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Archive for 28 junio 2011

Hacia el final del cuarto capítulo de La piel («Las rosas de carne», págs. 143-144, ed. Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores), encontramos una descripción del efébico Jean-Louis:

Con su perfil apolíneo, sus labios encarnados, sus ojos negros y relucientes en la tersa  palidez del rostro, con su voz dulcísima, Jeanlouis causó una profunda impresión entre los oficiales franceses. Era la primera vez que estaban en Italia y por vez primera la belleza viril se les aparecía con todo el esplendor del antiguo ideal griego. Jeanlouis era un ejemplo perfecto de lo que la civilización italiana, en largos siglos de cultura, riqueza, refinamiento, selección física e intelectual, indiferencia moral y libertad aristocrática ha alcanzado en materia de belleza viril. En el rostro de Jeanlouis, un ojo familiarizado con la lenta y continua evolución del ideal clásico de belleza en la pintura y la escultura italianas entre el Cuatrocientos y el Ochocientos, habría reconocido, superpuesta a la sensualidad de los «retratos de hombre» del Renacimiento, la máscara noble y melancólica del romanticismo italiano, sobre todo lombardo (Jeanlouis pertenecía a una de las más antiguas e ilustres familias de la nobleza lombarda), de principios del siglo xix, que también en Lombardía fue romántico y liberal por nostalgia napoleónica. Los oficiales franceses eran Stendhal frente a Fabrizio del Dongo. Y como Stendhal, tampoco ellos advertían que la belleza de Jeanlouis era, como la de Fabrizio, una belleza sin ironía y sin inquietudes de naturaleza moral.

La maravillosa aparición (en aquel interior napolitano de tosco mobiliario burgués, frente a aquella mesa) de aquel Apolo viviente, de un ejemplo tan perfecto de la belleza viril clásica, representaba para aquellos oficiales franceses la revelación de un misterio prohibido. Todos contemplaban a Jeanlouis en silencio. Y yo me preguntaba, con una turbación de la que no sabía explicarme el motivo, si se daban cuenta de que aquel miserable «espectro» de la civilización clásica italiana en su momento de máximo esplendor, corrompida y humillada por el fermento de una enfermiza sensibilidad femenina, agostada por falta de nobles sentimientos, fuertes pasiones y altos ideales, era la imagen del mal secreto del que sufría gran parte de la juventud europea en todos los países, tanto vencedores como vencidos: la oscura tendencia a transformar los ideales de libertad, que parecían ser los ideales de todos los jóvenes de Europa, en anhelo de satisfacción sensual; las exigencias morales, en rechazo de todo tipo de responsabilidad; los deberes sociales y políticos, en vanos ejercicios intelectuales, y los nuevos mitos proletarios, en mitos ambiguos de un narcisismo desviado hacia la autoflagelación. (Lo que parecía extraño era el hecho de que Barrès fuera tan ajeno a Jeanlouis y los hombres de su generación como Gide, el Gide de «moi, cela m’est égal, parce que j’écris Paludes».)

Al calificar de «clásica» la belleza de Jeanluis, Malaparte trae a la memoria la vieja tradición según la cual la auténtica belleza es sencilla, primitiva, privada de artificio. Pero el parecido es superficial, mero eco: Malaparte le niega dignidad moral al muchacho al acusarlo de llevar en sí un «anhelo de satisfacción sensual». El pasaje, que se mueve en las coordenadas platónicas de la Venus pandémica y la Venus celeste (Banquete, 181a y ss.), es de una complejidad no evidente a simple vista, y en muchos puntos, creo, contradictorio. Jeanluis es un Apolo, pero carece de belleza moral. Su hermosura es acorde con su noble linaje (cf. Curtius, Literatura europea y Edad Media latina, pág. 260, §8), pero es un linaje venido a menos, humillado. Su aspecto reviste el «esplendor del antiguo ideal griego», pero a la vez es un «miserable “espectro” de la civilización clásica». La razón del decadentismo moral de Jeanlouis es su afeminamiento. Volvemos a Platón: su belleza es interesada, vulgar e impura, en tanto que compuesta de partes femeninas.

