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Archive for the ‘historia y teoría’ Category

Que nadie me juzgue soberbio si digo que el artículo de hoy en El Trujamán no es un artículo, sino, como dice Henry Miller, «un libelo, una calumnia, una difamación». Necesitaba regurgitar ciertos platos literarios que se me habían indigestado durante los años de universidad: toda esa metafísica de la escritura que tan cara le era a cierto joven profesor que tanto nos hizo aborrecer a autores por lo demás notables. Toda la carrera estuvo llena de lecciones muy clásicas y, a la vez, muy poco exigentes (con la salvedad de las maravillosas clases de Annalisa Mirizio, huida sin dejar rastro en mi segundo año de la licenciatura).

La idea era mezclar esa especie de gastritis con el profundo hastío que siento cada vez que oigo o leo el consabido traduttore, traditore. Éstos y otros lugares comunes los comentamos a veces en Twitter el amigo Robert Falcó y yo con el hashtag #uffachepalle, o ‘joder, qué coñazo’.

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Si a los grandes pensamientos se les da la posibilidad de comunicarse –a través de cualesquiera dificultades y distancias–, producirán siempre grandes pensamientos. Esto justifica todas las traducciones, aun las malas.

Las palabras de Gilbert Highet bien podrían haber aparecido como lema del libro de Adam Thirlwell, convencido defensor de que todo es traducible. Compárense, si no, con un párrafo del principio del libro:

A menudo me pregunto si tras la idea de lo intraducible no se oculta en verdad el deseo de que la traducción sea una equivalencia perfecta, deseo que a su vez alberga el de que el estilo sea algo absoluto. Las traducciones perfectas no existen, como no existen los estilos perfectos. Y sin embargo, hay cosas que aún son traducibles, por más que su traducción no sea perfecta (pág. 9).

Miss Herbert (que también puede encontrarse, a saber por qué, con el título The Delighted States) es un libro primorosamente editado (tapa dura, dos tintas, numerosas ilustraciones, un índice impecable). Su escritura (su estilo, si se quiere) es algo menos impecable, en ocasiones peca de reiterativo y algunos símiles son algo vulgares en su empeño por no excluir al lector no iniciado, pero en conjunto constituye un ameno acercamiento a la historia de la novela y a las teorías del estilo novelesco a través de una serie de ejercicios de close reading para legos y una reflexión crítica (que no esotérica) sobre la traducibilidad de la literatura. No hay lugares comunes ni se aceptan a ciegas las ideas de los autores discutidos (Nabokov, quizá, el que más).

La bibliografía secundaria es parca y a los autores comentados (de Flaubert a Bohumil Hrabal, pasando por Machado de Assis) podrían añadirse otros (se me ocurren Faulkner o Cortázar), pero el libro no tiene afán totalizador y demuestra, en cualquier caso, que el autor no se ha circunscrito a la literatura anglófona. Y aquí entra en juego la traducción: del mismo modo que Thirlwell admite que su conocimiento de los autores rusos y checos se debe a traducciones inglesas y francesas, señala también que si Pushkin pudo leer a Laurence Sterne y adoptar con éxito algunos de sus recursos, lo hizo gracias a las imperfectas versiones francesas:

Por más que me incomode, resulta obvio que tanto en Río de Janeiro como en San Petersburgo, seguía siendo posible, gracias a la lectura aproximativa de una tosca traducción, reconocer las intenciones Sterne y desarrollar sus técnicas (pág. 373).

Estamos ante la vieja querella: ¿la traducción mata el estilo y la poesía, o es precisamente el estilo y la poesía lo que resiste incluso a una mala traducción? Thirlwell es partidario de lo segundo, sin perder de vista que, como bien sabemos los traductores e ignoran los teóricos, no existen (hélas!) recetas mágicas:

No es posible establecer reglas generales sobre la traducción: las ambigüedades son demasiadas. La teoría de la traducción puede ser distinta para un poema y para una novela. Todas las teorías de la traducción dependen del género. La teoría que conviene a la traducción de un poema puede no convenir en absoluto a la hora de traducir una novela. O, más aún, la teoría que conviene a una novela puede no convenirle a otra (pág. 396).

El libro, aparte, repasa un buen número de anécdotas de la intrahistoria literaria que darían material para varios posts. En cuanto ordene mis notas pienso escribir alguno.

Coda: Me cuenta Juan de Sola que la traducción castellana, de Aleix Montoto, está terminada y que pronto debería aparecer en Anagrama. Yo iría encargándola.

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El viernes apareció el segundo de los dos artículos (1 y 2) que he dedicado a Martín de Riquer. «Chascus en lor lati» es el tercer verso de la canción «Ab la dolchor del temps novel» de Guilhem de Peitieu, cuyas primeras líneas, en traducción de Riquer dicen: «Con la dulzura del tiempo nuevo los bosques se llenan de hojas y los pájaros cantan, cada uno en su latín» (Los trovadores, Barcelona, Ariel, 1983, pág. 118).

