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Posts Tagged ‘Gérard Genette’

Un mal día lo tiene cualquiera.

La cuestión de los títulos daría para un libro entero. Originales o traducidos, los hay geniales y los hay francamente lamentables. Para algunos, que el título no dependa exclusivamente del autor o, en su caso, el traductor, es un atentado que roza la herejía. Otros entendemos que ni autor ni traductor son siempre conscientes del funcionamiento del mercado y de las expectativas de venta del editor, y admitimos que, en ciertos casos, el editor llega a soluciones quizá menos «correctas», pero sí más funcionales. En mi caso, diría que la mitad de las veces me han respetado la propuesta y la mitad me la han cambiado. Siempre en obras con vocación comercial: The Bed I Made de Lucie Whitehouse se llamó La sombra del deseo; Written in Bone de Simon Beckett pasó a Entre las cenizas. En otras, se aceptó mi idea: Cross My Palm de Sara Stockbridge se tituló Una moneda por tu suerte. En un caso (The Monuments Men de Robert Edsel), se mantuvo el título inglés por exigencias del autor. La casuística es variada, y quien a esto se dedica tendrá tantas anécdotas como yo para contar, y aun más.

Como apuntaba en el texto para El Trujamán, da la impresión de que el título de las obras se ha considerado desde siempre como una entidad distinta al texto en sí. El dato sobre la institucionalización del paratexto «título» lo he tomado de Francisco Rico, que en el cuarto excurso de su excelente El texto del Quijote (Barcelona, Destino, 2005, pág. 435) escribe:

Siempre ha sido corriente –y fue de rigor en la Antigüedad y el Renacimiento– identificar un escrito por partida doble: con un titulus formal (digamos), catalográfico, y con un nomen familiar, con frecuencia el del héroe. «Esto propio le sucedió a este mi pobre libro –testimonia el autor del Guzmán de Alfarache–, que, habiéndolo intitulado Atalaya de la vida humana, dieron en llamarle Pícaro y no se conoce ya por otro nombre».

De forma parecida se explica Gérard Genette en Seuils (París, Seuil, 1987, pág. 68; hay versión castellana de Susana Lage: Umbrales, México, Siglo XXI, 2001):

Comme le nom d’auteur, le titre n’a disposé pendant des siècles d’aucun emplacement réservé […]. Si les premières ou dernières lignes du texte lui-même ne le mentionnaient pas d’une manière indisociable du destin de l’oeuvre […], sa désignation était alors plutôt affaire de transmission orale, de connaissance par ouï-dire ou de compétence de lettrés.

Genette da la fecha de 1475-1480 como bisagra entre un antiguo régimen, en el que el título era más bien una descripción del contenido de la obra, y un nuevo régimen, en el que el título como tal recibe un emplazamiento fijo y se instituye como paratexto obligatorio (loc. cit.):

La page de titre n’apparaït que dans les années 1475-1480, et elle restera longtemps, jusqu’à l’invention de la couverture imprimée, l’emplacement unique d’un titre souvent encombré, nous l’avons vu, de diverses indications pour nous annexes.

Naturalmente, estas disquisiciones histórico-filológicas nada tienen que ver con las razones por las que los modernos editores ponen un título u otro a una obra. Sus motivos son comerciales y en ocasiones no se aplican tan sólo a las obras «con afán de lucro», sino también a los libros sesudos condenados a un público reducido: en el campo de la teoría literaria es conocido el caso de la obra de Hans Robert Jauss Literaturgeschichte als Provakation der Literaturwissenschaft, que a su aparición en castellano en 1976 se llamó La literatura como provocación y hoy en día se reedita como La historia de la literatura como provocación.

Los criterios comerciales, por su naturaleza misma, conocen modas y formulismos. Desde hace unos años, en el campo de la narrativa con vocación mainstream, por ejemplo, el esquema «El tal del cual» es con mucho el más habitual. Veamos, si no, algunas de las últimas novelas de Premio Planeta: La hermandad de la Buena Suerte, La canción de Dorotea, El huerto de mi amada, El baile de la victoria. O las novelas de Ken Follett: La caída de los gigantes, El invierno del mundo. O las de Ruiz Zafón: La sombra del viento, El juego del ángel, El prisionero del cielo.

La no ficción también tiene sus recursos. El más habitual consiste en relegar el asunto del libro al subtítulo y anteponerle un título llamativo: El exilio interior: La vida de María Moliner o Nuestra tragedia persistente: La democracia autoritaria en México son dos ejemplos cualesquiera. Llama la atención que libros muy minoritarios recurran también a esta estrategia, pues supongo que quienes buscan La corte de Babel: Lenguas, poética y política en la España del siglo XIII saben muy bien a lo que van. Creo que a pocos se les ocurriría hoy titular un libro Las formas elementales de la vida religiosa o Interpretación y análisis de la obra literaria, así, a pelo.

