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Posts Tagged ‘Manuel Bosch Barrett’

Josep Janés (1913-1959), fundador de la casa que llevó su nombre y donde aparecieron varios de los libros de Malaparte (incluida la primera edición de Kaputt), empezó su andadura como editor a los veintiún años. En efecto, la colección semanal «Quaderns Literaris» empezó a publicarse el 12 de abril de 1934 con vocación cosmopolita: «divulgar en Cataluña una literatura extranjera escogida, a la vez que situaba la literatura del país al mismo nivel con la publicación de ambas en una misma colección» (Hurtley, pág. 142). Algunos de los autores que aparecieron en traducción catalana gracias a esta iniciativa fueron Mauriac, Huxley, Gide, Sinkiewicz, Beerbohm, Hemingway, Poe, Papini o Tagore.

El perfil de los traductores és variopinto. Encontramos entre ellos (además de al propio Janés) a escritores como Sebastià Juan Arbó, Joaquim Ruyra, Joan Oliver, Rosselló Pòrcel, Josep Pous i Pagès y Rafael Tasis; a traductores a los que rara vez se recuerda como tales, como Martí de Riquer o Ferran Canyameres, y a traductores de excepción, como Carles Riba. Hay muchos otros: Josep Farran y Mayoral, Lluís Palazón, Feliu Elias, Ramon Xuriguera, Felip Cabestany, Alfons Maseres, Irene Polo, Rosa Alavedra, Jeroni Moragas… La nómina puede encontrarse completa en el libro de Jacqueline Hurtley, Josep Janés. El combat per la cultura (Barcelona, Curial, 1986), al que he ido a parar –en busca de datos sobre don Manuel Bosch Barrett— por recomendación de Josep Mengual.

Janés-Mompou

Josep Janés con Frederic Mompou

El documentadísimo estudio de la profesora Hurtley incluye una sección entera dedicada a las traducciones publicadas en la editorial José Janés (págs. 312-323), donde, además de ofrecer valiosos datos, hace alguna reflexión que deberían plantearse quienes juzgan a la ligera las traducciones de antaño. Verbigracia:

En este estudio me he resistido a hacer una evaluación crítica exhaustiva de las obras traducidas desde el punto de vista lingüístico […] porque no me parece justo criticar un trabajo que se hizo, en muchos casos, para sobrevivir y en un contexto social de depuraciones y pena capital.

Hurtley tantea con ojo de buena filóloga las razones a que pueden obedecer determinados errores y lagunas (convicciones ideológicas y religiosas del traductor, autocensura debido a las presiones de la Vicesecretaría de Educación Popular) y explica cómo aprendieron idiomas algunos de los traductores que trabajaron para Janés: «Bosch Barrett conocía el inglés por parte de madre y también porque había utilizado esa lengua en su vida profesional», Lluís Palazón «había trabajado en la compañía cinematográfica Metro Goldwyn Mayer en Barcelona y debía de estar familiarizado con el inglés norteamericano». Eduardo de Guzmán lo aprendió «intentando leer los periódicos ingleses que llegaban a Madrid» y, de 1940 a 1944, gracias a unos gibraltareños con los que compartió tiempo de prisión. E incluso se nos informa de cuáles eran las tarifas: De Guzmán recibía de Janés unas trescientas pesetas por traducir una obra de unas doscientos cincuenta páginas, y unas cuatrocientas por escribir una novela del Oeste o policíaca de menos de doscientas páginas.

Por último, me ha llamado mucho la atención el comentario sobre el prolífico Juan G. de Luaces, exteniente coronel del ejército republicano, muchas de cuyas traducciones — supuestamente del inglés, el francés, el alemán, el italiano, el portugués y el ruso– todavía circulan reeditadas:

Los conocimientos de inglés que podía tener Juan G. de Luaces debían de estar distorsionados por el alcoholismo, que, además, debía de disminuir su sentido de la responsabilidad. A menudo el lector se encuentra con un lenguaje simplificado, sintomático de la falta de cuidado, de interés, de las ganas de acabar rápido.

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Ayer se publicó en el Trujamán mi muy sucinta semblanza de Manuel Bosch Barrett, a quien tengo inmenso cariño por las muchas horas que he pasado hojeando y releyendo su traducción de La piel, la primera que leí allá por 1999. Nada sabía entonces de su ajetreada vida como presidente del Tribunal Mixto de las Nuevas Hébridas, relatada en su libro Tres años en las Nuevas Hébridas, que la editorial Alqueria ha tenido el buen sentido de reeditar en castellano y en catalán, en traducción de Susana Tornero.

