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Archive for the ‘trujamanes’ Category

Lo digo en el truja de la semana pasada, pero lo repito: afirmar sin más que traducir en grupo equivale a dispersión e incoherencia me parece como decir que los Asterix tienen por fuerza que ser malos porque los firman esos tales Uderzo y Goscinny.

De la casuística de traducciones colectivas que esbozo en el artículo, servidor ha pasado por casi todas. Allá por 2005, con un amigo tradujimos, al galope y en calidad de negros, la biografía de un músico que ha acabado por convertirse en uno de mis favoritos. La traducción, en ese caso, la firmaba un traductor bling bling (quien no sepa lo que es eso, puede informarse aquí) al que ni siquiera conozco en persona y que se embolsilló una cantidad nada despreciable por no hacer nada (o mejor dicho: por dedicar su tiempo a otras ocupaciones más rentables que la traducción). En cierta ocasión me emparejaron de urgencia con Andrea Montero, quien había de convertirse en una buena amiga, para sacar adelante una biografía de Winston Churchill. En cuatro más, he trabajado mano a mano y en pie de igualdad con personas a las que conocía bien; con dos de ellas, María Alonso y Ana Guelbenzu, he repetido y volvería a hacerlo sin dudarlo llegado el caso (entre otras cosas porque compartir espacio de trabajo con ellas ayuda). Hasta he podido participar en proyectos bien coordinados, como la traducción de las guías Lonely Planet, e incluso presenciar de cerca el «método Anuvela», cierta vez que nos ocupamos de una guía de Israel.

Por lo que sé de mi entorno más directo no soy un caso único ni mucho menos.

Que el tema es un tabú se echa de ver en el caso reciente de una amiga que por causas de verdadera fuerza mayor no tuvo más remedio que repartir páginas para cumplir un plazo (plazo para el que había pedido una prórroga que la editorial, en un primer momento le concedió para poco después desdecirse). Es de lamentar que en ciertos círculos del gremio no se dudara en hacer carnaza con ella. Por fortuna, tampoco faltaron manos que se ofrecieran a dedicar unas horas a sacar a la compañera del apuro.

He querido mencionar al final a unos cuantos nombres consolidados porque me parece justo reconocer en público la admiración por el trabajo ajeno. De los amigos anuvelos ya hablamos en este blog. Con Atalaire no tengo el gusto, pero he visto su trabajo. Jerzy Slawomirsky y Anna Rubió ganaron en 1999 el Premio Ciudad de Barcelona de traducción; Luisa Fernanda Garrido y Tihomir Pistelek, el Nacional de Traducción de 2005; los desaparecidos Hernán Sabaté y Montse Gurguí, el Esther Benítez. Y ahora sigan hablando de dispersión.

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Sé que con este truja me la voy a cargar, pero bueno.

Quiero empezar diciendo que entiendo ciertas críticas que llegan desde América a las traducciones que se hacen en España, sobre todo porque el mercado editorial sigue unas pautas de tipo colonial francamente sospechosas: ¿por qué la producción americana (original y traducida) no llega a España y cuándo llega lo hace reeditada en editoriales españolas? Hasta ahí conforme. Lo que no puedo compartir de ningún modo son las acusaciones de localismo. En ocasiones, lamentándolo mucho, el libro exige localismo, porque hay registros y usos que no conocen forma estándar ni igual para todo el territorio de habla española. Y puestos a elegir entre matar la literatura o matar el espejismo de la uniformidad lingüística, para mí la decisión está clara.

Por lo demás (y esto debería ser una perogrullada) todas las lenguas tienen variedades: los personajes de esa sacrosanta novela (la que sea) que traducimos del inglés (por poner) al español utilizan una lengua que retrata un lugar y una época, y que el resto de lectores no pueden identificar como propia. ¿Por qué no imitar, en la medida en que sea posible, ese distanciamiento en la traducción?