Pero, como decía en el truja, antes de juzgar lo acertado o lo erróneo de estas decisiones, hay que atender a los fines del editor y a los resultados obtenidos. Porque este negocio, en el fondo, va de vender libros.

Por último: la lista de los títulos peor traducidos encabezada por La salchicha peleona aparece aquí. He elegido ésta como podría haber elegido cualquiera de las decenas que por ahí corren. La lista de GoodReads con los peores títulos de novelas puede verse aquí.

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Se imponía un truja sobre las notas. Las notas al pie dan para un libro (Gérard Genette les dedicó un capítulo de Seuils y Anthony Grafton un volumen entero: Los orígenes trágicos de la erudición, extraño título castellano para The Footnote: A Curious History); las notas del traductor son un subgénero de esta categoría paratextual, y un catálogo mínimamente representativo excedería con mucho las dimensiones de un trujamán o de un post. De aquí que me haya limitado a hacer una sucinta taxonomía, que, si bien ha sido compilada un poco al buen tuntún, creo que describe bastante bien los tipos de nota traductoril que podemos encontrar en la narrativa corriente. (Obviamente, en otros géneros y tipos de edición encontraríamos otras tipologías, como los aparatos críticos, la glosa, el comentario doctrinal, etc.)

Decía en el artículo que a mí nunca me han prohibido ponerlas. Es más, no sólo las he puesto (en algún ensayo), sino que han querido ponérmelas: ¡cuál no fue mi sorpresa al encontrar, en las compaginadas de Kaputt, enes del te que yo no había escrito! Por supuesto, mandé quitarlas todas, y más de un lector me lo ha echado en cara. Al lector, de hecho, y en contra de lo que creen muchos, suelen gustarle, supongo que porque le dan a uno la sensación de estar aprendiendo algo; claro que ¿la literatura se hizo para «aprender»? Si Flaubert oyera esto, le daría un síncope… En mi humilde opinión (y hablo de narrativa y de ediciones corrientes), la nota debe ser el último recurso, jamás debe añadir información que a un lector nativo de a pie podría pasarle por alto y nunca debe anticipar información ni dirigir al lector hacia una interpretación determinada en lugar de otra.

En los blogs de los estudiantes de traducción y traductores jóvenes (será que yo ya no lo soy tanto, hélas!) encuentro con frecuencia un terrible poso que atribuyo a la doctrina FTI: que el lector de la traducción no debe perderse una sola de las «referencias culturales» de una obra, aunque ello suponga cogerlo de la mano como a un deficiente e interrumpirle la lectura a cada rato. Para ver que la idea es absurda no hace falta entrar en disquisiciones hermenéuticas abstrusas (a Gadamer me remito); baste preguntarnos qué nos ocurre cuando leemos a autores que escriben en nuestra lengua. Preguntémonos qué entiende un asturiano que lee a Marsé o a Mendoza, un catalán que lee a Eduardo Liendo o a Juan Rulfo, y si, puestos a querer entenderlo todo, no reclamarían también éstos notas al pie. O acaso una traducción neutra, para no asustar al lector con regionalismos. Tal vez así, alguien podría afirmar que lo ha entendido todo; lástima que por el camino se habría perdido lo esencial: la experiencia literaria.

La boutade de Noël Coward la tomo prestada de un artículo de Gabriel Zaid, citado abajo. Se me perdonará que en el truja me haya ahorrado los detalles de algunas de las citas copiadas. Como decía el gran Goyo, mi profesor de latín, se dice el pecado pero no el pecador.

[Referencias: Gérard Genette, Seuils, París, Seuil, 1987 [Umbrales, trad. Susana Lage, México, Siglo XXI, 2001.] ¶ Anthony Grafton, The Footnote: A Curious History, Cambridge (MA), Harvard University Press, 1997 [Los orígenes trágicos de la erudición: Breve tratado sobre la nota al pie de página, trad. Daniel Zadunaisky, México, FCE, 1998.] ¶ Gabriel Zaid, «Notas al pie de las notas al pie», Letras Libres (abril de 2005). ¶ Nota: La ilustración pertenece a House of Leaves, de Mark Z. Danielewski (Nueva York, Pantheon Books, 2007), cuya versión castellana, a cargo de Javier Calvo, preparan las editoriales Alpha Decay y Pálido Fuego.]

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