El libro empieza con don Manuel deambulando por Marsella con su amigo Pedro Pruna, imagino que el pintor, que, si no me equivoco, debió de ser hermano de Domingo Pruna, traductor de Buzzati, Guareschi, Moravia, Montanelli y tantos otros, además de director de la adaptación al cine de El café de la marina (véase quién firma los decorados). De Marsella, zarpa don Manuel a bordo del Felix Roussel hacia oriente en un viaje de varias semanas que lo llevará a conocer Port Said, Yibuti, Colombo, Singapur, Hong Kong, Bali y Nueva Guinea, hasta desembarcar por fin en Port Vila, en lo que hoy es Vanuatu. Corre el año 1936, el mismo, por cierto, en que Josep Maria de Sagarra parte para Tahití en su viaje de nupcias, relatado en La ruta blava. Seguro que ambos disfrutaron de lo lindo intercambiando sus vivencias pacíficas arrellanados en las rancias butacas del Ateneu.

Hombre leído, Bosch Barrett ve el Mediterráneo a la luz de la historia y los clásicos: Creta, Cnosos («la ciudad de Minos […], de allí emprendió Ícaro su vuelo fatal»), los piratas de Barbarroja, los Argonautas, Roger de Flor, las sirenas de Ulises, los barcos de los salmos de David, las galeras de Cleopatra, Actium: «cada rincón, cada isla, es una página escrita en la historia de la humanidad».

Por supuesto, nuestro autor es muy poco posmoderno y el libro (aparte punzantes diatribas contra la civilización occidental y apologías bien halladas de la delicada naturalidad de algunos pueblos nativos) es un catálogo de tópicos orientalistas: lejanía, misterio, sensualidad… mucha sensualidad. Porque si algo destaca de continuo en la narración son las observaciones acerca de la belleza (o falta de ésta) de las mujeres que encuentra a su paso:

Hombres y mujeres suelen ir con el torso desnudo, pero desgraciadamente, en las poblaciones de alguna importancia, afortunadamente escasas, los chinos han instalado sus tenduchos y han tentado la coquetería de las balinesas con unos boleros de telas lamentables que les quitan el atractivo del exotismo (pág. 85).

El viejo mantra: sin tetas no hay paraíso. Las ilustraciones que acompañan al texto también dan fe de los gustos de don Manuel: hay varias de la bella Polok, «hierática y majestuosa», y una de tres mujeres con el pecho desnudo frente al mar con la rúbrica: «Recuerdan un friso de Boticelli». También dedica varias líneas y fotos a Hina, de Rapa, «aquel ser mezcla de brutalidad excelsa y de belleza oceánica, nacida como afrodita de las espumas». No sólo las nativas llaman su atención: durante una excursión a Australia observa acerca de sus colonos:

Las mujeres son sumamente bonitas. Su pasión es el cine, el deporte y el «flirt», que suelen llevar bastante lejos. Ya he dicho que el dominio de la mujer sobre el hombre es enorme; he oído muchas veces decir a un australiano: «Tendré mucho gusto en que venga usted a comer cono nosotros; diré a mi mujer que le convide.» Claro que, si analizásemos mucho, resultaría que la única diferencia entre ellos y nosotros es que ellos lo confiesan (pág. 154).

La anécdota tiene cierto gusto malapartiano, como otras que a lo largo del libro recuerdan a las ingeniosas charlas de los salones de Kaputt:

Cuenta Francis de Croisset, en su maravillosa «Féerie Cynghalaise», que una vez un inglés decía a un francés. «Figúrese usted que los indios pretenden mandar en su casa. –¡Hombre!, le contestó el francés, ¡póngase usted en su lugar! –Eso es lo que hemos hecho, concluyó el inglés.» (pág. 31).

O a propósito de los caníbales de hebrideses:

Hice osadamente la pregunta: «¿Habían sido alguna vez los misioneros víctimas del canibalismo?» No anduve equivocado al temer mi pregunta indiscreta; Monseñor eludió cortés y hábilmente la contestación y, reconociendo los numerosos mártires caídos en la tarea, añadió: «Nous venons toujours ici sans espoir de retour, Monsieur le Président, mais nous sommes toujours sürs de sauver nos âmes!» ¿Hubiera acaso contestado con mayor diplomacia el gran ministro de Luis XIII? (págs. 112-113).

No me cabe duda de que Malaparte y Bosch Barrett habrían disfrutado rivalizando en ingenio y aventuras vividas, echados medio desnudos en la terraza de la villa de Capri, entre vasos de whisky y cigarrillos.

