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Posts Tagged ‘La gran novela americana’

[Al día siguiente del que habría sido el 87 aniversario de Philip Roth (z”l), publico aquí el texto que leí en una mesa redonda sobre el autor de Newark celebrada el 12 de octubre de 2018 en el contexto del Séfer Barcelona: Festival del Libro Judío. Debo agradecer a David Aliaga que me invitase al festival para hablar de dos de los autores que más me han obligado a replantearme mi cometido como traductor: Philip Roth y S. J. Perelman.]

No soy, ni mucho menos, un experto en la obra de Roth y, si se me permite la irreverencia, ni siquiera me atrevería a contarlo entre mis autores favoritos. Soy un lector que ha leído buena parte de su obra con interés, en ocasiones con verdadero entusiasmo y por momentos con franca admiración; un lector que, además, ha tenido la enorme suerte, si puede decirse así, de haber podido traducir uno de sus libros más difíciles y desconocidos, La gran novela americana, de 1973. Por eso he creído que lo más conveniente, y lo que más me apetecía hoy, era describir de forma muy breve la trayectoria de Roth no tal y como la describiría el especialista, sino entresacando de su obra unas cuantas novelas que me han llamado especialmente la atención y que sirven, creo, para ilustrar las etapas por las que ha ido pasando el autor de Newark. En el caso de alguien con una obra tan vasta, esto supondrá, por fuerza, dejar de mencionar muchas novelas de gran valor.

La trayectoria y la evolución de la escritura de Roth es singular e interesantísima, y, además, creo, ayuda a entender lo que el autor trata de conseguir en cada libro. Hace una semana me invitaron a participar en un club de lectura sobre La gran novela americana. Los pocos miembros del club que habían logrado terminarla estaban de acuerdo en que no habían acabado de entrar en ella y en que algo les había impedido disfrutarla como habrían querido. Traté de explicar que La gran novela americana se disfruta mucho más cuando uno tiene en mente dos cosas: en primer lugar, un conocimiento más o menos sólido del mundo del béisbol y de lo que este deporte significa para la sociedad americana (no por nada lo llaman el «pasatiempo nacional»), y en segundo lugar, el espacio que esta novela ocupa en la obra de Roth. Quizá no sea esta la ocasión para ponerme a hablar de béisbol (aunque me encantaría y sé que Roth lo aprobaría), así que pasaré directamente a describir la trayectoria de Roth tal y como yo la entiendo.roth chancellor

La gran novela americana llegó cuatro años después del enorme éxito de El mal de Portnoy, publicada en 1969. Portnoy es una novelita que vendió doscientos mil ejemplares en diez semanas y cuatrocientos mil en menos de un año, y de la cual Gershom Scholem, el amigo de Walter Benjamin, dijo que era «el libro por el que han estado rezando todos los antisemitas».[1] Como faja promocional, desde luego, no está nada mal. Portnoy es la irreverencia, la subversión, un desmesurado chiste de judíos que a lo largo de doscientas páginas desgrana, bajo el disfraz de una sesión de psicoanálisis, muchos de los tópicos que hemos visto también en las películas de Woody Allen: la familia, la culpa, la paranoia, la represión sexual, el peso del pasado y la historia, la insegura posición del judío secular en la sociedad americana, las contradicciones de la integración. Estas contradicciones quedan plasmadas de forma evidente en el lenguaje del protagonista y narrador, Alexander Portnoy: «¡Otórgueme la bendición de la virilidad! —le pide a su psicoanalista— ¡Hágame valiente! ¡Hágame fuerte! ¡Hágame completo! Estoy harto de ser un muchacho la mar de simpático, de darles gusto a mis padres en público, mientras en privado me tiro del putz [esto es, del pene]».[2] Portnoy desea con todas sus fuerzas librarse del castrador influjo del entorno en que ha crecido, a la vez que emplea a cada momento expresiones en yidish, tantas que la traducción de la novela al castellano incluye un breve glosario explicativo al final del libro.

No sé si hoy la obra tendría el mismo éxito que hace cincuenta años. En 2009, la clasicista Mary Beard la calificó de «fantasía sexual de machotes».[3] Ciertamente lo es y ciertamente en ocasiones cae en el estereotipo. Solo que quizá en 1969 todavía nadie había compendiado y expresado (por lo demás con innegable valor artístico) dichos estereotipos. Portnoy rompe un silencio, crea un género.

