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Archive for the ‘Malaparte’ Category

Es inevitable: Berlín me llama. El pasado fin de semana, tras tres años sin pisar la ciudad, salí a recorrer las calles de mi antiguo barrio. Iluminado por la conferencia de Alberto Manguel en el pasado Polisemo, me disponía a buscar alguno de sus libros en la St. George’s, seguramente la mejor librería de Berlín, donde en tiempos encontré las versiones inglesas de Kaputt y La piel que tantas veces hojeé mientras traducía a Malaparte. Y efectivamente, ahí estaba, esperándome, el último ejemplar de A History of Reading. Feliz por ese hallazgo (y un par más), seguí deambulando por Prenzlauer Berg, y en Oderbergerstrasse, donde tantas cervezas me he tomado, ocurrió el milagro: un banco en mitad de la calle; sobre el banco, unos cuantos volúmenes de enciclopedia. Cuál no fue mi sorpresa al ver que era (lo digo y no me lo creo) el Conversations-Lexicon de Meyer, citado al frente de Kaputt. En el volumen correspondiente, la fantasiosa etimología: «KAPUTT (von hebraischen Koppâroth, Opfer, oder französisch Capot, matsch) zugrunde gerichtet, entzwei». Tras mirar a ambos lados de la calle con la sonrisa del idiota estampada en el rostro, saqué, obligatoriamente, la foto.

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Perdería en Austerlitz y vencería en Waterloo.
(Curzio Malaparte)

Todavía no había hablado aquí de las circunstancias en que Malaparte (nacido Kurt Erich Suckert) decide llamarse Malaparte. La alusión a Napoleón Bonaparte es evidente, pero eso, por sí solo, no explica nada.

El cambio de nombre tiene lugar en 1925, cuando está a punto de cumplir veintisiete años. Suckert está adherido al movimiento fascista, a la corriente literaria strapaese, que propugna un fuerte arraigo nacionalista, anticosmopolita, y se enorgullece de su condición de toscano (cuando, en rigor, siendo de padre alemán y madre lombarda, de toscano tenía bien poco). En la Italia de la época, además, su verdadero apellido se presta a confusión: Sukert, Suchert, Suhert, Suckery (sin ir más lejos, en los archivos ministeriales de Interior figura como «Kurt Schuchert»), por no decir nada de los enemigos que lo aprovechaban para acusarlo de extranjero y judío. Todo ello, más un punto de coquetería, debió de animarlo a buscar un nuevo nombre, más italiano, pero también más potente y llamativo: «Suckert no le gustaba: además de “sonar mal” en un escritor toscanísimo, era un nombre que no significaba nada, anónimo, por más que original», escribe Giordano Bruno Guerri. No queda del todo claro que Mussolini le dijera –como él asegura en una carta de 14 de septiembre de 1938– que «un escritor fascista debe tener un nombre italiano. Adopte un seudónimo».

Baraja varias posibilidades, a cual más descabellada: Curzio Bonalancia, Curzio Borgia-Suckert, Curzio Colonna, Curzio Farnese, Curzio Lamberti, Curzio Pratoforte. Otras son simples italianizaciones: Curzio Sucherti, Curzio Suchertio. Considera incluso el sencillo Curzio Baldi, como homenaje a la familia Baldi, con la que se había criado en Prato. ¿Por qué, pues, acaba recalando en Napoleón? La crítica parece de acuerdo en que la chispa de inspiración fue un opúsculo anónimo publicado en Turín en 1869 titulado I Malaparte e i Bonaparte nel primo centenario di un Malaparte-Bonaparte, según el cual los Bonaparte se llamaban en origen Malaparte hasta cambiarse el nombre por concesión papal. El clima era propicio para que Curzio se adjudicara el nombre repudiado por los antepasados del corso: Mussolini lo veneraba y el fascismo intentó en varias ocasiones demostrar sus raíces italianas.

