usted huérfano en castellano. Quizá no lo sepa, pero a Montse y a Hernán les dieron un premio por un libro suyo hace menos de medio año. A diferencia de a Hernán, a Montse sí le dio tiempo a recogerlo. Fue una tarde rara, triste, silenciosa. Con la perspectiva del tiempo, quizá también siniestramente profética: muchos vimos por última vez a Montse en la despedida de Hernán; muchos de esos muchos habíamos visto por última vez a Hernán en la despedida de Miguel. (Algunos, a Miguel, nunca lo vimos.) En fin, le recomiendo, señor Ellroy, que sea benevolente con el nuevo trujamán que le toque en suerte. Si en algún momento los echa de menos, puede recordarlos en entrevistas como ésta. Créame que lamento en el alma escribir notas como la presente. De todo corazón espero que sea la última. Suyo,

D.

Read Full Post »

El capítulo X de Kaputt contiene un pasaje aparentemente inocente:

E la notte, uscendo dalla casa di Titu Michailesco, andavamo a sederci nell’antico cimitero svedese rimasto intatto nel cuore di Helsinki, fra il Boulevardi e la Georgkatu.

Que en castellano quedó así:

Y por la noche, al salir de casa de Titu Mihăilescu, íbamos a sentarnos en el antiguo cementerio sueco que se conserva intacto en el corazón de Helsinki, entre el Bulevardi e Yrjönkatu.

He dicho «aparentemente inocente» porque traducir acerca de cosas que uno no conoce es terrible: la sensación de ir pisando huevos se te pega al alma como una mala cosa y, a cada golpe de tecla, temes estar empeorando más las cosas. En estos casos lo mejor es pedir socorro: el mundo está lleno de colegas dispuestos a echar un cable. Yo tuve la suerte de consultarles a Satu Ekman y Dulce Fernández Anguita. Fueron ellas quienes me explicaron que Malaparte lo llama «el cemeterio sueco» porque hasta 1919 había sido un camposanto donde sólo los suecos tenían dinero para ser enterrados. Actualmente es un parque llamado Vanha kirkkopuisto, conocido popularmente como ruttopuisto (‘parque de la peste’) en referencia a las víctimas de la Espanjan Tauti o peste española (una gripe) del año 1710. Se han conservado algunas lápidas.

Lo del paso de Georgkatu a Yrjönkatu también tiene explicación: en Helsinki las calles se señalan en finlandés y sueco, las dos lenguas oficiales, y Georgkatu es una mezcla entre ambas; lo correcto en una y otra es Yrjönkatu y Georgs gatan.

Problema resuelto.

Read Full Post »

Creo que todos los lectores de Malaparte estarán de acuerdo: la escena de los caballos del lago Ládoga, en el capítulo III, es una de las más poderosas de Kaputt. Resumo el pasaje (págs. 73-74):

Al tercer día se declaró un tremendo incendio en el bosque de Raikkola. Acorralados en un círculo de fuego, hombres, caballos y árboles proferían unos gritos terribles. […] Enloquecidos por el pánico, los caballos de la artillería soviética, casi un millar, se arrojaron a las llamas, rompiendo el asedio del fuego y las ametralladoras. Muchos perecieron entre las llamas, pero una gran parte alcanzaron la orilla del lago y se arrojaron al agua.

[…] Durante la noche bajó el viento del Norte. (El viento del Norte baja desde Murmansk como un ángel, gritando, y la tierra muere de repente.) Empezó a hacer un frío terrible. De pronto, con su característico sonido de vidrio agrietado, el agua se heló.

[…] Al día siguiente, cuando las primeras patrullas de sissit, con los cabellos chamuscados, los rostros negros de humo, caminando con cuidado sobre las cenizas todavía calientes del bosque carbonizado, llegaron a la orilla del lago, un espectáculo horrendo y maravilloso surgió ante sus ojos. El lago era como una inmensa plancha de mármol blanco sobre la cual había colocados cientos y cientos de cabezas de caballo. Parecían cercenadas por el corte limpio de un hacha. Las cabezas eran lo único que emergía de la costra de hielo. Todas miraban hacia la orilla. En sus ojos abiertos ardía aún la llama blanca del terror. Al borde de la orilla, una maraña de caballos furiosamente encabritados sobresalía de la cárcel de hielo.