En los años siguientes empieza, desde mi punto de vista, una nueva etapa en la que Roth acentúa de forma progresiva lo caricaturesco, lo exagerado y hasta lo fantasioso, aunque dejando algo de lado el elemento judío: en 1971 publica Nuestra pandilla, un libro extravagante y algo olvidado sobre el mandato de Richard Nixon. Al año siguiente aparece El pecho, una novelita corta y de aires kafkianos en la que David Kepesh (personaje que reaparecerá en El profesor del deseo y El animal moribundo) se transforma en un seno de tamaño humano, a la manera de un nuevo Gregor Samsa sexualizado. En 1973 llega La gran novela americana, en la que a mi juicio culmina esa deriva hacia el exceso y la caricatura. En ella, un tal Word Smith, reportero y aspirante a autor de la gran novela americana, narra cómo en 1943 el Departamento de Guerra estadounidense confisca para uso militar el estadio de los Ruppert Mundys, un equipo de béisbol formado, entre otros, por un mánager misionero, un cácher manco, un exterior cojo y un bateador enano. A lo largo de la temporada, irán sucediéndose una serie de improbables episodios que acabarán desvelando la existencia de un plan con el que los comunistas pretenden infiltrarse en el mundo del béisbol (deporte que encarna los valores más auténticamente americanos) para, a continuación, derribar el país.

Por debajo de este torbellino de peripecias, narradas en un tono digno de los hermanos Marx, se deslizan multitud de críticas descarnadas: a los grandes autores del canon literario estadounidense; a los funcionarios anticomunistas que legaron al mundo la vergonzosa caza de brujas; a la sociedad del espectáculo que pretende trivializar un deporte que en tiempos lindó con lo mítico… En resumen, las instituciones y los valores de un país y de una época. Como vemos, al mismo tiempo que Roth se mueve hacia la exageración y la sátira, desplaza también su centro de atención de lo íntimo a lo general.

roth newark2Pocos años después, arranca el ciclo de novelas que tienen por protagonista al escritor Nathan Zuckerman: en 1979 se publica la primera, La visita al maestro, seguida de Zuckerman desencadenado en 1981, La lección de anatomía en 1983 y La orgía de Praga en 1985. El ciclo incluye cinco novelas más y es precisamente la que ocupa el centro exacto de la lista, La contravida, de 1986, la que me gustaría destacar a continuación. La contravida conjuga la mirada a la intimidad que habíamos encontrado en Portnoy con la mirada social que permea el posterior ciclo de novelas desenfrenadas. El sexo y la infidelidad están presentes a lo largo de todas sus páginas y son, de hecho, los elementos que ponen en marcha toda la acción; no obstante, ocupan también un lugar prominente los temas del sionismo y del encaje del judaísmo laico en dos entornos tan distintos como Israel y Gran Bretaña, encaje que Zuckerman acaba resumiendo así: «Ocho semanas en Inglaterra han bastado para hacer de mí un judío, y, pensándolo bien, puede que sea el menos doloroso de los métodos. Un judío sin judíos, sin judaísmos, sin sionismo, sin sinagoga ni ejército, sin pistola siquiera, un judío claramente sin hogar, mero objeto en sí, como un vaso o una manzana».[4] La novela plantea también el problema de los límites entre la verdad y la ficción, y encara el problema de hasta qué punto tiene derecho el novelista a apropiarse de las vidas que lo rodean para ensamblar sus narraciones. A mí no me interesa especialmente el mucho o poco paralelismo que pueda haber entre las novelas de Roth y su vida real (ni entre la obra y la vida de ningún otro autor), pero para Roth, que desde sus inicios venía siendo acusado de explotar despiadadamente su propia autobiografía, era desde luego un tema importante.

Por otro lado, el planteamiento formal de la novela resulta intrigante e interesantísimo: se estructura en cinco partes en las que el punto de vista narrativo va cambiando de forma brusca, desorientando al lector y, a la vez, ahondando en los recovecos de los personajes implicados: Henry y Nathan, los dos hermanos Zuckerman, en quienes se encarnan dos maneras de vivir, de comprender el mundo y la moral, y que permiten, a la par, una lectura en clave simbólica al equipararlos con las figuras de Caín y Abel, Jacob y Esaú. La técnica narrativa a la que Roth recurre aquí no es exactamente la del contrapunto; más bien crea un juego en el que varios narradores (o acaso un solo narrador de identidad fragmentaria) van y vienen entre mundos posibles preguntándose continuamente: «¿Y qué ocurriría si…?».