Durante un tiempo parece alternar ambos apellidos: en mayo de 1925, Curzio firma como Suckert el manifiesto de los intelectuales fascistas promovido por Giovanni Gentile, pero el día 10 del mismo mes aparece su primer artículo como Malaparte. La metamorfosis puede darse por concluida a principios del año siguiente. Así, en una carta a Leo Longanesi del 4 de enero de 1926, podemos leer ya:

Recuerda que ya no me llamo Curzio Suckert, sino Curzio Malaparte […]. Quiero ser italiano no sólo de cerebro y físico, como lo soy, sino también en la desinencia del nombre. Malaparte es mi estandarte.

«Malaparte» pasará a ser su apellido legal en junio de 1937.

[Fuentes: Giordano Bruno Guerri, L’arcitaliano: vita di Curzio Malaparte, Milán, Mondadori, 2008, págs. 69-70. ¶ Maurizio Serra, Malaparte, vies et légendes, París, Grasset, 2011, págs. 113-116.]

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En mi reciente visita a Madrid, Miguel Ángel Buil (autor de un gran libro sobre su bisabuelo, el editor Pueyo) tuvo el detalle de pasarme un articulito sobre Malaparte extraído de la revista Fotos (José L. Fernández-Rúa, «Vida aventurera, paradójica y cínica de Curzio Maparte, escritor de escándalo», 1 de julio de 1950), que servidor no conocía ni de nombre. Tras un raudo esbozo biográfico, en el que certeramente se tocan todas las teclas del estereotipo, y un somero repaso de sus libros anteriores, el reseñista dedica unas palabras a Kaputt («del cual hasta los más optimistas han dicho que es un libro terrible»). Habla luego de las obras de teatro que Malaparte estrenó en París:

La prensa de París lo atacó sin piedad y el crítico de Le Figaro llegó a decir que era una vergüenza que en una misma estación un escritor italiano tuviera dos comedias en los teatros de París. «no comprendo vuestra alarma –contestó Malaparte–; en Italia, en la misma estación, se representan unas cuarenta comedias francesas, y son todas detestables».

El último párrafo va dedicado a La piel. Recordemos que estamos en 1950 y que la novela ha aparecido en castellano apenas un año antes:

Ahora es su libro La pelle umana, basado en sus observaciones durante la ocupación de Nápoles por las tropas aliadas, el que promueve un gran escándalo. El Ayuntamiento de Nápoles ha protestado por este libro infamante, en el que aparece una sociedad hedionda, podrida, encenagada en el fango de los vicios y la servidumbre. Un espantoso cuadro de posguerra. De peste moral. La Suprema Santa Congregación del Santo Oficio lo acaba de incluir, con razón, en el Index Librorum Prohibitorum. Sus páginas son leídas con asco y con vergüenza.

La crítica es fiel reflejo del sentir de la época, que vio en el libro un mero museo de los horrores. Cierto que, comparado con Kaputt, La piel adolece de cierta autocomplacencia temática y estilística, pero no lo es menos que el libro es una crítica sangrante al triunfalismo y la estúpida soberbia de los vencedores de la Segunda Guerra Mundial y, a la postre, de todas las guerras. No por nada, se abre la novela con una cita del Agamenón de Esquilo: «Si respetan los templos y los dioses de los vencidos, los vencedores se salvarán».

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En el capítulo III de Kaputt, encontramos una canción careliana que Malaparte transcribe así:

siell mie pàimelauluin làuluin
min muamo mièroon sùori
Kàrialan maill kulakäköset guk-kuup

La transcripción que utilicé, por consejo de Satu Ekman, fue ésta:

siell mie paimenlauluin lauluin
min muamo mieroon suori
Karjalan maill kulakäköset gukkuup

Que en traducción de Satu sería:

Allí cantaba mis canciones de pastor,
mi madre fue llevada a la mendicidad
en las tierras de Carelia los cuclillos de oro hacen cucú

Tanto ella como Dulce Fernández Anguita me dijeron que existía otra versión:

siell mie paimoivirzie lauloin,
nyt eis on mieron piha.
Karjalan mail kuldakägözet kukkuu

La traducción de la cual –siempre según Satu– sería:

Allí cantaba mis canciones de pastor,
ahora estoy llevada a la mendicidad.
En las tierras de Carelia los cuclillos de oro hacen cucú.