En el artículo he colado como he podido la reflexión de por qué lo que es posible en catalán (aprovechar y mezclar variantes dialectales en una traducción) se descarta de oficio en español. Para mí es un misterio, y no sé si llegaré a resolverlo. Si alguna mente preclara me lo explica en los comentarios, les estaré muy agradecido.

Disquisiciones aparte: la cita de Pau Vidal que aparece en el truja está sacada de la tesis doctoral de Caterina Briguglia, La traducción de la variación lingüística en el catalán literario contemporáneo (Barcelona, Universitat Pompeu Fabra, 2009, pág. 267), accesible aquí.

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Siempre me ha parecido que los traductores estamos en permanente deuda con los correctores, de aquí mi interés no sólo en escribir un truja al respecto, sino en que, además, éste no consistiera en el consabido repertorio de pifias supuestamente jocosas.

Cuatro ojos (o seis, u ocho) ven más que dos, y si el fin principal de todo editor cultural (es decir, aquél con «ética profesional», según lo define el librito de Muchnik) es ofrecerle al lector un producto de calidad y lo más perfecto posible, entonces más vale que unos y otros vayamos quitándonos de corporativismos y nos metamos en la mollera que viajamos en la misma chalupa.

Si no la entendí mal (y que alguien me corrija si me equivoco), Silvia Senz apuntó, en la tertulia sobre corrección de Barcelona, que sería interesante, en lugar de tanta dispersión asociativa, crear una unión fuerte formada por todos los trabajadores del libro. No puedo estar más de acuerdo. Creo que mis intereses profesionales tienen más en común con los de un corrector, e incluso un autor, que con los de un traductor jurado, porque dependen menos de la naturaleza de nuestra labor que de la estructura de la industria en que nos movemos. Sé que diciendo estas animaladas no haré muchos amigos, pero es que a un servidor le corporatisme pour le corporatisme le estomaga, qué le vamos a hacer.

En cuanto a las referencias del artículo: los casos citados del álbum de Astérix y la novela de Follett pueden leerse aquí y aquí, respectivamente. El libro de Francisco Rico apareció en Destino en 2005 y no sólo es un dechado de erudición primorosamente escrito, sino también una mirada inquisitiva a la primitiva industria libresca tachonada con reflexiones aplicables al negocio y la estructura editorial modernos.

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Mi nueva serie de trujas tratará temas prácticos. En los próximos diez artículos (empezando por el de anteayer) trataré, por orden alfabético, otros tantos puntos de la maquinaria editorial que nos afectan en tanto que traductores de libros. La idea no es original, ni mucho menos –entre otras cosas porque se me ocurrió leyendo Léxico editorial de Mario Muchnik, del que ya hablamos un poco aquí–, pero necesitaba encontrar un hilo conductor para todos los trujas. Si no, la dispersión me gana.

La cuestión del anticipo fue sugerencia de María Alonso, que con sus comentarios mejoró el enfoque del artículo. Robert Falcó también me sugirió algunos cambios y me animó a aportar datos concretos. Por él (que la tradujo con Laura Manero) sé, además, que La cúpula de Stephen King no vendió como se esperaba. El caso de Matilde Horne se trató por aquí hace tiempo. Las cifras de Un mundo sin fin de Ken Follett las publicó El Mundo en fecha de 28-12-2007. Sobre la trilogía de Stieg Larsson puede verse este artículo de Xavi Ayén en La Vanguardia (18-6-2009), y sobre Harry Potter éste de El País (edición Cataluña, 24-2-2004).

La cifra sobre tiradas medias aparece (junto a muchas otras) en el «Informe sobre el sector editorial español. Año 2009», elaborado por la Federación de Gremios de Editores de España y disponible en su página web. Por cierto: el informe da como autores más leídos de 2009, y por este orden, a Stieg Larsson, Ken Follett, Stephanie Meyer, Carlos Ruiz Zafón y Dan Brown. ¡Que tiemble Santos Sanz Villanueva!