roth newarkLa última etapa de Philip Roth es una progresiva búsqueda de la sencillez y la transparencia narrativas. Las novelas que escribe en la década de 2000 tienden a la concreción, la claridad y la brevedad: casi todas rondan las doscientas páginas escasas y se desarrollan casi siempre en escenarios familiares para el Roth real: Nueva York, Newark, la costa de Jersey. Se diría que el autor tiene ya en mente que diez años más tarde dejará de escribir para siempre y que antes le apetece regresar a los lugares del recuerdo y dar testimonio de unos pocos hechos más, como la guerra de Corea o el trauma del 11 de septiembre, todo ello aderezado con temas que ya le son familiares al lector, como la moral y el sexo, lastrados ahora por una vejez descrita de forma descarnada, una vejez ya prefigurada a comienzos de los años noventa con Patrimonio y ahora omnipresente en El animal moribundo (2001), Elegía (2006) y Sale el espectro (2007). De todos los libros que Roth escribe en estos años, me gusta especialmente el último, Némesis, publicado en 2010. Como bien señala Claudia Roth Pierpont en su libro Roth desencadenado, «la escritura de Roth rara vez atrae la atención sobre sí misma».[5] Después de La gran novela americana, Roth parece haber emprendido un proceso de depuración estilística que, a mi parecer, cristaliza de forma definitiva en Némesis, la historia de Bucky Cantor, un joven instructor deportivo que ve cómo los niños de los que debe cuidar van cayendo como moscas víctimas de una epidemia de poliomielitis que asola toda Newark, y en especial el barrio judío de Weequahic, durante el caluroso verano de 1944. La prosa de la novela (que seguramente no por azar pasó por trece borradores)[6] destila una serenidad que solo se ve alterada en algunos de los diálogos, las frases se desarrollan con la elegancia de lo inevitable y el lector avanza sin obstáculos por un drama que, por debajo de su apacible apariencia, va incrementando el grado de tensión hasta alcanzar el desenlace. Curiosamente es Némesis una novela donde los temas del sexo, la lujuria y la vejez desaparecen por completo. Siguen presentes el judaísmo (todos los personajes de la novela, casi sin excepción, son judíos) y, sobre todo la moral y la fe. Bucky Cantor tiene un sentido del deber tan exacerbado que linda con la hubris, la desmesura clásica; tanto es así que, al preguntarse cuál es el papel que desempeña Dios en el cúmulo de desdichas que se suceden a su alrededor, llega a una conclusión paradójica: por un lado, Dios tiene que ser por fuerza un genio omnipotente y maligno; por otro, él, Bucky Cantor es responsable de las desgracias que le toca presenciar: «Tenía que convertir la tragedia en sentimiento de culpa», como dice el narrador hacia el final de la novela.[7]

Némesis cierra la obra de Roth como un telón que cae parsimonioso y a la vez imparable sobre el escenario. El escritor parece haber dejado saldadas todas las cuentas pendientes. No sé si Roth era consciente de que al ambientar su último libro en un campo de recreo de la avenida Chancellor de Newark estaba cerrando un círculo que había abierto más de cuarenta años antes en El mal de Portnoy, donde escribió: «¡Y vivir para siempre en la zona de Weequahic, jugando al softball en la avenida Chancellor!».[8] Con Némesis, Roth sale a batear por última vez y el partido toca a su fin.

[1] Claudia Roth Pierpont, Roth desencadenado, trad. Inga Pellisa, Barcelona, Literatura Random House, 2016, p. 81.

[2] Philip Roth, El mal de Portnoy, trad. Ramón Buenaventura, Barcelona, Debolsillo, 2013 (ed. electrónica), p. 29.

[3] Roth Pierpont, Roth desencadenado, p. 86.

[4] Philip Roth, La contravida, trad. Ramón Buenaventura, Barcelona, Debolsillo, 2013, p. 412.

[5] Roth Pierpont, Roth desencadenado, p. 186.

[6] Roth Pierpont, Roth desencadenado, p. 380.

[7] Philip Roth, Némesis, trad. Jordi Fibla, Barcelona, Literatura Random House, 2011, p. 196.

[8] Roth, El mal de Portnoy, p. 185.