Una curiosidad de tipo textual: en relación al original que yo manejé, las versiones castellana, alemana, francesa e inglesa transcriben kuldakäköset por kulakäköset y Karjalan por Karialan, lo que me hace pensar que los originales de la novela anteriores a la edición de Aria d’Italia (1950, con correcciones del autor) traían esas lecciones. Ni Luigi Martellini ni Giorgio Pinotti mencionan variantes en los aparatos críticos de sus respectivas ediciones.

Por cierto, la traducción de R. Coll Robert trae una nota: «Versos de casi imposible traducción a nuestro idioma, por estar formados por palabras del dialecto careliano intercaladas con diversas onomatopeyas».

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Alegra que, ni que sea con frecuencia de cuentagotas, se siga mencionando a Malaparte en la prensa. Hoy os invito a leer dos artículos publicados en La Vanguardia los pasados meses de mayo y junio.

En el primero, Joan de Sagarra (quien ya escribió en el El País –4 de octubre de 1998, edición Cataluña– un artículo a cuento de la edición de quiosco de La piel) comenta una encuesta realizada con motivo del centenario de Gallimard; en ella, dos escritores franceses apuntan a Malaparte como uno de los autores más representativos del siglo xx, con lo que Sagarra no puede sino felicitarse por el «inminente descubrimiento, redescubrimiento, del escritor, del extraordinario escritor».

En el segundo, Valentí Puig comenta la recuperación de Malaparte en España gracias a Kaputt, La piel y El compañero de viaje. Quisiera destacar una frase: «Del tremendismo de Malaparte mucho se ha dicho, olvidando a veces que en su tiempo pasaban cosas tremendas».

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El capítulo X de Kaputt contiene un pasaje aparentemente inocente:

E la notte, uscendo dalla casa di Titu Michailesco, andavamo a sederci nell’antico cimitero svedese rimasto intatto nel cuore di Helsinki, fra il Boulevardi e la Georgkatu.

Que en castellano quedó así:

Y por la noche, al salir de casa de Titu Mihăilescu, íbamos a sentarnos en el antiguo cementerio sueco que se conserva intacto en el corazón de Helsinki, entre el Bulevardi e Yrjönkatu.

He dicho «aparentemente inocente» porque traducir acerca de cosas que uno no conoce es terrible: la sensación de ir pisando huevos se te pega al alma como una mala cosa y, a cada golpe de tecla, temes estar empeorando más las cosas. En estos casos lo mejor es pedir socorro: el mundo está lleno de colegas dispuestos a echar un cable. Yo tuve la suerte de consultarles a Satu Ekman y Dulce Fernández Anguita. Fueron ellas quienes me explicaron que Malaparte lo llama «el cemeterio sueco» porque hasta 1919 había sido un camposanto donde sólo los suecos tenían dinero para ser enterrados. Actualmente es un parque llamado Vanha kirkkopuisto, conocido popularmente como ruttopuisto (‘parque de la peste’) en referencia a las víctimas de la Espanjan Tauti o peste española (una gripe) del año 1710. Se han conservado algunas lápidas.

Lo del paso de Georgkatu a Yrjönkatu también tiene explicación: en Helsinki las calles se señalan en finlandés y sueco, las dos lenguas oficiales, y Georgkatu es una mezcla entre ambas; lo correcto en una y otra es Yrjönkatu y Georgs gatan.

Problema resuelto.