El motivo del efebo es tan viejo como la literatura, pero sorprende en un autor como el de Prato, que no desaprovecha ocasión de lucir su virilidad. Sus continuas vueltas y revueltas en torno al afeminamiento, la frecuencia con que equipara homoerotismo y pedofilia, la heterosexualidad carente de deseo de sus escritos, su compleja y fragmentaria biografía amorosa son tan contradictorias y sugerentes como el pasaje citado y, por ello, a juicio de un servidor, credenciales más que suficientes para considerar a Malaparte un interesante objeto de investigación para los estudios de género.

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Escribe Joyce (Ulysses, ed. Jeri Johnson, Oxford, OUP, 1998, cap. 11, págs. 274-275):

Well, I must be. Are you off? Yrfmtsbyes. Blmstup. O’er ryehigh blue. Bloom stood up. Ow. Soap feeling rather sticky behind. Must have sweated: music. That lotion, remember. Well, so long. High grade. Card inside, yes.

By deaf Pat in the doorway, straining ear, Bloom passed.

At Geneva barrack that young man died. At Passage was his body laid. Dolor! O, he dolores! The voice of the mournful chanter called to dolorous prayer.

By rose, satiny bosom, by the fondling hand, by slops, by empties, by popped corks, greeting in going, past eyes and maidenhair, bronze and faint gold in deepseashadow, went Bloom, soft Bloom, I feel so lonely Bloom.

Traducen Francisco García Tortosa y María Luisa Venegas Lagüéns (Ulises, Madrid, Cátedra, 20033, ca. 11, pág. 329):

Bueno, tengo que. ¿Se va? Smstbcpó. Blmontó. Sobre el azul añil de centenal. Ay. Bloom se levantó. El jabón algo pegajoso detrás. Debo de haber sudado: la música. Esa loción, recuerda. Bueno, hasta luego. De gran ca. Tarjeta dentro. Sí.

Por el sordo de Pat en la entrada aguzando el oído Bloom pasó.

En el cuartel de Ginebra murió aquel joven. En Passage el cuerpo reposa. ¡Dolor! ¡Oh! ¡Él dolores! La voz del cantor gemebundo llamó a oración dolorosa.

Por rosa, por pecho satinado, por mano acariciante, por posos, por vasos sucios, por tapones descorchados, saludando al salir, pasados ojos y hebras venusianas de tabaco, bronce y oro tenue en hondasombramarina, se fue Bloom, dulce Bloom, me siento tan solo Bloom.

Remata Vila-Matas (Dublinesca, Barcelona, Seix Barral, 2010, pág. 102):

¿Cuál es la lógica entre las cosas? Realmente ninguna. Somos nosotros los que buscamos una entre un segmento y otro de vida. Pero ese intento de dar forma a lo que no la tiene, de dar forma al caos, sólo saben llevarlo a buen puerto los buenos escritores.

Ergo, ¿somos o no un poco escritores? Feliz Bloomsday.

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El último capítulo de Kaputt narra una de las escenas más dantescas del libro: la ciudad de Nápoles ha sido despedazada por las bombas, sus animalizados habitantes se esconden en cuevas y tugurios miserables y se arrojan a los pies de un enigmático cortejo de tullidos monstruosos. De pronto, entra en escena un misterioso «señorón» de negras barbas. En italiano, el pasaje lee (pág. 951):

Un gran bacalare, con una barba nera e folta sul volto, alzate le braccia, ed ergendo la sua maestosa figura sulla calca, con una voce grossa, orribile e fiera, sorse a gridare: «Ih, bone femmene, ih, figli ’e bona femmena, ih che bordello! jatevenne! jatevenne! jatevenne!» e intanto andava con le braccia facendo l’atto di scacciar gli intrusi d’intorno al suo castello, e sbadigliava, si stroppicava gli occhi, non già soltanto come se dal letto o da alto sonno si levasse, ma come se quella grande folla di gente estranea gli desse ombra, gli minacciasse qualche suo privilegio.