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Soy de los que opinan que el gran hombre cuyo retrato podéis ver colgado sobre el escritorio sabía lo que se hacía cuando inventó el juego del béisbol. Soy de los que creen que, en lo que atañe a la geometría del diamante, fue un genio a la altura de Copérnico y sir Isaac Newton.
—Philip Roth, La gran novela americana

¿Cómo puede haber judíos sin béisbol?
—Philip Roth, La contravida

 

Philip Roth publicó La gran novela americana en 1973, pero para muchos de sus lectores sigue siendo una novela por descubrir. Supongo que en España podían contarse con los dedos de una mano quienes conocían su existencia hasta que la editorial barcelonesa Contra la publicó en 2015, en traducción de quien esto firma; muchos la creían incluso inédita en castellano, pese a existir una traducción anterior, de Lucrecia M. Sáenz, publicada en 1975 por Emecé y hoy en día casi inencontrable.

roth - gran novela espCuesta contar la historia de La gran novela americana. Es más, resumir su acción puede resultar tan prolijo e inútil como describir un cuadro de El Bosco. Intentémoslo, no obstante. Corre el año 1973 y un provecto y achacoso Word Smith, antiguo reportero y redactor de discursos presidenciales, además de incontinente hacedor de juegos de palabras (nomen omen) y aspirante a autor de la gran novela americana, se dispone a recordarle al mundo la existencia la Liga Patriota de béisbol y a desvelar por qué oscuros motivos los poderes fácticos lograron borrarla de los anales de la historia. Para ello será preciso remontarse a 1943, el año en que el Departamento de Guerra estadounidense confisca para uso militar el estadio de los Ruppert Mundys, un equipo formado, entre otros, por un mánager misionero, un cácher manco, un exterior cojo, un bateador enano y alguna joven promesa resignada a convivir en el dugout con semejante equipo de freaks y de lisiados. La temporada avanza y los Mundys, eterna escuadra visitante, se van hundiendo poco a poco bajo las penalidades que les impone su interminable travesía del desierto. El golpe de gracia llegará de manos del complot comunista promovido por uno de sus antiguos jugadores estrella, Gil Gamesh. La suerte del resto de la Liga Patriota no es mucho mejor: una familia judía ha comprado los Greenbacks, una viuda es la propietaria de los Tycoons, los Reapers están en manos de un contrabandista rehabilitado y el árbitro Mike «el Bocazas» Masterson, tullido de por vida por culpa de un desafortunado pelotazo, recorre los estadios buscando justicia. Entretanto, se suceden mil escenas dignas de un guion de los hermanos Marx: una casa de lenocinio donde por noventa y ocho centavos te cantan el «Duérmete niño», un partido amistoso contra la selección de un manicomio, un niño prodigio que inventa unos cereales dopantes y formula la ecuación fundamental para ganar un partido de béisbol, etc.

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Por debajo de este torbellino de peripecias se deslizan multitud de críticas descarnadas: a los grandes autores del canon literario estadounidense, incluido Hemingway, que nos deleita con un cameo; a los aplicados funcionarios anticomunistas que legaron al mundo la vergonzosa caza de brujas; a la mediatizada sociedad del espectáculo que pretende trivializar un deporte que en tiempos lindó con lo mítico… En resumen, las instituciones y los valores de un país y de una época. El propio autor lo ha dicho abiertamente en alguna ocasión:

No se trataba de desmitificar el béisbol —nada tiene que pueda dar pie a ello—, sino de descubrir en el béisbol un medio para dramatizar la lucha entre el benigno mito nacional de sí misma que una gran potencia prefiere perpetuar y una realidad despiadadamente insidiosa, casi demoníaca (como la que habíamos conocido en los años sesenta).[1]

Con todo, muchos han interpretado La gran novela americana como un incomprensible elefante blanco en medio de un corpus novelístico, el de Roth, preocupado, sobre todo, por diseccionar los conflictos morales de sus personajes en un entorno realista, concreto y perfectamente reconocible, al menos para el lector americano medianamente culto y cosmopolita al que parece dirigirse. Pero la aparición de La gran novela americana no resulta tan extraña si nos fijamos bien en la trayectoria de su autor hacia los años setenta. Roth había dado un primer golpe de timón hacia la sátira en 1969, con El lamento de Portnoy, al que siguieron unos cuantos años de progresiva acentuación de lo caricaturesco, lo fantasioso y lo exagerado: Nuestra pandilla, otro libro extravagante y algo olvidado donde el béisbol también está bastante presente, apareció en 1971 y, al año siguiente, El pecho, que quizá habría corrido la misma suerte de no ser tan atractivamente kafkiano. Es en este contexto de exploración del humor y de la sátira que hay que enmarcar La gran novela americana. Porque, como algún crítico ha señalado con acierto, lo que tenemos entre manos es una sátira en su sentido literal: una macedonia en la que cabe mezclar de todo cuanto a uno se le ocurra sobre un determinado tema siguiendo los dictados de la libre asociación.[2]