A propósito de un artículo de Fernando Díaz-Plaja, dije ya que durante mucho tiempo (incluso después de haber traducido la novela) creí que la escena era fruto exclusivo de la imaginación de Malaparte. Las declaraciones de Lamberti Sorrentino citadas por Díaz-Plaja («¡Eso lo hemos visto todos los que fuimos de corresponsales a Rusia!») me pusieron sobre la pista. Desde entonces he sabido que el astrofísico canadiense Hubert Reeves, conocido por obras divulgativas como La historia más bella del mundo y Últimas noticias del cosmos, da una explicación física de la anécdota malapartiana en su libro L’heure de s’enivrer: los caballos quedan inmovilizados en el hielo debido a un proceso llamado sobrefusión, por el cual un líquido puede enfriarse por debajo de su temperatura de congelación sin por ello volverse sólido. En ese estado, sin embargo, la más mínima alteración –en nuestro caso la zambullida de los caballos en el lago– puede provocar su solidificación casi instantánea. O que en Moscú puede verse un monumento a los caballos del Ládoga, y que el fenómeno de la sobrefusión había aparecido ya, al menos, en otra novela, Hector Servadac, uno de esos títulos de Julio Verne que servidor no había oído mentar en su vida –«L’un des ouvrages les plus drôles et hallucinés de Jules Verne», a decir de la Wikipedia.

La fuerza casi bíblica de la imagen de los caballos (que Malaparte refuerza trayendo a ese peculiar ángel exterminador metamorfoseado en viento polar), le sirvió al político y ensayista francés Alain Peyrefitte para dar título a su libro Les chevaux du lac Ladoga: La justice entre les extrêmes. He intentado colgar una foto sobre el mismo motivo encontrada en Flickr, pero como no he podido, os remito a ella y punto: aquí.

Read Full Post »

El tipo del retrato –cuyo parecido con Marlon Brando no puede pasar inadvertido–, es Hans Frank, gobernador general de Polonia entre 1939 y el derrumbe del Tercer Reich. En el capítulo IV de Kaputt, Malaparte nos lo describe así:

Desde el principio de la cena, Frank había estado hablando de Platón, Marsilio Ficino y los jardines Oricellari (Frank estudió en la Universidad de Roma, habla italiano a la perfección, con un ligero acento romántico influencia de Goethe y Gregorovius, ha pasado días enteros en los museos de Florencia, Venecia y Siena, y conoce Perugia, Lucca, Ferrara y Mantua; es un enamorado de Schumann, de Chopin y de Brahms, y toca el piano divinamente), y de Donatello, Poliziano y Botticelli, y al hablar cerraba los ojos hechizado por la música de sus propias palabras.

Con todo, sus ínfulas de hombre renacentista no le impidieron a Frank jactarse, ya en 1943, de haber exterminado a 17.000 polacos y de figurar en el primer puesto de la lista de criminales de guerra de Roosevelt.

El contraste y convivencia entre el refinamiento artístico o intelectual y la indigencia moral es un tema recurrente. Hace unos días se comentaba en televisión el caso de Polanski, quien pese a ser pederasta confeso nos ha dejado películas sobrecogedoras como El pianista, donde, por cierto, se representa abiertamente este conflicto entre arte y moral: me refiero a la famosa escena en que Szpilman interpreta a Chopin para el oficial nazi.


Otro ejemplo fílmico podría ser el fragmento de Terciopelo azul en que Frank (¡Frank!) llora oyendo cantar a Isabella Rosellini. Como no encuentro un clip decente de El Pianista, os dejaré con san David Lynch:

(Fuentes: Curzio Malaparte, Kaputt, Barcelona, Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, 2009, pág. 93, trad. David Paradela López; Eugene Davidson, The Trial of the Germans, Nueva York Macmillan, 1996, pág. 439, citado por Robert Edsel, The Monuments Men, Nueva York, Center Street, 2009, pág. 344.)

Read Full Post »

No, malapartianos, no me patina la neurona. Leyendo la reseña de Cuerpos divinos de Guillermo Cabrera Infante aparecida en ABCD Las Artes y las Letras del ABC (13-3-2010), me encuentro con una foto a página completa de Fidel Castro a la bartola en Sierra Maestra leyendo… ¡Kaputt! Apuesto a que antes leyó también la Téchnique du coup d’état

Read Full Post »

En el capítulo VII de La piel, Malaparte describe a las que él llama las «pitonisas» de Capri:

Lucían largas chaquetas de tweed de color tabaco quemado, capas de terciopelo morado y, envueltos en torno a su arrugada frente, altos turbantes de seda blanca o roja con abundantes broches de oro, piedra dura y perlas que les conferían cierto parecido con la sibila cumana de Domenichino. Se vestían, además, no con falda, sino con pantalones holgados de terciopelo de Lyón de color verde o turquesa, de los cuales sobresalían unos pies menudos calzados con sandalias de oro como los piecitos de las reinas en las miniaturas góticas de los libros de horas. Estas ropas, sumadas a su actitud hierática, les daban aspecto de sibilas o pitonisas, y por tal nombre se las conocía comúnmente.