El pasaje sigue litteratim un fragmento del Decameron (Dec., II, 5):

Andreuccio […] vide uno il quale […] mostrava di dovere essere un gran baccalare, con una barba nera e folta al volto, e come se dal letto o da alto sonno si levasse sbadigliava e stroppicciavasi gli occhi.

Mi pista fue la nota de uso que aparece en el diccionario De Mauro para la voz bacalare, que por supuesto servidor no había oído nunca. Ahí se define como «baccelliere, sapientone, dottorone». Vittore Branca, en su edición del Decamerón, ahonda un poco más: «Palabra tomada del lenguaje académico, donde baccalaureus o baccalaris designaba al doctor coronado de laurel […]. Usado aquí con cierta ironía».

No terminan ahí las coincidencias. Todo el capítulo, de hecho, parece tejido sobre el patrón de la novella de Andreuccio da Perugia: en ambos reina un calor insoportable («Essendo stati i ragionamenti lunghi e il caldo grande», Dec. II, 5, 30; «El calor era horrible», Kaputt, pág. 507). Ambos son relatos de vagabundeo y búsqueda: Malaparte y Andreuccio persiguen el mar por las retorcidas calles en torno a la rua Catalana (citada por ambos autores), sin llegar nunca a tocarlo. Malaparte se refiere incluso a los pozos de Nápoles, «de los que habla ya Boccaccio en la historia de Andreuccio da Perugia» (Kaputt, pág. 515).

El problema es que el conocimiento de la fuente no aclara por qué Malaparte echa mano de un cuento de Boccaccio que en poco o nada recuerda a los terribles hechos ocurridos en Nápoles en 1943.

También La piel contiene un par de referencias a Boccaccio. En la pág. 295, Malaparte remite una vez más a la novela de marras: «Del acueducto angevino y de su pintoresca población habla ya Boccaccio en el relato de Andreuccio da Perugia». En la pág. 45 encontramos otra alusión, pero el tono es ahí distinto: «“Humana cosa es tener compasión de los afligidos”, escribe Boccaccio en su introducción al Decamerón, refiriéndose a la terrible peste de Florencia de 1348». La primera frase de la obra de Boccaccio es, en efecto, claro equivalente de la cita (libérrima) de Esquilo con que se abre La piel: «Si respetan los templos y los dioses de los vencidos, los vencedores se salvarán». En ese contexto de peste, miseria y compasión, podríamos esperar alguna que otra alusión a Boccaccio, pero, en cualquier caso, se me escapan las razones del bueno de Curzio para acudir siempre al quinto relato de la jornada segunda. En fin, ahí queda el misterio.

Debajo de las referencias podéis disfrutar de la versión que del cuento de Andreuccio hizo Pasolini.

(Referencias: Giovanni Boccaccio, Decameron, ed. Vittore Branca, Turín, Einaudi, 2010. ¶ Curzio Malaparte, Opere scelte, ed. Luigi Martellini, Milán, Mondadori, 1997. ¶ Curzio Malaparte, Kaputt, trad. David Paradela López, Barcelona, Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, 2009. ¶ Curzio Malaparte, La piel, trad. David Paradela López, Barcelona, Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, 2010.)


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Otium

Días sin traducir, apalabrando próximos libros, intentando ganar contactos, concretando nuevos proyectos, leyendo, pensando, escribiendo, acaso proponiendo. El momento para echar mano a Historia de un incendio, ¿Qué fue ‘lo hipster’?, La demolizione del mammut. Para cumplir el deber anual de ver la última de Woody Allen. Asambleas y discusiones políticas hasta el amanecer en plaza Catalunya, caceroladas hasta que el cazo aguante, carreras delante de las porras. En los ratos libres, una boda proletaria, cervezas con los viejos amigos y algún paseo en moto junto al mar de mayo.

Hoy servidor se marcha unos días a visitar las Españas. Primera parada, Santiago de Compostela, a tomarme unos vinitos con Isabel. Después el norte. Y mañana el mundo. Petonets.

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