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erik-orsenna-zoomÉrik Orsenna escribió hace quince años una novelita titulada Dos veranos (con magnífica traducción del desaparecido Josep Escué para Tusquets), sobre Gilles C., un traductor francés al que la reciente muerte de su amigo Jean Cocteau empuja a dejar París para instalarse en una islita del canal de la Mancha. La paz de sus días se acaba un buen día en que su editor le propone traducir nada menos que Ada o el ardor de Nabokov. A partir de ahí, todo son ansiedades, retrasos y dudas que prolongan, durante años, la entrega de una traducción en la que al final acaba participando medio pueblo.

La novela está mucho más lograda si la consideramos como fábula isleña (islas y veranos son siempre espacios en los que ocurren cosas maravillosas) que como narración acerca del acto de traducir. Veamos algunas de las imágenes asociadas a éste. Aparece el lugar común del tránsito entre dos territorios: «mi trabajo viene a ser como el de un barquero». Algo más adelante aparece una imagen algo más original, aunque inverosímil dado el pacífico y aun pasivo carácter del protagonista: cuando el rector averigua que el protagonista traduce del inglés, le pregunta: «¿No podrías escoger libros del Sur o del Este, españoles o chinos? Estos pueblos no nos han hecho daño, ¿entiendes?». A lo que Gilles responde: «Los traductores son corsarios». Ante la estupefacción del rector, puntualiza:

¿Cuál es el trabajo del corsario? Cuando un barco extranjero le gusta, lo apresa. Arroja a la tripulación al mar y la sustituye por amigos. Después iza los colores nacionales a la cumbre del palo más alto. Esto hace el traductor. Captura un libro, cambia todo su lenguaje y lo bautiza como francés. ¿No ha pensado nunca que los libros eran barcos y las palabras sus tripulantes?

En el capítulo siguiente se equipara la traducción con la cirugía; la metáfora no es de las más tópicas, aunque sí lo es su conclusión:

Pues la traducción es una operación dolorosa que se asemeja a la cirugía (se cortan frases, se amputan sentidos, se injertan juegos de palabras, se tritura, se hacen ligamentos; so pretexto de fidelidad, se traiciona, se lastima).

Otro tópico es el del traductor vocacional y a merced de la inspiración:

En su trato con aquella población en cantadora (Henry James, Charles Dickens, Jane Austen), el traductor había adquirido malas costumbres de comodidad. Trabajaba cuando lo visitaban las ganas: rara vez.

Se cita alguna carta de Nabókov a propósito de sus traductores (ignoro si es verdadera, pero sí creíble: basta leer las páginas del ruso en sus lecciones de literatura):

Mis exigencias son muy modestas. Desde un principio, he tratado de obtener una traducción fiel, completa y correcta. Me pregunto si el señor Klement les ha informado de los defectos que he descubierto en la traducción que me ha enviado. Era una traducción aproximativa, informe, precipitada, llena de faltas y olvidos, sin nervio y energía, y vertida e un inglés tan apagado y sin relieve que no he podido leerla hasta el final.

Admito que lo dicho hasta aquí no hace justicia a la novela de Orsenna, pero no es éste un blog de reseñas y, como he advertido al principio, el libro es mejor como fábula isleña que como descripción original o acertada del hecho traductor. Y como tal, bien vale la pena dedicarle a sus 180 páginas un par de mansas tardes de verano.

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Cuatro años

Cuando empecé este blog no sabía lo que daría de sí. La temática, dentro de los límites que trato de imponerme, ha ido ensanchándose ligeramente, y lo que empezó como un repositorio de notas al pie de las obras de Malaparte se ha convertido en una pequeña tarima desde la que hablar de edición en general y de traducción de libros en particular. No siendo un blog de traducción, ni de crítica literaria, ni de lengua, ni de edición, ni siquiera un blog de asuntos personales, difícilmente puede aspirar a un gran número de lectores, pero por suerte para mí, gracias a los que tengo y me comentan (por aquí, en Facebook, en Twitter, en persona) he conseguido lo que creo que es la razón de ser la web 2.0: escribir para compartir y lograr que los lectores, con sus contribuciones, compartan a su vez con uno y le hagan abrir los ojos. Gracias, pues, a todos.