Como dije en el truja, en la red no hay mucha información sobre nuestro abogado viajero. (Me cuenta Susana Tornero que los responsables de Alqueria añadieron esta nota a su edición: «A pesar de los esfuerzo realizados, no ha sido posible establecer contacto con los posibles herederos de Manuel Bosch Barrett. En caso de que algún lector disponga de información al respecto, le agradeceremos que se lo comunique al editor».) Carlos Sentís le dedicó un par de artículos en La Vanguardia y unas frases en sus Memorias de un espectador. Por él sabemos que Manolo (así le llama) tenía ascendencia inglesa por parte de madre, que aparecía de vez en cuando por la Penya Gran del Ateneo Barcelonés y que «hacia el final de la guerra, dimitió [de su puesto en el Tribunal] y se instaló en París, con su hermana, una refugiada de primera hora que había montado un restaurante». Aparte de eso, por lo que él mismo cuenta, sabemos que nació en Centelles, que veraneaba en la playa de Caldetes, adivinamos cierto cosmopolitismo y un laxo aburguesamiento. También un fuerte sustrato catalán: de cierto barrio de Hong Kong dice que se halla «en las faldas del Tibidabo chino», y de la sopa de nidos de salanganas afirma que es un «plato excelente pero tan vulgar como nuestra “escudella de pagès”». Papeete  le trae a las mientes unos versos de Joaquín Bartrina. Al final, no tiene más remedio que admitir que «a mí, europeo nacido y educado entre piedras viejas, “auques de redolins” y figurillas del belén de Santa Lucía, el trópico tenía que reservarme muchas sorpresas».

[Notas: las páginas citadas corresponden a la edición de la casa Pal-las (Barcelona, 1943). Del libro de Sagarra hay traducción castellana de Eduardo Jordá (La ruta azul, Barcelona, Península, 2000). La cita de Sentís procede de la pág. 74 de sus Memorias de un espectador, escritas con Xavi Ayén (Barcelona, Destino, 2007, trad. Germán Cánovas). Sentís murió el 19 de julio de este año. El día anterior yo había mandado un par de correos a Ana Camallonga, de Destino, y a un amigo de Ayén por si podían arreglarme una charla con el anciano periodista. Los caminos de Fortuna son inescrutables. La referencia a Jorge Ordaz en el Trujamán remite a una entrada en su blog, Obiter Dicta. En el blog Tengata te o moana nui también han dedicado varias entradas a MBB.]

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1. Llegar al despacho y, nada más encender el ordenador, recordar que, al acostarte, habías resuelto pasar la mañana en la playa. Así estás, con ese moreno de antebrazos prerrogativa del vespero olvidadizo.

2. No saber hacer planes a largo plazo y, por consiguiente, pasarte el verano envidiando a los amigos que desde hace meses saben que se largan a Islandia, a Italia, al pueblo con los suegros (bueno, a ésos no), de mochileo por Costa Rica. No tener más certeza que las trescientas páginas del libro de Misha Glenny y los cinco trujamanes que te falta escribir. A este paso no te casamos.

3. Intentar escribir sobre Manuel Bosch Barrett. Averiguar que Carlos Sentís era su amigo y que puedes tantear canales de acceso al señor Sentís para que te cuente algo de viva voz. Mandar los mails pertinentes. Al día siguiente, que Santi te llame y te diga que Sentís acaba de morirse.

4. Aprender a usar el móvil nuevo. No conseguirlo. Que Robert te diga que con el Kindle se liga cacho y, de pronto, descubrir que puedes descargar gratis una aplicación para leer libros electrónicos. Que se te gaste la batería con el dichoso WhatsApp.

5. Leer «libros de verano». Preguntarte por qué la lectura ligera (ligera es un decir porque suelen ser tochos considerables) se guarda para las vacaciones. Por tu parte, hace años que te propones ponerte con Stendhal a la que llegue el calorcito. Ahí está, el pobre, agarrando polvo.

6. Acudir a los saraos de ACEtt en lugares tan estupendos como el jardín de la galería H2O. Cenar algo en el Suec, que ahora se puede. Ver El padrino y alguna de Polanski en los Verdi. Descubrir los gintónics del Elephanta. Comprar de segunda mano en Pequod a precios razonables. Estar condenado a no salir de Gracia.

7. Elegir posiciones elevadas en los antiguos antiaéreos del Turó de la Rovira. Dotarte de un fusil con mira telescópica y apuntar a los turistas del parque Güell. Justificarte diciendo que algún día eso pasará en un libro de Marsé.