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Hacia el final del cuarto capítulo de La piel («Las rosas de carne», págs. 143-144, ed. Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores), encontramos una descripción del efébico Jean-Louis:

Con su perfil apolíneo, sus labios encarnados, sus ojos negros y relucientes en la tersa  palidez del rostro, con su voz dulcísima, Jeanlouis causó una profunda impresión entre los oficiales franceses. Era la primera vez que estaban en Italia y por vez primera la belleza viril se les aparecía con todo el esplendor del antiguo ideal griego. Jeanlouis era un ejemplo perfecto de lo que la civilización italiana, en largos siglos de cultura, riqueza, refinamiento, selección física e intelectual, indiferencia moral y libertad aristocrática ha alcanzado en materia de belleza viril. En el rostro de Jeanlouis, un ojo familiarizado con la lenta y continua evolución del ideal clásico de belleza en la pintura y la escultura italianas entre el Cuatrocientos y el Ochocientos, habría reconocido, superpuesta a la sensualidad de los «retratos de hombre» del Renacimiento, la máscara noble y melancólica del romanticismo italiano, sobre todo lombardo (Jeanlouis pertenecía a una de las más antiguas e ilustres familias de la nobleza lombarda), de principios del siglo xix, que también en Lombardía fue romántico y liberal por nostalgia napoleónica. Los oficiales franceses eran Stendhal frente a Fabrizio del Dongo. Y como Stendhal, tampoco ellos advertían que la belleza de Jeanlouis era, como la de Fabrizio, una belleza sin ironía y sin inquietudes de naturaleza moral.

La maravillosa aparición (en aquel interior napolitano de tosco mobiliario burgués, frente a aquella mesa) de aquel Apolo viviente, de un ejemplo tan perfecto de la belleza viril clásica, representaba para aquellos oficiales franceses la revelación de un misterio prohibido. Todos contemplaban a Jeanlouis en silencio. Y yo me preguntaba, con una turbación de la que no sabía explicarme el motivo, si se daban cuenta de que aquel miserable «espectro» de la civilización clásica italiana en su momento de máximo esplendor, corrompida y humillada por el fermento de una enfermiza sensibilidad femenina, agostada por falta de nobles sentimientos, fuertes pasiones y altos ideales, era la imagen del mal secreto del que sufría gran parte de la juventud europea en todos los países, tanto vencedores como vencidos: la oscura tendencia a transformar los ideales de libertad, que parecían ser los ideales de todos los jóvenes de Europa, en anhelo de satisfacción sensual; las exigencias morales, en rechazo de todo tipo de responsabilidad; los deberes sociales y políticos, en vanos ejercicios intelectuales, y los nuevos mitos proletarios, en mitos ambiguos de un narcisismo desviado hacia la autoflagelación. (Lo que parecía extraño era el hecho de que Barrès fuera tan ajeno a Jeanlouis y los hombres de su generación como Gide, el Gide de «moi, cela m’est égal, parce que j’écris Paludes».)

Al calificar de «clásica» la belleza de Jeanluis, Malaparte trae a la memoria la vieja tradición según la cual la auténtica belleza es sencilla, primitiva, privada de artificio. Pero el parecido es superficial, mero eco: Malaparte le niega dignidad moral al muchacho al acusarlo de llevar en sí un «anhelo de satisfacción sensual». El pasaje, que se mueve en las coordenadas platónicas de la Venus pandémica y la Venus celeste (Banquete, 181a y ss.), es de una complejidad no evidente a simple vista, y en muchos puntos, creo, contradictorio. Jeanluis es un Apolo, pero carece de belleza moral. Su hermosura es acorde con su noble linaje (cf. Curtius, Literatura europea y Edad Media latina, pág. 260, §8), pero es un linaje venido a menos, humillado. Su aspecto reviste el «esplendor del antiguo ideal griego», pero a la vez es un «miserable “espectro” de la civilización clásica». La razón del decadentismo moral de Jeanlouis es su afeminamiento. Volvemos a Platón: su belleza es interesada, vulgar e impura, en tanto que compuesta de partes femeninas.

El motivo del efebo es tan viejo como la literatura, pero sorprende en un autor como el de Prato, que no desaprovecha ocasión de lucir su virilidad. Sus continuas vueltas y revueltas en torno al afeminamiento, la frecuencia con que equipara homoerotismo y pedofilia, la heterosexualidad carente de deseo de sus escritos, su compleja y fragmentaria biografía amorosa son tan contradictorias y sugerentes como el pasaje citado y, por ello, a juicio de un servidor, credenciales más que suficientes para considerar a Malaparte un interesante objeto de investigación para los estudios de género.

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