Son ya cuatro años y seguimos adelante, poco a poco, hasta que nos quedemos sin cosas que decir o decidamos callarnos de una vez. Que tampoco sería tan grave.

Live Slow (thisisnthappiness.com)

Apareció ayer mi truja sobre las normas de la Real Academia Española. Confieso que las diatribas antiacadémicas me cansan, y si he elegido este tema ha sido, casi, por exigencias del guión. (Mi otra opción para la R era «reseñas», asunto que también me harta ya un poco, sobre todo tratado desde el punto de vista, por fuerza limitado, de la traducción: para el reseñismo en general, véase aquí.)

Lo digo en el truja: ni es mi campo, ni ganas. Los ejemplos (pocos por razón de espacio) no pretenden ser originales, sino representativos del quiero y no puedo diario de quienes traducimos tratando de combinar la corrección normativa con el dictado del sentido común.

Desde su aparición, el Diccionario de americanismos me subleva en tanto que concepto. ¿Por qué «de americanismos» y no «del español de América» o fórmula similar? Hablar de americanismos tiene ese matiz de ente extraño, ajeno al «español de verdad». Si aceptamos que hispanoamericanos y españoles hablamos la misma lengua (y supongo que la Academia lo acepta, dada su obsesión panhispánica), ¿a qué dos repertorios lexicográficos? ¿Por qué el usuario no puede tener en una misma obra un repertorio general del español? Y ya puestos, ¿por qué no permitir la consulta en internet del Diccionario de americanismos?

No puedo resistirme a copiar un fragmento, algo extenso de la llamada «Guía del consultor» de dicho diccionario:

La obra que el lector tiene en sus manos es un diccionario el español de América [¿no era de «americanismos»?]. Se ocupa desde los Estados Unidos, hoy el segundo país hispanohablante del mundo por el número de sus hablantes, hasta Chile y la Argentina, en el extremo sur del continente […].

El Diccionario de americanismos es diferencial con respecto al español general. En el plano léxico se entiende por «español general» el conjunto de términos comunes a todos los hispanohablantes […] –bastante más del 80 por ciento de nuestro vocabulario–, independientemente de la variedad dialectal que se maneje. No se trata, pues, de establecer la contrastividad con el «español de España», como ha sido habitual hasta ahora [«diferencial» pero no «contrastivo», ¿qué se supone que significa eso?]. Se ha sido muy cuidadoso con aquellos términos usados en España y en América con acepciones total o parcialmente diferentes […].

El Diccionario de americanismos carece de propósito normativo. No da pautas para el «bien hablar o escribir», ni silencia términos considerados por la comunidad (aunque cada una tiene los suyos) como malsonantes, tabuizados [verbo, por cierto, que el DRAE no recoge], vulgares, extranjerismos, neologismos, ni palabras que aluden a cuestiones de sexo-género [sic], procedencias, defectos físicos o morales, ni términos de la drogadicción, el narcotráfico, la delincuencia, etc. [¿debemos entender, pues, que los términos malsonantes o los referidos a sexo y género no pueden ser normativos?] […].

El Diccionario es usual, por lo que recoge términos –sea cuál sea su significado [sic]– con frecuencia de uso manejados en la actualidad; también otros cuya frecuencia de uso es baja, más los que han sido atestiguados como obsolescentes, si bien en estos casos van caracterizados puntualmente con la marca respectiva […].

El Diccionario de americanismos es también descodificador [¡menos mal!] y por ello está diseñado para ayudar al usuario a entender cualquier unidad textual [sic] de ese enorme corpus con que hoy cuenta Hispanoamérica, y también, naturalmente, textos orales [sic].

Todo esto en apenas una página y cuarto (págs. xxxi-xxxii).