Los entrecomillados del profesor Riquer y el comentario de José Manuel Blecua que aparecen en los trujas han sido espigados del libro de Cristina Gatell y Glòria Soler, Martí de Riquer. Viure la literatura (Barcelona, La Magrana, 2008), la edición de Lola Badia y Xavier Lamuela de las Obres completes de Bernat Metge (Barcelona, Selecta, 1983) y el prólogo de Ángel Crespo a su edición bilingüe del Cantar de Roldán (Barcelona, Seix Barral, 1983). El juicio de Lope sobre Montemayor aparece en las Rimas (ed. Felipe B. Pedraza).

Existen dos ensayos de biografía sobre Martín de Riquer: uno, algo pedestre, de Joan Francesc Fondevila, Martí de Riquer. La gran obra d’un humanista expert en literatura provençal, catalana medieval i cervantina (Barcelona, Fundació Catalana per a la Recerca, 2003), y otro, más completo, el citado de Gatell y Soler (con trad. castellana de Ana María Cadarso en RBA). La revista universitaria Patio de Letras/La rosa als llavis le dedicó un número monográfico en 1984 (núm. 7), lo mismo que Anthropos en 1989 (núm. 92). Quaderns Crema ha publicado dos recopilaciones de estudios en homenaje al filólogo: Symposium in honorem prof. M. de Riquer y Studia in honorem prof. M. de Riquer (4 vols.). En éste último puede encontrarse un artículo bibliográfico (casi) completo a cargo de Leonor Vela. Para las publicaciones posteriores a 1990, puede consultarse el citado libro de J. F. Fondevila.

Compañero de fatigas de Riquer fue José María Valverde, que también tradujo lo suyo. El Club de Traductores Literarios de Buenos Aires recuperó recientemente en su blog una conversación sobre la traducción entre él y Felipe Pedraza, original de 1984.

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Ya podéis leer mis dos articulillos sobre el tema en El Trujamán: aquí y aquí. Y en este mismo blog, las apostillas. Si todo va según lo previsto, a lo largo de los próximos meses prepararé una versión ampliada.

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Tengo la satisfacción de anunciar que ayer se publicó mi primer artículo en el Trujamán. Juan Gabriel me propuso la idea hace ya meses y yo me hice el longuis. Bastante tengo con el blog como para escribir para otros. Hace unas semanas, comiendo con Juan de Sola volvió a salir el tema y antes de darme cuenta ya tenía en la bandeja de entrada un correo de Mari Pepa Palomero, que dirige todo este lío. En buena me he metido. En fin.

En adelante, el plan será el siguiente: todo post con ínfulas serias irá destinado al Trujamán; en el blog publicaré los enlaces a los trujas (con eventuales apostillas, como la que sigue), todo lo relativo a Malaparte e información más o menos ligada a la cotidianidad profesional de un servidor.

Y ahora la apostilla:

Nada más terminar el borrador de los artículos sobre las traducciones del Manifiesto comunista, los sometí al sabio escrutinio de Santi Gorostiza, gran amigo y experto en contubernios rojos, masones y separatistas. Entre otras varias observaciones me preguntaba cuándo se hizo la primera traducción catalana. Le respondí que ni idea, pero que tenía que ser posterior a 1918, porque no aparece citada en el imprescindible libro de Bert Andréas (Le ‘Manifeste Communiste’ de Marx et Engels: Histoire et Bibliographie, 1848-1918, Milán, Feltrinelli, 1963). Días después él mismo me trasladaba la respuesta (fue en 1930) y un articulito al respecto, donde de paso averiguo que la primera traducción directa del alemán al castellano fue la de Wenceslao Roces en 1932.

Y lo que son las cosas: un día antes de entregar me encontré con el nombre de Vera Sasulich en la página 68 de Historia de un incendio, de Servando Rocha. Comprendí así que si Marx y Engels la llamaban «heroica», era por haberle descerrajado un balazo al tiránico gobernador de San Petersburgo, e incluí el dato un poco por los pelos. Aprovecho para recomendar la lectura del libro de Rocha (al que, las cosas como son, le falta una revisión de estilo).

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La historia de la lexicografía es en cierto modo un catálogo de obsesivos pertinaces, y Noah Webster no es el menor de ellos. Sus manías eran abundantes y variadas: desprecio hacia cualquier clase de vínculo con Inglaterra (la declaración de Independencia se firma cuando él tiene dieciocho años), cosmovisión calvinista, defensor a ultranza de una profunda depuración lingüística del inglés estadounidense… Que de él dijera Benjamin Franklin que era «un simple pedagogo de muy cortas entendederas y muy poderosos prejuicios y pasiones partidistas» basta para entender que estamos ante una personalidad de armas tomar.