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AF B-24 LiberatorComenté hace unas semanas un caso de «censura por adición» en La pelle. Hoy voy a comentar el caso opuesto. En el capítulo VIII de la novela, Malaparte describe la actitud de los nobles napolitanos durante los bombardeos americanos. Cito (ed. Martellini, pág. 1.217):

[Q]uei vecchi gentlemen, che al rombo dei bombardieri americani alzavano annoiati gli occhi al cielo, mormorando, con un ineffabile sorriso di disdegno: «eccoli, quei cafoni».

La traducción española de Manuel Bosch Barrett (a quien algún día dedicaremos un post) lee (pág. 298):

[A]quellos viejos gentlemen que al roncar de los bombarderos americanos alzaban los ojos al cielo murmurando con una inefable sonrisa de desdén: «Ahí están esos cabrones».

El cafone es más bien un cateto, un palurdo una «persona rozza, villana o maleducata» (Zingarelli 2008); de ahí al cabrón… A primera vista no es tan grave: a fin de cuentas se trata de un salto (con pértiga) en la intensidad del adjetivo. La cuestión no tendría mayor relevancia de no ser porque en otras partes la traducción Bosch Barrett tiende precisamente a lo contrario: a atenuar, a conservar cierto decoro, aun a pesar de que Malaparte es mal autor si lo que uno quiere es guardar las formas (de aquí los numerosos casos de censura tanto en La pelle como en Kaputt).

Se me ocurren dos explicaciones: a) Bosch Barrett no podía ver a los yanquis y aprovecha la ocasión para cargar las tintas contra ellos; b) el traductor se deja llevar por cierto parecido morfológico entre cafone-cabrón (no sería un caso único: tengo registrados otros en los que Bosch Barrett, tal vez traduciendo un poco aprisa, opta por equivalentes formales,  que no semánticos o funcionales). Servidor, que suele ser partidario de las cock-up theories (o teorías del enredo), se decanta por la segunda.

Propina: el caso me ha recordado una canción del Piotta titulada precisamente «Supercafone». Sonaba en Italia durante mis tiempos ahí, aunque, por suerte para el bien común, nunca llegó a España. Con ella os dejo:

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Cristo proibitoSe suele pensar que la censura consiste únicamente en quitar: «la tijera» la llaman a menudo de forma muy gráfica. Por eso me ha sorprendido una pequeña «morcilla» que me he encontrado en la traducción de La pelle de Manuel Bosch Barrett. En el capítulo VI, mientras Malaparte recorre a caballo la estepa ucraniana, la noche cae sobre él y se crea una escena de tintes oníricos. De pronto, una voz pregunta (ed. Martellini, pág. 1.131):

«Ah, sei un cristiano, tu?». Io risposi: «Sì, sono un cristiano». Una risata di scherno accolse le mie parole, e alto correndo sulla mia testa si allontanò, andò a spegnersi a poco a poco laggiù nella notte.
«E non ti vergogni d’esser cristiano?» gridò la voce.
Io tacevo. Curvo sul collo del cavallo, il viso affondato nella criniera, tacevo.
«Perché non rispondi?» gridò la voce.

Veamos el mismo pasaje en la traducción castellana (Barcelona, Plaza & Janés, 1963, pág. 200):

–¡Ah! ¿Conque tú eres cristiano?
Yo respondí:
–Sí, soy cristiano.
Y la voz gritó:
–¡Ah, ah, ah! ¿Y no te avergüenzas de ser cristiano?
Y yo respondí:
–No, no me avergüenzo de ser cristiano.
Un risa sarcástica acogió mis palabras, y corriendo alta sobre mi cabeza se alejó, fue apagándose poco a poco en la lejanía de la noche.

Bosch Barrett añade por decoro la respuesta del protagonista, inexistente en el original. Decoro innecesario, hay que decir, pues Malaparte se define a sí mismo como cristiano mil y una veces a lo largo de su obra. Lo han notado, entre otros, Sandra Covino («“La pelle” di Malaparte: i procedimenti della prosa e il modelo dannunziano», Strumenti Critici, núm. 2, mayo de 1999, pág. 239): «El nombre de Cristo es una recurrencia lexical casi obsesiva, y recorre toda la obra del versátil Malaparte: baste citar los títulos de su película Il Cristo proibito y de la novela incompleta e inédita Un delitto cristiano».

Volveremos sobre Malaparte y la censura; de momento, una moraleja: por lo visto la censura se extiende hasta los silencios.

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