Hablo en el truja de la palabra cantinflas. El Diccionario de americanismos contempla cuatro acepciones (omito marcas de registro y distribución geográfica): «1) Persona que se expresa de forma embrollada y  con conceptos contradictorios para finalmente no decir nada con sentido. 2) Persona, muchas veces sin cultura [sic] que por sus declaraciones absurdas o su proceder histriónico o extravagante, resulta ridícula. 3) Persona ocurrente, con habilidad para el chiste improvisado. 4) Persona que habla o actúa de forma enredada y confusa». En «español general», en cambio, es simplemente una «persona que habla o actúa como Cantinflas».

En cuanto a los razonamientos sobre la q (Ortografía, págs. 114-115, pero véase también aquí):

En las palabras propiamente españolas […] la letra q se escribe siempre seguida de u formando el dígrafo que presenta el fonema /k/ ante las vocales /e/, /i/ […].

Sin embargo, en algunos latinismos y anglicismos científicos no plenamente adaptados […] aparece de manera excepcional la secuencia gráfica qu con sonido /ku/, de forma que la q representa en ellos, por sí sola, el fonema /k/ […].

Estos casos excepcionales, que suponen añadir una grafía más (la letra q) a las tres que ya existen para representar el fonema /k/ (el dígrafo qu y las letras c y k), complican el sistema ortográfico del español, alejándolo aún más del ideal de correspondencia biunívoca entre grafemas y fonemas. Contradicen [y lo que sigue es muy bueno], además, […] la norma establecida en 1815 [!] por la propia ortografía académica de escribir con cu todas todas las palabras cuya grafía etimológica presentase la secuencia gráfica qu con sonido /ku/.

Por lo demás, y aquí me remito a don José Martínez de Sousa (Ortografía y ortotipografía del español actual, Gijón, Trea, 2008, pág. 90), si esto ha de ser así, hemos de concluir que «tal signo, q, no se utiliza actualmente en español, sino el dígrafo qu, en el que la u no se pronuncia […]. Pese a que [la Academia] la considera “compuesta en la escritura, a la manera que la ch, la ll y la rr” […] no la incluye entre las letras dobles». Pero no sigamos por aquí, que corremos el riesgo de ponernos bizantinos.

Quien desee abundar en el asunto siempre puede echarle un vistazo a la recensión de Martínez de Sousa de la Ortografía de 2010 (aquí) o, para una visión más general, a El dardo en la Academia, editado por Melusina.

Y para los que habéis soportado este rollo hasta aquí, un regalito:

ADDENDA DE OCTUBRE DE 2013:

Vía Facebook, encuentro una reseña del Diccionario de americanismos publicada por Luis Fernando Lara en la revista Panace@ (XIII, 36, págs. 352-355). En ella podemos leer que la obra «obedece a una caprichosa mezcla de objetivos y de criterios, disfrazada de razonamiento lingüístico riguroso». Vale la pena leer la reseña entera.

Malaparte - última fotoHoy se cumplen exactamente 56 años del fallecimiento de Curzio Malaparte en Roma, en la habitación 32 de la clínica Sanatrix, de resultas de las secuelas sufridas por la inhalación de gas mostaza en las trincheras francesas durante la Primera Guerra Mundial. Al día siguiente de la muerte, el corresponsal de ABC en Roma publicó una interesante necrológica (20-7-1957, pág. 21) en la que se discute si Malaparte  («un grande e ilustre corazón que nunca perdió las vetas de los más paradójicos contrastes») murió cristianamente, como cree el corresponsal, o si se doblegó a las insinuaciones del PCI de Palmiro Togliatti:

Los verdaderos amigos del enfermo, ante la irrupción de Togliatti y su estado mayor, instalándose a la cabecera del pobre Curzio, creyeron preferible retirarse, después de protestar por las increíbles coacciones que se estaban ejerciendo, hora a hora, sobre una voluntad que ya no tenía otra fuerza más que la de resistir los asaltos de la muerte […]. Así un buen día llegaron a arrancarle un mensaje de adhesión preparatorio de la especulación que a estas horas realizan sobre un cadáver al que quisieran prestarle la guardia de las banderas rojas […] y presentándole en su vida como un teórico del comunismo y como un simpatizante de las grandes hordas asiáticas.

