Feeds:
Entradas
Comentarios

Posts Tagged ‘Adam Thirlwell’

Joseph-Pierre Frénais (de quien nada sabía hasta que leí Miss Herbert) pasó al francés los cuatro primeros volúmenes del Tristram Shandy y les antepuso un curioso prólogo. En él –además de glosar la vida y milagros de Laurence Sterne– describe las características de su traducción. Sus palabras conjugan ego y falsa humildad de una manera que me hace pensar que, ya en 1776, había cuajado el discurso acerca de la obligatoria invisibilidad del traductor. (El de invisibilidad, como el de fidelidad, es un concepto que valdría la pena desgranar algún día.)

Frénais manifiesta su ego al afirmar que «si un traductor puede merecer un lugar entre los hombres de letras, a mí cabe aspirar a tal lugar». ¿Y por qué él? Pues porque, según explica, su trabajo no fue un mero trasladar palabras y sentidos: tuvo que «cortar buena parte del original y reemplazarlo con partes de mi invención». Por ejemplo en los chistes, no siempre todo lo buenos que deberían, según Frénais.

Por Thirlwell sabemos, además, que Frénais metió mano considerablemente en algunos pasajes obscenos (cosa que Voltaire aplaudió: «al traductor debemos agradecerle que haya suprimido algún que otro de esos burdos donaires que en ocasiones se les echa en cara a los ingleses»). Verbigracia éste (vol. II, cap. VI):

My sister, I dare say, added he, does not care to let a man come so near her ****. I will not say whether my uncle Toby had completed the sentence or not.

Que Frénais reduce a:

Ma soeur ne veut apparentement pas qu’un homme l’approche de si près…

Como se ve, el chiste desaparece y los puntos suspensivos pierden toda razón de ser.

Aun así, curiosamente Frénais se siente obligado poco más adelante a reivindicar su invisibilidad: «será para mí motivo de gran alegría que el lector no acierte a detectar mi presencia en el libro». Sus palabras del principio nos impiden creernos este arranque de humildad; más bien suena a tópico obligado dentro de las convenciones de un supuesto género al que podríamos llamar «prólogo del traductor». El discurso de la invisibilidad debía de estar ya bien armado en el último tercio del XVIII si nuestro hombre se empeña en meterlo con calzador.

El trabajo de Frénais quedó inacabado. Se encargaron de continuarlo, de forma simultánea, Griffet de la Beaume y el marqués de Bonnay. Quien quiera saber más puede abrir el libro de Thirlwell por la página 371. Los entrecomillados proceden de: Alan B. Howes (ed.), Laurence Sterne. The Critical Heritage, Londres/Nueva York, Routledge, 2002 [1.ª ed.: 1971], págs. 393 y ss.

Anuncios

Read Full Post »

Si a los grandes pensamientos se les da la posibilidad de comunicarse –a través de cualesquiera dificultades y distancias–, producirán siempre grandes pensamientos. Esto justifica todas las traducciones, aun las malas.

Las palabras de Gilbert Highet bien podrían haber aparecido como lema del libro de Adam Thirlwell, convencido defensor de que todo es traducible. Compárense, si no, con un párrafo del principio del libro:

A menudo me pregunto si tras la idea de lo intraducible no se oculta en verdad el deseo de que la traducción sea una equivalencia perfecta, deseo que a su vez alberga el de que el estilo sea algo absoluto. Las traducciones perfectas no existen, como no existen los estilos perfectos. Y sin embargo, hay cosas que aún son traducibles, por más que su traducción no sea perfecta (pág. 9).

Miss Herbert (que también puede encontrarse, a saber por qué, con el título The Delighted States) es un libro primorosamente editado (tapa dura, dos tintas, numerosas ilustraciones, un índice impecable). Su escritura (su estilo, si se quiere) es algo menos impecable, en ocasiones peca de reiterativo y algunos símiles son algo vulgares en su empeño por no excluir al lector no iniciado, pero en conjunto constituye un ameno acercamiento a la historia de la novela y a las teorías del estilo novelesco a través de una serie de ejercicios de close reading para legos y una reflexión crítica (que no esotérica) sobre la traducibilidad de la literatura. No hay lugares comunes ni se aceptan a ciegas las ideas de los autores discutidos (Nabokov, quizá, el que más).

La bibliografía secundaria es parca y a los autores comentados (de Flaubert a Bohumil Hrabal, pasando por Machado de Assis) podrían añadirse otros (se me ocurren Faulkner o Cortázar), pero el libro no tiene afán totalizador y demuestra, en cualquier caso, que el autor no se ha circunscrito a la literatura anglófona. Y aquí entra en juego la traducción: del mismo modo que Thirlwell admite que su conocimiento de los autores rusos y checos se debe a traducciones inglesas y francesas, señala también que si Pushkin pudo leer a Laurence Sterne y adoptar con éxito algunos de sus recursos, lo hizo gracias a las imperfectas versiones francesas:

Por más que me incomode, resulta obvio que tanto en Río de Janeiro como en San Petersburgo, seguía siendo posible, gracias a la lectura aproximativa de una tosca traducción, reconocer las intenciones Sterne y desarrollar sus técnicas (pág. 373).

Estamos ante la vieja querella: ¿la traducción mata el estilo y la poesía, o es precisamente el estilo y la poesía lo que resiste incluso a una mala traducción? Thirlwell es partidario de lo segundo, sin perder de vista que, como bien sabemos los traductores e ignoran los teóricos, no existen (hélas!) recetas mágicas:

No es posible establecer reglas generales sobre la traducción: las ambigüedades son demasiadas. La teoría de la traducción puede ser distinta para un poema y para una novela. Todas las teorías de la traducción dependen del género. La teoría que conviene a la traducción de un poema puede no convenir en absoluto a la hora de traducir una novela. O, más aún, la teoría que conviene a una novela puede no convenirle a otra (pág. 396).

El libro, aparte, repasa un buen número de anécdotas de la intrahistoria literaria que darían material para varios posts. En cuanto ordene mis notas pienso escribir alguno.

Coda: Me cuenta Juan de Sola que la traducción castellana, de Aleix Montoto, está terminada y que pronto debería aparecer en Anagrama. Yo iría encargándola.

Read Full Post »