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Ayer apareció en El Trujamán una brevísima nota sobre la retraducción, partiendo de mi propia experiencia con Malaparte. El tema me interesa y me indigna a partes iguales. Me interesa porque me parece loable retraducir (como caso peculiar de reedición) si lo que se busca es presentar al lector un texto lo más digno posible. Me indigna porque en muchos casos detecto la infinita vanidad de algunos editores y traductores que se mueren por estampar su sello bajo un gran nombre o un gran título. Me interesa porque, en cierto modo, la retraducción, como discusión teórica, es una manifestación viviente del canon, una prueba palpable de cómo y por qué leemos ciertas obras y no otras. Pero me indigna porque es terreno abonado para repetir lugares comunes que, de compilarse, creo estarían a la altura del estupidario flaubertiano.

No voy a relacionar aquí en qué lugares he leído afirmaciones como «el original pervive, la traducción caduca», «la lengua del original siempre está viva, la de la traducción envejece» (no cito verbatim, así que ni os molestéis en guglearlo). Como todas las teorías, me parece que hace aguas cuando pasamos al plano de lo concreto. (Llamarlo teoría, por lo demás, es exagerar, porque generalmente no pasa de ser un apotegma vertido en articulitos de crítica literaria o similares.) Sí que quiero dejar constancia de un breve artículo de Mario Muchnik sobre la versión de Guerra y paz de Lydia Kúper, que me parece el ejemplo a seguir en este terreno. En 2004, apareció en Vasos Comunicantes (núm. 29, págs. 51-57) otro artículo sobre el particular: «La retraducción de literatura contemporánea» de Juan Manuel Ortiz. No quiero dejar de nombrar un libro editado por Juan Jesús Zaro y Francisco Ruiz Noguera: Retraducir. Una nueva mirada (Málaga, Miguel Gómez Ediciones, 2007, aquí una reseña).

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Ayer se publicó mi nuevo trujamán, dedicado a la entrada de Simenon en España. La idea de escribir sobre este peculiar caso de competencia editorial vino traída por el azar: durante la investigación sobre Manuel Bosch Barrett, leí las memorias de Sentís y di con los pasajes citados en el truja. «¡Sólo le faltaba ser traductor de Simenon!», pensé. Y es la verdad: Carlos Sentís asistió a la liberación de Dachau y a los juicios de Núremberg, cubrió la fundación de la ONU, alternó con intelectuales y faranduleros, ¡y hasta se bañó con Fraga en Palomares! Luego recordé un artículo de Xavier Pla, que no había leído, sobre Simenon y Canyameres. Lo leí y le añadí los valiosos datos que consigna Rai Ferrer en un libro sobre las portadas de Daniel Giralt Miracle para la colección Simenon del editor Aymà. Mi idea primera era un breve post para el blog, pero la cosa se extendía y pensé que mejor dedicarle un truja. Dicho lo cual, sólo me queda recomendaros que hojeéis el libro con las portadas de Giralt Miracle. Una perla.

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Que nadie me juzgue soberbio si digo que el artículo de hoy en El Trujamán no es un artículo, sino, como dice Henry Miller, «un libelo, una calumnia, una difamación». Necesitaba regurgitar ciertos platos literarios que se me habían indigestado durante los años de universidad: toda esa metafísica de la escritura que tan cara le era a cierto joven profesor que tanto nos hizo aborrecer a autores por lo demás notables. Toda la carrera estuvo llena de lecciones muy clásicas y, a la vez, muy poco exigentes (con la salvedad de las maravillosas clases de Annalisa Mirizio, huida sin dejar rastro en mi segundo año de la licenciatura).

La idea era mezclar esa especie de gastritis con el profundo hastío que siento cada vez que oigo o leo el consabido traduttore, traditore. Éstos y otros lugares comunes los comentamos a veces en Twitter el amigo Robert Falcó y yo con el hashtag #uffachepalle, o ‘joder, qué coñazo’.

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