Y poco después sentencia:

Malaparte no fué jamás comunista, ni menos en las últimas horas de su vida en que confesó la fuerza cristiana que alimentaba su espíritu, y que no había sabido o no había tenido el valor de confesarlas en las horas brillantes de sus piruetas cínicas.

Documentos en mano, las cosas son menos claras. En una carta del 1 de febrero, durante su viaje por China, Malaparte muestra cierta simpatía hacia el maoísmo (Guerri, p. 276):

Pretendo actuar con respecto al pueblo y las autoridades de la China popular con la máxima lealtad y honestidad: aunque esto deba ocasionar prejuicios en mi contra. Quiero a los chinos, admiro la China popular, me siento aquí en un país justo, libre, bueno, sano, y quiero evitar toda acción que pueda perjudicar a la China de Mao.

De hecho, Malaparte tenía ya carnet del PCI en abril. El padre Virginio Rotondi aseguró que el escritor lo rompió al convertirse al catolicismo (Malaparte, de padre alemán, había nacido protestante, aunque no era especialmente religioso), pero debió de equivocarse de carnet ya que la tarjeta se conserva todavía en los archivos familiares (Guerri, pág. 282). Esto no quita que el 8 de junio pidiera ser bautizado y que, supuestamente, la noche del 6 al 7 de julio, tomara la comunión de manos del pare Rotondi (a pesar de que no hay testigos de esto último y de que Malaparte no se lo dijo ni siquiera a sus hermanos, todos católicos). La tesis de su biógrafo Giordano Bruno Guerri es clara: «La solución al enigma está probablemente en la frase “el que me ayuda me ayuda”. Estaba dispuesto a probar cualquier exorcismo, y a jugar incluso la carta más irracional, a cambio de aumentar sus esperanzas de curación» (pág. 283).

Malaparte está enterrado, en el monte Spazzavento, a las afueras de Prato. En su tumba pueden leerse las frases: «…e vorrei avere la tomba lassù, in vetta allo Spazzavento, per sollevare il capo ogni tanto e sputare nella fredda gora del tramontano» y «Io son di Prato, m’accontento d’esser di Prato, e se non fossi nato pratese vorrei non esser venuto al mondo», procedentes ambas de su libro Malditos toscanos. Legó su villa de Capri al PC chino.

Malaparte - Sello

[Fuentes: Giordano Bruno Guerri, L’arcitaliano. Vita di Curzio Malaparte, Milán, Bompiani, 2008. La biografía de Maurizio Serra no añade mucho a este respecto. Los pasajes de Malditos toscanos que figuran en la tumba de Malaparte, aparecen, respectivamente, en las págs. 100 y 86 de la traducción castellana de Manuel Bosch Barrett, editada por José Janés en 1959. La foto es la última que se le tomó en vida al autor y aparece tanto en la biografía de Guerri como en la de Serra. Curiosamente, sirvió de base para diseñarle un sello conmemorativo.]

Josep Janés (1913-1959), fundador de la casa que llevó su nombre y donde aparecieron varios de los libros de Malaparte (incluida la primera edición de Kaputt), empezó su andadura como editor a los veintiún años. En efecto, la colección semanal «Quaderns Literaris» empezó a publicarse el 12 de abril de 1934 con vocación cosmopolita: «divulgar en Cataluña una literatura extranjera escogida, a la vez que situaba la literatura del país al mismo nivel con la publicación de ambas en una misma colección» (Hurtley, pág. 142). Algunos de los autores que aparecieron en traducción catalana gracias a esta iniciativa fueron Mauriac, Huxley, Gide, Sinkiewicz, Beerbohm, Hemingway, Poe, Papini o Tagore.