the celebrantEn La gran novela americana, la excusa que sirve para desatar el caudal discursivo de Roth (la torrencialidad verbal es quizá lo que más sorprende al lector acostumbrado al progresivo laconismo del último Roth) es el béisbol, un tema que en muchas de sus novelas aparece aquí y allá como puente cultural y símbolo de asimilación de los judíos al estilo de vida americano, pero que puede parecer harto exótico en España, donde el béisbol es ese deporte incomprensible donde unos tipos con gorra le atizan a una pelota con un palo y donde, en cualquier caso, el deporte no suele inspirar alta literatura (sea lo que sea lo que se quiere decir con ese término). Sin embargo, el juego de la pelota cuenta con una rica tradición en la literatura estadounidense, y Roth la conoce bien: el béisbol aparece, con distintos grados de importancia, en El gran Gatsby de Francis Scott Fitzgerald, El halcón maltés de Dashiell Hammett y en la poesía de Marianne Moore. Ring Lardner, marcó a varias generaciones con sus crónicas de béisbol más que con sus cuentos. En la década de 1940, el «pasatiempo nacional» dio pie a un subgénero especial dentro de la novela de misterio, tradición que llega hasta el Paul Auster de Jugada de presión (firmada como Paul Benjamin; el título original Squeeze play, alude a lo que en el mundo del béisbol se conoce más bien como «jugada de cuña»). Bernard Malamud, tan admirado por Roth, publicó en 1952 El mejor (adaptada al cine en 1984, con Robert Redford y Kim Basinger), obra llena de excesos y simbología artúrica y considerada una de las mejores novelas sobre el deporte, junto con The Celebrant, de Eric Rolfe Greenberg, inédita en castellano y a la que, por cierto, a menudo se ha comparado con Pastoral americana, la historia de la decadencia y caída del «Sueco» Levov, que alcanza su gloria juvenil gracias, precisamente, al béisbol. Don DeLillo concede también una gran importancia al béisbol en Submundo, y Michael Chabon lo convierte en eje argumental en su novela Summerland, también inédita en castellano.[3] Recordemos, ya de paso, que también la literatura japonesa (en Japón el béisbol es tremendamente popular) ha explorado la veta del bate y el guante, lo mismo que, ya en nuestra lengua, la cubana: de pelota se habla en Los muertos andan solos de Juan Arocha, en Ecue-Yamba-O de Alejo Carpentier y en Milagro en Miami de Zoe Valdés.

Como vemos, pues, bajo su aparente singularidad, La gran novela americana es un libro perfectamente coherente con los intereses de Roth a principios de la década de los setenta y una interesantísima aportación a un género que a lo largo del siglo xx ha ido ramificándose y explorando nuevas posibilidades. En ella encontramos la preocupación por desenmascarar un sistema corrupto y cruel, el examen de las estrategias por las que el poder busca imponer su relato de la historia y el choque entre la imagen ideal de un país y los pequeños elementos que la ponen en cuestión —los inadaptados, los marginados, los viciosos, los raros—, además de la paranoia social resultante de tal choque. Todos ellos son temas que, de una forma u otra, Roth no ha dejado de explorar a lo largo de cincuenta años. Además, si nos paramos a pensarlo, la lejanía que el lector español puede sentir con respecto al béisbol no es mayor, en el fondo, que su desconocimiento de los presupuestos culturales que pueblan otros libros suyos que giran, por ejemplo, en torno al encaje de la comunidad judía en la cultura estadounidense, consumista y tradicionalmente protestante. Para nosotros, el béisbol y el judaísmo americano siguen siendo dos temas ajenos, por muchas películas de Woody Allen que hayamos visto. Vivimos en un mundo colonizado por el imaginario del imperio, pero todavía tenemos que descubrir muchas de sus sutilezas. La gran novela americana es una muy buena, y muy divertida, ocasión para ello.

[1] P. Roth, Reading Myself and Others, Nueva York, Farrar Straus & Giroux, 1975. [Lecturas de mí mismo, trad. Jordi Fibla, Barcelona, Random House, 2008.]

[2] A este respecto, véase D. G. Watson, «Fiction, Show Business, and the Land of Opportunity: Roth in the Early Seventies», en A. Z. Milbauer y D. G. Watson (eds.), Reading Philip Roth, Nueva York, St. Martin’s Press, 1988, pp. 105-125.

[3] Sobre el béisbol en la literatura estadounidense, véase S. Partridge y T. Morris, «Baseball in Literature, Baseball as Literature», en L. Cassuto y S. Partridge (eds.), The Cambridge Companion to Baseball, Cambridge, Cambridge University Press, 2011, pp. 21-32.

[Publicado originalmente (sin enlaces y con distintas ilustraciones) en Quimera, n. 408, pp. 20-22.]

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