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Archive for 20 marzo 2012

Se publicó el sábado en Babelia un reportaje de cuatro páginas sobre la retraducción de clásicos de la literatura. La mayoría de los traductores que aparecen son precisamente eso, traductores de oficio, no académicos, no escritores (con la excepción de Justo Navarro y Enrique de Hériz), sino gente que pone el pan en la mesa gracias exclusivamente al atril, el libro, el ordenador y la batalla por las tarifas, cosa que personalmente considero un acierto porque por una vez reconozco en las palabras de los colegas un retrato bastante aproximado a la realidad laboral en la que nos movemos el que esto escribe y su círculo más próximo.

El núcleo del reportaje es una pieza larga de Virginia Collera. A menos de dos semanas de la aparición de mi truja sobre el asunto, me ha alegrado ver que no estoy loco y que no soy el único que duda del dogma de la retraducción sistemática: «los tres –[Carmen] Francí, [Ismael] Attrache y [María Teresa] Gallego– rechazan esa convención que dice que cada generación necesita su traducción». Estoy de acuerdo en que los niveles de exigencia del traductor consigo mismo tal vez son mayores hoy, pues las posibilidades de documentación y consulta actuales eran impensables no hace tanto, y cada vez están más claros los peligros de la traducción por lengua interpuesta. Sin embargo, no me atrevería, como Gallego, a afirmar que «si una traducción es buena, es eterna». La filología nos enseña que ni siquiera los originales son eternos, y como prueba me remito a la página 9 del mismo número de Babelia, donde se reseña el nuevo texto del Lazarillo propuesto por Francisco Rico, esta vez sin particiones de capítulo.

Se toca el tema de la modificación de títulos asentados por la tradición. El caso de La metamorfosis convertida en La transformación es quizá el más conocido. Ahora María Teresa Gallego anuncia que la Bovary que está preparando será «señora» y no «madame». Luis Magrinyà, que también aparece citado, se la jugó de forma similar hace años cuando publicó Sense and Sensibility como Juicio y sentimiento. (Si bien la sexta acepción del María Moliner permitiría traducir el primer elemento por «sentido» y mantener así la aliteración.)

La cuestión tarifaria no se explicita, pero tampoco se obvia. «Nunca ha sido una oficio bien pagado», afirma Ismael Attrache, que añade hacia final: «no puedo invertir medio año en un solo libro». Se habla también de las prisas: Bernardo Moreno sólo tuvo cuatro meses para pulirse las setecientas páginas de La tienda de antigüedades publicada por Nocturna. Attrache y Francí empezaron con La pequeña Dorrit a un ritmo de cinco o seis páginas diarias y terminaron llegando a las diez o doce, así hasta liquidar las 1.200 que tiene la novela. Téngase en cuenta, además, que el plazo incluye al menos una lectura final: ¿cuánto tarda un lector atento en leer un libro de ese volumen con la mitad de atención que el traductor cuando revisa?

Lo dicho: por fin un reportaje interesante y realista sobre la traducción literaria.

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Ayer apareció en El Trujamán una brevísima nota sobre la retraducción, partiendo de mi propia experiencia con Malaparte. El tema me interesa y me indigna a partes iguales. Me interesa porque me parece loable retraducir (como caso peculiar de reedición) si lo que se busca es presentar al lector un texto lo más digno posible. Me indigna porque en muchos casos detecto la infinita vanidad de algunos editores y traductores que se mueren por estampar su sello bajo un gran nombre o un gran título. Me interesa porque, en cierto modo, la retraducción, como discusión teórica, es una manifestación viviente del canon, una prueba palpable de cómo y por qué leemos ciertas obras y no otras. Pero me indigna porque es terreno abonado para repetir lugares comunes que, de compilarse, creo estarían a la altura del estupidario flaubertiano.

No voy a relacionar aquí en qué lugares he leído afirmaciones como «el original pervive, la traducción caduca», «la lengua del original siempre está viva, la de la traducción envejece» (no cito verbatim, así que ni os molestéis en guglearlo). Como todas las teorías, me parece que hace aguas cuando pasamos al plano de lo concreto. (Llamarlo teoría, por lo demás, es exagerar, porque generalmente no pasa de ser un apotegma vertido en articulitos de crítica literaria o similares.) Sí que quiero dejar constancia de un breve artículo de Mario Muchnik sobre la versión de Guerra y paz de Lydia Kúper, que me parece el ejemplo a seguir en este terreno. En 2004, apareció en Vasos Comunicantes (núm. 29, págs. 51-57) otro artículo sobre el particular: «La retraducción de literatura contemporánea» de Juan Manuel Ortiz. No quiero dejar de nombrar un libro editado por Juan Jesús Zaro y Francisco Ruiz Noguera: Retraducir. Una nueva mirada (Málaga, Miguel Gómez Ediciones, 2007, aquí una reseña).

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