El perfil de los traductores és variopinto. Encontramos entre ellos (además de al propio Janés) a escritores como Sebastià Juan Arbó, Joaquim Ruyra, Joan Oliver, Rosselló Pòrcel, Josep Pous i Pagès y Rafael Tasis; a traductores a los que rara vez se recuerda como tales, como Martí de Riquer o Ferran Canyameres, y a traductores de excepción, como Carles Riba. Hay muchos otros: Josep Farran y Mayoral, Lluís Palazón, Feliu Elias, Ramon Xuriguera, Felip Cabestany, Alfons Maseres, Irene Polo, Rosa Alavedra, Jeroni Moragas… La nómina puede encontrarse completa en el libro de Jacqueline Hurtley, Josep Janés. El combat per la cultura (Barcelona, Curial, 1986), al que he ido a parar –en busca de datos sobre don Manuel Bosch Barrett— por recomendación de Josep Mengual.

Janés-Mompou

Josep Janés con Frederic Mompou

El documentadísimo estudio de la profesora Hurtley incluye una sección entera dedicada a las traducciones publicadas en la editorial José Janés (págs. 312-323), donde, además de ofrecer valiosos datos, hace alguna reflexión que deberían plantearse quienes juzgan a la ligera las traducciones de antaño. Verbigracia:

En este estudio me he resistido a hacer una evaluación crítica exhaustiva de las obras traducidas desde el punto de vista lingüístico […] porque no me parece justo criticar un trabajo que se hizo, en muchos casos, para sobrevivir y en un contexto social de depuraciones y pena capital.

Hurtley tantea con ojo de buena filóloga las razones a que pueden obedecer determinados errores y lagunas (convicciones ideológicas y religiosas del traductor, autocensura debido a las presiones de la Vicesecretaría de Educación Popular) y explica cómo aprendieron idiomas algunos de los traductores que trabajaron para Janés: «Bosch Barrett conocía el inglés por parte de madre y también porque había utilizado esa lengua en su vida profesional», Lluís Palazón «había trabajado en la compañía cinematográfica Metro Goldwyn Mayer en Barcelona y debía de estar familiarizado con el inglés norteamericano». Eduardo de Guzmán lo aprendió «intentando leer los periódicos ingleses que llegaban a Madrid» y, de 1940 a 1944, gracias a unos gibraltareños con los que compartió tiempo de prisión. E incluso se nos informa de cuáles eran las tarifas: De Guzmán recibía de Janés unas trescientas pesetas por traducir una obra de unas doscientos cincuenta páginas, y unas cuatrocientas por escribir una novela del Oeste o policíaca de menos de doscientas páginas.

Por último, me ha llamado mucho la atención el comentario sobre el prolífico Juan G. de Luaces, exteniente coronel del ejército republicano, muchas de cuyas traducciones — supuestamente del inglés, el francés, el alemán, el italiano, el portugués y el ruso– todavía circulan reeditadas:

Los conocimientos de inglés que podía tener Juan G. de Luaces debían de estar distorsionados por el alcoholismo, que, además, debía de disminuir su sentido de la responsabilidad. A menudo el lector se encuentra con un lenguaje simplificado, sintomático de la falta de cuidado, de interés, de las ganas de acabar rápido.

Hoy, en Malapartiana, tenemos firma invitada. Como parecía que no iba a volver a publicar entrevistas en el blog, Raquel ha decidido tomar la iniciativa y me ha robado un pedacito de blog para charlar de traducción con la escritora gallega Iolanda Zúñiga. Aquí va, sin más preámbulos.

ENTREVISTA POST-IT A IOLANDA ZÚÑIGA, por Raquel Aquino

Iolanda Zuñiga 1Conocí la obra de Iolanda Zúñiga gracias al Club de Lectura de Galego de la EOI-Drassanes cuando nos propusieron leer Vidas Post-it. Inmediatamente me hice muy fan de ella y de su forma de escribir: no tiene pelos en la lengua, no se corta, no usa eufemismos, dice lo que tiene que decir y además lo hace con una inmensa gracia.

