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Archive for 29 diciembre 2011

El scriptorium se despide por unos días. No sé cuándo publicaré nuevo post porque este año la reentrada será particular: servidor se marcha un par de meses a Nueva York, pero para desgracia vuestra seguiré escribiendo y traduciendo desde la calle 137. Espero que, pese al frío glacial, podré darme un paseo por Coney Island, visitar la inigualable Strand, volver a respirar paz frente a la Alicia de Central Park o descubrir de una vez a dónde demonios van los patos del estanque de los que hablaba el joven Holden.

Por varias razones, no sólo el viaje, 2012 promete cambios. Nada más indicado que empezarlo en casa ajena, en una «casa del cambio» como la de Bastian en La historia interminable. Pero como los asuntos personales de un servidor importan poco o nada al amable lector, prefiero callarme y dejaros con John Frusciante. Al fin y al cabo es el sino del traductor expresarse siempre mejor por boca ajena.

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A falta de lotes con turrones, vino y jabugo, los traductores recibimos felicitaciones. Llegan normalmente por correo electrónico o por Facebook y nos las envían colegas y editores. Como la de Marta Alcaraz:

La de Zoraida de Torres:

O la de Knowhaus:

A mí, que como a tantos me gusta regalar y recibir libros, me ha gustado en especial la de la revista La Nota del Traduttore, que incluye un poema de Jean Portante (La cendre des mots, París, Le Castor Astral, 2005) que deberíamos copiar en las guardas de todos los libros que regalamos. Dice así:

je t’ai donné un livre et je t’ai dit
c’est ça la vie
t’ai-je dit en te donnant le livre
que je ne l’avais pas lu
c’est ça la vie
dire et ne pas dire
faire comme si de l’un à l’autre
il y avait un chemin clandestin
je t’ai donné un livre et je suis
entré dans la clandestinité
le livre est passé d’une main à l’autre
et je me demande
si celui que je t’ai donné
ressemble à celui que tu as reçu.

Es decir:

te he dado un libro y te he dicho
esto es la vida
te he dicho al darte el libro
que no lo había leído
esto es la vida
decir y no decir
hacer como si de uno al otro
hubiera un camino clandestino
te he dado un libro y he
entrado en la clandestinidad
el libro ha pasado de una mano a otra
y me pregunto
si el que te he dado
se parece al que ahora tienes.

Y que me recuerda a ese otro poema de Gabriel Ferrater, «Josep Carner», que hacia la mitad dice así:

[…] hace dos años y cuatro meses
que le di este libro a otra muchacha. Palabras
que he leído pensando en ella, y ella leyó
por mí, y que son nuevas del todo, ahora
que las leo para ti, pensando en ti.
Palabras que nos han hablado a los tres, y que hacen
que nos parezcamos. […]

Pues eso. Que feliz 2012.

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Ayer se publicó mi nuevo trujamán, dedicado a la entrada de Simenon en España. La idea de escribir sobre este peculiar caso de competencia editorial vino traída por el azar: durante la investigación sobre Manuel Bosch Barrett, leí las memorias de Sentís y di con los pasajes citados en el truja. «¡Sólo le faltaba ser traductor de Simenon!», pensé. Y es la verdad: Carlos Sentís asistió a la liberación de Dachau y a los juicios de Núremberg, cubrió la fundación de la ONU, alternó con intelectuales y faranduleros, ¡y hasta se bañó con Fraga en Palomares! Luego recordé un artículo de Xavier Pla, que no había leído, sobre Simenon y Canyameres. Lo leí y le añadí los valiosos datos que consigna Rai Ferrer en un libro sobre las portadas de Daniel Giralt Miracle para la colección Simenon del editor Aymà. Mi idea primera era un breve post para el blog, pero la cosa se extendía y pensé que mejor dedicarle un truja. Dicho lo cual, sólo me queda recomendaros que hojeéis el libro con las portadas de Giralt Miracle. Una perla.