Hombre de Yale, su nombre empezó a sonar tras la publicación, entre 1783 y 1785, de A Grammatical Institute of the English Language: hacia mediados de la década de 1840 circulaban ya 30 millones de ejemplares. Webster debió de darse de cabezazos contra la mesa en más de una ocasión por haber vendido los derechos de esta obrita a Hudson and Co., pues sabemos que a menudo se quejaba de que las dificultades monetarias le impedían terminar de redactar su diccionario.

El American Dictionary of the English Language se terminó en enero en 1825 en Cambridge, Inglaterra, y se publicó por fin el 21 de abril de 1828: quince años de dedicación, más de 1.600 páginas, 70.000 entradas redactadas de su puño y letra, sin más ayuda que la de James Gates Percival, su revisor de pruebas. Se imprimieron 2.500 ejemplares. Para entonces su ojeriza anti inglesa había disminuido; de hecho, el prefacio de la obra tiene un tono más bien contemporizador: «Es preciso que las gentes de este país dispongan de un Diccionario Americano de la lengua inglesa; pues, pese a ser el tronco de la lengua el mismo que en Inglaterra, y aun siendo deseable perpetuar esta identidad, existirán algunas diferencias».

Parece haber acuerdo en que los dos grandes lastres de la obra son su provincialismo (privilegia el uso de Nueva Inglaterra) y sus descabelladas etimologías, derivadas de su fundamentalismo calvinista: Webster estaba convencido del mito de la dispersión babélica y sostenía que todas las lenguas del mundo tenían una raíz común en el caldeo. (Esto, se ha dicho, no sin saña, «cuarenta años después de sir William Jones, veinte después de Schlegel, una docena después de Bopp y media docena o más después de los primeros volúmenes de Jacob Grimm».) Por suerte, posteriores reediciones le han lavado la cara a la obra, y el resultado es lo que hoy conocemos como «el Webster» a secas, next best thing después del paquidérmico Oxford.

Todo esto lo ignoraba yo cuando, por una serie de casuales, caí en New Haven en octubre del pasado. Si lo sé ahora es porque, además del libro de Daniel Mendelsohn, en Yale compré un libro de Jonathan Green al que le tenía ganas desde que terminé The Meaning of Everything de Simon Winchester: Chasing the Sun: Dictionary Makers and the Dictionaries They Made (Nueva York, Henry Holt, 1996), cuyo capítulo 11 he expoliado vilmente para escribir estas líneas. En Wikipedia hay una foto de la tumba de Webster en New Haven, pero me hacía más ilusión poner la mía.

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Ninguno de mis profesores de literatura dio nunca importancia al hecho de que la inmensa mayoría de obras que estudiábamos nos llegasen traducidas. Un ejemplo: las lecturas obligatorias del curso introductorio, común a todas las filologías y a la licenciatura en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada: Génesis, Evangelio de Mateo, Edipo rey, Tristán e Isolda, Hamlet, Cándido, Werther, los Tres cuentos de Flaubert, Bartleby, Orlando, Los muertos de Joyce y La transformación de Kafka.

La mención a secas de los títulos deja perplejo: ¿los evangelios de Nácar y Colunga o los de Cipriano de Valera? ¿El Tristán de Carles Riba, el de Lluís Maria Todó, el de Fernando Díez de Miranda o el de Alicia Yllera? ¿El Werther de Manuel José González, el de José María Valverde, el de Berta Vias Mahou, el de María Cóndor, el de José Mor de Fuentes que después de dos siglos (!) sigue reeditando Alianza?

El que más miga tiene es el caso de Kafka: la edición recomendada en el programa es la de Alianza… donde sigue titulándose La metamorfosis. Se da el caso, además, de que uno de los titulares de la asignatura era el catedrático (y traductor) Jordi Llovet, quien, como es sabido, propuso hace algo más de una década el nuevo título con argumentos sensatos: «El título correcto le da un carácter de narración doméstica, urbana y biográfica, y no mitológica». (Para más detalles, véase la «Nota liminar» de Llovet a su edición de las Obras completas de Kafka en Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, págs. 986-990.) Si esto no es un caso de cómo la traducción afecta al estudio de la obra, que baje Malaparte y me lo explique.

Coherentemente con este enfoque, ninguno de mis profesores mencionó tampoco nunca a René Étiemble (al que sin duda han leído), quien hace más de treinta y cinco años dejó ya dicho lo que sigue (Essais de littérature (vraiment) générale, París, Gallimard, 1975, pág. 29):

La Weltliteratur del futuro, es decir la literatura, merecerá todavía más que aquélla que soñaba Goethe el reproche que le dirigía Árpád Berczik de depender rigurosamente de las traducciones. El buen uso que haga cada uno de nosotros de la literatura dependerá en verdad de los progresos de un arte despreciado.

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