Iolanda nació en Vigo, tal y como ella dice, «como fruto del baby-boom de los años 70». Es profesora de educación musical, forma parte de un grupo de música medieval infantil llamado Murmel-bruxas, ha sido titiritera, asistente de librería y camarera. Su primer libro, Vidas Post-it, fue publicado en 2007 por por Edicions Xerais. En 2008 publica un poemario titulado Amor amén y, en 2010, el libro que la hizo merecedora del Premio Xerais: Periferia.

En el Club de Lectura nos dedicamos a desmenuzar Vidas Post-it con la ayuda de Helena González Fernández, profesora de Literatura Gallega en la Universidad de Barcelona y nuestra profesora de gallego en la EOI-Drassanes, Ana Escourido. El libro me enamoró desde la primera página; la autora presenta múltiples personajes de una sociedad en decadencia a lo largo de una cuarentena de pequeños relatos que parecen fotografías, escritos con una prosa oscura y bellísima; personifica temas como la soledad, la cobardía, el conformismo, la drogodependencia y la decepción.

Inmediatamente supe que tenía que contactar con ella; ¿el pretexto? Hablar sobre la traducción del libro. Por eso terminamos haciendo una entrevista bastante post-it por Facebook.

Lo primero que me interesaba saber era qué sentía al ser traducida al castellano por otra persona cuando técnicamente ella también es capaz de hacerlo. La respuesta fue tajante:

Non, xamais autotraducirei. Buf, só de pensalo… Temos magníficos tradutorxs, que adoitan ter máis mérito que os propios escritorxs, xa que deben reinterpretar o libro ou obra en cuestión sen tela creado eles. Ademais, a min suporíame pasar dúas veces pola mesma tortura de repensar dúas veces o mesmo. Sonche algo perfeccionista, e iso de tirar pa’ diante non me gusta. Así que, unha tradución esixiríame dedicación excesiva sobre o mesmo texto.

Para Iolanda es un alivio ser traducida porque no se cree capaz de volver a un texto que escribió hace tantos años; todos sabemos que la manera de escribir va cambiando con el paso del tiempo y, en su caso, sentiría «desgana, tal vez pudor» al ver tantas diferencias que separan ese texto de los actuales. La idea de que alguien más la tradujera al castellano fue de la editorial Pulp Books y, evidentemente, ella no puso ningún pero.

Me interesaba saber cómo había sido su participación en el proceso de la traducción. Y también me respondió rotundamente que a ella no le gusta meterse en eso. En el caso de la traducción al castellano (de Moisés Barcia), la editorial le envió las pruebas para que ella les diera luz verde (vamos, que la obligaron a meterse). En la traducción al catalán (de Esteve Valls i Alecha), nunca tuvo contacto con el traductor, pero realmente es algo que ni le importa ni le incomoda. Y en la traducción al euskera (de Íñigo Roque Egusquiza) que se publicará en los próximos meses, sólo le contestó al traductor unas dudas muy puntuales.

Eu tento darlle liberdade absoluta ao tradutor, sempre. Teño moito apego ao texto no proceso da escrita, pero, unha vez publicado en galego, sinto que xa non me pertence e que calquera tradutor que se achegue a el vai melloralo aportando outra visión e outros matices na lingua ao que vai ser traducido.

En fin, que eso de autotraducirse no le va a Iolanda. Aunque controla hasta el último milímetro de sus originales, confía en que los traductores aportarán el ingenio que hace falta para la versión traducida.

Iolanda Zuñiga 2

El Club de Lectura no sólo me sirvió para conocer la obra de Iolanda Zúñiga (por cierto, tengo Periferia entre mis lecturas pendientes), sino que me enteré de la existencia de un grupo de editoriales gallegas maravillosas como Edicions Xerais, Rinoceronte Editora y Pulp Books (increíble: únicamente literatura gallega en castellano y en catalán). Y además, me dio la inspiración para pedirle a David un pedacito de su blog para escribir esta entrada sobre la autotraducción.