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En mi reciente visita a Madrid, Miguel Ángel Buil (autor de un gran libro sobre su bisabuelo, el editor Pueyo) tuvo el detalle de pasarme un articulito sobre Malaparte extraído de la revista Fotos (José L. Fernández-Rúa, «Vida aventurera, paradójica y cínica de Curzio Maparte, escritor de escándalo», 1 de julio de 1950), que servidor no conocía ni de nombre. Tras un raudo esbozo biográfico, en el que certeramente se tocan todas las teclas del estereotipo, y un somero repaso de sus libros anteriores, el reseñista dedica unas palabras a Kaputt («del cual hasta los más optimistas han dicho que es un libro terrible»). Habla luego de las obras de teatro que Malaparte estrenó en París:

La prensa de París lo atacó sin piedad y el crítico de Le Figaro llegó a decir que era una vergüenza que en una misma estación un escritor italiano tuviera dos comedias en los teatros de París. «no comprendo vuestra alarma –contestó Malaparte–; en Italia, en la misma estación, se representan unas cuarenta comedias francesas, y son todas detestables».

El último párrafo va dedicado a La piel. Recordemos que estamos en 1950 y que la novela ha aparecido en castellano apenas un año antes:

Ahora es su libro La pelle umana, basado en sus observaciones durante la ocupación de Nápoles por las tropas aliadas, el que promueve un gran escándalo. El Ayuntamiento de Nápoles ha protestado por este libro infamante, en el que aparece una sociedad hedionda, podrida, encenagada en el fango de los vicios y la servidumbre. Un espantoso cuadro de posguerra. De peste moral. La Suprema Santa Congregación del Santo Oficio lo acaba de incluir, con razón, en el Index Librorum Prohibitorum. Sus páginas son leídas con asco y con vergüenza.

La crítica es fiel reflejo del sentir de la época, que vio en el libro un mero museo de los horrores. Cierto que, comparado con Kaputt, La piel adolece de cierta autocomplacencia temática y estilística, pero no lo es menos que el libro es una crítica sangrante al triunfalismo y la estúpida soberbia de los vencedores de la Segunda Guerra Mundial y, a la postre, de todas las guerras. No por nada, se abre la novela con una cita del Agamenón de Esquilo: «Si respetan los templos y los dioses de los vencidos, los vencedores se salvarán».

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El ínclito Muchnik publicó hace casi diez años un modesto librito titulado Léxico editorial (Madrid, Taller de Mario Muchnik, 2002), en el que repasa, por orden alfabético, unas cuantas de las piezas que conforman el engranaje de la producción de libros: agentes, autores, contrato, correcciones, estilo, librerías, ordenador, premios, publicidad, tapa dura… y sí, también traducción. Empieza así: «Los editores disponemos de un vasto anecdotario de chapuzas, tanto en el campo de la redacción y la traducción como en el de la corrección» (pág. 176), y a continuación trae un breve elenco de dichas chapuzas: «el célebre, inmortal y ubicuo americano, el General Strike», «otro general americano inmortal y ubicuo, el General Staff» o esa desconocida obra de Shakespeare, La clase obrera perdió su amor al trabajo. Pasada la preceptiva parte jocunda del asunto, se pone teórico:

Hay dos extremos, igualmente nefastos: el de los traductores que consideran sagrado el original y tan fieles le son que entregan traducciones que suenan extrañamente a la lengua del original; y el de los traductores que consideran tan creativo su trabajo que, «interpretando» (dicen) el original, lo traicionan. A este extremo se adscribía un traductor que, donde el autor francés hablaba de un cuartel en donde «se olía el tabaco», prefirió poner «se olía el betún». El de las botas, decía.

Las buenas traducciones pueden, y en algunos casos deben, apartarse del original. Lo que no es tolerable es que sean reescrituras del original. En eso caen ciertos traductores que, cuando en el original el autor usa el habla de la calle de Berlín, ellos echan mano del habla de la calle de Madrid, el cheli. En ninguna obra de un autor alemán es creíble un personaje que diga: «¡Alucinas, tío»

Sólo puedo decir que las anécdotas de la primera parte me suenan demasiado manidas para parecer verosímiles. En cualquier caso, si un traductor es capaz de hablar del general Strike, es seguro que no será ésa la mayor metida de pata del texto y sólo cabe preguntarse en qué pensaba el editor cuando le encargó el libro. La segunda parte, la seria, reescribe la cansina oposición entre traducción literal y traducción libre. Sinceramente, espero leer algo más interesante en su Editar ‘Guerra y paz’. O al menos, mejores chistes. El resto del libro tiene sus momentos, todo sea dicho.

[La foto está sacada de aquí.]

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