La sibila cumana de Domenichino es esta:

Y al verla no pude evitar compararla con una famosa foto de Djuna Barnes:

Las pitonisas, sin embargo, se inspiraban en la marquesa Luisa Casati; en el mismo capítulo leemos:

Anticuado era su gusto en el vestir, todavía inspirado en los modelos que la marquesa de Casati había hecho célebres en toda Europa treinta años antes.

Ciertamente, la marquesa era todo un personaje, como puede apreciarse en este retrato:

En el párrafo que he citado no se nota especialmente, pero Malaparte tiene un ramalazo misógino que, unido a sus reflexiones sobre la homosexualidad (de las que no me ocuparé aquí, al menos no hoy), darían mucho que hablar a la crítica psicoloanalítica. En el momento en que Malaparte escribe su novela, mujeres relacionadas con los círculos artísticos, como Casati en Italia y Barnes en Francia, llevan años reformulando el concepto de feminidad, a menudo a través de la parodia, la ambigüedad y el travestismo. Malaparte, que en el fondo era un clásico (o un defensor del patriarcado heterosexualista, por decirlo en la jerga de los estudios de género), no podía por menos que sentir indignación ante esas dandis femeninas.

Read Full Post »

Hoy, un pequeño ejercicio de comparatismo. En el capítulo XVIII de Kaputt, Malaparte recrea un diálogo en el que se pone de relieve el efecto contrario que puede tener la propaganda de guerra cuando va dirigida a una población desmoralizada que ha dejado de sentirse identificada con la causa y sus líderes:

–Oh, ¿pero qué os pasa hoy a todos? –dijo Lavinia–. ¿Es por la guerra que estáis tan nerviosos?
–¿La guerra? –dijo Anfuso–. ¿Qué guerra? A la gente le importa un bledo la guerra. ¿No habéis visto los carteles que Mussolini ha mandado colgar en todas las tiendas y en las paredes de las calles? –Se refería a unos grandes carteles a tres colores en los que se leían, en letras cúbicas, las palabras: «Estamos en guerra»–. Menos mal que nos lo ha recordado –añadió Anfuso–, porque ya nos habíamos olvidado.

El cartel (que debajo rezaba: «No pidas más de lo que te corresponde») es éste:Siamo in guerra
Y creo que viéndolo se entiende que resultara ofensivo para una población que llevaba varios años de guerra a cuestas.

El motivo del cartel y la propaganda sentida como insulto aparece también en La plaça del diamant de Mercè Rodoreda, en cuyo capítulo XXXIII leemos:

El darrer hivern va ser el més trist. Se’n duien els nois de setze anys. I les parets estaven plenes de cartells i jo, que no havia entès aquell cartell que deia que havíem de fer tancs, i que amb la senyora Enriqueta ens havia fet riure tant, si en quedaba algún tros per alguna paret, ja no em feia riure gens.

[El último invierno fue el más triste. Se llevaban a los muchachos de dieciséis años. Y las paredes estaban llenas de carteles y yo, que no había entendido aquel cartel en el que ponía que teníamos que hacer tanques, y del que tanto nos habíamos reído con la señora Enriqueta, si quedaba algún pedazo por alguna pared, ya no me hacía reír en absoluto.]

Feu tancs
La situación es parecida a la anterior: un mensaje supuestamente alentador corre el riesgo de alimentar motines en los ánimos encendidos de una población desesperada. El cartel en cuestión debió dar que hablar, como se deduce de este pasaje de Incerta glòria, la brutal novela de Joan Sales (tercera parte, al final de la sección II):

Davant mateix de la taberna, a l’altra banda del carreró, hi havia una porta alta i estreta que m’havia cridat l’atenció perquè tot al voltant, enganxats a la paret, tenia diversos exemplars del mateix cartell: Liberatorios de la prostitución; jo ja l’havia vist durant les meves anades i vingudes pels carrers de Barcelona al costat d’aquell de Feu tancs, tancs, tancs i de tants altres de justament cèlebres.

[Delante mismo de la taberna, al otro lado del callejón, había una puerta alta y estrecha que me había llamado la atención porque alrededor, pegados a la pared, tenía varios ejemplares del mismo cartel: Liberatorios de la prostitución; yo ya lo había visto durante mis idas y venidas por las calles de Barcelona al lado de aquel de Haced tanques, tanques, tanques y tantos otros justamente célebres.]

Para los que le interese el cartelismo de guerra, recomiendo echar un vistazo a la colección Fornas del Parlamento de Cataluña.

Ah, me olvidaba: el otro cartel que menciona Sales es éste:

Liberatorios de prostitución

Read Full Post »

Older Posts »