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Posts Tagged ‘Henry David Thoreau’

Quizá sea precipitado escribir este post en estos momentos, recién entregada la traducción, pero no se hizo la vida para los cobardes, así que ahí vamos.

Traducir a Cavell es el típico encargo que no sale a cuenta ni por la tarifa más alta, ni aun con un 2% de derechos, ni aun trabajando con un editor como Enric Cucurella, con quien puedes pasarte horas charlando, entre tés y cigarrillos, dubstep de fondo, deslumbrado ante su ir y venir entre Cavell, Kant, Kripke y sus adorados Hilary Putnam y Arnold Davidson. Y es que Cavell es difícil, endemoniadamente difícil. Escribe Ludwig Nagl, su traductor al alemán:

Es Cavell un autor que escribe con un estilo sumamente peculiar. Cavell sabe conducir a la lengua angloamericana hacia «fogonazos» reflexivos por medio del uso y de la interpretación filosóficos de ambivalencias lingüísticas. Hace posible Cavell experimentaciones con el lenguaje que, en el mundo germanoparlante, pueden buscarse en la obra de Heidegger […]; Cavell es un pensador que zarandea el lenguaje.

Aine Kelly, del Trinity College de Dublin, va más allá:

Constituye un hecho aceptado dentro de la erudición filosófica y literaria que el estilo de Stanley Cavell es difícil. Desafiante, complejo, intricado, intratable, obstinado, arduo y duro… y eso para el lector con una familiaridad algo más que aceptable con los textos de los autores a quienes Cavell elige como antecesores filosóficos: Ralph Waldo Emerson y Henry David Thoreau, Friedrich Nietzsche y Martin Heidegger, Ludwig Wittgenstein y John Langshaw Austin.

Emerson, Thoreau, Nietzsche y, sobre todo, Heidegger, Wittgenstein y Austin son autores que razonan a base de una terminología determinada (cada uno la suya) que pocos o ningún diccionario recogen. Terminología aparte, las citas son abundantes y conviene traducirlas a partir de las versiones traducidas de esos autores: sólo a un loco se le ocurriría pensar que puede traducir solventemente un pasaje descontextualizado de Heidegger a partir de la versión inglesa empleada por el autor. (En este sentido es interesante leer el prólogo de Jorge Eduardo Rivera a su versión de Ser y tiempo.) Y por si fuera poco, la interpretación que da Cavell a esos pasajes es, como le gusta decir a cada momento, heterodoxa. El traductor no sólo invierte una cantidad exagerada de tiempo rebuscando entre los libros citados, sino que se ve obligado a pasar horas visionando las pintorescas películas comentadas: el capítulo décimo incluye una descripción minuciosa de varias escenas de Jeanne Dielman, 23 quai du Comerce, 1080 Bruxelles de Chantal Akerman y Sans soleil de Chris Marker; los primeros minutos de Melodías de Broadway le sirven a Cavell para escribir tres capítulos sobre el escepticismo. El problema no es tanto llegar al documento fuente en cuestión como saber qué hacer con él, cómo encajarlo en un torbellino de razonamientos aislados y desconcertantes que no estamos muy seguros de haber comprendido.

Stanley Cavell (by Fritz Hoffmann for The Chronicle Review)

El traductor bisoño (y a menudo el más bregado) siente una extraña sensación de inconclusión al entregar el libro terminado. No exagero si digo que la inseguridad que siento en estos momentos es muy superior a la que tuve hace nueve años al enviar mi primera traducción. En alguna parte comentaba el desaparecido Miguel Martínez-Lage que traduciendo a Faulkner había llorado por resultarle «imposible hallar el cauce para el trasvase». Yo no he llorado, pero Raquel ha podido verme con el rostro desencajado frente a la pantalla, con la mirada vacía; ha podido verme desplomándome en el sofá resoplando como un toro, odiando profundamente a Cavell. Sin duda no era una imagen agradable.

Obviamente, también hay recompensas. En un trujamán relativamente reciente, comentaba que «me considero afortunado por haber tenido que aprender, las más de las veces, acerca de temas en los que hubiera querido abundar tras terminar la obra que tenía entre manos». El segundo Wittgenstein (el primero me sigue pareciendo impenetrable) ha sido uno de los descubrimientos que debo a este libro, y los aforismos de Cultura y valor, una de las grandes lecturas del pasado año. Lo mismo vale para el Walden de Thoreau, que yacía medio olvidado en un rincón de la biblioteca. En estos mismos momentos estoy cobrando conciencia, además, de otra recompensa menos clara, menos aprehensible. Al empezar a revisar el libro, he sentido que comprendía lo que al escribirlo me parecía oscuro; es más: tengo la extraña sospecha de que algunos de los razonamientos de Cavell han pasado a ser míos, que de algún modo me ha contaminado ligeramente, que se ha operado en mí ese giro, ese revertirse del pensamiento que, según Cavell, es la vía siempre inacabada del perfeccionismo emersoniano. Reordenar la vida, o parte de ésta, con arreglo a nuevos conceptos, y que estos conceptos se presenten ante (o mejor: dentro de) uno por causas tan accidentales como que Enric Cucurella (Juan Gabriel López Guix mediante) te llame un buen día para proponerte traducir a Cavell es uno de los extraños regalos de esta rara profesión consistente en hacer libros.

Y después de esto, ¿qué?

[Referencias: Aine Kelly, «Stylists in the American Grain: Wallace Stevens, Stanley Cavell and Richard Rorty», European Journal of Pragmatism and American Philosophy, II, 2 (2010), pág. 212» ¶ Ludwig Nagl, «Encontrarse con Cavell, leer a Cavell, traducir a Cavell», en David Pérez Chico y Moisés Barroso (eds.), Encuentros con Stanley Cavell, Villaviciosa de Odón, Plaza & Valdés, 2009, pág. 132. ¶ Jorge Eduardo Rivera, «Prólogo del traductor», en Martin Heidegger, Ser y tiempo, Madrid, Trotta, 2006, págs. 17-20.]

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