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Archive for 25 julio 2012

George Chapman –a quien algunos identifican con el Poeta Rival de los sonetos de Shakespeare– publicó en 1616 la primera versión completa en inglés de las obras de Homero. Doscientos años más tarde, John Keats escribía el famoso soneto titulado «On First Looking into Chapman’s Homer», singular reconocimiento a la titánica labor del poeta isabelino. El poema dice así:

Much have I travell’d in the realms of gold,
And many goodly states and kingdoms seen;
Round many western islands have I been
Which bards in fealty to Apollo hold.
Oft of one wide expanse had I been told
That deep-browed Homer ruled as his demesne;
Yet did I never breathe its pure serene
Till I heard Chapman speak out loud and bold:
Then felt I like some watcher of the skies
When a new planet swims into his ken;
Or like stout Cortez when with eagle eyes
He star’d at the Pacific — and all his men
Look’d at each other with a wild surmise —
Silent, upon a peak in Darien.

En la única traducción que tengo a mano (la de Alejandro Valero, publicada en Hiperión, algo deslucida por la falta de rima), el poema lee:

Mucho tiempo he viajado por los mundos del oro,
y he visto muchos reinos e imperios admirables,
y he estado en torno a muchas occidentales islas
que los bardos protegen como feudos de Apolo.
He oído hablar a veces de un vasto territorio
que rigió en propiedad el taciturno Homero,
mas nunca he respirado su aire sereno y puro
hasta que he oído a Chapman hablar con vehemencia:
entonces me he sentido como el que observa el cielo
y ve un nuevo planeta surgir ante su vista,
o como el gran Cortés cuando con ojos de águila
contemplara el Pacífico – mientras todos sus hombres
se miraban atónitos y con incertidumbre –
silencioso, en la cumbre de un monte de Darién.

En su famoso ensayo On Translating Homer (1861), Matthew Arnold carga a gusto contra el Homero de Chapman, llegando a confesarse incapaz de leer veinte versos sin exclamar «¡Esto no es Homero!». (El ensayo de Arnold daría pie a una polémica con Francis William Newman, de la que Borges se hace eco en «Las versiones homéricas».) Quizá porque no sabía griego, Keats encuentra en la traducción de Chapman esa grandeza comparable al océano, grandeza que sospechaba –«con los libros famosos, la primera vez ya es segunda», dice acertadamente Borges–, pero que no había sabido encontrar en las versiones de Dryden y Pope.

Alguien dijo que poesía es lo que queda después de traducir un poema. Keats, sin duda, estaría de acuerdo.

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Con gusto (mejor: con placer) y de un tirón he leído Del lado del amor. Poesía reunida (1994-2009), el volumen editado en 2010 por Visor con los poemas completos (hasta la fecha) de Juan Antonio González Iglesias, profesor de filología latina en la Universidad de Salamanca y uno de los más finos traductores que he leído en la vida.

Nuestro autor, más que conocer los clásicos, los vive como si fueran compañeros de copas, con ese entusiasmo que rezuman las mejores páginas de Gilbert Highet, en el ensayo, o de Arturo Dávila o Manuel Forcano (siendo muy distintos), en el verso. Parte de ese entusiasmo, de esa afirmación de la vida bajo la letra dos veces milenaria, se detecta, por ejemplo, en sus versiones de los Amores y el Arte de amar de Ovidio: poemas con todas las de la ley cuyas bien escandidas sílabas y recursos fónicos no habrían podido resultar de la simple erudición (que no le falta, dicho sea de paso).

El clasicismo de Juan Antonio (disculpad el tuteo, tan cercano lo siento) se extiende, como era de esperar, a su obra propia, trescientas páginas de, por un lado, exaltación pindárica, como en «Olímpica primera. Nadador» (pág. 24):

Pie mercurial y alado, el cuerpo es curva.
Un embrión instantáneo que interroga
y replica ya sólo con contraria
propulsión amorosa hacia el futuro
de aquel coral oculto masculino.
¿Dónde aleta o timón tan firme y leve?

Y, por otro, de elegía latinizante («Puerta del paraíso», pág. 32):

En mítica secuencia la vulgar camiseta
te quitas, y al alcance de este lado del sueño
se alza el arco esbeltísimo de tus abdominales
como ojiva que apunta al músculo de música,
fundada sobre el nunca alcanzable horizonte
de tu cintura, línea la más imaginaria.

Pero mi excusa para hablar de Juan Antonio son los cameos que le permite al tema de la traducción. Así, en el poema «Aikido» (pág. 304):

Los juegos, los poemas,
las tardes traduciendo,
palabra por palabra,
las tragedias, el cruento
latín de historiadores.
Todo va al corazón y, transcurridas
las décadas, se vuelve
serenidad.

Y, sobre todo, en «Arte de traducir» (pág. 309), defensa de la traducción como acto de cultura y de una calma artesana que, a la hora del a verdad, pocos traductores pueden permitirse. Lo reproduzco íntegro:

Debemos celebrar las traducciones afortunadas.
Como el Précis de décomposition
de Cioran, convertido
en Breviario de podredumbre.
En momentos de máxima inseguridad cultural
el arte de traducir se erige
en última forma de conocimiento.
Ahora que la torre de la historia
sufre asedios que pueden ser los definitivos,
hemos de recurrir a los especialistas
y a quienes los traducen
sin prisa y con audacia
intuyendo el sentido final de los escritos.
Para comprender todo
lo que ocurre estos años,
basta con este libro
de Arnaldo Momigliano
que trata de otra época:
The Alien Wisdom, que alguien bellamente
ha traducido La sabiduría
de los bárbaros.

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