Se imponía un truja sobre las notas. Las notas al pie dan para un libro (Gérard Genette les dedicó un capítulo de Seuils y Anthony Grafton un volumen entero: Los orígenes trágicos de la erudición, extraño título castellano para The Footnote: A Curious History); las notas del traductor son un subgénero de esta categoría paratextual, y un catálogo mínimamente representativo excedería con mucho las dimensiones de un trujamán o de un post. De aquí que me haya limitado a hacer una sucinta taxonomía, que, si bien ha sido compilada un poco al buen tuntún, creo que describe bastante bien los tipos de nota traductoril que podemos encontrar en la narrativa corriente. (Obviamente, en otros géneros y tipos de edición encontraríamos otras tipologías, como los aparatos críticos, la glosa, el comentario doctrinal, etc.)

Decía en el artículo que a mí nunca me han prohibido ponerlas. Es más, no sólo las he puesto (en algún ensayo), sino que han querido ponérmelas: ¡cuál no fue mi sorpresa al encontrar, en las compaginadas de Kaputt, enes del te que yo no había escrito! Por supuesto, mandé quitarlas todas, y más de un lector me lo ha echado en cara. Al lector, de hecho, y en contra de lo que creen muchos, suelen gustarle, supongo que porque le dan a uno la sensación de estar aprendiendo algo; claro que ¿la literatura se hizo para «aprender»? Si Flaubert oyera esto, le daría un síncope… En mi humilde opinión (y hablo de narrativa y de ediciones corrientes), la nota debe ser el último recurso, jamás debe añadir información que a un lector nativo de a pie podría pasarle por alto y nunca debe anticipar información ni dirigir al lector hacia una interpretación determinada en lugar de otra.

En los blogs de los estudiantes de traducción y traductores jóvenes (será que yo ya no lo soy tanto, hélas!) encuentro con frecuencia un terrible poso que atribuyo a la doctrina FTI: que el lector de la traducción no debe perderse una sola de las «referencias culturales» de una obra, aunque ello suponga cogerlo de la mano como a un deficiente e interrumpirle la lectura a cada rato. Para ver que la idea es absurda no hace falta entrar en disquisiciones hermenéuticas abstrusas (a Gadamer me remito); baste preguntarnos qué nos ocurre cuando leemos a autores que escriben en nuestra lengua. Preguntémonos qué entiende un asturiano que lee a Marsé o a Mendoza, un catalán que lee a Eduardo Liendo o a Juan Rulfo, y si, puestos a querer entenderlo todo, no reclamarían también éstos notas al pie. O acaso una traducción neutra, para no asustar al lector con regionalismos. Tal vez así, alguien podría afirmar que lo ha entendido todo; lástima que por el camino se habría perdido lo esencial: la experiencia literaria.

La boutade de Noël Coward la tomo prestada de un artículo de Gabriel Zaid, citado abajo. Se me perdonará que en el truja me haya ahorrado los detalles de algunas de las citas copiadas. Como decía el gran Goyo, mi profesor de latín, se dice el pecado pero no el pecador.

[Referencias: Gérard Genette, Seuils, París, Seuil, 1987 [Umbrales, trad. Susana Lage, México, Siglo XXI, 2001.] ¶ Anthony Grafton, The Footnote: A Curious History, Cambridge (MA), Harvard University Press, 1997 [Los orígenes trágicos de la erudición: Breve tratado sobre la nota al pie de página, trad. Daniel Zadunaisky, México, FCE, 1998.] ¶ Gabriel Zaid, «Notas al pie de las notas al pie», Letras Libres (abril de 2005). ¶ Nota: La ilustración pertenece a House of Leaves, de Mark Z. Danielewski (Nueva York, Pantheon Books, 2007), cuya versión castellana, a cargo de Javier Calvo, preparan las editoriales Alpha Decay y Pálido Fuego.]